Opinión
Cuando el relato se derrumba: Palestina y la crisis de credibilidad del sionismo
Palestina. Fundadora de Alkarama – Movimiento de Mujeres Palestinas y miembro de la ejecutiva del Movimiento Ruta Revolucionaria Alternativa Palestina (Masar Badil).
Durante décadas, el pueblo palestino no solo ha tenido que enfrentarse a la expulsión de su tierra, la ocupación, el exilio, las prisiones y las sucesivas masacres. También ha tenido que disputar el derecho a contar su propia historia. La colonización de Palestina no se ha sostenido únicamente mediante la fuerza militar, sino también mediante una estructura política, diplomática y mediática que ha contribuido a presentar al colonizador como víctima y al pueblo colonizado como una amenaza permanente.
La construcción de ese relato comenzó antes de 1948. El movimiento sionista presentó Palestina como una tierra disponible para su proyecto colonial, minimizando la existencia y los derechos de la población que la habitaba. La Nakba, que significó la expulsión de cientos de miles de palestinos, fue descrita durante mucho tiempo en buena parte del discurso occidental como una consecuencia inevitable de la guerra, desdibujando las responsabilidades de quienes llevaron a cabo las expulsiones y destruyeron centenares de localidades. Los refugiados aparecían como una tragedia humanitaria, pero no como un pueblo despojado de su tierra y sus derechos.
El lenguaje importa
Esta forma de narrar la historia ha acompañado las sucesivas etapas de la colonización. La ocupación militar, los asentamientos, el encarcelamiento de generaciones de palestinos y las agresiones contra Gaza han sido explicadas reiteradamente mediante el argumento de la seguridad israelí. La violencia colonial se presenta como una reacción defensiva, mientras la resistencia palestina aparece desligada de las condiciones históricas que le dieron origen. Así, la seguridad del ocupante ocupa el centro del debate y la libertad del pueblo ocupado queda relegada.
El lenguaje desempeña aquí una función fundamental. Los bombardeos se describen como operaciones militares; la destrucción de viviendas se justifica mediante necesidades de seguridad; las expulsiones se presentan como evacuaciones. Las palabras pueden transformar decisiones políticas y actos de violencia en procedimientos aparentemente inevitables.
La historia de los cuarenta bebés decapitados constituye uno de los ejemplos más conocidos. Aquella afirmación recorrió el mundo sin que se aportaran pruebas que la sostuviera
El 7 de octubre de 2023 volvió a poner de manifiesto este mecanismo. Desde las primeras horas de se día, numerosos medios occidentales y responsables políticos difundieron acusaciones procedentes de fuentes israelíes sin someterlas a una verificación suficiente. Algunas historias adquirieron una dimensión internacional inmediata y contribuyeron a crear un clima político favorable al respaldo de la ofensiva israelí contra Gaza.
La historia de los cuarenta bebés decapitados constituye uno de los ejemplos más conocidos. Aquella afirmación recorrió el mundo sin que se aportaran pruebas que la sostuvieran. El entonces presidente estadounidense Joe Biden llegó a asegurar que había visto imágenes de niños decapitados, antes de que la Casa Blanca aclarara que no las había comprobado personalmente. La aclaración, sin embargo, no alcanzó la repercusión de la acusación inicial.
Precisamente por la gravedad de estos crímenes, ninguna acusación debería utilizarse políticamente sin una verificación rigurosa
También circularon testimonios sobre violencia sexual que posteriormente fueron cuestionados. Associated Press examinó dos relatos difundidos por voluntarios de la organización israelí ZAKA que resultaron infundados. Una misión de Naciones Unidas señaló asimismo que dos acusaciones concretas de violencia sexual en Be'eri carecían de fundamento. Precisamente por la gravedad de estos crímenes, ninguna acusación debería utilizarse políticamente sin una verificación rigurosa.
Pero existe una cuestión más profunda: ¿por qué las acusaciones contra palestinos ocuparon inmediatamente las portadas internacionales, incluso cuando resultaron falsas o no estaban acreditadas, mientras las denuncias documentadas de violencia sexual contra palestinos y palestinas bajo custodia israelí no provocaron una respuesta política, mediática y judicial comparable?
Las investigaciones de Naciones Unidas han documentado graves formas de violencia sexual y de género contra personas palestinas detenidas por Israel, incluidas humillaciones sexuales, desnudez forzada, agresiones y casos de violación. ¿Por qué algunas denuncias provocan condenas inmediatas, mientras otras, incluso documentadas, apenas alteran las relaciones políticas con los responsables?
Manipulación de los medios y complicidad política internacional
La responsabilidad de los grandes medios no puede reducirse a errores de verificación. Buena parte de la cobertura occidental ha otorgado mayor credibilidad a las instituciones israelíes que a los testimonios palestinos. Las declaraciones de portavoces militares suelen ocupar un lugar privilegiado, mientras las denuncias palestinas deben superar sucesivas exigencias de confirmación. Incluso cuando investigaciones posteriores contradicen las versiones oficiales, las rectificaciones rara vez alcanzan la misma visibilidad.
Pero esta responsabilidad no termina en las redacciones. Una investigación reciente de The New York Times recogió acusaciones de funcionarios estadounidenses contra David Milstein, asesor del embajador Mike Huckabee, por presuntamente bloquear o modificar informes de la embajada en Jerusalén relativos a los asentamientos, la violencia de los colonos y la situación humanitaria en Gaza. Según los testimonios recogidos, esas intervenciones buscaban ofrecer una imagen más favorable del Gobierno israelí. Huckabee rechazó el reportaje. El caso plantea una pregunta inquietante: ¿qué sucede cuando la información también puede ser filtrada antes de llegar a quienes toman las decisiones políticas?
¿Qué sucede cuando la información también puede ser filtrada antes de llegar a quienes toman las decisiones políticas?
Sin embargo, sería ingenuo atribuir la complicidad occidental únicamente a la manipulación informativa. Los gobiernos conocen desde hace décadas la realidad de la ocupación, los asentamientos, el bloqueo de Gaza y las violaciones de derechos denunciadas por organismos internacionales. Disponen de embajadas, informes jurídicos y abundante documentación. El problema no es la falta de información, sino las decisiones que adoptan a pesar de ella.
Las relaciones comerciales, los acuerdos militares y el respaldo diplomático han continuado mientras se acumulaban las denuncias sobre graves violaciones del derecho internacional. Quienes proporcionan armamento, mantienen alianzas estratégicas y ofrecen protección política no son espectadores ajenos a sus consecuencias. La responsabilidad internacional no desaparece mediante comunicados cuidadosamente redactados.
Tres años después, la distancia entre el relato oficial israelí y la percepción de sectores crecientes de la opinión pública resulta más evidente
Y, sin embargo, algo está cambiando. Tres años después, la distancia entre el relato oficial israelí y la percepción de sectores crecientes de la opinión pública resulta más evidente. Las imágenes de hospitales destruidos, familias desplazadas, universidades arrasadas y niños sometidos al hambre han llegado a millones de personas, cuestionando explicaciones que anteriormente parecían incuestionables.
En esta transformación ha sido decisivo el papel de los propios palestinos. Periodistas, sanitarios, docentes, escritores, mujeres, jóvenes y familias enteras han transmitido al mundo lo que ocurre en Gaza, muchas veces poniendo en peligro sus vidas. Sus testimonios han recuperado nombres, historias y experiencias que las estadísticas tienden a borrar, mostrando una sociedad con memoria, cultura y una voluntad persistente de continuar existiendo en su tierra.
Cada vez más personas se preguntan qué ocurrió antes de 1948, por qué millones de refugiados continúan privados del retorno
Estas voces han contribuido a romper el monopolio de la interpretación. Cada vez más personas se preguntan qué ocurrió antes de 1948, por qué millones de refugiados continúan privados del retorno o por qué la seguridad de Israel se presenta como un derecho absoluto mientras la libertad del pueblo palestino sigue sometida a condiciones.
Las movilizaciones universitarias, las campañas de boicot y las protestas contra la colaboración militar han situado Palestina en el centro de debates sobre colonialismo, racismo, represión y responsabilidad institucional. Pero no conviene confundir este cambio de conciencia con una transformación política consolidada. La indignación puede desaparecer cuando disminuye la atención mediática y la solidaridad puede quedar reducida a gestos simbólicos si no encuentra continuidad organizativa.
El respaldo de las principales potencias occidentales a Israel sigue siendo considerable. La pérdida de credibilidad de un discurso no implica necesariamente el debilitamiento inmediato de las estructuras políticas, económicas y militares que lo sostienen. Precisamente por eso, el cuestionamiento del relato debe acompañarse de una exigencia sostenida de responsabilidades.
Tampoco debemos olvidar que el pueblo palestino no comenzó a existir políticamente cuando el mundo volvió a mirar hacia Gaza. Durante generaciones ha preservado su memoria, construido organizaciones y sostenido su lucha frente a la colonización y el exilio. Lo que está cambiando no es esa realidad, sino la disposición de una parte del mundo a escucharla.
La pregunta fundamental ya no puede limitarse a cuánto ha cambiado la imagen de Israel. La cuestión es qué hará el mundo con aquello que conoce
Tres años después, la pregunta fundamental ya no puede limitarse a cuánto ha cambiado la imagen de Israel. La cuestión es qué hará el mundo con aquello que conoce. Porque conocer una injusticia y permitir que continúe también implica una responsabilidad.
El relato sionista no se derrumba simplemente porque algunas de sus afirmaciones hayan sido desmentidas. Su credibilidad se erosiona cuando la historia de Palestina, las experiencias de su pueblo y las contradicciones de quienes justifican su colonización dejan de poder ocultarse detrás de los discursos oficiales. Pero esa transformación solo adquirirá toda su importancia cuando el cuestionamiento de las palabras se convierta también en un cuestionamiento efectivo de las políticas que las acompañan.
Palestina no necesita que otros escriban su historia ni que su derecho a la libertad dependa de la compasión internacional. Necesita que se reconozcan sus derechos y que quienes durante décadas han contribuido a negarlos dejen de encontrar en el silencio, la propaganda y la complicidad un refugio para sus responsabilidades.
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