Líbano
Diarios de la guerra del Líbano (2024)
@_martamaroto_
23 de septiembre de 2024 | Beirut
558 personas han sido asesinadas en solo un día en el Líbano. Entre ellas hay al menos 50 niños, 94 mujeres y cuatro sanitarios en hasta 14 ataques a ambulancias y clínicas. 1.800 heridos. Esta brutalidad no tiene precedentes en la historia de la guerra moderna, ni siquiera en Gaza. Quizá nunca lleguemos a saber cuántos cuerpos hay sepultados bajo las ruinas en las que se han convertido viviendas y edificios enteros. Las bombas han desplazado a más de un millón de personas del sur y el este del Líbano, quizá el mayor éxodo jamás registrado en un país de seis millones de habitantes.
24 de septiembre de 2024 | Colegio de desplazados en Dekwaneh, Beirut
La guerra ha vuelto a empezar en el Líbano, ya está en todas partes. El tráfico denso sigue colapsando la única carretera que une el sur con la capital. Un viaje de apenas un par de horas ya dura diez y hasta 16. Algunos continúan su camino hacia el norte a pie. Hay coches que llegan sin apenas maletas: muchos salieron corriendo, incluso descalzos, cuando las paredes de sus casas empezaron a resquebrajarse.
Dos escuelas de formación profesional a las afueras de Beirut acogen ya a casi 3.000 personas que han huido del horror. En un corrillo de sillas de plástico un grupo de mujeres se lleva las manos a la cabeza: nunca habían visto nada igual. En algunos casos hubo llamadas de teléfonos anónimas y órdenes de evacuación del Ejército israelí a modo de anuncio de las masacres. Hoy, niños corren en la entrada de este colegio, donde los coches no han cerrado aún maleteros llenos. Señales de quienes no quieren quedarse por mucho tiempo. Las mujeres se quitan la palabra unas a otras, algunas refuerzan con gestos lo que dicen las demás: vieron cómo las bombas se tragaban sus pueblos y sus campos, sus colegios y sus casas. No saben cuándo podrán volver, o si tienen a dónde regresar.
26 de septiembre de 2024 | Colegio de desplazados en Bir Hassan, Dahie
Ruido de ambulancias. Paramédicos y voluntarios han echado a correr hacia la puerta principal de la escuela, situada en el límite de Dahie, que acoge también a centenares de familias exiliadas. No hemos escuchado la explosión, pero ha sido cerca. La primera reacción es coger el teléfono, hacer llamadas de apenas segundos a quien instintivamente sientes en peligro. Recordarles que les quieres. Pedirles que permanezcan seguros aunque no dependa de ellos. Los ataques en Beirut ya están siendo casi diarios, casi rutina, este es el cuarto esta semana.
Tras casi un año de conflicto, ha ocurrido lo que todos decían querer evitar: la guerra total, abierta, en todo el país. Donde quiera que vayas, todos responden lo mismo: “Ya no quedan lugares seguros en el Líbano”.
La guerra antes de la guerra
Comenzó un 8 de octubre, horas después del ataque de Hamás en Israel. Hezbolá, aliada del grupo palestino, lanzó la primera piedra en este frente con Israel. Casi todo en la llamada Resistencia se recubre de simbolismo y propaganda: la agresión comenzó sobre las Granjas de Shebaa, territorio ocupado por Israel que Líbano reclama como propio y la Comunidad Internacional reconoce como sirio. Israel contestó abriendo un conflicto de desgaste, con ataques diarios pero contenidos —tanto, que muchos no se atrevieron a llamarlo guerra— y acotados a pocos kilómetros hacia el interior de cada territorio de la frontera de facto, la Línea Azul.
Los pueblos fronterizos sufrieron mucho. El verde y fértil sur del Líbano, acostumbrado a décadas de violencia e invasiones, resistía golpeado por la destrucción de los misiles y el fósforo blanco. “Vivimos con un vecino al que no le gusta la paz”. Se me quedó grabada la frase de Ramez Najdi, agricultor de 66 años a quien le faltaban dedos de la mano para contar los años de masacres y ocupación de los que había sido testigo. Desde la fundación del Estado de Israel, la región sur del Líbano ha sido campo de batalla: primero fue la resistencia palestina de Yasir Arafat, que una vez expulsada de Beirut en 1982 fue reemplazada por Hezbolá, el Partido de Dios, la milicia nacida al calor de los 18 años posteriores de ocupación israelí.
“Vivimos con un vecino al que no le gusta la paz”, dijo Ramez Najdi, agricultor a quien le faltaban dedos de la mano para contar los años de masacres y ocupación de los que había sido testigo
El sur del Líbano, históricamente maltratado y marginado, siente la tierra como la siente Palestina: “Marcharse sería como abandonar a tu gente”, decía Najdi, para quien resistencia es quedarse. Las cosechas y el tiempo ni esperan ni entienden de política, así que aunque su mujer e hijo se habían marchado a Beirut, él seguía cada día labrando sus campos en Srifa, a unos 20 kilómetros de la frontera. En esta parte del mundo la guerra es cíclica, una estación más, y habita la cotidianeidad moldeándola con cierta calma y resiliencia. No es heroicidad: es la respuesta construida durante décadas de un pueblo humilde ante la injusticia y el expolio.
De violencia psicológica y terrorismo
La masacre del 23 de septiembre llegó tras meses de una violencia que cada día adoptaba formas más brutales. Hubo ataques en la periferia sur de Beirut, Dahie, y los bombardeos se expandieron hacia la zona oeste del Líbano, el Valle de la Beqáa, donde Hezbolá tiene un gran apoyo popular e infraestructura. Desde primavera se hicieron habituales los asesinatos selectivos a vehículos en los que viajaban milicianos, o a viviendas de combatientes en operaciones que arrasaban con familias enteras. A todas partes llegaron las explosiones sónicas, aviones de combate israelíes atravesando la barrera del sonido imitando el ruido de una bomba. Nuestros nervios fueron poco a poco acostumbrándose a la presencia constante de la guerra mientras con espanto éramos testigos del horror en Gaza, con miedo a que la violencia impune continuara expandiéndose por la región.
Hasta que, a mediados de mes, se desató el horror.
Dispositivos electrónicos empezaron a explotar en las calles, en los supermercados, dentro de las casas… Beirut se convirtió en un laberinto de calles cortadas, de entradas de hospitales colapsadas, de confusión. Primero fueron los buscas. Hezbolá había comenzado a utilizar aparatos muy rudimentarios en sus comunicaciones para evitar sin éxito las infiltraciones. Al día siguiente, durante los funerales de los combatientes fallecidos, empezaron a explotar los walki-talkies. Israel había conseguido inyectar explosivos en la cadena de producción de estos dispositivos y, lanzando un mensaje como cebo, los había hecho detonar al mismo tiempo. Niños e incluso personal sanitario que todavía los usaba murieron y resultaron heridos en un ciberataque que desató el terror en el Líbano.
27 de septiembre | Beirut
Todo Beirut se ha estremecido esta noche. Como un terremoto, las ventanas temblaban y el suelo parecía a punto de abrirse. Han sido más de una decena de bombas antibúnker, diseñadas para penetrar hasta el subsuelo. “Khalas, se acabó”, pensé durante el segundo que tardé en coger el móvil*.
En lugar de grabar como suelo hacer, llamé a Jeehad creo que casi para despedirme. Cuando terminó la tormenta salí a la calle, todo Achrafiyeh estaba en los balcones. “Israel, Israel”, decían las vecinas con los teléfonos en la mano. Achrafiyeh es el barrio cristiano de Beirut, un raro oasis de paz y casi de negacionismo en tiempos de guerra.
Líbano es un país dividido en sectas religiosas, hay hasta 18 reconocidas de manera oficial. El sistema confesional articula y condiciona la vida y la política más que la clase social o la ideología. Con raíces en la guerra civil que destrozó al país durante quince años desde 1975, la relación de cooperación comenzó con las milicias cristianas que recibieron apoyo de Israel. Muchos pueblos cristianos en un sur de mayoría chíita no han sido atacados en lo que hasta verano la Fuerza Interina de las Naciones Unidas llamaba “corredor cristiano”.
“Hemos regresado victoriosos”, gritaba Dahie eufórico. El alto el fuego ha entrado en vigor a las cuatro de la mañana del 27 de noviembre
Naify, libanesa nacionalizada española y ya jubilada, ha podido vivir con relativa tranquilidad en su casa de Ain Ebel hasta hace unas semanas. Pueblo fronterizo, los jóvenes se organizaban por las noches para evitar la entrada de ningún extraño. En voz baja, el regente de un hotel en Alma Al Chaab, casi sobre la Línea Azul, reconocía lo mismo: se quedan para impedir que combatientes de Hezbolá tomen sus pueblos y los utilicen como bases para el lanzamiento de misiles, lo que provocaría la respuesta furiosa de Israel.
* Aquella noche terrorífica, Israel asesinó a Nasrallah, el líder todopoderoso de la milicia libanesa (ya no tan) todopoderosa.
28 de septiembre | Beirut, entre La Corniche y la Plaza de los Mártires
Los colores del amanecer han sorprendido a una ciudad somnolienta aunque alerta. De madrugada Israel ha comenzado a bombardear sistemáticamente Dahie, la periferia sur de Beirut, los suburbios de mayoría chíita donde Hezbolá tiene sus oficinas y mucho apoyo social. Familias completas han echado a correr de sus casas a golpe de tuit: el portavoz del Ejército Israelí en árabe publica en X las zonas que van a ser atacadas. Sin lugares para guarecerse, el centro de Beirut se ha convertido en un refugio improvisado para los desplazados. En el paseo marítimo, en la Plaza de los Mártires, debajo de los puentes de la autopista y en los pocos espacios verdes de la ciudad, miles de personas acampan en toallas y mantas, sin saber qué o a qué esperar.
“Todos los que estamos aquí nos marcharemos a Siria”, me dice Burshra abarcando la calle con sus brazos. Solo el mayor de sus hijos niega con la cabeza, enfrentarse al Régimen de Bachar al Assad significa la tortura y la muerte. En un taxi colectivo me encuentro con Qassem, otro chico sirio, y sus maletas que viaja hasta Baalbek, en el este del Líbano: al otro lado del paso fronterizo le espera parte de su familia. Miles de refugiados sirios y de libaneses han decidido que Siria, un país que arrastra más de una década de guerra, es más seguro que el Líbano. Aquí viven en condiciones miserables: son mano de obra barata que el Gobierno se niega a legalizar o a otorgar unos mínimos derechos humanos. A través de campañas racistas y una crisis interna económica y política galopante, se han convertido en el perfecto chivo expiatorio al que echar la culpa de los males del país.
Entre las caras de agotamiento algunas sí quieren mostrarse valientes ante la prensa. “Aunque solo quede uno de nosotros en pie, nunca dejaremos la Resistencia”, dice un grupo de mujeres. Este es uno de los desafíos de contar el Líbano a Occidente: explicar quién es Hezbolá. Con una base social amplísima y devota y con millones en financiación iraní, Hezbolá actúa como un Estado paralelo dentro del Líbano, cumpliendo —y parasitando— funciones y servicios públicos. En los territorios bajo su control, ofrece seguridad, trabajo y salarios, escuelas, medicinas… Y todo revestido de un discurso religioso e identitario, de Resistencia contra Estados Unidos. “Cuando decimos ‘muerte a América’ no vamos contra su gente, queremos señalar la hipocresía de sus políticas”, gritaba con aires de grandeza uno de los seguidores de la milicia entre el público de un discurso televisado de Nasralá hace meses.
1 de octubre de 2024 | Sidón
La entrada a Sidón sigue llena de cafés y coches. Sin embargo, a las afueras, en una colina que parece precipitarse hacia el mar, solo el rezo del imán interrumpe el silencio del cementerio. Es la primera fosa común de la guerra. Hileras de hormigón dividen la tierra en la que poco a poco van depositándose 13 de los 71 cadáveres recuperados del ataque más mortal en el país. Ain el Delb es un pueblo de mezcla de confesiones, al que la guerra había traído decenas de familias huyendo del sur del Líbano. Una bomba israelí, sin previo aviso, acabó con aquella paz. Las plantas del bloque se derrumbaron apilándose una sobre otra. En uno de los hospitales, Jeehad conoció a Zeina, de 19 años, que con un hilo de voz enfadada y el cuerpo escayolado recordaba la sensación de caerse al vacío. “Y los gritos de mi hermana”, acertó a decir. Gritos que la despiertan en sueños, no sabe todavía que ella fue la única superviviente de su familia.
Tiro
Hectáreas de plataneras y campos de tabaco aprovechan los últimos rayos de sol del verano. Ya no hay cañas de pescar en el paseo marítimo de Tiro. Hemos dado varias vueltas hasta conseguir un horno abierto para comprar manaish, el desayuno tradicional libanés de pan con zaatar. Israel anunció anoche el comienzo de su invasión terrestre, aunque desde el lado libanés no parece estar pasando, de momento, nada: Hezbolá lo niega, y ni el Ejército libanés ni Naciones Unidas lo confirman. La guerra es también una pugna por la verdad.
Tiro es hoy el punto en el que más cerca podemos quedarnos los periodistas de la frontera, a unos 20 kilómetros, donde tienen lugar las maniobras y enfrentamientos. Cada mañana Israel amplía el radio de localidades que deben ser evacuadas, cercando las grandes ciudades, vaciando con amenazas el sur del Líbano. Las explosiones de las bombas que caen en los alrededores hacen temblar las ventanas del hotel y desde la playa vemos las columnas de humo en la montaña que nos impide alcanzar la frontera con la vista. Los cohetes que salen de suelo libanés hacen un sonido diferente, iluminando la noche en esta tierra convertida en campo de batalla.
La mayoría de los cámaras y técnicos que pasan las horas fumando y esperando a grabar las explosiones son de la zona. Son los primeros en saber dónde ha caído cada una, qué familia vivía ahí.
El alto el fuego
I - Romperlo todo
26 de noviembre de 2024 | A las afueras de Beirut
Las horas previas al alto el fuego en el Líbano fueron las más duras. En una pataleta final, Israel desplegó todo su odio: llovían las bombas, algunas sin aviso en zonas que nada tenían que ver con su llamada guerra contra Hezbolá. Pasadas las tres de la tarde, en apenas un minuto 20 misiles cayeron sobre el Dahie. Como fuegos artificiales escuchamos sobre la colina de Hadath, donde se juntan los periodistas, las explosiones precedidas de grandes columnas de humo que rápidamente inundaron el paisaje. No sabía dónde mirar, qué sonidos buscar, los misiles siempre eran más rápidos.
Pero paré mi vista en una de las burbujas grises que comenzaban a formarse, y vi un nuevo misil cayendo del cielo, perpendicular a la línea del horizonte. “Sentimos que nos habían roto, que nos habían partido la espalda en pedazos”, dijo Sherine cuando no tuvo más remedio que coger a sus dos hijos y marcharse de su casa en un coche ya lleno de maletas. La brutalidad de aquella tarde me devolvió a esa conversación, sentí el edificio —que sabía vacío— como una espina dorsal, la parte más íntima y vulnerable del cuerpo humano recibiendo el impacto seco y poderoso de explosivos estadounidenses.
II - La euforia
27 de noviembre de 2024 | Dahie
“Hemos regresado victoriosos”, gritaba Dahie eufórico. El alto el fuego ha entrado en vigor a las cuatro de la mañana. De las ventanas de los coches salían multitud de brazos, haciendo la V de Victoria con los dedos. Tiros al aire y armas por doquier. Bloques de viviendas convertidos en montañas de escombros coronados por las banderas amarillas de Hezbolá. Imágenes inmensas de Nasrallah, los niños se paraban a besar los pósters. La destrucción está por todas partes, no hay calle que se libre. Edificios derruidos, aceras de cristales rotos por las ondas expansivas, quedan todavía algunos incendios y munición sin detonar, y en los barrios más golpeados sigue flotando el olor a humo de las explosiones. No he sido capaz de acercarme a ese señor que, metódicamente y sin ninguna prisa, ha abierto las puertas de su tienda roja y amarilla de caramelos en mitad de un escenario apocalíptico: cables tirados por un suelo lleno de los restos del hormigón de la fachada.
III - Volver a las ruinas
28 de noviembre de 2024 | Tiro
Calmados los gritos y la música, las bombas dejan un silencio atronador. Aya y su hermana caminan por una calle destrozada de Tiro, de edificios resquebrajados y vaivén de excavadoras. En el sur del Líbano, esta ciudad costera sufrió el acoso de Israel en las últimas semanas de ofensiva. Aya llegó a su casa para encontrársela en ruinas: los muebles rotos, los libros y las fotos, su vida y su memoria entre los trozos de hormigón. “Enséñale la lavadora”, le pide a su hermana con un intento de sonrisa. “Es lo único que ha quedado intacto, será que sabe lo mucho que la quiero: tengo dos hijos pequeños y la uso mucho”, y sigue buceando en las fotos que tomó en cuanto llegó a su hogar en ruinas.
Aya tiene 30 y el gesto dulce. No guarda apenas recuerdos de la guerra de 2006, al igual que ella hace ahora con sus hijos, sus padres entonces le contaban historias para no asustarla. Con guerras interminables, vivir en el Líbano es crecer en el desamparo del conflicto. En el descreimiento de las promesas de quienes prometen democracia y libertad mientras fabrican excusas para el genocidio. “Tendremos que volver a construir nuevos recuerdos”, insiste Aya, aferrada a las imágenes de una vida pasada que nadie debió arrebatarle.
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