Opinión
La flor frente al necrocapitalismo

Cuando todo se derrumba, cuando solo quedan los escombros, cuando los ataques continúan sin cesar… ahí, incluso ahí, se sostiene lo colectivo, se protege la vida.
Flor Elvira Martín
La vida renace en los mientras tanto. Elvira Martín
Presidente de La Coordinadora de Organizaciones para el Desarrollo
15 may 2026 07:08

Hace años se puso de moda la palabra distopía; entonces, su significado era tan desconocido como lejano. Hoy, sin embargo, parece haberse convertido en norma. Una alianza de tecnoligarcas, gobiernos de ultraderecha y élites económicas, a las que poco importa la vida si sus bolsillos se llenan, intentan manejar el mundo. Una forma de organización donde los conflictos e invasiones, los territorios arrasados, las personas migrantes maltratadas o los servicios públicos desmantelados forman parte de la misma cadena de extracción y lucro.

Mientras los hombres más ricos del planeta acumulan un poder tecnológico y económico sin precedentes, los gobiernos ultraconservadores avanzan de su mano cercenando políticas sociales. El sufrimiento humano convertido en oportunidad de negocio. Y así, un nuevo concepto se abre paso, esta vez más cruel si cabe: el necrocapitalismo, un sistema al que no le importa destrozar cuerpos, recursos, derechos y vidas para seguir y seguir creciendo. 

La salud, la educación, la vivienda, los cuidados ya no se entienden como derechos, sino como mercados financieros con los que seguir alimentando al necrocapitalismo

El dolor se monetiza: acabar con lo público, arrasar con los mecanismos de protección de derechos, azuzar el miedo y la criminalización de “los y las otras”, devorar los recursos… En Argentina, Milei empuña la motosierra; Trump alimenta guerras e invasiones; el genocidio en Gaza continúa mientras Netanyahu expande sus ataques a toda la región de forma impune, en alianza con las empresas tecnológicas, armamentísticas e inmobiliarias que siguen haciendo caja; Europa mira a otro lado y continúa endureciendo sus fronteras y criminalizando la solidaridad. ¿Distopía? Realidad.

Todo esto tiene mucho que ver con lo que ocurre en nuestros barrios, en nuestras ciudades. La salud, la educación, la vivienda, los cuidados ya no se entienden como derechos, sino como mercados financieros con los que seguir alimentando al necrocapitalismo y sus secuaces. Solo un ejemplo, de muchos, que ilustra de qué hablamos: mientras la tasa de emancipación juvenil se sitúa en el 15,2%, el dato más bajo desde que hay registros, los mayores caseros de España son Caixa Bank y el fondo buitre estadounidense Blackstone, con un total de 41.400 viviendas alquiladas. 

Bajo sospecha

A esta maquinaria depredadora no le gustan los frenos, le incomodan las leyes, las instituciones supranacionales y la sociedad civil crítica. No quiere testigos de sus atrocidades ni límites a sus actuaciones. Los datos hablan por sí mismos: Israel ha asesinado a 260 periodistas en Palestina y Líbano; el año pasado, 387 trabajadores y trabajadoras humanitarias fueron asesinados en todo el mundo; Estados Unidos ha sancionado a la relatora especial de Naciones Unidas Francesca Albanese y a varios jueces de la Corte Penal Internacional con consecuencias muy serias para su vida cotidiana. 

Las organizaciones de la sociedad civil están siendo atacadas en todo el mundo y el espacio cívico se está restringiendo. Según datos de Cívicus, la sociedad civil se encuentra bajo un ataque severo en 122 de los 198 países. Se cuestiona su legitimidad, se criminaliza su trabajo y se recortan sus recursos.

El ataque es tan feroz porque las organizaciones ecologistas cuestionan la destrucción del territorio, los sindicatos combaten la explotación laboral, los movimientos feministas y antirracistas desafían un sistema heteropatriarcal y racista, y las organizaciones de cooperación internacional denuncian las consecuencias globales de un modelo colonial que necesita países empobrecidos, extractivismo y fronteras militarizadas.

El necrocapitalismo necesita sociedades cada vez más individualistas, ignorantes y con miedo

Consecuencias incalculables para quienes ya viven en el abismo

En ese contexto, estas dinámicas encuentran eco en distintos escenarios políticos nacionales. Los acuerdos entre PP y Vox en Aragón y Extremadura han provocado la voz de alerta: los derechos humanos no pueden utilizarse como moneda de cambio. De un día para otro se desmantela la memoria democrática, la igualdad, la cultura o la cooperación internacional. Es especialmente simbólico que Vox haya asumido competencias de cooperación teniendo en cuenta que niega las responsabilidades globales compartidas. Es como entregarle la dirección de una orquesta a quien odia a la música. 

Las consecuencias serán incalculables para millones de personas que ya viven situaciones extremas. Programas de salud que quedarán paralizados, acceso a asistencia humanitaria, apoyo a la infancia o a la alimentación básica. Ante tales decisiones, la pregunta que debemos hacernos es qué tipo de sociedades queremos construir. Porque estas decisiones lo que en realidad quieren es destruir la idea de interdependencia y solidaridad; el necrocapitalismo necesita sociedades cada vez más individualistas, ignorantes y con miedo. 

Resistir es existir

La indignación no es suficiente. Es urgente reconstruir una idea radical de lo común, defender lo público, los derechos humanos como condición de supervivencia democrática. Se acercan acuerdos de gobierno en Castilla y León y elecciones en Andalucía. ¿Qué decidirán entonces los partidos que deben formar gobierno? ¿Cómo ejerceremos nuestro derecho al voto? No son estas preguntas livianas, son cruciales en estos momentos adversos. 

Debemos recuperar la solidaridad frente al repliegue identitario. Entender que los ataques contra personas migrantes, feministas o colectivos LGTBIQ+ son piezas de una ofensiva más amplia contra cualquier forma de vida digna. Y hagámoslo con urgencia porque cuando se normaliza que unas vidas valen menos que otras, nadie queda realmente a salvo, tampoco la democracia.

Quienes nos dedicamos a la solidaridad internacional aprendimos, en muchos lugares del mundo, que “resistir es existir”. Que cuando todo se derrumba, cuando solo quedan los escombros, cuando los ataques continúan sin cesar… ahí, incluso ahí, se sostiene lo colectivo, se protege la vida. Palestina, Sudán, Líbano, Irán… Lugares en los que, a diario y frente a la crueldad sin límites, los cuidados, la ternura y hasta la alegría tejen redes que sostienen y construyen futuro.

El Guernica, retrato inmenso de la crueldad, el dolor y el desgarro que causan las guerras sobre la población civil, nos da lecciones de memoria y esperanza. Entre el espanto y los cuerpos quebrados, hay una pequeña flor. Apenas visible. Terca. Hermosa. Una flor que resiste y marca el camino. Metáfora de quienes acuden a los tribunales a denunciar a criminales y genocidas; de quienes tejen redes de apoyo que no saben de fronteras; de quienes, rebeldes, se informan más allá de los bulos impuestos; de quienes asumen su puesto político desde la responsabilidad democrática y la defensa de los derechos humanos. 

Puede que los grandes poderes que pretenden regir el mundo piensen que la vida les pertenece, pero esa flor, esa flor del Guernica, nos recuerda que no es así: que la vida, a pesar de todo, siempre avanza y que defenderla no es una opción, sino una obligación irrenunciable.

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VV.AA.
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