Opinión
Armonizando luchas, construyendo un Frente Amplio

Recorrer estos días el campamento es constatar así las diferencias con 2011. Hoy la vivienda está en el centro, pero junto al Sindicato de Inquilinas hallamos también a organizaciones juveniles de amplia implantación en nuestras universidades. ¿Cómo aprender de todo ello en este ciclo que re-comienza distinto?
Acampada Sol 3009 - 24
Varios jóvenes en la acampada de vivienda en Puerta del Sol colaboran para colocar toldos. Álvaro Minguito
6 oct 2026 12:40

15 años después han vuelto las tiendas a Sol, y lo hacen alzándose sobre los estertores de un ciclo político que se abrió para las izquierdas en esta misma plaza madrileña, allá por 2011, y que se está cerrando con porcentajes de voto ridículos en los sondeos para la izquierda alternativa a las puertas de las que seguramente son las elecciones más importantes desde el fin de la dictadura.

Entre las filosofías cíclicas de la historia mi favorita es la de Giambattista Vico. No hay en ella secretos motores de la historia que solo él conoce; tampoco hay determinismo alguno, ni predicciones de un fin de la historia que, casualmente, se habrían de dar en vida del propio autor. En su lugar hay humildad teórica y aceptación de la incertidumbre, una vez el napolitano reconoce que cada ciclo re-comienza de manera similar, pero no idéntica. La contingencia gobierna los asuntos humanos, no la diosa Ananké, la necesidad divinizada que ordenaba el rumbo a seguir con sus cadenas. Todo queda abierto para el napolitano, pero se constata que la barbarie contra los otros retorna a cada poco, según el olvido hace de las suyas, como con el fascismo. Vico aprecia las continuidades y los cambios, enfatizando que al regreso de los bárbaros le sucederá la capacidad fantástica para idear nuevas bases desde la política para un ciclo más humano. Más democrático también, diría yo.

Recorrer estos días el campamento es constatar así las diferencias con 2011. Hoy la vivienda está en el centro, en lugar de la amalgama de reivindicaciones de entonces, pero junto al Sindicato de Inquilinas (SI) hallamos también a organizaciones juveniles de amplia implantación en nuestras universidades, como la Organización Estudiantil Socialista o Contracorriente, así como organizaciones ecologistas determinantes en el inicio del campamento, como Greenpeace, todas ellas con sus lugares bien señalados entre las nuevas plazas y calles creadas en Sol. La relación de estas organizaciones bien estructuradas con una política asamblearia, abierta y con capacidad de decisión, se habría ensayado en las acampadas por Palestina, experiencia imprescindible en la politización de la generación que duerme en Sol.

La armonía en música precisa al menos de dos tonos. Con ello se nos invita a una apertura hacia una pluralidad que se enriquece mutuamente, que no se estorba ni destrona. Cuando los pitagóricos abrieron el uno a la díada, acudieron en tromba el resto de los números. No por casualidad la música les fue central en su empresa intelectual, convirtiendo la matemática de las proporciones aplicadas a las cuerdas en algo bello al oído.

Quizá uno de los retos hoy será que dé tiempo a que se expanda lo suficiente antes del 29 de noviembre, algo que no se logró en 2011, funcionando a un tempo más lento

En la música escribimos los silencios (y las silenciadas), una práctica fundamental en el estudio de la política y sus conflictos. La música también permite que podamos acordar entre muchxs a partir de nuestras notas particulares, situadas, todas ellas disímiles, revelando sonidos desde el encuentro, alcanzando matices que en soledad seríamos incapaces de alcanzar. Surgen novedades, sinergias diríamos hoy, como con los colores en sus mezclas. Más aún, a partir de las líneas melódicas que se asocian en el contrapunto musical aparecen discursos que se potencian en común, desbordando la voz de un instante. No hay oposición dialéctica ni competencia alguna por imponerse en esta música de las armonías y contrapuntos, como sí que lo había en el canto firme que arrasaba al resto por su potencia, como sucede desde las profundidades medievales/populistas de los liderazgos monárquicos o en las vanguardias más iluminadas. En su lugar predomina la escucha, la convivencia y el enriquecimiento mutuo a partir de la creación desde abajo.

Además de este tipo de ciclo no del todo repetido, donde la pluralidad de momento armoniza sin apenas disonancias, el sensus communis viquiano también aparece trenzado en las protestas de manera similar a como emergiera durante el 15M. Quizá uno de los retos hoy será que dé tiempo a que se expanda lo suficiente antes del 29 de noviembre, algo que no se logró en 2011, funcionando a un tempo más lento, casi tectónico.

El mensaje que este sentido común democrático recuperado nos traslada en mayúsculas es si estamos dispuestos a permitir como legal y justo, como normal en nuestro día a día, el que un destacamento policial armado entre en la casa de una mujer de 87 años, llamada Maricarmen, que lleva viviendo décadas en ella, para desahuciarla, expulsándola a la calle y en este caso también al hospital. Todo para mayor beneficio de unos rentistas que solo miran la cuenta de ganancias de su capital.

Otras imágenes espoleadas desde Sol confluyen aquí. Proceden de la imaginación, pero estimulan el deseo de transformación, sustentan creencias de programas realizables, y se combinan con la memoria de las luchas del pasado, de sus logros y fracasos. Su fuerza procede de la evidencia de injusticia que nos revuelve de nuevo. Como apuntaba Vico, el sentido común nos vincula desde la sensación y la emoción compartida, ofreciéndonos más allá del logos un suelo acordado de lo que significa, en este caso, una vida digna. Las ansias de revertir lo injusto se articulan así, conjuntamente, a partir de los cánticos en las calles. Como decían aquellos griegos que iniciaron la demokratía, las cosas importantes de la vida se enuncian cantando.

Armonizando así con lo anterior, aparece el sinsentido de las imágenes de otros destacamentos armados, en este caso en las fronteras, vigilando muros y alambradas, armados hasta los dientes, para impedir el paso a niños y niñas, a jóvenes y familias desarmadas que por azar nacieron al otro lado. Estos, incluidos los miles de menores que son llamados invasores por las almas quizá más frías, seguramente más bárbaras de nuestra sociedad, tan solo tratan de salir de una vida de miseria y crisis climáticas, de opresión política y cívica, a menudo también de conflictos armados. Pero se les cierra violentamente las puertas con el mismo temor, codicia e individualismo que anida tras los llamados fondos buitre.

Otra imagen del sentido común inquieto que estimula las resistencias actuales, vinculada de nuevo a las anteriores, nos lleva a preguntarnos qué nos impide cerrar la llave del gas de este suicidio colectivo que como civilización estamos cometiendo con los combustibles fósiles. Nos arrasan las danas, mientras los incendios se plantan a las puertas de nuestros hogares. Pero el sostenimiento de las ganancias de la oligarquía fósil, la falta de regulación política que mitigue de una vez las emisiones en línea con lo exigido desde Naciones Unidas, la impunidad de sus responsables, se asume como establecido, algo imposible de cambiar. ¿Qué nos impide por tanto cerrar la llave del gas? Lo mismo que nos impide abrir las puertas de una vivienda digna o las fronteras a la gente.

¿Y cómo es posible que estemos erigiendo vallas de entrada también en las universidades públicas? ¿Cómo permitimos, al mismo tiempo, la apertura de universidades privadas sin la mínima calidad académica y a precios desorbitados? ¿Por qué permitimos el maltrato laboral al profesorado encargado de la educación pública de la ciudadanía infantil y adolescente de nuestro país? ¿Por qué, de nuevo, los grandes capitales tienen las avenidas abiertas a la ganancia en un sector democrático esencial como es el educativo?

Quizá lo más corrosivo de la situación de la vivienda en España es la gran cantidad de propietarios/as de los que depende un inquilinato que forma ya alrededor del 20% de la población española. Hablamos de que una de cada 10 personas del país gana dinero con el alquiler de al menos una vivienda, lo que se traduce en más de dos millones de personas en esta posición. El 33% de estos alquileres están en manos de caseros/as que ganan entre 30 y 60 mil euros al año. Mientras, poco más del 16% está en manos de quienes ganan más de estos 60 mil euros anuales. A esto se añade que a fecha de 2026 ya más de la mitad de quienes ponen en alquiler sus viviendas tienen al menos dos inmuebles en el mercado, creciendo en los últimos años el número de viviendas en manos de multipropietarios/as.

Hay además un miedo inoculado al futuro, a la precariedad, a la alteridad y a las anomalías de un tiempo de desorden internacional y climático que está haciendo su función

Es decir, el ethos oligárquico que nos ofrece una determinada manera de pensar la justicia, la felicidad o lo aceptable recorre en buena parte las actitudes de millones de personas que no son ricas, pero que se sitúan en una posición de poder económico cotidiano frente a otras. Ese rol adquirido seguramente lleve a buena parte de la España rentista, que no a toda, a asumir los mandatos de la ganancia capitalista sobre los más débiles, la defensa del propio interés frente al común, o el deterioro de lo público a mayor gloria del emprendedor individual. Hay además un miedo inoculado al futuro, a la precariedad, a la alteridad y a las anomalías de un tiempo de desorden internacional y climático que está haciendo su función. Lo justo se nos dice ahora de manera impune que está reservado a aquellos de origen nacional, y lo mejor que podemos esperar de las derechas es cierto respeto a un mérito que sabemos adulterado ante el estancamiento del ascensor social. La felicidad se nos vende cada vez más, en medio del torbellino de la policrisis, desde el consumismo y el nihilismo hedonista que indiferente ante el mundo suspira por la última fiesta.

La huelga de algunas universidades, el 14 de octubre, planteando una hoja de ruta de conflicto en escalada, ayudará a dibujar el mapa coherente del ataque, pero también de las resistencias

Frente a todo ello, la armonía de las luchas democráticas busca expandir un imaginario alternativo de justicia, un ethos desde el que negarse a aceptar como dada la violencia contra las personas vulnerabilizadas. Y aquí da igual que sean nuestros mayores en sus casas o en sus residencias, que sean quienes migran huyendo de horrores bélicos, económicos o climáticos. Por eso la protesta social contra el genocidio de Gaza era crucial también para frenar el paso a la aceptación de la crueldad.

En el campo educativo, la lucha de las maestras de infantil, que acumulan ya meses de huelga indefinida, solo puede verse reforzada por aquella otra, también de carácter indefinido, que comenzará en secundaria el día 14 de octubre. La huelga de algunas universidades ese día, planteando una hoja de ruta de conflicto en escalada, ayudará a dibujar el mapa coherente del ataque, pero también de las resistencias. Las luchas se combinan y crecen, tal y como el mi enriquece al do en un piano. La joven de bachillerato de hoy será mañana quien sufra por entrar en la universidad pública. Unas reivindicaciones potencian así a las de al lado, y la solidaridad fluye asentando una comunidad democrática que sabe que esto solo puede enfrentarlo unida.

Así también, como se viene repitiendo estos días, sin vivienda no hay educación, pues ¿cómo concentrarse y encontrar la calma para el estudio con un sistema judicial y policial que te acosa para dejarte en la calle? ¿Cómo rendir en la escuela sin un lugar adecuado y seguro donde vivir? De ahí la importancia del Sol que han plantado desde el SI en el acorde fundamental de la protesta actual. Una vez convocada una huelga general en medio de una convocatoria electoral, donde la extrema derecha puede alcanzar el gobierno del Estado, esta movilización habrá de significarse como un reseteo digno y democrático del sistema en su conjunto, apelando al conjunto de gobiernos nacionales y autonómicos, al resto de instituciones y a la propia sociedad. Ese día habrá de ser un gran BASTA, un giro de 180 grados que ponga freno a las violencias aceptadas en curso, a la inacción progresista y a la amenaza fascista, que nos haga reflexionar sobre la imbricación de la actual policrisis y de sus respuestas. Y en clave de lo que está en juego el 29N, habría de ser una huelga que reactive y armonice a la izquierda alternativa, porque lo que suceda en las urnas ese día importa, y mucho.

De 2011 aprendimos cómo lo político se instalaba en las plazas para conformar un ágora que no supo erigirse en asamblea decisoria del país. No se pudo salir de un dilema que tenía mucho de callejón sin salida, pero se impulsó un ciclo de luchas que supieron confluir: las PAH se multiplicaron, las marchas de la dignidad acabaron pasando alguna noche en vicerrectorados universitarios, las mareas se retroalimentaban y una multitud plural rodeaba el Congreso reclamando una democracia real. En 2014 se frenó en seco todo aquello, abandonando el grito mudo de Sol que, frente a la crisis de representación, se enorgullecía de aquel silencio voluntario que nos ponía los pelos de punta, de no tener ni querer líderes vociferantes hablando por todxs. Vino el atajo populista, la máquina de guerra electoral, el entregarse en brazos de los liderazgos carismáticos. Aquel ciclo viró de rumbo para entrar de lleno en la arena electoral con los resultados consabidos.

¿Cómo aprender de todo ello en este ciclo que re-comienza distinto? ¿Bastará un cambio de caras? ¿O necesitamos cambiar por completo la teoría política subyacente al movimiento? ¿Hemos aprendido a cultivar un ethos que destierre de las organizaciones amplias de la izquierda, de los nuevos y viejos liderazgos, aquellas competencias, narcisismos y batallas internas tan propias del ethos neoliberal y oligárquico? ¿Se verán tentadas las nuevas organizaciones por medio del principio de distinción de volverse decimonónicas en sus desfiles, disciplinas y banderas, en lugar de abrazar las libertades políticas que reclama el nuevo siglo?

Se ha escrito en Sol que “ellos por dinero, nosotras por amor”, ¿somos conscientes de lo que implica esa forma de amor que era la philía, la amistad política? Y por otro lado, ¿podrá Sol pasar de ser ágora y potencia de luchas a marcar las leyes de nuestro país? ¿Resulta posible, o de manera previa deseable, armonizar la democracia radical de las plazas con la política representativa? ¿O tras lo visto en los últimos años habría que establecer una política clara de no acercarse demasiado al ámbito representativo?

¿Como cantar además junto a una la élite de una izquierda alternativa cansada, devorada por la teoría populista y la impotencia? ¿Será capaz lo mejor de esta de resetearse en estas nuevas claves? ¿Aceptarán los nuevos liderazgos políticos y sindicales, las solventes portavoces del SI y de otras organizaciones, reflexionar sobre el propio carácter que les recorre a la hora de hacer política? ¿Sabrán cómo evitar que la repetición cíclica las conduzca a declives, endiosamientos y guerras internas parecidas?

La noción de Frente Amplio puede convertirse en una oportunidad para ofrecer una respuesta aceptable, aunque seguramente imperfecta, a todo lo anterior. No como se plantea actualmente, como una especie de penúltimo remedo de Sumar, sino como un auténtico frente radical democrático de armonización de luchas. En él las organizaciones políticas, ecologistas y por la vivienda, aquellas que defienden la educación y la sanidad pública, las organizaciones que no se bajan de los derechos humanos tanto en las fronteras como en la puerta de nuestras casas, podrían conformar el corazón de este Frente. La presencia de sus voces, votos y decisiones habrían de situarse al mismo nivel que los partidos de la izquierda parlamentaria. Apenas hay tiempo de negociarlo, cierto, pero pensemos que el propio barrio de la acampada de Sol se ha montado en tan solo 5 días. Llevamos más de tres siglos de una representación política sin apenas innovaciones, más de 100 años con unos partidos políticos resignados a los elitismos de las camarillas. No debería costar tanto cambiar el paso a la vista de sus resultados y en un momento de efervescencia social y de urgencia antifascista como el actual.

Es hora así de conformar un Frente Amplio donde las melodías de las calles, las asambleas y los centros públicos, de las organizaciones sociales y la ciudadanía comprometida, se entremezclen entre sí y con el trabajo parlamentario de aquellos partidos y legisladorxs que en su mayoría proceden de estas luchas, que no se sienten bien en la batalla cainita permanente y que buscan un paraguas aglutinador que sea coherente a sus valores.

¿Seremos así capaces, en esta época de vértigo que se nos abre, de conformar una mesa de partidos y organizaciones ecosociales y sindicales amplia? ¿Podrá este frente abrirse a una democracia de audiencia que rinda cuentas ante las asambleas y comités que se formen por todo el territorio? ¿Seremos capaces de articular, junto a la lucha central por la vivienda digna, todo un programa de mínimos que dé vuelo al sentido común democrático frente a la ola iliberal que parecía dirigirnos de cabeza al abismo fascista, la distopía ecosocial y el triunfo de la tecno-oligarquía?

De momento se abre otro ciclo desde la izquierda, con otra generación a la que se debe abrir paso. Tan solo incido en que hay que saber que no solo con eso basta. Los aprendizajes del ciclo que se cierra nos impelen a cuidar a las nuevas portavocías y organizaciones, en primer lugar por ellas mismas. Veamos sino el desolador panorama post 2011. Cuidados, amistad, humildad, generosidad y apoyo mutuo son los valores que hemos de saber dar vida para lograr invertir las injusticias de la vivienda y las fronteras, de la educación y los servicios públicos, de la descomunal crisis ecológica en marcha. Lo que hace tan perversa a la crisis ecosocial es el tema del tiempo, hay que hacerlo todo a toda prisa, y eso a menudo paraliza. No puede pasarnos lo mismo con las elecciones del 29N, hay que activarse como nunca para salvar lo que viene. Y al mismo tiempo preparar ese magma que late para impulsar el nuevo ciclo político y de movilizaciones. Hoy como ayer, para no perder el rumbo ante lo embravecido de las tormentas por venir, va a resultar imprescindible acompañar cada práctica de una reflexión teórica democrática radical. Y si lo hacemos con música, mejor.

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