Miguel Gómez Garrido: “Hemos aceptado que el trabajo en sí mismo es algo bueno y ya está”

El periodista indaga en ‘La cultura del desesfuerzo. Meritocracia, trabajo y otras trampas’ en la pulsión de ensalzar el sacrificio y el esfuerzo que habita cierta ética del trabajo y que toma estrambóticas formas en el relato de influencers y gurús.
12 sep 2026 09:40 | Actualizado: 12 sep 2026 10:11

El periodista vallecano Miguel Gómez Garrido (Madrid, 1994) lleva tiempo haciéndose preguntas pertinentes sobre el “bizarro” mundo del trabajo. Con un máster en análisis sociocultural bajo el brazo, este colaborador en medios como La Marea o el Salto, ha puesto su fina mirada al servicio de la escritura de un libro: La cultura del desesfuerzo. Meritocracia, trabajo y otras trampas (Siglo XXI, 2016) en el que, de la mano de autores unidos por el cuestionamiento del mandato laboral, pero también acompañándose de apóstoles flipados del esfuerzo continuo, desgrana todo un universo en torno a la cultura del esfuerzo, para bucear en sus contradicciones, impertinencias e insostenibilidades.

A Gómez Garrido se le podía leer ya en Facebook, hace muchos años, compartiendo su experiencia como teleoperador en un mercado de trabajo hostil, y haciendo gala de una aguda perplejidad ante la precariedad laboral y existencial consuetudinaria. Ahora el periodista ha trasladado sus inquietudes a un libro amable y fresco que reivindica la inteligente propuesta política de no matarse a trabajar, de no llegar hasta el límite de nuestras fuerzas por vaya usted a saber qué fin.

Leyendo tu libro y recordando tus textos sobre la experiencia de una realidad laboral absurda y explotadora, me pregunto si no será que el capitalismo se pasó de tirar de la cuerda de la precariedad, quebrando una cierta cultura del trabajo.
Esta es una de las intuiciones de las que yo parto en el libro y que creo que atraviesan a muchas de las personas que de manera muy intuitiva, de manera poco teórica, de manera poco articulada está diciendo que quiere ir por esta línea. Una línea de trabajar menos, una línea de disponer de más tiempo. Creo que se debe en parte a que se han pasado de la raya tanto en lo que es la explotación, como con el producto que vendían. Han intentado vender el trabajo como un producto muy sofisticado, muy divertido, muy excitante, muy gozoso y como encima ha sido muy difícil y muy caro acceder a él, el resultado es tan decepcionante que ha habido un montón de gente que ya no solo es que esté superada, cansada, dolida, herida, reventada, sino que además está decepcionada. Y bueno, eso creo que es una cosa que me ha pasado a mí, por supuesto, pero creo que es una cosa que se puede aplicar a mucha gente en relación a sus experiencias laborales.  

Has escrito un libro como muy de este mundo, como un poco pop, en el buen sentido de la palabra, con muchas referencias a un ecosistema mediático o de personajes virales que nos suena a todas. ¿Cómo tomaste esta decisión de escribir tan desde lo mundano?
Está el hecho de escribir sobre un mundo saturado, sobre un mundo cansado, sobre un mundo hastiado, sobre un mundo en el que la gente va muy deprisa, no tiene tiempo para nada, le cuesta pensar, le cuesta tener energía para reflexionar y para pararse. Entonces, creo que es conveniente escribir un libro que la gente pueda leer en un ratito en la playa, que la gente pueda leer en un ratito en el metro, que la gente no tenga que tomar un paracetamol, después leerse el libro. 

A ver, es un libro que me ha costado mucho esfuerzo, pero espero haberle ahorrado un esfuerzo al lector y que le sea ligero y ameno precisamente por eso, porque creo que este mundo ya exige demasiado. No quiero decir que no tenga que haber otro tipo de ensayo, por supuesto, dios no lo quiera, pero en este caso sí que pretendía hacer un libro fácil de leer, porque creo que ya tenemos un mundo que es muy difícil. 

Es un libro que me ha costado mucho esfuerzo, pero espero haberle ahorrado un esfuerzo al lector y que le sea ligero y ameno precisamente porque creo que este mundo ya exige demasiado

Tu estilo me ha resonado un poco al libro de Sarah Jaffe Trabajar, un amor no correspondido. Compartís una cierta ironía, una retranca… parece que las cosas están tan rotas, que el mundo laboral es tan loco, que solo se puede abordar desde esa distancia irónica.
En mi primer contacto con el trabajo, lo que siento es que estoy ante un mundo bizarro. Es como las películas estas de terror que están saliendo ahora, medio pop también, que si Obsession, que si Backrooms, que tienen una parte de humor, de distancia, como diciendo, “¿qué está pasando aquí ?” Creo que el trabajo tiene esta parte entre el horror, lo cutre, lo extraño, lo ritualístico que te produce tantas sensaciones raras, y en este sentido, el abordaje con cierto humor o con cierta ironía, para mí es una posibilidad.

Creo que también no solo es una posibilidad para que pases un mejor rato, sino también para abordarlo sin tanta gravedad y por lo tanto con más posibilidad de cambiarlo. Es decir, cuando en el trabajo se ven tantas costuras, tanto cartón piedra, tanto desconchón, te das cuenta de que cambiar según qué cosas, según qué rituales establecidos no es tan complicado. Yo creo que no es tan complicado.

Me parece que si se aborda de esta manera se permite ver que estamos hablando de una cosa que no es un leviatán tan grande, ni tan inmenso, ni tan inabordable. Creo que a veces basta con mirarlo con cierta distancia para darse cuenta de que, “oye, y ¿si esto lo cuestionamos?” No lo sé, quizás sea una interpretación un poco ingenua, pero creo que es constructiva. 

Bueno, en cierto sentido, reírse de todo ese tinglado da un poquito de poder. 

Efectivamente. 

Me interesa toda esta categorización que haces sobre las masculinidades devotas del esfuerzo, esta gente tan agrandada con su culto al cuerpo, a ponerse al límite. Y sin embargo, no parece que haya una épica del esfuerzo por la comunidad, o del esfuerzo por la transformación política o del esfuerzo por cuidar.
Al final hago una mención a esa posible épica de la cultura del esfuerzo común, estoy completamente de acuerdo contigo que quizá deberíamos reapropiarnos de la idea del esfuerzo desde esa perspectiva. Una de las formas que tengo de explicarlo, para que se entienda mejor, es que quizás hay que salvar all trabajo y al esfuerzo de la cultura del esfuerzo actual. 

Y esto no significa que no exista una cultura del esfuerzo que puede tener unas reglas completamente diferentes, no significa que no exista el esfuerzo, no significa que no exista el trabajo. Significa que la cultura del esfuerzo actual tiene un montón de —vamos a decirlo así— errores de programación que tenemos que cambiar, que tenemos que hackear y que tenemos que codificar de otra manera. 

El último libro de Jorge Tamames,  Algo que hicimos juntos —que le llamo provocativamente la mili woke—  apela a esto, a un esfuerzo común que nos permite referenciarnos en un cambio colectivo que nos haga sentirnos mejores y que además, sobre todo, permita —que esa es la manera en la que creo que la cultura del esfuerzo común tendría que trabajar— prevenir las heroicidades, prevenir los excesos, prevenir los errores y prevenir los suicidios de la cultura del esfuerzo individualista, competitiva, selvática, en fin.

Una de las cuestiones imprescindibles de esa cultura del esfuerzo común es que nos ahorre esfuerzo individual a todos

Entonces, creo que por ahí, sí, estoy completamente de acuerdo contigo en que quizás falte una cultura del esfuerzo común, pero creo que es difícil articularla si no somos capaces de desbrozar y de, digamos, separar lo que entendemos de verdad por una cultura del esfuerzo interesante para todos que además acoja, entienda y defienda que una de las cuestiones imprescindibles de esa cultura del esfuerzo común es que nos ahorre esfuerzo individual a todos.

Y creo que el problema es que muchas veces desde las izquierdas, por así decirlo, o desde la tradición histórica de las izquierdas más fuertes —pero no solo estamos hablando del estalinismo, podemos hablar perfectamente del anarquismo, de otras tradiciones— hay una épica de la militancia, desde la que se asume con demasiada tranquilidad, demasiada facilidad y demasiado acriticismo, un montón de cuestiones que en realidad también están en la cultura del esfuerzo actual, también estaban en el taylorismo, también estaban por supuesto en el resurgir neoliberal. 

Si nosotros no somos capaces de defender y de entender qué tipo de cultura del trabajo, qué tipo de cultura del esfuerzo queremos y pretendemos vamos a tener muy complicado apelar a una épica del esfuerzo común sin la cual es imposible que hagamos nada. Porque esta idea de que, “bueno, pues ya está, nos vamos todos a casa, a descansar, a dormir la siesta”, es improductiva y corta de miras, en el sentido de que por ahí no llegamos a ningún lado. También creo que para llegar a ese lugar en el que muchas y muchos nos podemos referenciar, hace falta tener muy claro también a qué no queremos volver, a qué sí queremos renunciar, o al menos qué queremos cambiar y modificar. 

Pero parece que más allá de plantearnos cuestiones sobre nuestra cultura del esfuerzo o del trabajo, vamos incorporando nuevos elementos en la ecuación laboral, como es el uso de la IA, sin mucha reflexión o debate al respecto.
En el libro la IA no es un tema principal, pero hago referencia sobre todo a la idea que popularizó David Graeber de la necesidad de analizar qué trabajos son totalmente innecesarios y sobre todo pensar qué trabajos evidentemente pueden cambiar y modificarse.

Ahora mismo. con el tema de los incendios, se ve muy claro. Tú tienes un montón de gente dedicando el día y la noche a trabajos completamente prescindibles, innecesarios, superfluos, y de otro lado te faltan un montón de manos en otros lugares donde sí hacen falta, bomberos que no están donde tienen que estar.

Respecto a la IA, creo sobre todo a corto plazo, más allá de un debate más de fondo sobre esa tecnología, que no tenemos que caer en un ludismo mal entendido, en una especie de nostalgia artesanal, según la cual lo que hay que hacer es trabajar 14 horas en vez de que la IA lo haga en 10 minutos. Sinceramente eso me parece un fetiche, ya no del trabajo, sino de, no sé, de la tradición, que yo, sinceramente, no compro en absoluto, no comparto que nos pueda llevar a ningún lado emancipatorio. 

Sin embargo es curioso cómo conviven —y creo que la IA tiene que ver con eso— una especie de “resultadismo”, un enfoque al resultado que vacía de sentido al proceso, y al mismo tiempo, una condena al proceso continuo, porque, según cierta cultura del esfuerzo, ningún resultado basta.  
Esa es la paradoja que más me voló la cabeza. Creo que es la paradoja más interesante de la cultura del esfuerzo, el punto nodal por el cual hay que empezar la crítica. El meollo del cuestionamiento a la cultura del esfuerzo es ese, que se presenta como un medio para conseguir un fin y al final es un fin en sí mismo. Es divertido si lo piensas, creo que hay un componente espiritual o si quieres metafísico con el que ellos juegan, según el cual te dicen, “bueno, en el fondo no va de que consigas este beneficio o estos bíceps o este resultado, sino  que va de que tú eres una persona de valor”. Vivimos una crisis de sentido y parece que la idea fundamental de la cultura del esfuerzo, es que no vale con un esfuerzo en sí mismo para llegar a un fin, sino que el esfuerzo, el sacrificio y el trabajo son fines suficientes en sí mismo. 

Tenemos un corpus teórico superamplio sobre la idea de trabajar menos, pero nos cuesta ver una traducción de esta idea a una agenda política. No me refiero a que surja un partido político antitrabajo —que tampoco estaría mal—  sino que no parece que esta agenda esté nutriendo ningún movimiento social, como si se limitara a ser una suma de intuiciones individuales y de deseo, sin convertirse en una demanda reivindicada colectivamente.  
Ojalá poder responderte a esto, la verdad. Dormiría más tranquilo por las noches. Respecto a la izquierda, creo que evidentemente los movimientos sociales emancipatorios, precisamente por su relación con la militancia, han tenido una relación como mínimo ambigua con respecto a la ética del trabajo. Creo que eso provoca que nos cueste mucho elaborar programas electorales en los que verdaderamente confiemos y que verdaderamente nos los creamos, de cara a construir un movimiento para trabajar menos. Para bien y para mal, creo que estas ideas que cuestionan el trabajo, son ideas que han tenido un éxito muy superior a la organización que había detrás.

O sea, yo creo que como decía John Dewey —lo he leído antes, no porque sepa muchas citas—  “las ideas se miden por sus efectos” y creo que, evidentemente, tanto la gran renuncia como el estado de la opinión pública actual respecto a este tema haría pensar que ha habido un movimiento organizado mucho más fuerte en torno a esto, y no lo ha habido, estoy de acuerdo contigo. Yo votaría a una organización política antitrabajo, por supuesto, militaría ahí. No sé si se trata tanto de tener un partido antitrabajo, como que los movimientos sociales o los proyectos políticos tuvieran muy claro que trabajar menos es uno de los objetivos centrales y que además tiene que contaminar el resto de políticas. Yo ya con eso me conformaría.

Creo que si eso pasara también contaminaría incluso la propia manera de militar y la propia manera de organizarnos, que está muy contaminada y muy condicionada por la ética del trabajo, con muchísima culpabilidad. No sé, creo que tendría que ver con un convencimiento previo, no sé si cultural, no sé si en el debate de las ideas, pero tendría que partir de un convencimiento previo real y profundo y no de postureo o de decirlo, pero luego no aplicarlo. Se trataría de apostar  —lo digo así para que quede mejor— por una cultura del esfuerzo diferente, por una cultura del trabajo diferente y por una ética del trabajo diferente.

No sé si se trata tanto de tener un partido antitrabajo, como que los movimientos sociales o los proyectos políticos tuvieran muy claro que trabajar menos es uno de los objetivos centrales

Pero tiene que partir de ahí. Por ejemplo, los sindicatos de vivienda son en sí mismo ejemplos palmarios de un programa electoral de un partido antitrabajo. Porque reivindican derechos de ciudadanía que no tienen nada que ver con si trabajas o no. De hecho buscan precisamente derechos garantizados a pesar de tu condición coyuntural laboral. 

Por otro lado, la renta básica aparece como ese elemento central, interesante, que nos convoca a todos, pero es que tiene que haber tantas cosas alrededor de la renta básica que a veces nos olvidamos de cosas fundamentales que hay en torno a la idea del antitrabajo y que quedan ahí como sueltas, que acaban siendo reivindicadas por diferentes elementos y no parece que estén convocando una idea antitrabajo, cuando en el fondo, tienen mucho de cuestionamiento del trabajo.

A mí me da mucha rabia, muchísima rabia, cuando se dice: “No, es que a la izquierda le falta un programa”. Pienso, no es por nada, pero te lo está gritando el chavalín que te está comprando lo de Llados, el programa. Si le vendes esto bien, te lo compra, porque él está también hasta los huevos, ya no de su jefe, que también, sino de trabajar un montón, de no poder dedicarse a sus movidas, de no poder dedicarse seis horas a ir al gimnasio, que es lo que quiere.

Hay ahí un montón de cosas, que yo no digo que sean perfectas, que yo no digo que no sean contradictorias y que no digo que no emerjan otros debates, pero que están ahí:  tenemos el calor este infernal que nos lo está diciendo, tenemos evidentemente todas estas necesidades sociales sin cubrir. Pregúntale tú a una trabajadora social si no se necesitan más manos, pregúntale a una educadora qué necesita. Tienes el programa delante de tus narices y la gente te lo está comprando. Tienes a todo el mundo hablando de salud mental desde un punto de vista totalmente a favor de lo que tú les estás diciendo. Todo el mundo está de acuerdo más o menos con ciertas soluciones a la crisis habitacional. Y tú me vas y me dices que no tenemos programa.

Lo que pasa es que hay una parte de ese programa muy importante que tiene que ver con trabajar menos y trabajar menos a la izquierda le duele mucho y le toca mucho en el corazón y es de ahí de donde parte el libro también. Creo que es un problema no resuelto que nos atraviesa de una manera muy fuerte.  

Viene a ser una cuestión identitaria, ¿no?
Claro, porque nos lo creemos, nos lo creemos desde un punto de vista ético y metafísico, y luego, porque a través de nuestra historia, no me parece un tema que se haya tratado lo suficiente en relación con la importancia central y nodal que tiene. Es decir, la izquierda, que está harta de discutir sobre sí misma, este tema para mí, lo tiene abandonado.

Se habla mucho del trabajo, del derecho a trabajar, pero poco sobre el contenido de ese trabajo.
Totalmente. Hasta el punto de que hemos aceptado y asumido, nosotros los primeros, pese al 68, pese a toda la historia también de la gente que ha dicho que no, que el trabajo en sí mismo es algo bueno y ya está. ¿Y qué pasa? que ahora se  presume de los 22 millones de trabajos como el mejor dato de la historia y no hay nadie, o casi nadie, que diga, ”Oye, a ver si resulta que esto de por sí no es tan bueno“.

No se cuestiona que sea tal estadística de la prosperidad, sin tener en cuenta si la gente llega o no a final de mes, o de qué está trabajando. Es como cuando la gente critica: ”Oye, no tenemos que medir el PIB por el PIB, porque a lo mejor resulta que este es un dato que habla poco de la realidad de la gente. Pues podríamos decir, a ver, de estos 22 millones de trabajos, ¿qué calidad hay en este empleo? ¿Qué nivel de felicidad tienen los trabajadores? ¿Qué cantidad de tiempo están perdiendo? ¿Cómo de realizados se sienten? ¿Cuántas horas de más le están echando?, ¿están siendo productivos?, ¿sus empresas para qué sirven?, ¿a qué están contribuyendo? No sé, sinceramente, no me parecen preguntas tan hippies.

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