Opinión
La Roja, campeona del mundo: ¿de qué España hablamos?

Habrá quien lea este triunfo como prueba de que el sistema funciona: mira, lo consiguió, así que la puerta está abierta para quien se lo curre. Es la misma lógica que se usa para desactivar cualquier crítica estructural, aplicada ahora al deporte.
Final Malasaña - 3
Un grupo de personas durante la proyección, en una calle de Malasaña, de la final España- Argentina. Álvaro Minguito
Portavoz de la PAH
21 jul 2026 10:00 | Actualizado: 21 jul 2026 12:25

La selección española de fútbol, La Roja, se corona por segunda vez campeona del mundo al vencer a Argentina en la final del Mundial. Ferran Torres marcó en la prórroga y el país entero salió a la calle a abrazarse con desconocidos. En esas imágenes de celebración hay algo que merece pararse a mirar con atención, más allá de la fiesta: buena parte de los jugadores que hoy visten la camiseta que todos reclaman como propia son hijos de la migración, hijos de barrios populares, hijos de familias que en cualquier otro contexto, el de un piso que alquilar, el de un trabajo que solicitar, el de una comisaría en la que identificarse, habrían sido tratados como sospechosos antes que como compatriotas.

Llevamos años asistiendo al ascenso de un relato que necesita un enemigo interior: el migrante, el racializado, el pobre que “viene a quitar” lo que, según ese discurso, pertenecía a otros por derecho de nacimiento. Es el discurso que alimenta la aporofobia disfrazada de sentido común y el racismo disfrazado de preocupación por “la convivencia”. Es el discurso que ha crecido, entre otras cosas, alimentándose de la crisis de vivienda: si hay pisos que no llegan, si los alquileres suben sin freno, más fácil es señalar al vecino recién llegado que a los fondos de inversión que compran bloques enteros.

Ni falta que hace ir muy lejos a buscar la ironía: fue el propio Donald Trump quien entregó el trofeo a La Roja, y aun así se las arregló para reclamar la victoria moral para Estados Unidos, sugiriendo que el verdadero ganador del torneo había sido su país por acoger la fiesta. El hombre que ha convertido la persecución migratoria en bandera de gobierno, coronando sin saberlo, o sin querer saberlo, a un equipo que es, en buena parte, hijo de la migración que él mismo querría deportar. Pocas imágenes resumen mejor la comodidad selectiva de este tipo de discursos: el migrante estorba hasta que levanta una copa, y entonces, por un rato, deja de estorbar.

La ultraderecha española hoy también celebra. Cuesta imaginar que no lo haga, con la selección alzando la copa, pero para poder hacerlo tiene que mirar hacia otro lado: no puede sostener a la vez que “los de fuera son un problema” y que Lamine Yamal, hijo de padre marroquí y madre ecuatoguineana, o Nico Williams, hijo de familia ghanesa, son motivo de orgullo nacional. Se aplaude el gol y se calla el origen, o se recita el origen como anécdota simpática y no como lo que en realidad desmonta el propio argumento.

Aquí es donde el problema de la vivienda entra de lleno, porque no es una metáfora forzada: es el mismo mecanismo. El casero que descarta un alquiler a posibles inquilinas por raza, género o clase social, está aplicando el mismo filtro de clase disfrazado a veces de filtro racial y otras de puro cálculo económico. Desde la PAH lo vemos constantemente: familias que se topan con un doble muro, el de no llegar a fin de mes y el de no encajar en el perfil que exige un propietario cada vez más selectivo en un mercado cada vez más escaso. La aporofobia y el racismo no son fenómenos paralelos: se entrelazan y se refuerzan en el terreno concreto de quién puede acceder a un techo y quién no.

La derecha necesita mantener separados al “pobre de aquí” y al de “fuera” para que ninguno de los dos mire hacia arriba, hacia los verdaderos responsables de la crisis habitacional: los bancos, los rentistas, los fondos buitre, la ausencia de parque público, décadas de políticas tratando la vivienda como mercancía y no como derecho. Mientras el relato consiga que unos pobres sospechen de otros pobres, nadie pregunta por qué existen los pisos vacíos en manos de grandes tenedores, ni por qué la vivienda protegida sigue siendo un chiste comparada con la necesidad real.

Por cada Yamal o Williams que atraviesa el filtro gracias a un don físico y una carrera deportiva extraordinaria, hay miles de hijos e hijas de familias migrantes o empobrecidas que se topan, sin ese pasaporte excepcional, con el mismo muro que golpea cada día en las asambleas de la PAH

Habrá quien lea este triunfo como prueba de que el sistema funciona: mira, lo consiguió, así que la puerta está abierta para quien se lo curre. Es la misma lógica que se usa para desactivar cualquier crítica estructural, aplicada ahora al deporte. Pero el fútbol de élite es la excepción que confirma la regla, no la regla misma. Por cada Yamal o Williams que atraviesa el filtro gracias a un don físico y una carrera deportiva extraordinaria, hay miles de hijos e hijas de familias migrantes o empobrecidas que se topan, sin ese pasaporte excepcional, con el mismo muro que golpea cada día en las asambleas de la PAH: el de un alquiler inalcanzable, el de un aval que nunca llega, el de un “no” que a veces se disfraza de burocracia y a veces no se disfraza de nada.

La alegría de estos días es real y es compartida, y no hace falta estropearla para hacer la pregunta incómoda que debería quedar flotando cuando se apague la última bocina: ¿la misma sociedad que hoy abraza a estos jugadores está dispuesta a abrazar como vecinos a sus familias? ¿Está dispuesta a alquilarles un piso sin pedir explicaciones de más, a no cruzar la calle cuando los ve, a defender su derecho a un techo con la misma pasión con la que canta su himno cuando ganan?

Si la respuesta sigue siendo no, nos queda mucho camino por recorrer si queremos presumir de algo más que una copa. Quizás sea mejor construir un país que levante derechos con la misma pasión con la que levanta trofeos, en lugar de seguir presumiendo ante el mundo de valores cada vez más secuestrados.

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