Opinión
Gaza o la larga y penosa decadencia del mundo árabe

Arabista en la Universidad Autónoma de Madrid.
La brutal campaña militar orquestada por el régimen de Tel Aviv en Gaza, persistente desde hace casi dos años, está dejando al descubierto un buen número de vergüenzas. La mayor, sin duda, la incapacidad de la llamada comunidad internacional para poner coto al proyecto sionista en su versión colonialista más radical e intransigente. Luego, se ha puesto de manifiesto una vez más, por si alguien no se había percatado, la connivencia de numerosas elites políticas, económicas y militares de Europa y Estados Unidos con este proyecto supremacista que, en esencia, es una creación europea basada en los preceptos clásicos del colonialismo decimonónico, eso sí, con su particular discurso de legitimación religiosa.
Sin embargo, pocas veces, en nuestro ámbito europeo al menos, se toma en consideración una circunstancia, igualmente vergonzosa, que explica en buena medida el grado de impunidad con el que el régimen israelí está “solventado” la cuestión de Gaza: la implicación directa o indirecta de numerosos gobiernos árabes así como la pasividad de las sociedades y opiniones públicas árabes, las cuales, supuestamente, deberían ser las más sensibles hacia el padecimiento infligido a sus “hermanos” palestinos.
No se puede entender la obstinación de los dirigentes nazi-sionistas en Israel y su absoluta inhibición ante las protestas, más tímidas que otra cosa, provenientes de algunas partes del planeta, sin el apoyo firme de y la complacencia de los principales Estados europeos, quienes continúan enviando armas y pertrechos al régimen israelí a pesar de sus proclamas.
Determinados países árabes no están escatimando esfuerzos para respaldar la estrategia militar de Tel Aviv. Emiratos Árabes Unidos.
Ahora bien, determinados países árabes no están escatimando esfuerzos para respaldar la estrategia militar de Tel Aviv. Emitatos Árabes Unidos, por ejemplo, con relaciones diplomáticas desde 2020, ha aportado generosas ayudas económicas, ha servido de enlace para abastecerlo de componentes militares y ha permitido que el “ente sionista” (como se decía en la tan hueca como intrascendente jerga oficial de tantos países árabes) haya seguido recibiendo alimentos frescos a pesar de los embargos parciales o el cierre de rutas marítimas o aéreas derivadas de la situación de guerra. Los gobernantes emiratíes, como el resto de dirigentes árabes adscritos a la política exterior de Washington, no reconocen abiertamente su adhesión a la política de solución final que está intentando imponer el sector ultraortodoxo del sionismo pero mantienen su apoyo “en general” al régimen israelí.
Gracias al puente terrestre organizado por los emiratíes, asistido por saudíes, jordanos y egipcios, el mercado israelí interior pudo abastecerse durante meses de frutas y verduras frescas mientras estos mismos gobiernos, que tanto afirman preocuparse por el hambre y la sed que asola a cientos de miles de ciudadanos indefensos en la Franja han sido incapaces de forzar la entrada de un puñado de camiones con ayuda internacional. Especialmente gravosa es la postura de Egipto, que no ha hecho nada por negociar siquiera la apertura, por motivos humanitarios, del paso de Rafah, cuya competencia recaía en El Cairo según los acuerdos bilaterales con Tel Aviv.
Especialmente gravosa es la postura de Egipto, que no ha hecho nada por negociar siquiera la apertura, por motivos humanitarios, del paso de Rafah, cuya competencia recaía en El Cairo
Al otro lado del Mediterráneo, en Marruecos, se permite atracar a los navíos de guerra israelíes y los mercantes extranjeros que abastecen su industria militar mientras se intensifica la cooperación tecnológica, sobre todo en materia de espionaje, con el régimen israelí, por no hablar de la proliferación de empresas israelíes que, directamente o a través de sus tapaderas locales, se están extendiendo por los mercados nacionales de los países árabes que han “firmado la paz” con Tel Aviv -Rabat lo hizo también en 2020- o están negociándola en la actualidad.
Al tiempo, los nuevos gobernantes en Siria y Líbano adoptan medidas de gran calado y mayor celeridad para establecer acuerdos diplomáticos con Israel. En el caso de la primera, el nuevo líder de Damasco desde diciembre de 2024, Ahmad al Sharaa alias “el Golani” ha hablado ya de posibles acuerdos con Tel Aviv, a pesar de que este sigue ocupando y bombardeando su territorio y se niega a devolver los Altos del Golán ocupados desde 1967. Siria carece de un ejército digno de tal nombre, desangrado por una década de conflicto militar interno y los ataques israelíes a lo que quedaba de sus bases aéreas tras la caída del dictador Bachar al Asad. El giro de al Sharaa respecto al reconocimiento de Israel, sorprendente por sus orígenes “yihadistas” y la doctrina tradicional siria de suspicacia hacia el vecino expansionista, responde a una estrategia diseñada por estadounidenses e israelíes y aderezada por régimen saudí, que se ha convertido en el principal capataz regional de Washington.
La contrapartida para al Sharaa y los suyos es, como tantas veces, la pervivencia de su gobierno y redes clientelares, aún a costa de la integridad territorial del país, amenazado por tendencias secesionistas en la costa, las regiones kurdas o, sobre todo, las provincias de mayoría drusa que el régimen de Tel Aviv desea “tutelar”. Estabilidad parcial del nuevo régimen a cambio de promesas de desarrollo económico e inversiones millonarias a cargo del resto de cataríes, emiratíes, saudíes y compañía, todos ellos subsidiarios de la visión estadounidense para Oriente Medio. Un proyecto de desarrollo neoliberal que no ha de beneficiar a nutridas capas sociales.
La alcahuetería política de los saudíes, al servicio de una viciosa percepción estadounidense que convierte a todo Oriente Medio en una especie de azafata personal del régimen israelí, se está desplegando también en Líbano. Aquí el sistema político emanado de la campaña militar israelí contra el país en otoño de 2024 parece empeñado en aplicar a rajatabla la hoja de ruta estadounidense impuesta por Washington, que ha convertido, como era de esperar, las armas de Hezbolá y no la ocupación y los bombardeos diarios israelíes, en el principal problema libanés. De nuevo, las promesas de un maná económico y la dicha suprema si los gobiernos locales aplican el recetario estadounidense, siempre y cuando las petromonarquías pongan el dinero. Con todo, los saudíes no han demostrado hasta ahora una gran pericia en gestionar expedientes regionales de gran envergadura, por mucho que los estadounidenses pongan la letra, y la cuestión libanesa es peliaguda.
Lo vemos en Yemen desde 2015, cuando Riad forjó una alianza árabe para acabar con los huzíes, derivada en fracaso, más allá de los bombardeos indiscriminados contra objetivos civiles y la promoción de tendencias independentistas en las regiones sureñas yemeníes, auspiciadas por los emiratíes en su caso. Unos y otros tratan de ejecutar el espíritu de las directrices estadounidenses, las cuales carecen de un patrón fijo salvo el de favorecer a su engendro regional, el proyecto sionista, e impedir la emergencia de entidades políticas fuertes y robustas que puedan hacerle frente. Por ello no verán sociedades plurales y democráticas donde la gente pueda expresarse libremente y elegir a sus propios gobernantes; ni debates en las televisiones árabes donde la gente pueda intercambiar opiniones valientes y veraces sobre sus intereses nacionales.
El nuevo arreón estadounidense en la zona no contempla procesos electorales transparentes sino la aceptación por parte de los dirigentes locales del gran principio universal: aceptad la primacía del proyecto sionista y os salvaréis.
La realidad árabe hoy resulta lamentable. Una decadencia ideológica, moral y cultural que excede, y ya es decir, la penosa degradación de autoritarismo, subdesarrollo económico y oscurantismo intelectual
La realidad árabe hoy resulta lamentable. Una decadencia ideológica, moral y cultural que excede, y ya es decir, la penosa degradación de autoritarismo, subdesarrollo económico y oscurantismo intelectual que vienen sufriendo los países árabes desde hace décadas. Sus gobernantes justifican la apatía, por llamarla de algún modo, hacia lo que ocurre en Gaza aludiendo a la “infección” de Hamás y los Hermanos Musulmanes, esto es, el islam político que los gobiernos del Golfo consideran hostil a su ideario salafista.
No es inusual leer y escuchar en sus medios, o en los jordanos, o en los egipcios, donde el general Abdel Fattah al Sisi ejerce de anti hermanos-musulmanes visceral, que Hamás es peor que el propio Israel. Por ello, acogieron de buen grado la ofensiva a gran escala contra Gaza. La prioridad, acabar con Hamás y, de paso, neutralizar a Irán, a la que se acusa de sostener a los islamistas palestinos y a Hezbolá, el otro gran leviatán de muchos dirigentes árabes.
La obsesión de estos con Hamás, incluidos los de la corrupta y represiva Autoridad Nacional Palestina, que a menudo parece más un órgano de seguridad dependiente del régimen israelí que un órgano de gobierno autónomo palestino, no puede esconder una amarga y vergonzosa verdad: buena parte de estos regímenes fueron puestos por europeos y estadounidenses antes o durante el periodo de descolonización y su futuro inmediato depende del apoyo militar que puedan prestarles.
El ejemplo palmario lo tenemos en el Golfo, de donde el estúpido presidente Trump vino cargado hace meses con trillones de dólares en acuerdos de inversión y compras de material estadounidense a cambio de protección. Pero también en Marruecos, Jordania, Egipto y la lista continúa, con sus élites dependientes del apoyo financiero y mediático de occidente, insertas en su lógica mercantil, con las nuevas generaciones de la “casta” estudiando en sus exclusivos y prestigiosos centros de enseñanza, civil y militar, con sus inversiones millonarias en Europa y Estados Unidos actuando, en definitiva, al margen de los intereses y prioridades de sus propias poblaciones. El ciudadano árabe, por su parte, se ve limitado por unos servicios de seguridad instruidos por occidente, cierto, pero su estado de postración e inacción no puede explicarse sólo en función de la represión ejercida por sus dirigentes. Concurren factores socioculturales e ideológicos que ilustran a su vez la descomposición estructural de las sociedades árabes.
El proyecto sionista en Oriente Medio no podría haber llegado a estas cotas de brutalidad militar sin la actuación de unos regímenes árabes que sólo persiguen su propio beneficio y perpetuarse en el poder
El proyecto sionista en Oriente Medio no podría haber llegado a estas cotas de brutalidad militar sin la actuación de unos regímenes árabes que sólo persiguen su propio beneficio y perpetuarse en el poder, aun a costa del empobrecimiento de sus súbditos –Egipto es el peor ejemplo–, la renuncia a su integridad territorial como parece hacer el sirio o, incluso, suscitar una guerra civil como podría ocurrir en Líbano. Un panorama desolador porque estas elites árabes, en lugar de intentar hallar un arreglo justo o cuando menos estable para la cuestión palestina, están minando la estabilidad de Oriente Medio al sustentar directa o indirectamente unos planes demenciales que han socavado los principios de la dignidad humana, por no hablar de la tan vapuleada legalidad internacional. Lo peligroso para estos regímenes árabes es que el proyecto sionista está desatado y, en su arrebatada embestida hacia la solución final en Gaza, y también en Cisjordania, amenaza con llevarse por delante los pilares de ese nuevo-viejo Oriente Medio.
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