Líbano
Castro Abdallah: “Es imposible separar la ocupación israelí de la situación de la clase trabajadora en Líbano”
Castro Abdallah es el presidente de FENASOL (Federación Nacional de Sindicatos de Trabajadores y Empleados del Líbano), una organización sindical libanesa fundada en 1944. Nacido en 1964 en Aitaroun, una pequeña localidad del sur del Líbano —hoy devastada por los ataques israelíes—, comenzó su militancia política a los 16 años en el Partido Comunista Libanés.
Desde 2015 preside FENASOL. Aprovechando su participación en el 51º Congreso de la Confederación Francesa Democrática del Trabajo, celebrado el pasado mes de junio en Burdeos (Francia), conversamos con él sobre la ocupación israelí del sur del Líbano y el impacto que esta tiene en la vida cotidiana de la población y en la actividad sindical de la organización.
¿Cómo está afectando la nueva ocupación y agresión israelí a su vida cotidiana y a la de las personas cercanas a usted?
Como cualquier ciudadano libanés, he vivido la misma angustia diaria que el resto de mi pueblo, preocupado por la seguridad de familiares, amigos y compañeros sindicalistas que se encontraban en el sur del país, en el valle del Bekaa y en los suburbios del sur de Beirut. Algunos de ellos han perdido sus hogares, su medio de vida o incluso a algún miembro de su familia. Pero lo que más aumenta mi dolor es ver pueblos enteros borrados del mapa, tierras agrícolas arrasadas, escuelas, hospitales y lugares de culto, incluyendo iglesias y mezquitas, atacados, e incluso cementerios destruidos. A ello se suma el uso de fósforo blanco, que ha provocado incendios en los campos de cultivo, contaminación ambiental y una amenaza para la salud humana que perdurará entre nosotros durante décadas.
¿En qué se diferencia esta nueva ofensiva u ocupación israelí de las anteriores?
La esencia del proyecto israelí no ha cambiado: sigue basándose en la ocupación, la agresión y el intento de someter a los pueblos mediante la fuerza militar. Sin embargo, lo que estamos presenciando hoy en el Líbano alcanza un nivel de destrucción sistemática sin precedentes. Nos enfrentamos a una auténtica política de tierra quemada. Pueblos enteros han sido arrasados, barrios residenciales han desaparecido por completo y amplias zonas agrícolas han sido incendiadas mediante el uso de fósforo blanco, constituyendo una clara violación del derecho internacional humanitario.
¿Cómo está afectando esta situación a la capacidad de organización de los trabajadores y trabajadoras en el Líbano?
Debo decir que lo que está ocurriendo no es una operación militar puntual, sino una guerra total que ataca a las personas, la tierra, la economía y todos los ámbitos de la vida. La ocupación y la agresión israelíes no distinguen entre trabajadores, niños, mujeres o personas mayores: toda la población se ha convertido en víctima de esta guerra. Escuelas, hospitales, iglesias, mezquitas, cementerios, carreteras, puentes y redes de electricidad, agua y telecomunicaciones han sido atacados con el objetivo de hacer inviable la vida cotidiana y forzar el desplazamiento de la población.
miles de trabajadores se han visto atrapados entre la guerra y la explotación laboral
Sin embargo, es cierto que, a la vez, es imposible desvincular la ocupación israelí de la situación que atraviesa la clase trabajadora en el Líbano. Cuando se bombardean fábricas, se destruyen empresas y se obliga a comunidades enteras a abandonar sus pueblos, quienes pagan el precio más alto son los trabajadores y las trabajadoras, que pierden sus empleos, sus ingresos y su acceso a la protección social.
La agresión israelí ha paralizado sectores enteros de la economía. Cientos de empresas han cesado su actividad y algunas han aprovechado el contexto de guerra para llevar a cabo despidos arbitrarios, reducir salarios o eludir el pago de las prestaciones legales. Como consecuencia, miles de trabajadores se han visto atrapados entre la guerra y la explotación laboral.
¿Cómo definiría la actual situación de los derechos laborales en el Líbano?
Los derechos laborales en el país atraviesan una de las etapas más críticas de su historia. Los salarios han perdido más del 95% de su poder adquisitivo, el desempleo ha aumentado considerablemente, los despidos arbitrarios se han convertido en una práctica cotidiana y la protección social es prácticamente inexistente. A ello se suman las graves restricciones que siguen afectando a las libertades sindicales. Convenios internacionales fundamentales, como el Convenio 87 de la Organización Internacional del Trabajo (OIT), relativo a la libertad sindical, o el Convenio 98, sobre el derecho de sindicación y de negociación colectiva, siguen sin aplicarse de forma efectiva.
fEste mismo año, el Líbano volvió a figurar en la larga lista de países examinados durante la Conferencia Internacional del Trabajo, debido a la situación de los tribunales laborales. Actualmente, existen más de 16.000 denuncias laborales pendientes de resolución.
¿Qué es, entonces, lo más urgente en materia laboral?
Una de nuestras prioridades es la reforma de los tribunales laborales arbitrales. De hecho, hemos presentado una reclamación ante la Comisión de Aplicación de Normas de la OIT. Es imprescindible agilizar la resolución de los conflictos laborales, poner fin a los despidos arbitrarios y garantizar la plena aplicación de las normas internacionales del trabajo, porque una justicia lenta es también una forma de injusticia.
Al mismo tiempo, rechazamos que sean los trabajadores y las clases populares quienes sigan pagando el coste de las sucesivas crisis. Exigimos la implementación de un sistema fiscal progresivo que grave las grandes fortunas y los beneficios extraordinarios de los grandes monopolios, la recuperación de los fondos saqueados, la protección del sector público, el apoyo a los sectores productivos y la creación de oportunidades de empleo para la juventud.
¿Qué está haciendo FENASOL al respecto?
A pesar de las circunstancias, continuamos representando cada día a centenares de trabajadores y trabajadoras de distintos sectores económicos, librando luchas en defensa de los salarios dignos, la seguridad social y las indemnizaciones por fin de servicio, tanto en el sector público como en el privado. También seguimos trabajando por los derechos de las trabajadoras, incluyendo las personas migrantes. Asimismo, hemos continuado prestando asistencia jurídica a las personas víctimas de despidos arbitrarios y hemos alzado la voz ante el gobierno y las organizaciones internacionales para exigir la protección de los derechos laborales durante la guerra e impedir que los grandes propietarios y empresarios obtengan beneficios extraordinarios aprovechándose de la agresión a costa de los sectores más vulnerables.
No basta con condenar lo que está ocurriendo; es imprescindible poner en marcha medidas concretas que apoyen a las personas afectadas y respondan a la magnitud de la crisis
Sin embargo, la etapa que estamos viviendo demuestra que un sindicato no es únicamente una organización que lucha por mejores salarios y condiciones laborales, sino también una institución de resistencia social y humanitaria que debe permanecer al lado de la población en los momentos más difíciles. Hemos abierto nuestras oficinas para acoger a familias desplazadas y, junto con sindicatos amigos y organizaciones humanitarias, hemos organizado amplias campañas de ayuda que han incluido la distribución de alimentos, leche infantil, medicamentos, material sanitario, productos de higiene, ropa para mujeres y niños, colchones, mantas y otros bienes de primera necesidad destinados a aliviar, en la medida de lo posible, el sufrimiento de la población.
¿Cómo definiría la postura del gobierno libanés durante estos últimos meses?
Cualquier gobierno debe ser evaluado por su compromiso con la defensa de la soberanía nacional y con la garantía de los derechos de la ciudadanía. En un momento como el actual, el Líbano necesita una posición nacional unificada para defender el país, acompañada de un plan económico y social capaz de proteger a la población frente a las consecuencias de la agresión.
Además, un gobierno integrado por distintas fuerzas políticas, como ocurre en el Líbano, comparte de manera colectiva la responsabilidad de adoptar las decisiones necesarias para proteger tanto el territorio como a la población. No basta con condenar lo que está ocurriendo; es imprescindible poner en marcha medidas concretas que apoyen a las personas afectadas y respondan a la magnitud de la crisis. A la vez, un entramado de intereses formado por los grandes propietarios de bancos, los monopolios comerciales, las grandes empresas financieras e inmobiliarias y determinados sectores políticos cuyos intereses han estado vinculados a este sistema durante décadas.
¿Podría explicar un poco más el rol de este “entramado de grandes propietarios”?
En el contexto actual, una parte significativa de la élite financiera y económica sigue actuando desde una lógica de beneficio privado, en lugar de asumir una responsabilidad nacional y social. Este sector ha ejercido, desde hace décadas, una enorme influencia en la definición de las políticas económicas del país, desde las privatizaciones y el endeudamiento hasta el debilitamiento de los sectores productivos y el traslado del coste del colapso financiero a los trabajadores y a las clases populares. Por ello, más allá de la ocupación israelí, la crisis que atraviesa el Líbano es también el resultado de décadas de políticas económicas neoliberales que transformaron la economía en un modelo rentista, dependiente de la banca, los grandes monopolios y el endeudamiento, mientras se abandonaba la industria, la agricultura y el conjunto de la economía productiva.
la clase trabajadora está pagando hoy no solo el precio de la ocupación, sino también el de unas políticas sobre las que nunca tuvo capacidad de decisión
Aunque muchas pequeñas y medianas empresas han demostrado un firme compromiso con la soberanía del país y con el mantenimiento del empleo, numerosas grandes empresas, lejos de proteger a sus trabajadores, han recurrido a despidos arbitrarios, al acaparamiento de productos básicos, al aumento de los precios y al aprovechamiento del sufrimiento de la población para incrementar sus beneficios.
En definitiva, la clase trabajadora libanesa está pagando hoy no solo el precio de la ocupación, sino también el de unas políticas sobre las que nunca tuvo capacidad de decisión, mientras que los sectores más privilegiados han sido quienes menos responsabilidades han asumido.
En caso de que próximamente finalice la ocupación, ¿qué medidas son necesarias para garantizar una reconstrucción justa del país?
La reconstrucción debe comenzar por exigir que los responsables de estos crímenes rindan cuentas y que la potencia ocupante, el Estado de Israel, asuma la reparación de los daños, indemnice a las víctimas y financie la reconstrucción de todo lo destruido. A partir de ahí, será necesario impulsar la producción nacional, crear empleo, indemnizar a las personas afectadas, reconstruir las infraestructuras y los servicios públicos, reformar el sistema fiscal, reforzar las garantías de protección social e implicar a los sindicatos y a la sociedad civil en el diseño de los planes de reconstrucción. Solo así podrá garantizarse que el desarrollo beneficie al conjunto de la población y no únicamente a los intereses del capital.
La reconstrucción no debe convertirse en una nueva oportunidad para la corrupción ni para el enriquecimiento de los monopolios, sino en un auténtico proyecto nacional basado en un Estado fuerte, la transparencia, la justicia social y la participación democrática. El Líbano no puede reconstruirse mediante las mismas políticas que condujeron al país al colapso.
¿Qué enseñanzas podrían extraer otros sindicatos del mundo y la sociedad en general de la organización de la clase trabajadora en un contexto de ocupación?
La principal enseñanza es que la unidad y la independencia del movimiento sindical son indispensables. También que la defensa de los derechos sociales debe ir siempre unida a la defensa de la soberanía nacional y al rechazo de la guerra, porque son las personas trabajadoras quienes acaban pagando el precio más alto de los conflictos.
cuando los trabajadores y trabajadoras se organizan más allá de las fronteras, la solidaridad deja de ser una consigna para convertirse en una fuerza real de resistencia y esperanza
Otra lección fundamental es que la solidaridad internacional no es un simple eslógan, sino una herramienta de lucha eficaz. En estos meses hemos recibido apoyo político, moral y mediático de numerosos sindicatos amigos. Al Líbano han llegado convoyes de ayuda humanitaria y sindical con alimentos, leche infantil, medicamentos, material sanitario, productos de higiene, ropa para mujeres y niños, colchones, mantas y otros artículos de primera necesidad que han contribuido a aliviar el sufrimiento de miles de familias desplazadas por la agresión israelí.
Esta solidaridad demuestra que el movimiento sindical internacional sigue siendo una fuerza ética y humana capaz de defender a los pueblos frente a la ocupación, la guerra, la injusticia y la explotación. Y nos recuerda que, cuando los trabajadores y trabajadoras se organizan más allá de las fronteras, la solidaridad deja de ser una consigna para convertirse en una fuerza real de resistencia y esperanza.
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