Opinión
Count Binface, Nigel Farage y la sátira en la política institucional del Reino Unido
Desde las elecciones municipales celebradas el pasado mes de mayo, el tablero político en el Reino Unido se ha tambaleado. El acontecimiento más importante fue la dimisión del entonces primer ministro, Keir Starmer, que fue sustituido por el antiguo alcalde de Manchester, Andy Burham. Esas elecciones también demostraron la popularidad que Nigel Farage sigue teniendo en el país británico. Su partido político, Reform UK, fue el ganador de aquellos comicios, posicionándose como el principal favorito para las elecciones generales de 2029.
No obstante, el partido de extrema derecha está viviendo un momento complicado. Farage fue acusado por The Sunday Times de haber recibido apoyo financiero de George Cottrell, un delincuente condenado por un delito grave de fraude electrónico en Estados Unidos en 2017. Farage no declaró esa cantidad a las autoridades parlamentarias, igual que tampoco hizo con la donación de cinco millones de libras que recibió. Todo ello provocó un escándalo en el Reino Unido. Farage se dedicó a negarlo y criticó a los medios de comunicación por una supuesta persecución política contra él y su partido. A su vez, convocó elecciones en Clacton, una región situada en la parte este de Inglaterra donde ya ganó en 2024. Se espera que vuelva a obtener la victoria sin mayores problemas.
En esta ocasión, el Partido Verde, el Partido Laborista, el Partido Conservador y los Demócratas Liberales han decidido no presentarse a esta convocatoria electoral, ya que la consideran una pantomima. Creen que Farage se está victimizando para distraer la atención de su financiación irregular mientras está siendo investigado. Eso a su vez le serviría para posicionarse, una vez más, como el supuesto candidato contra el establishment y así seguir aumentando su popularidad. A falta de los partidos tradicionales que puedan enfrentarse a Farage, las encuestas muestran que su principal rival será Count Binface en unas elecciones que contará con un total de 34 candidatos, el número más elevado en la historia del Reino Unido.
¿Quién es Count Binface y cuál es su programa electoral?
Count Binface es el comediante Jonathan David Harvey disfrazado con una papelera en la cabeza, un traje negro y gris y una capa blanca. Parece un personaje sacado de una película cutre de ciencia ficción, una versión satírica de Darth Vader. Pese a que su victoria parece improbable, los conteos le sitúan con hasta el 20% de los votos, lo que le dejaría en segunda posición. Eso sí, muy lejos de Farage, que pasa del 70%.
Además de la parodia que supone el propio disfraz, el programa electoral de Count Binface combina ironía y muy poca seriedad. Ha prometido construir un hogar asequible, llevar el festival de Eurovisión a Clacton en 2028 y un referéndum para determinar si Plutón debería volver a ser considerado como un planeta. Entre tantos disparates, también hay espacio para el sarcasmo contra el statu quo. En claras alusiones a Farage, en el programa electoral se lee que Count Binface pasará más tiempo en Clacton que en Washington DC y que no aceptará donaciones de cinco millones de libras por parte de cripto millonarios.
Entre risas y ruido, las elecciones de Clacton representa uno de los mayores esperpentos de la historia electoral del Reino Unido
Seguramente, este episodio quedará como una anécdota dantesca en la historia del Reino Unido. Ya en las elecciones generales de 2017, Count Binface se presentó como Lord Buckethead y desafió a Theresa May. Anteriormente, hubo otras candidaturas absurdas, como la de Screaming Lord Sutch, que se presentó más de 30 veces a las elecciones parlamentarias entre 1963 y 1997. Su lema “vota por la insensatez, sabes que tiene sentido” define muy bien la sátira política que representaba el personaje. Pero más allá de la broma, Screaming Lord Sutch y el propio Count Binface han gozado de apoyo popular y económico. En un solo día, el principal rival de Farage en las elecciones de Clacton recibió 15.000 libras en donaciones. La presencia y popularidad de Count Binface, que se ha presentado a varias elecciones desde 2018, demuestra uno de los problemas fehacientes de nuestro tiempo: la falta de confianza hacia las instituciones políticas.
Cuando la política institucional deja de importar
Tomarse los procesos electorales con humor puede analizarse como una seña de identidad de los británicos, que se caracterizan, entre otros aspectos, por el uso continuo de la ironía en diversas facetas de la vida cotidiana. Sin embargo, quitarle importancia o reírse de un ámbito tan serio de la sociedad es un síntoma evidente de que existen problemas más profundos. Votar a Count Binface es una muestra más de la falta de confianza en los comicios electorales por parte de la población. La crisis endémica de las democracias liberales burguesas ha influido en la imagen negativa que la población tiene sobre las instituciones políticas. En una encuesta realizada sobre 24 países europeos, se observa que el Reino Unido es de los países donde los habitantes tienen menos confianza en el Parlamento, en los partidos y dirigentes políticos.
Es precisamente en ese ámbito de desconfianza donde emergen figuras como Farage para capitalizar el descontento general de la población. El crecimiento de la extrema derecha dejó de ser noticia hace más de un lustro, y 2026 ha ratificado un terremoto reaccionario que sacude los cimientos de nuestras sociedades. Europa no se libra del avance de la ultra derecha, y uno de cada cuatro votantes apoya a partidos que pertenecen a esta corriente ideológica.
En América Latina, las elecciones en Chile, Perú y Colombia han seguido esta tendencia. La derrota del Pacto Histórico liderado por Iván Cepeda fue especialmente dolorosa para la izquierda internacional, ya que el continuismo del gobierno de Gustavo Petro se veía como la opción esencial para seguir mejorando en derechos. Ni siquiera los avances realizados por el Pacto Histórico entre 2022 y 2026, destacando la disminución de los niveles de pobreza y extrema pobreza, el aumento del salario mínimo y la reforma fiscal para distribuir la riqueza y disminuir las desigualdades evitaron la victoria de Abelardo de la Espriella. Porque más allá de las condiciones materiales, el relato mediático y los discursos de la clase dominante definen la hegemonía cultural y el espíritu de época, moldeando así la idea que la gente tiene acerca de su gobierno.
Hoy en día, la atomización social, la soledad y la apatía generalizada juegan un papel fundamental que influye en la percepción acerca del rol que tiene la política en nuestras sociedades. Más que una esfera para conquistar libertades, se piensa que es un obstáculo que las coarta. Se ha extendido el discurso de que reducir la política a lo mínimo traerá prosperidad. Por ello, ante las múltiples crisis económicas y los problemas medioambientales, las clases dominantes han dirigido el foco hacia objetivos que sí podían suponer una amenaza para el sistema capitalista.
Ante ello, el rol de los medios ha sido fundamental para aupar a figuras de extrema derecha y bloquear los movimientos transformadores. Si en la década de 2010, Podemos, Syriza y el Partido Laborista de Jeremy Corbyn obtuvieron un respaldo popular arrollador, en los últimos años partidos como Reform UK, la Agrupación Nacional en Francia o Vox en España se aprovechan del descontento, el hastío y el odio de una parte sustancial de la población hacia las instituciones políticas. La realidad es que estos mismos partidos quieren consolidarse en el poder para mantener sus privilegios económicos. No obstante, al presentarse como partidos antisistema y gozar del apoyo de las élites, que les proveen con recursos para ayudarles a expandir sus ideas, sus discursos calan entre la población. De esta manera, surgen figuras como Alvise, Farage, Milei y hasta Count Binface, que representa la sociedad del espectáculo en su plenitud.
La política como mecanismo fundamental para transformar la sociedad
“No me gusta la política” o “no me interesa la política” son frases que todos hemos escuchado varias veces a lo largo de nuestra vida. ¿Cómo explicar a la gente que todo es política, más allá de la política institucional que rige nuestras sociedades? Los movimientos sociales siempre han sido clave para forzar a la clase dirigente a tomar medidas más o menos radicales, dependiendo de la coyuntura histórica y factores culturales, económicos y sociales.
Hoy en día, los índices de participación en las elecciones son preocupantes, lo que demuestra el poco interés que tiene gran parte de la población en estos procesos. En las elecciones generales de 2024, solamente uno de cada cinco adultos votó por el Partido Laborista de Keir Starmer. Aun así, se alzó con la mayoría absoluta. Ya he analizado en otros artículos el desigual sistema electoral británico, que premia a los partidos hegemónicos y penaliza a los emergentes. Es precisamente este método el que ha detenido el auge parlamentario de Reform UK, pero también del Partido Verde, y ha mantenido al Partido Conservador y al Partido Laborista con un número elevado de diputados. Se prevé que eso cambie en favor de Reform UK, básicamente porque la clase dominante no ve una amenaza en el partido de extrema derecha, sino una alternativa viable que les va a favorecer con políticas liberales.
Teniendo en cuenta las condiciones materiales del Reino Unido, la percepción social, la hegemonía cultural y el sistema electoral, no es de extrañar que los habitantes sientan que sus voces no son escuchadas. Por ello y como acto de desidia y diversión, muchas personas votarán a Count Binface en las elecciones de Clacton. Este descontento se podría canalizar en una opción que opte por mejorar las condiciones de vida de la clase trabajadora, como pretende el Partido Verde. Pero la campaña mediática visceral contra Zack Polanski de este año ha demostrado que, igual que hicieron contra Corbyn en la pasada década, las élites no van a permitir que un candidato socialista se alce con el poder en el Reino Unido. En cambio, una victoria de Count Binface supondría un momento extraordinario para los medios tradicionales, ya que su presencia genera mucha visibilidad en sus versiones digitales e impresas. Una portada de periódico con un Darth Vader de pacotilla es el sueño húmedo de los jefes en las redacciones de los periódicos.
Aunque Count Binface no gane, el relato ya está escrito. Y en un ejemplo más de la mercantilización de todo lo existente, ya se venden productos con su imagen. “Todo lo sólido se desvanece en el aire, todo lo sagrado se profana”, como escribieron Marx y Engels en el Manifiesto Comunista. Algo tan esencial como la política institucional, un vehículo para conquistar derechos, importa menos. Al mismo tiempo, se viralizan las imágenes y vídeos de Count Binface en las redes sociales y en las portadas de periódicos, y surgen múltiples memes sobre este candidato bufonesco. Esta pantomima influye de manera descomunal en nuestra percepción del mundo, pues hace que nos tomemos en broma los procesos electorales. Como explicaba Jean Baudrillard, los signos y simulacros reemplazan la realidad por la hiperrealidad, y las personas perciben esta última como más auténtica que la realidad misma. Entre risas y ruido, las elecciones de Clacton representa uno de los mayores esperpentos de la historia electoral del Reino Unido.
La simbiosis entre el estado del bienestar y la democracia
Es entendible que la ciudadanía no crea en las instituciones políticas. Los políticos del establishment se esfuerzan constantemente en mermar nuestra confianza en las mismas. En las últimas décadas, los servicios públicos han sufrido recortes en prácticamente todos los países del norte global. Si la democracia liberal burguesa, que fue herida de muerte en 1914, se hizo hegemónica a partir de 1945, fue por diversos motivos, pero uno de los más importantes fue el acceso universal a los servicios públicos. A partir de entonces, la mayoría de la población pudo disfrutar de privilegios que antaño pertenecían únicamente a la clase dominante, reduciendo así el conflicto entre clases que había imperado durante décadas. En 1948, el Partido Laborista de Clement Attlee estableció el Sistema Nacional de Salud (NHS). La sanidad pública se convirtió en el símbolo británico de una sociedad que resurgía de las cenizas de una Europa que ardió entre los fuegos del fascismo.
Los grandes cambios se han dado históricamente en momentos de desequilibrio de poder, de vacío institucional o de conflicto permanente
Es cierto que se dio una coyuntura histórica muy particular. La toma de Berlín por el Ejército Rojo que supuso la victoria de la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas frente a la Alemania Nazi y la movilización obrera que tuvo sus inicios en el siglo XIX y alcanzó su máximo apogeo en el XX fueron los vértices sobre los que orbitaron las decisiones políticas, sociales y económicas tras la Segunda Guerra Mundial. Fue precisamente ese miedo al comunismo lo que forzó a las élites a conceder derechos a la clase trabajadora. La victoria del Partido Laborista más izquierdista hasta la época de Corbyn en 1945, del Partido Comunista Francés en las elecciones de 1946, y los excelentes resultados del Partido Socialista Italiano y del Partido Comunista Italiano en los comicios de aquel año demostraron que emergía un horizonte de posibilidades en el nuevo mundo.
Eran tiempos de movilización política, y ese impulso siguió vigente en décadas posteriores. Así se explica el mayo francés de 1968, cuando diez millones de trabajadores ocuparon fábricas y pararon virtualmente la economía del país galo. En palabras del historiador y activista político Tariq Ali, fue la mayor huelga general en la historia del capitalismo. También hubo manifestaciones masivas en la República Federal de Alemania, Italia, México, Estados Unidos o Japón. A nivel global, los habitantes se involucraron asiduamente en la política de sus respectivos países.
Más allá de las dos guerras mundiales, la Revolución de Octubre y la fuerza colectiva que poseía la clase obrera, los movimientos de liberación nacional moldearon el pensamiento de los ciudadanos de las colonias. África y Asia se emanciparon del yugo europeo que les había sometido durante siglos. Frantz Fanon se hizo leyenda con sus escritos anticoloniales, igual que Patrice Lumumba, Che Guevara y Ho Chi Minh con su praxis política. Más allá de influir a los ciudadanos del sur global, Cuba, Argelia y Vietnam se convirtieron en focos de esperanza para humanos más privilegiados que estudiaban y trabajaban en París, Londres o Berlín Occidental.
¿Es posible cambiar la sociedad en este momento histórico?
¿Cómo generar confianza en la política institucional en un mundo tan diferente al del siglo XX? ¿Cómo convencer a la ciudadanía de que es necesario unirse para presionar a las élites? Lenin escribía que, para llevar a cabo un movimiento revolucionario, se necesita un pueblo organizado, pero también una coyuntura en la cual las clases dominantes no puedan seguir gobernando en el sistema actual. Tenía razón. Los grandes cambios se han dado históricamente en momentos de desequilibrio de poder, de vacío institucional o de conflicto permanente. Así era la situación previa a las revoluciones en Francia, Rusia, China y Cuba, que destronaron el orden establecido para incorporar a una nueva clase social a los mandos de esos países. La cuestión que ha de plantearse es si, en este momento de ruptura social, económica y política en que vivimos, las élites pueden seguir en el poder durante mucho más tiempo. Cada año, sus beneficios económicos aumentan de manera sistemática mientras que la mayoría de la población se empobrece.
Es precisamente el hombre más rico del mundo quién ostenta un capital político gracias a su poder económico y su influencia en las redes sociales. Elon Musk adquirió Twitter para tener un vehículo propio donde poder adoctrinar a la población de manera efectiva, y así ganar más dinero y poder para legitimar sus discursos. Cuando escribió en X que “la guerra civil es inevitable” durante los disturbios provocados por el alzamiento racista en el verano de 2024 en el Reino Unido, Musk no expresó una realidad sino un deseo. Al hacerlo, pretendía generar un relato para moldear la realidad bajo sus intereses.
Musk, Farage y muchos más representan la clase mediática, económica y política tratando de protegerse ante una posible amenaza de cambio que atente a sus intereses
El periodista Walter Lippmann cuenta en su libro Public Opinion que, cuando empezó la Primera Guerra Mundial, alemanes, franceses e ingleses convivían en una isla sin mayores problemas. Los habitantes estaban relativamente aislados del mundo exterior, y la única manera que tenían de conocer qué sucedía más allá de sus costas era a través de la información que traía un barco británico que llegaba a la isla cada sesenta días. De esta manera, se enteraron de la contienda global seis semanas después de su comienzo. A partir de ahí, los habitantes comenzaron a pelearse entre sí, obedeciendo los discursos de odio propagados por sus dirigentes contra los extranjeros. La lección que ofrece Lippmann es que nuestra percepción del entorno nos llega casi siempre de manera indirecta, mediada y manipulada. Nos hacemos una idea de la realidad del mundo a través de opiniones e informaciones que otras personas realizan, que nos influyen y moldean nuestro pensamiento.
En una entrevista reciente, Musk habló sobre el mensaje que escribió en X en 2024 sobre la supuesta inevitabilidad de una guerra civil en el Reino Unido. Cuando le preguntaron si frecuentaba el país británico, reconoció que no. Aun así, tuvo la irresponsabilidad de comentar sobre la situación social del Reino Unido y conjeturar un estallido bélico, sabiendo del impacto de sus palabras. Aquel mensaje tuvo diez millones de visualizaciones. Si la guerra civil puede llegar a darse en el país británico, es debido a que las fuerzas reaccionarias se aprovechan del descontento general para galvanizar el odio de las masas hacia los colectivos más vulnerables. Musk escribió ese mensaje a consecuencia del alzamiento racista de 2024, que sucedió después de que un menor de edad asesinase a tres niñas. Fue acusado en redes sociales de ser musulmán e inmigrante. Al final, resultó ser cristiano y galés, pero como el relato importa más que la realidad, se propagaron los ataques a personas racializadas, musulmanes y mezquitas.
Musk, Farage y muchos más representan la clase mediática, económica y política tratando de protegerse ante una posible amenaza de cambio que atente a sus intereses. Por eso Musk y otros guerreros de la clase dominante reaccionan con fervor cuando aparece un elenco diverso en La Odisea, la película del año. Conocen de la importancia que la cultura juega en el imaginario colectivo. Si la mítica historia que aboga por el respeto al extranjero y abraza la diversidad propia de los pueblos del Mar Mediterráneo se convierte en hegemónica gracias a la adaptación de Christopher Nolan, lo tendrán más difícil para imponer su narrativa.
Lamentablemente, en el Reino Unido lo que parece hegemónico es el agotamiento por la política institucional. Por eso Count Binface representa la muerte de la democracia liberal burguesa, la consecuencia de una sociedad que se toma a risa los procesos electorales. Ese es el peligro. La política institucional importa en cuanto su potencialidad como mecanismo de transformación para influir en una ciudadanía que, a su vez, ha de movilizarse para forzar a las élites a renunciar a sus privilegios y abrir un horizonte de posibilidades. Count Binface no puede ser la alternativa para detener a Farage. Este hecho supondría una derrota aplastante de la izquierda. La alternativa ha de ser Mamdani, Polanski, la Francia Insumisa y una coalición de izquierdas en España, los movimientos sociales que pelean contra los desahucios, para conseguir derechos, crear comunidades y acabar con la violencia machista, homófoba y racista.
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