Sexualidad
Derecho al placer

La erótica y la sexualidad de las personas con diversidad funcional pasa por un momento de visibilización gracias a varios proyectos de acompañamiento y aprendizajes comunes

25 may 2018 21:04

A los 17 años, Igor Nabarro (Gasteiz, 1978) tuvo un accidente que le generó una lesión medular y desde entonces utiliza silla de ruedas. Recibió ayuda para la rehabilitación física y psicológica, pero careció de apoyos en todo lo relativo a su dimensión sexual. A partir de ese momento, se trastocaron sus parámetros de socialización como hombre, al no verse reconocido en los estereotipos sociales vigentes. Esa fue una de las razones que le llevaron a formarse como sexólogo en primera instancia —hace cinco años— y, más tarde, como asistente sexual. El año pasado, junto con las sexólogas Xandra Garcia y Patricia Perez, creó Izanez, asociación vasca para la atención y el cultivo de sexualidades diversas.

La entidad se dedica a la visibilización, atención, asesoramiento y terapia en aspectos relacionados con la dimensión sexual de personas con diversidad funcional. “Queremos ampliar el modelo limitado actual de la erótica, ya que la sociedad nos impone un modelo basado en el coito y en determinadas prácticas específicas”, afirma Igor, quien opina que muchas personas creen que, como no pueden desarrollar su actividad sexual “siguiendo la norma” debido a que su configuración orgánica no se corresponde con los modelos normativos, la erótica y los encuentros íntimos están fuera de su vida. “Nuestro objetivo es que descubran que hay diferentes maneras de vivirse y desarrollar su erótica”, afirma.

 “Queremos ampliar el modelo limitado actual de la erótica, ya que la sociedad nos impone un modelo basado en el coito y en determinadas prácticas específicas”, afirma el sexólogo Igor Nabarro

Uno de los mitos o prejuicios más extendidos respecto a las personas con diversidad funcional es su “supuesto” desinterés por la sexualidad o por la erótica, y la imposibilidad de desarrollarlas. “Eso incluye la incapacidad de sentir, de desear o de ser deseables”, señala Nabarro, quien subraya la doble estigmatización de las mujeres. “En la medida que su rol está fuertemente vinculado a la maternidad, y que se cree que ya no pueden abarcar esa dimensión, se las asexualiza”, apunta. Incluso, las mujeres con diversidad funcional están, en muchos casos excluidas de actuaciones públicas de salud reproductiva y de planificación familiar relativas a la atención ginecológica, el acceso a los anticonceptivos, o los análisis oncológicos.

El 3 de diciembre de 2017, coincidiendo con el Día Internacional de las Personas en situación de Discapacidad, se produjo la presentación en sociedad de Izanez, y la acogida por parte de asociaciones, familias y parejas ha sido muy buena. “Hay pocas cuestiones en nuestra vida que proporcionen tanto bienestar y que encima sean gratis”, bromea Igor. Por otro lado, aunque el proyecto también ha sido bien recibido por parte de los técnicos de las administraciones contactadas, comenta que el apoyo institucional es escaso. “Es una realidad poco conocida y a la que se da muy poca prioridad. En cuestión de diversidad funcional, el apoyo se vuelca en otros derechos, dejando de lado el campo de los deseos”, explica. Añade que las subvenciones y convenios para todo lo que tenga que ver con el sexo “sigue siendo algo tabú”. “Corren malos tiempos para la erótica: vuelve un puritanismo que dificulta un trabajo desde lo público”, concluye.

De la asesoría al empoderamiento

Además de promotor de Izanez, Nabarro es también asistente sexual en el Grupo de Estudio Sexológico en Asistencia Sexual (GESAS), formado en 2016. Es uno de los organismos dedicados a la asistencia sexual en Euskal Herria, al que acuden algunas personas derivadas de Izanez cuando se ve necesario que desarrollen ciertos aspectos de su dimensión sexual. Inma Ruiz de Lezana, codirectora de Landaize Sexologia (Escuela Vasca de Sexología), fue una de las impulsoras de GESAS. Considera muy importante el derecho de las personas con discapacidad a tener su propia voz y reivindicar sus derechos, ya que “es habitual que en torno a esas personas se active un mito que les asexualiza y que las convierte en eternos menores, sin erótica ni sexualidad”. Para ella, es necesario abordar las demandas de aquellas personas que no puedan acceder al placer del cuerpo o a prácticas eróticas: de ahí la importancia de la figura del asistente sexual para apoyar a quien se enfrenta a esas dificultades.

En el ámbito social, el primer organismo que empezó a hablar de asistencia sexual en el Estado español fue el Foro de Vida Independiente. De ahí nació el proyecto Yes We Fuck, cuyo documental imprescindible —de mismo nombre— reivindica más derechos sexuales frente al binomio dependencia/infantilización. Anteriormente ya existían entidades como Tandem Team —en Catalunya— o webs como asistenciasexual.org, cuyos servicios incluyen en ambos casos la puesta en contacto de asistentes sexuales con demandantes.

Inma Ruiz de Lezana considera muy importante el derecho de las personas con discapacidad a tener su propia voz, ya que “es habitual que se active un mito que les asexualiza y que las convierte en eternos menores, sin erótica ni sexualidad”

Debido a que, a diferencia de países como Suiza, la asistencia sexual no está regulada, y que cada entidad tiene distintos enfoques, GESAS forma a sus asistentes en sexología. “Esto antes se consideraba prostitución, por eso es importante que se reconozca la sexualidad de las personas con diversidad funcional, y que no se confunda con que esta figura va a ser quien supla todas las necesidades que existen en este ámbito”, afirma Ruiz. En su opinión, uno de los retos es cambiar el paradigma del coitocentrismo. En ese sentido, el contacto con la piel, la intimidad, las caricias, etcétera, adquirirían un significado máximo frente a la centralidad del coito que impone la cultura hegemónica. En esa lógica, las limitaciones de la asistencia sexual las fija el propio asistente.

Caricias, coitos y bailes

El año pasado, y tras su propio proceso de formación, GESAS comenzó a ofrecer servicios de asistencia sexual con una red de asistentes formados, la mayoría de la CAV. María Eugenia Cabezas completó el proceso formativo y, aunque no ha llegado a ejercer debido a su trabajo y a su movilidad reducida en silla de ruedas, ha sido durante un tiempo la encargada de recibir y distribuir las demandas de la gente entre los asistentes. “Esto no es un negocio, ya que mucha gente no podría permitírselo; trabajamos desde el punto de vista asociativo, y solo tenemos una pequeña tarifa por desplazamiento”, apunta.

También recalca que la asistencia sexual no está solo pensada para personas con diversidad funcional. “Hay mucha gente con dificultades eróticas de diversa índole como, por ejemplo, vaginismo, eyaculación precoz o disfunción eréctil, y se puede ayudar”. Describe como emocionantes los momentos en los que el sufrimiento es entendido sin tener que dar mayores explicaciones, y critica que la mezcla de hipersexualización imperante y perspectiva genitalizada —que asocia la sensualidad a la penetración— lo pone difícil a la hora de compartir los problemas con el entorno cercano.

“Buscamos empoderar a la persona, ya sea alguien con discapacidad o en una situación de vulnerabilidad que le impida retomar su vida erótica”, explica Cabezas, quien también advierte contra la tentación de equiparar la asistencia con la prostitución. “No diferencio entre una caricia, una masturbación, un acompañamiento erótico, un coito... habrá asistentes que, por ejemplo, bailen”, afirma. Según cuenta, los cauces por los que se accede a la asistencia sexual son diversos. Hay personas que la demandan sin contárselo a su familia, y hay veces en las que la propia familia solicita el servicio. Por lo general, hay que hacer un trabajo específico en lo relativo a la privacidad, sobre todo en personas con discapacidad intelectual. “Si un alumno se masturba delante de los niños en el patio del recreo, hay que ver qué significa este acto. Hay un deseo activo pero nadie le ha explicado que se realiza en privacidad, aunque también podría deberse a que esa persona no tiene capacidad de tener un espacio de intimidad”, explica Ruiz. “En todo caso, hay que educar sobre la diferencia entre espacio privado y espacio público y que, por ejemplo, la masturbación pertenece a nuestra esfera íntima. Al final, una vez más, son las madres las que cargan con el peso de este tipo de cuidados”, añade Cabezas.

Información frente a esterilización

Tal y como denunció la Fundación CERMI Mujeres —ONG que defiende los derechos y libertades de las mujeres y niñas con discapacidad, así como las mujeres y madres asistentes de personas con discapacidad—, en el Estado español se sigue practicando la esterilización forzosa de mujeres con discapacidad. Según datos del Consejo General del Poder Judicial, 140 personas fueron sometidas a este tratamiento en 2016, previa autorización del juez. Para Ruiz, estos métodos “vulneran todos los derechos y limitan enormemente la autonomía y la posibilidad de que cada cual pueda construir su proyecto de vida”. “La esterilización, por más que en ciertas situaciones pudiera estar correctamente planteada, es un abuso de poder si no hay consentimiento, contrapartidas y no se da pie a que las personas puedan desarrollar posteriormente su erótica”, afirma Igor Nabarro, quien explica que “no tiene ningún sentido que se siga sobreprotegiendo y negando el acceso a las relaciones y al desarrollo de la atención sexual y emocional”.

“La esterilización es un abuso de poder si no hay consentimiento, contrapartidas y no se da pie a que las personas puedan desarrollar posteriormente su erótica”, afirma Igor Nabarro

Las entrevistadas coinciden en la paradoja de esa tendencia a la sobreprotección por parte de familias e instituciones. “El exceso de cuidado limita las experiencias de aprendizaje y de conocimiento, cuando lo que debería hacerse es optimizar las posibilidades de crecimiento y que cada cual se convirtiera en el hombre o mujer que quisiera ser”, explica Inma Ruiz. Bajo la premisa de evitar problemas derivados del coito —como los embarazos no deseados o los abusos, que son “los miedos que activan los mitos”—, se evita hablar de aspectos fundamentales de las personas. Por lo tanto, según afirman, “para prevenir los problemas se discapacita más a las personas”, un bucle que se “retroalimenta” con la propagación de los miedos infundados, desatada en la era digital. El miedo a lo que vaya a pasar extiende la creencia de que la ignorancia garantiza cierta protección pero, como mínimo, amputa el acceso a la educación sexual.

La sexualidad puede entenderse de maneras diversas y el desarrollo del erotismo no debería modularse en función de estigmas. Sin embargo, y aunque imaginación y sensibilidad siempre van a fluir, todavía estamos lejos de un escenario en el que la figura del asistente sexual sea innecesaria. Entre tanto, y dado que hay multitud de dificultades específicas para que se garanticen los derechos sexuales de todas las personas, el derecho a la información y la educación es la mejor forma de empoderamiento porque, como comenta Igor: “la ignorancia nunca ha protegido a nadie”.

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