Diarios de la guerra del Líbano (2026)

En marzo de 2026, y por segunda vez en dos años, El Salto le pidió a la periodista Marta Maroto que reflejase en un diario su experiencia en la guerra en Líbano. La declaración de guerra de EEUU e Israel contra Irán llevó al régimen de Netanyahu a retomar la guerra contra su vecino del norte. Tras la invasión del Líbano, Tel Aviv llevó a cabo un ejercicio de limpieza étnica con muchas similitudes con el genocidio de Gaza. Hasta junio de 2026, cuatro mil personas habían muerto bajo los ataques.

@_martamaroto_

16 ago 2026 05:15

Domingo 2 de marzo | Beirut

00h - El Ejército israelí dice haber interceptado cohetes provenientes del Líbano. No hay confirmación de Hezbolá y sus cuentas afines en redes sociales piden precaución, quizá sea un error. Wael sale en pijama de la habitación, habla alto al teléfono: “Vete ya, mamá, no cojas nada”. Empiezan a formarse caravanas de familias huyendo desde el sur de Líbano y de Dahie, los barrios de Beirut de mayoría chiíta y controlados por la milicia.

03h - Beirut ya había olvidado el estruendo de los misiles. Rajando el cielo, partiéndolo en dos. Y el ritual que sigue a las bombas: luces encendidas sobre camas deshechas, gritos de tensión y llamadas, el pánico a que nadie conteste al otro lado de la línea. Ya advirtió Irán que el conflicto se extendería a toda la región. Hezbolá abre un nuevo frente pese a las advertencias de Israel de que cualquier paso en falso de la milicia provocaría una respuesta devastadora. La guerra dentro de la guerra.

06h - De madrugada, Israel ha mandado órdenes de evacuación contra medio centenar de pueblos del sur, que son mapas que el portavoz del Ejército en árabe sube a Twitter en los que los edificios o regiones que van a ser bombardeadas aparecen marcadas en rojo.

Las carreteras ya están colapsadas de exilio y algunos continúan su camino al norte a pie. En los 16 meses anteriores Israel ha violado el acuerdo de alto al fuego en más de 15.000 ocasiones, asesinando a casi 130 civiles. Había una tregua firmada que acabó con la última guerra en 2024, pero a las comunidades fronterizas nunca llegó nada parecido a la paz.

El asesinato del Ayatolá en Irán ha provocado la reacción de Hezbolá. Hay mucha incertidumbre y hartazgo de tener que salir corriendo sin saber cuándo se podrá regresar. ¿Qué palabras nos inventamos cuando incluso las que se firman en acuerdos internacionales pierden su significado? ¿A qué llamamos paz, a qué llamamos hogar cuando se vacían de sentido y se manipula toda referencia?

Otra noche sin sueño en el Líbano. Otra crónica de una guerra anunciada.

17h - Aquí no hay sirenas antiaéreas, ni hay búnkeres, ni refugios para resguardarse, ni aplicaciones en el móvil que envían mensajes de peligro. Aquí se abren las ventanas, se comprueba que la documentación esté en la mochila de emergencia, y cada uno le reza a su Dios. Todavía es pronto, pero llegará el día en el que también los que no creemos en nada le imploraremos silencio al cielo, cuando se haga insoportable el desamparo.

22h - Durante todo el día ha habido más bombardeos, más desplazamiento. Más de medio centenar de muertos, unos 150 heridos. Nombres y apellidos que se diluyen en la urgencia de los análisis geopolíticos. Cuánta sangre. El Gobierno habla de 29.000 personas que han tenido que dejar sus casas y refugiarse en escuelas públicas. Desde mañana y hasta no se sabe cuándo los niños de las clases más bajas también serán privados de educación.

Lunes 3 de marzo | Beirut

La extrañeza de la repetición invade el Líbano, el dejá vù del esperpento. Hace menos de año y medio, con el mismo genocidio de fondo en Gaza, Beirut se llenó de desplazados, el sur fue vaciado, bombardeado, ocupado. Warde ha venido a refugiarse exactamente a la misma esquina de la misma plaza donde ya encontró abrigo de las bombas en octubre de 2024. Tiene 70 años, nació en las montañas desérticas que rodean Damasco y solo habla asirio. En la última guerra permaneció 27 días sentada en la Plaza de los Mártires, corazón de la capital, aunque esta vez predice que la espera será más larga. Conserva el mismo gesto de boca torcida, aunque hoy no mira a cámara.

El éxodo y los bombardeos son tan recientes que pareciera que el país se mueve dentro de un recuerdo. En los meses de falso alto el fuego quienes pudieron alquilaron casas en zonas seguras para tener un lugar al que salir corriendo; y quienes no, memorizaron el camino al mismo lugar que les forzó a ser pacientes. Salua, de 20 años, volvió a la escuela de Ras Beirut que la acogió junto a su familia durante el conflicto anterior. La huida causó casi tanto tráfico como la última vez, tardó ocho horas desde Saida en hacer un camino que normalmente dura una.


Abu Mohammed y sus vecinos también plantaron sus tiendas de campaña en la acera donde ya lo hicieran en 2024, a pocos metros de la única playa pública de la ciudad. Con las mochilas y carpas al hombro, esta vez vieron cómo su bloque era destrozado por un misil israelí después de ser marcado en rojo en los mapas de evacuación del Ejército. Reina una sensación de enfado contra Hezbolá, pero él se siente orgulloso: “Nos quieren matar de todas maneras, encontrarán cualquier excusa, mejor morir con la cabeza bien alta”.

La playa y todo el paseo marítimo han vuelto a convertirse en un campamento informal de desplazados. Y cuando cae el sol y se rompe el ayuno del Ramadán, la costa se llena de hogueras y platos de comida que pasan de mano en mano.

Miércoles 11 de marzo

Ya no hay rincones del Líbano que se libren de la guerra. Un 14% del territorio está bajo órdenes de evacuación: casi todo el sur, Dahie y partes de la Beqaa, la ruta de las montañas a Siria. Estas tres zonas son el epicentro de las explosiones porque es donde Hezbolá tiene mayor apoyo social y presencia. Las órdenes de expulsión son cada vez más brutales. La semana pasada el rojo marcaba todo el contorno del sur de Beirut. El caos duró horas. Los barrios de Dahie —que significa “periferia” en árabe— son los más densamente poblados del país, hogar de casi medio millón de personas.

Como si a Beirut le hubieran mutilado las piernas, ahora tenemos que resguardarnos en su torso, en sus brazos. El tráfico es más denso, de coches con colchones atados al techo y hogares comprimidos en sus asientos. Familias con mantas, bidones de agua, pequeños hornos de gas y cuanto puede rescatarse de una vida paralizada. En los márgenes de la carretera que mira al sur han brotado carpas azules y el mayor estadio deportivo del país se prepara para recibir a los desplazados. El bullicio de la ciudad amontonada diluye el ruido de los misiles por el día, aunque el eco con el que retumban por la noche atraviesa los huesos en un escalofrío.

Comienza la limpieza étnica en un país exhausto. El sur está siendo vaciado forzosamente, bombardeado de manera indiscriminada por aire, con ataques contra el escueto sistema sanitario y la infraestructura civil para hacerlo inhabitable, y ahora avanza una invasión terrestre. Las amenazas de ministros israelíes de replicar Gaza en el sur del Líbano empiezan a normalizarse. Un Estado que lleva más de dos años y medio cometiendo un genocidio sostenido y televisado advierte de que va a cometer otro, y no provoca absolutamente nada.

En una guerra contra la población civil el objetivo es el borrado: cada vez que Israel destruye una casa o aniquila una familia, un trozo del Líbano desaparece

Es una secuencia de impunidad que ha ido presionando los umbrales de la barbarie, haciendo saltar por los aires no solo las leyes internacionales, sino cualquier referencia ética, humana. Porque por mucho que se entierre en ciclos renovados de violencia, aquí la memoria no olvida que todo empezó en los barrios arrasados de Beirut hace ya dos décadas. La Doctrina Dahie fue acuñada tras la guerra de 2006 y se basó en “hacer un uso desproporcionado de la fuerza”, según palabras del general israelí que lideraba el Comando Norte, quien llegó a decir que desde su punto de vista “estos no son pueblos civiles, son bases militares”. Rompía así con la regla básica del derecho internacional humanitario —porque la guerra también tiene reglas—, que es la distinción entre civiles y combatientes. Ahora esta estrategia se ha renombrado como Doctrina Gaza.

Esa normalización de la violencia es un mecanismo de supervivencia. El cuerpo se reorienta en lo absurdo y el corazón deja de desbocarse cuando las ventanas tiemblan. Y las conversaciones ya no se interrumpen más que unos segundos, y no se deja de hacer café ni de lavarse los dientes. Apenas me sorprendo durante las conexiones en directo cuando escucho las bombas de fondo. Las que intuyo que caen en zonas ya vaciadas a veces incluso dejo de contarlas, no quiero que su espectacularidad le robe tiempo a los nombres propios de otra familia completa que ha sido asesinada.

Líbano Marta Maroto revista 83 - 1

Jueves 12 de marzo| Beirut

Charcos de sangre sobre la arena en la que hasta ahora era una de las zonas más turísticas de Beirut. Israel ha atacado la Corniche, el paseo marítimo. Después del primer misil esperaron unos minutos a que se congregase la gente, a que llegaran los servicios de emergencia, para lanzar el segundo. Una advertencia de que el instinto humano de socorrer también puede matarte. Abu Mohammed y su hijo están heridos en el hospital. No hubo advertencia previa, ocho muertos. Bombardearon una zona en la que familias enteras dormían en tiendas de campaña, en sus coches, o directamente sobre mantas.

No hay línea de frente ni límites, la guerra arrastra el país al abismo.

Viernes 13 de marzo

103 niños han sido asesinados por Israel en menos de dos semanas de guerra. Los muertos ya ascienden a 773 personas, hay cerca de dos mil heridos y casi un millón de desplazados, lo que sería el 20% de toda la población del país.

Sábado 28 de marzo | Saksakiyeh (distrito de Sidón) y Nabatiyeh

No es solo la destrucción, sino la velocidad a la que ocurre. Parte de esta violencia que Israel ya promete genocida tiene que ver con la imposibilidad de nombrarla, de procesarla, o de ser siquiera consciente de su magnitud mientras sucede. Por la mañana Sidón despedía a dos de sus niños y a un bebé de tres meses asesinados el día anterior. Se llamaban Sajed, Jawad y Hasan. Terminaba el cortejo fúnebre cuando cinco trabajadores sanitarios eran bombardeados mientras enterraban a un anciano en un pueblo más al sur. Ni siquiera los muertos encuentran descanso. Cuando llegamos al campamento de los paramédicos en frente del hospital en Nabatiyeh todavía tenían los uniformes rasgados y manchados de la sangre de sus compañeros. Las caras desencajadas, la mano derecha al pecho a modo de saludo. De fondo, el zumbido del dron israelí y el eco de las bombas cada pocos minutos al otro lado de la montaña, que tapaba el rastro del humo de la batalla por Taybe. La invasión está asfixiando Jiam, ciudad emblemática de la resistencia: ahora pelea Hezbolá donde décadas atrás lo hiciera la guerrilla comunista libanesa.

Un Estado que lleva más de dos años y medio cometiendo un genocidio sostenido y televisado advierte de que va a cometer otro, y no provoca absolutamente nada

Rezos entre las ambulancias, conversaciones de pocas palabras en torno a una mesa plegable llena de cigarrillos, y no da tiempo ni de hacer café cuando llegan noticias de un ataque contra una ambulancia, otros dos paramédicos más asesinados cuando iban a socorrer a las víctimas de un bombardeo. Cada vez lo hacen más, esperar a que se junten los vecinos y a que lleguen los servicios de rescate para lanzar un segundo misil y matar a más civiles. Quieren romper la resiliencia de las comunidades del sur: asesinando al único salvavidas en plena limpieza étnica, generando miedo hacia quienes cuidan para forzar a más desplazamiento. Meter la idea de que si tu casa es bombardeada y resultas herida, te dará miedo que te rematen de camino al hospital. Israel dice que las ambulancias transportan armas y combatientes, pero no aporta ninguna prueba. Son crímenes de guerra.

Regresamos a Beirut con el alma encogida, bajando la ventanilla para grabar edificios recientemente bombardeados a ambos lados de la carretera. Somos capaces de sonreír cuando tenemos que parar y para dar paso a un rebaño de ovejas. Y entonces Marcos recibe otra llamada: tres periodistas han sido ahora el objetivo. Ali Shoeib, el más veterano periodista de guerra, la reportera Fatima Ftouni y su hermano, el cámara Mohammed Ftouni. Israel lo anuncia como un éxito militar, nosotros nos agarramos a nuestros chalecos de prensa y apretamos el acelerador.


En una guerra contra la población civil el objetivo es el borrado: cada vez que Israel destruye una casa o aniquila una familia, un trozo del Líbano desaparece. Una parte de su historia, su memoria, su forma de hablar, su forma de cocinar cierta receta. Obliterar el pasado prepara un futuro yermo, de tierra quemada, sin referencias: asesinando sistemáticamente a niños, también a periodistas. Y cuando ni los muertos pueden ser enterrados, el duelo se aplaza a un mañana que nadie sabe cuándo llegará. El privilegio de un respiro, una pausa, es también bombardeado. Quizá para evitar que el dolor se convierta en memoria, forzar a que los recuerdos se enreden en una madeja indescifrable de trauma y que los crímenes se diluyan en lo imposible de nombrar algo tan inhumano. No seré la única a la que esta noche se le quiebra la voz al enviar una última pieza de radio.

6 de abril | Kfar Hatta, Sidón

Partes de los cuerpos de Jamal y Rima fueron encontrados rotos sobre el balcón del edificio de enfrente, a unos 50 metros de donde sucedió la explosión. El cadáver de Hussein fue sepultado en el cemento, hubo que cavar más de diez horas para encontrarlo. Tres generaciones asesinadas, seis personas. La pequeña Amal, que en árabe significa Esperanza, apenas tenía cuatro años. Provenían de un pueblo fronterizo y siguiendo las instrucciones del Ejército israelí habían huido más al norte, cruzando el río Zahrani. Hace pocos días Israel llevó a cabo un ataque de precisión contra la planta de un edificio en Beirut. Es uno de los ejércitos más poderosos del mundo, su tecnología es una de las más poderosas del mundo. Sus drones llevan años sobrevolando y registrando los movimientos de todo el país. Saben contra quién dirigen sus bombas.

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Ahmad, un libanés que vive en España, no los conocía. Sin embargo, los miembros de aquella familia asesinada pertenecían a una rama lejana de la suya. Me lo contó por Instagram y le pedí permiso para decir en televisión que los Nahle —ese era su apellido— tenían primos en València. Al día siguiente el camarero del bar donde cada mañana se toma el café le preguntó preocupado por su gente. No hay distancia entre las dos orillas del Mediterráneo.

7 de abril | Estadio deportivo de Beirut

Mariam revolotea en la abaya de su madre. Generaciones que aprendieron la guerra a través de las historias o los silencios de sus casas reviven ahora el miedo erizándose en la nuca. Con apenas seis años, ya sabe cómo explicarle a su hermana pequeña qué es una bomba sónica y una explosión, qué es un dron y quién es Israel.

— ¿Echas de menos tu columpio en Kfar Kila?

— Mucho, pero no podemos volver, ya no está.

Desde 2024, del pueblo de Kfar Kila —con vistas a la ciudad israelí de Metula— no queda más que la huella de la destrucción. Alcanzado el alto al fuego en noviembre de ese año, tanques israelíes permanecieron ocupando este pueblo y otros sobre la frontera tres meses más. Durante este tiempo detonaron las casas que quedaban en pie, quemaron los campos de olivos, arrancaron el asfalto. De Kfar Kila, Alaa y su familia huyeron a Dahie, de donde tuvieron que volver a marcharse hace unas semanas.


La costumbre del desplazamiento crea nuevas rutinas. El trauma es una herida mal cerrada, y la sonrisa de Alaa no para de buscar juegos e ideas para que sus hijas olviden la pérdida. El ser humano es resistente, aguanta los golpes, pero la resiliencia es el proceso lento de absorberlos, de aprender de ellos.

“Escribe que no somos víctimas, que no tenemos que presentarnos como víctimas ante el mundo para que los derechos humanos también se nos apliquen a nosotros”, me pide Alaa antes de volver a cerrar la puerta de plástico de su tienda de campaña.

8 de abril | Beirut

Otra noche sin dormir. Estados Unidos e Irán anuncian el alto el fuego de madrugada. Irán dice que incluye al Líbano. Según Pakistán, el país mediador, también. A las pocas horas ataques israelíes contra ambulancias lo niegan.

Pasa el mediodía en el parque de Horsh, donde desde hace más de un mes descansan kilómetros de hileras de tiendas de campaña, símbolo del desplazamiento. Los niños juegan con cachorros callejeros, alguien reparte pan y en la entrada de las carpas se charla mientras hierve el café. Varias personas se acercan con enfado a la cámara: “Por favor, no enseñes caras”. De repente el remolino de niños alrededor del micrófono se sobresalta y echa a correr. De todas partes aparecen brazos de madres agarrándoles, pero no saben a dónde ir. Las bombas suenan cerca, una columna de humo denso y negro descose de ansiedad el cielo.

Más de 350 personas han sido asesinadas hoy. La mayoría, en bombardeos que han durado diez minutos. Contra todo el país. En hora punta. En zonas muy densamente pobladas. “Objetivos militares” es la información que llega a Madrid. Pero son trabajadores, son vendedores de frutos secos, familiares y amigos que acudían a un funeral en el sur; son madres y sus niños que volvían a casa del colegio, periodistas, mujeres que compraban leche y medicinas en una farmacia; poetas que preparaban la comida con su familia en su casa. El Gobierno pide a la gente recluirse en casa para dejar espacio a las ambulancias y excavadoras, que seguirán encontrando cuerpos hasta días más tarde.

Las calles están vacías, también de miedo. Hoy todos hemos sentido lo aleatorio de seguir vivos.

17 de abril | Ghazieh, Saida

Tiros al aire en celebración y de nuevo la maleta al hombro. La vuelta a casa está llena de banderas amarillas de Hezbolá, de jóvenes sonrientes que reparten botellas de agua y dulces entre el tráfico. El Gobierno libanés ha firmado una tregua. Hablar de paz queda todavía muy lejos: es un cese del fuego unilateral porque reserva el “derecho a la autodefensa” de Israel y guarda silencio sobre la ocupación del sur. Más de dos mil muertos. Más de siete mil heridos. Aunque sea por unos minutos, aunque sea ilusorio, al país le desborda una sonrisa de alivio. Los puentes han sido bombardeados, pero los coches cruzan el cauce del Litani. La frontera ha sido invadida, pero las familias siguen al sur. Las casas han sido destruidas, pero limpiarán el polvo y reconstruirán. El sur siempre contesta con la misma obstinación: pueden quemar la tierra y sembrar ruinas, que aunque tenga que ser en tiendas de campaña, volverá.

21 de abril | Línea Amarilla: Mansourieh, Majdalzoun, Qlayaa

Lo peor era el olor. De vida descomponiéndose bajo los edificios destruidos. Todo estaba roto en Mansourieh, también la mezquita y el cementerio. El Ejército libanés había cortado la carretera principal: a partir de ahí empezaba la ocupación. Letreros de peluquerías, veterinarias, colgando de locales sin cristales, salones y habitaciones de niños y cocinas al desnudo en fachadas arrancadas. Nadie había regresado para quedarse, sino para buscar a sus desaparecidos o para enterrar en casa a los muertos. En cada pueblo sobre la nueva frontera ficticia que marca la invasión había excavadoras ampliando cementerios.

Desde octubre de 2023, al menos 29 periodistas han sido asesinados en el Líbano, según el Sindicato de Prensa libanés, y más de 260 en Gaza, según el Comité para la Protección de Periodistas

La vecindad entre Líbano e Israel nunca ha sido sencilla. Varias líneas han tratado de acotar su disputa en diferentes periodos históricos: la línea trazada por Francia y Gran Bretaña cuando trataron de dibujar Palestina; la conocida como Línea Verde de armisticio que siguió a la guerra de 1949; la que estableció la primera ocupación en 1982, y que fue retrocediendo hasta la marcha israelí en el año 2000, cuando Naciones Unidas llamó a esa divisoria Línea Azul. Ahora Israel ha trazado una Línea Amarilla, el mismo nombre que en Gaza. Una franja que corre en paralelo a la frontera entre cinco y diez kilómetros, y que abarca desde Siria al Mediterráneo.

Una franja de devastación. Pueblos tan antiguos como la Historia, arrasados en detonaciones masivas, tierras bíblicas ahora destruidas, kilómetros de escombros donde no queda ni una casa en pie. Como en Gaza, el Ejército israelí publica los vídeos de sus crímenes de guerra. Como en Gaza, tampoco aquí la comunidad internacional ha reaccionado.

Domingo 3 de mayo - Día Internacional de la Libertad de Prensa | Basurieh, Saida

Desde que ella no está, da más miedo cruzar el Litani, pesan más las palabras.

El primer ataque fue contra el coche que viajaba delante de Amal Jalil y su compañera Zeinab Faraj. El segundo contra el suyo propio, cuando intentaron la huida. El tercero contra el edificio en el que se refugiaron. Después Israel disparó a la ambulancia que fue a rescatarlas. Pasaron nueve horas, siete desde que se perdió comunicación, hasta que Amal fue encontrada sin vida. Su compañera quedó gravemente herida.

La llamaban la “novia del sur” y su sonrisa adorna ahora todas las esquinas de Basurieh. Su hermana y sus tíos me enseñaron los gatos heridos en el frente que cuidaba en el patio de la casa familiar. Llegó a dar cobijo a hasta 40. Amal no se consideraba una periodista de guerra sino de “territorio”. Ella contaba a su gente, del lado de su gente. Hasta que Israel la mató.

Desde octubre de 2023, al menos 29 periodistas han sido asesinados en el Líbano, según el Sindicato de Prensa libanés, y más de 260 en Gaza, según el Comité para la Protección de Periodistas. Asesinar a quien informa es un crimen de guerra.

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 20 de mayo | Deir Qanoun al Naher (distrito de Tiro) y Tiro

Dos familias borradas, 14 personas aniquiladas en lo que dura un chasquido de dedos. Once miembros de la familia Najdi, desplazada de la frontera desde 2024. Sobrevivían de la caridad de los vecinos. En la planta baja vivía una pareja y su hijo, acababa de mudarse después de que un misil fulminase su anterior vivienda, también en Deir Qanoun al Naher. El barrio todavía no había aprendido sus nombres. La carretera desde Tiro es un goteo de destrucción, el pueblo nos recibe tenso, serio, un corredor de buganvilla ennegrecida de ceniza conduce al rugido de la excavadora. En una esquina aguardan las mortajas de Zahra y de sus tres hijos, Malika, Mariya y Mohammed. Sus cuerpos siguen sepultados en el hormigón, alargando el duelo.

Nos movemos en caravanas de coches con los techos pintarrajeados: “Press”, “TV”. Las grandes cadenas internacionales van solas, pero para las periodistas freelance, que planeamos al día, que trabajamos solas con un teléfono y un trípode encajado entre los fragmentos de muros derrumbados, es más segura esta opción: pensamos que al ir juntas no se atreverán a bombardearnos.

La siguiente parada es el corazón de Tiro, las ruinas del centro médico número 31 que ha sido reducido a escombros. Siguen en pie las escaleras y una pasarela que, como asomándonos a un balcón, permite ver la profundidad de los cráteres abiertos por los dos misiles, uno a cada lado. Coches calcinados en lo que fue la entrada, carteles informativos, sillas y mesas de consulta yacen amontonadas bajo una capa de polvo gris que las cubre como una manta.

Al salir ocurre algo precioso. La sonrisa de Lana echa a correr hacia mi y me pide un selfie. Tiene once añitos, es palestina y sueña con ser periodista. Le coloco el casco y nos hacemos una foto que enseguida envío a mi familia. Cuando nos despedimos advierto que soy la única mujer del grupo. Pienso en los libros de Maruja, culpables de mi llegada a este país, pienso en el pelo rojo de “la Calaf”, como la llama mi madre, pienso en Ángeles, en Teresa, en Almudena… Cierro los ojos con fuerza para que mi abrazo cruce el Mediterráneo. El futuro está en buenas manos.

25 de mayo de 2026

El Líbano está agotado de contar bombas. La adrenalina deja paso a la desidia, al aburrimiento y a la mala leche de un sistema nervioso en alerta constante, siempre al borde del colapso y siempre capaz de aguantar un poquito más. El zumbido diario del dron recuerda que no somos dueños, que nos vigilan y lo saben todo, que ni siquiera el cielo es libre.

La guerra rompe, cuando los rotos son ellos, los que tiran las bombas. La urgencia por sobrevivir aplaza los matices a un futuro incierto y formula el tiempo en un verbo presente que crea estructuras de extremos y transforma el mundo en una dicotomía: guerra y alto al fuego, desplazamiento y retorno, vida y muerte. Cuando los significados no son capaces de contener la pérdida, aparece el trauma, que es ese hueco entre lo que siente el corazón y lo que puede expresar la garganta. Y no, no hay palabras que expliquen tanta violencia.

Líbano es además consciente del contexto global de impunidad y silencio en el que se libra esta guerra. La desprotección favorece a la Moqawama, la Resistencia que ahora representa Hezbolá

Es la misma lógica por la que aumenta el apoyo a Hezbolá: “Estás con quienes matan a nuestros niños o estás con quienes los defienden”, confiesa una mujer cristiana, que reconoce detestar a la milicia. El mapa del Líbano partido, familias enteras borradas cada semana, ambulancias bombardeadas, y un Gobierno forjado en los intereses del mejor amigo del agresor, de Estados Unidos, que ni en el plano militar ni diplomático es capaz de parar o desescalar la limpieza étnica.

Líbano es, además, consciente del contexto global de impunidad y silencio en el que se libra esta guerra. La desprotección favorece a la Moqawama, la resistencia que ahora representa Hezbolá. Sus guerrilleros son percibidos por muchos como el único frente de contención ante el abismo de convertirse en una nueva Gaza, ante el abismo del borrado y la brutalidad de los crímenes de guerra.

27 de mayo | Beirut

Huele a fruta ácida y por el camino recogemos moras blancas y moradas. Empiezan a caerse las flores de los granados y las ramas de los naranjos, a ceder del peso. Es Eid, la fiesta musulmana. A la familia de Wael casi se le había olvidado, así que ha improvisado una comida en el campo, a pocos minutos de Beirut.

Su tío se encarga de la parrilla, y dándole vueltas al taouk y al kafta, cuenta que conoce a todos los paramédicos asesinados en Srifa. Es profesor en el pueblo y les dio clase. Srifa es una de las cunas históricas de los movimientos de resistencia, vertebrados desde los 60 por ideas marxistas y seculares traídas de la Unión Soviética. Tanto convenció el socialismo en Srifa que renombraron como “Moscú” uno de sus barrios. “Hoy está totalmente destrozado”, cuenta el tío con una voz neutra.

Avanza la tarde, la primera de descanso en tanto tiempo, y entre el sonido del agua y el verde de las encinas recibo un WhatsApp del padre de Lana: orden de evacuación a toda la ciudad de Tiro. Esto no tiene precedentes. La ciudad principal del sur marcada en rojo. “No tenemos a dónde ir. No hay trabajo. No quiero meter a mi familia en una tienda de campaña. Reza por nosotros”.

29 de mayo | Tiro

De la próspera ciudad fenicia de Tiro salieron los comerciantes que fundaron Cádiz. Fue levantada hace más de cuatro mil años y hoy es una de las urbes habitadas más antiguas del mundo.

Toda esta parte de nuestra historia está ahora amenazada.

En apenas horas, las órdenes de expulsión vaciaron Tiro. Hoy arreciaron los bombardeos y pude ir. Me encontré, de repente, con una ciudad fantasma. Hacía apenas unos días estaba llena de vida pese a lo cercano de la amenaza, porque además de a sus cien mil vecinos, acogía a cientos de familias desplazadas de los pueblos fronterizos ocupados. Hoy solo los escombros de la destrucción llenan las calles. Coches calcinados y todavía humeantes pueblan los barrios, y el sonido brutal de las excavadoras, el zumbido del dron y el rugido de los aviones de combate reemplazan el ajetreo del puerto y de su casco viejo. Hemos pasado horas caminando de un cráter a otro: “Aquí murió mi vecino con sus dos hijos”. “Aquí a un niño hubo que amputarle la pierna y cuatro personas perdieron la vida”.

Entre el polvo gris del hormigón roto, color maldito que ahora nos tiñe hasta el alma, reconozco lugares donde no hace tanto he hecho decenas de entrevistas a vecinos, restaurantes en los que he comido shawarma o tomado demasiado café. Una mujer vestida de negro cruza la calle, nos mira con risa, parece entretenida por la presencia de periodistas, y a los pocos segundos un chico joven en moto le tiende una bolsa que parece llena de comida y botellas de agua. No he podido ver a Lana hoy, me estremezco al imaginarla tapándose los oídos, sus once años retorciéndose ante el estruendo de tantas bombas tan cerca.

La última parada es el hospital Jabal Amel. 900 muertos y 1.900 heridos han cruzado estos pasillos. Zeinab grita de dolor cuando su tío le mueve la manta para enseñar su cuerpo lleno de heridas. Tiene siete añitos y aún no sabe que su padre y dos hermanos fueron asesinados en el ataque al que ella sobrevivió. Su madre se recupera en otro hospital, es posible que no salga adelante. ¿Qué futuro le espera a un niño que ha perdido todo con tanta violencia? ¿Qué pensará de nosotros, occidentales, que no frenamos los barcos llenos de las armas que le robaron la infancia? El tío de Zeinab enseña en el teléfono el retrato de uno de los niños asesinados y rompe en lágrimas ante los periodistas.

Y no es es solo Zeinab. Mahdi, de nueve años, tampoco sabe que nunca más podrá volver a jugar con su hermano pequeño. O Ali de 14, que lleva diez días en el hospital con las dos piernas rotas, y los dos brazos y hasta la cabeza escayolados.

2 de junio

Las inmediaciones del hospital en el que se recuperan Zeinab, Mahdi y Ali, junto a decenas de heridos más, han sido bombardeadas. Hay decenas de trabajadores médicos heridos, y las instalaciones del propio hospital han sufrido mucho. Recuerdo el daño que les hacía solo mover la sábana o la cama a los niños que entrevistamos. No puedo imaginar el dolor que les habrá causado la onda expansiva de la explosión, y el trauma de volver a escuchar las bombas. Los servicios de rescate y emergencias fueron evacuados hace apenas unos días por amenazas de Israel, por lo que la ayuda ha llegado mal y tarde.

Eso pasó ayer, el hospital ha seguido funcionando bajo mínimos. Hoy, en una de sus habitaciones, una mamá ha dado a luz a su bebé.

19 de junio de 2026

Otro alto el fuego. Y es el cuarto que se promete. ¿Cuántas veces hay que repetir una mentira para que nos la creamos? Dos entre Estados Unidos e Irán. Otros dos anunciados por el Gobierno libanés e Israel. ¿Cuál es el límite de tanta violencia? Miles de familias llevan días regresando al sur, la mayoría no a quedarse, sino a ver qué queda de sus casas. Quienes vivían en pueblos fronterizos buscan imágenes satelitales o vídeos de las demoliciones para ver cuánto de destrozados están sus barrios. Es el inicio de la Ashura, la fiesta más importante del chiísmo, y quienes vuelven preparan ollas de comida, entregan dulces y botellas de agua.

Hoy viernes, Irán y Estados Unidos debían haberse reunido en Ginebra, pero Israel tenía preparada otra otra noche de terror en el Líbano. 47 muertos y un centenar de heridos. Decenas son niños y mujeres. Una familia de seis ha sido asesinada en el pueblo de Harouf, incluidos sus cuatro hijos, cuatro mujeres y dos niños en la localidad de Doueir, una madre y su hija en Kfar Sir, una pareja de ancianos en Jibshit. Vuelta a empezar. Lo que se rompió en Gaza destruye hoy el Líbano y se hace con sigilo con el sur de Siria. Sin límites ni referencias, la violencia es cada vez más despiadada. Las palabras, también: llamarlo alto el fuego es otra forma de administrar la guerra. Han bombardeado los significados. Anestesiadas, agotadas, la respuesta a un “qué tal” es ya siempre un encogerse de hombros. Que paren las armas. Volverse resistente es una respuesta al instinto de sobrevivir, no un deseo. Pero seguiremos. Seguiremos aunque se nos rompa el corazón.

Líbano
Diarios de la guerra del Líbano (2024)
A principios de septiembre de 2024, El Salto le pidió a la periodista Marta Maroto que reflejase en un diario la escalada de la guerra en Líbano.
Palestina
El Observatorio Euro-Med denuncia cómo Israel borra las huellas de los crímenes cometidos en Gaza
Se estima que han sido retiradas de su emplazamiento diez millones de toneladas de escombros producidos durante la operación genocida de Israel. La “limpieza” se produce sin supervisión ni examen de las pruebas.
Líbano
Castro Abdallah
“Es imposible separar la ocupación israelí de la situación de la clase trabajadora en Líbano”
El presidente de FENASOL (Federación Nacional de Sindicatos de Trabajadores y Empleados del Líbano) explica cómo cientos de empresas han cesado su actividad en el contexto de guerra y cómo ha afecto esto a la clase trabajadora.
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