Opinión
Vivir o no vivir esas vidas posibles
Cuando pienso en posibilidad, normalmente pienso en esa esperanza interna que, siempre subjetivamente, permanece latente en el interior de une misme. En ese grado de imaginación que se mantiene vivo y persevera incluso en escenarios hostiles. Me gustaría pensar que la posibilidad aún vive, de algún modo, en nosotres: que nos mantiene despiertes y que nos lleva a tomar decisiones; decisiones que podrían suponer un rechazo a las lógicas que contaminan nuestro presente. Pero vivimos tiempos extraños para la esperanza. Perderse en lo posible, hoy, no es un ejercicio fácil. Perderse hasta dejar emerger posibilidades que no habíamos contemplado antes, quiero decir.
Demasiado de lo que nos rodea se está desmoronando. No es fácil imaginar futuros deseables mientras la vivienda se vuelve un espacio inhabitable, el fascismo y el racismo continúan sofocando nuestros barrios, el trabajo administra nuestras vidas o Israel perpetúa impunemente su plan de ocupación en Palestina. Estamos atravesando un momento histórico de abatimiento: abatimiento del corazón, del pensamiento y del espíritu. Y así, cada año que pasa, un sentimiento de imposibilidad crece dentro de nosotres —nosotres que estamos, sobre todo, muy cansades.— Sin embargo, cuando pienso en lo posible, aún pienso que podríamos encontrarlo en algún punto ciego de las rígidas y francamente desesperanzadoras estructuras que habitamos. Pienso que se trata de una condición inherente al estar aquí, todavía. Una condición que nunca podría disolverse del todo.
¿Qué nos mantiene perpetuamente lejos de aquello que tanto anhelamos?
Me pregunto, entonces, qué será eso que parece alejarnos de la experiencia de dicha posibilidad residual, esa que podría encaminarnos hacia un reajuste colectivo, quizás incluso hacia un cambio estructural. Más allá de la precariedad, más allá del cansancio; de lo complejo que se está volviendo sostenernos. ¿Qué nos mantiene perpetuamente lejos de aquello que tanto anhelamos?
Lo posible se juega en el terreno de la fantasía, ya sea esta individual o colectiva. O al menos, ahí comienza. Podría decirse que se trata de un estado sensible, de una disposición afectiva que se activa a través de la proyección de escenarios deseables, que suelen contraponerse a la violencia inmediata. Seguramente muches podamos recordar una experiencia opresiva reciente ante la que esta figura se haya manifestado. Podría decirse, entonces, que configura una práctica cotidiana de resistencia, una que ensambla lo micro y lo macropolítico. Y es que, al ayudarnos a gestionar nuestras miserias diarias, lo posible se inscribe en un tiempo compartido: esa dimensión común de todos los pasados y los futuros en el presente.
A través de lo posible somos capaces de vivir otros mundos, mientras ubicamos la crueldad de los mundos vividos. Se trata de una herramienta especulativa que nos sirve para calibrar lo que ya existe. Este ejercicio de visualización implica necesariamente el acoplamiento de diferentes planos de experiencia; el ensanchamiento del punto de vista. Es, por tanto, un concepto fundamental para ese pensamiento comprometido con la búsqueda de sistemas sociales alternativos.
Especialmente relevante en tiempos de crisis, su experiencia debería estar garantizada —todes deberíamos tener acceso a la amplificación de la vida que la posibilidad moviliza—. No obstante, hoy en día juega un rol ambiguo en nuestras vidas: habilita la imaginación colectiva y a la vez, nos mantiene a la espera de algo por venir, algo que se mantiene siempre en el horizonte. Da forma a eso que Remedios Zafra llamó “la esperanza de una vida mejorada”(1): una estrategia de auto-conservación contemporánea que, aunque nos permite sobrevivir dentro de estructuras obtusas y sofocantes, participa de la política de mantenimiento neoliberal que restringe, paradójicamente, nuestras posibilidades. Es esta cara de lo posible la que da forma a muchas de nuestras inercias actuales. Profundamente arraigada en narrativas de superación de corte imperialista, hace de nuestras vidas un ahora continuo pero insatisfecho. Desde aquel tramposo “si quieres, puedes”, la posibilidad tiene que ver con el progreso. Traza y destraza su propio alcance a través de un método que oscila, performativamente, entre momentos de actividad y de pausa, de trabajo y de “no–trabajo”.
Esto nos ha llevado a pensar que la posibilidad se articula a través de estados productivos: que tenemos que mantenernos actives para alcanzar, algún día y si tenemos suerte, aquello que deseamos. Así, producimos continuamente y así, en medio de este hacer desmedido, las posibilidades parecen volverse infinitas.
La idea generalizada de que “todo es posible” no es un fenómeno contemporáneo. Esta hunde sus raíces en el más viejo espíritu del capitalismo
Sin embargo, la idea generalizada de que “todo es posible” no es un fenómeno contemporáneo. Esta hunde sus raíces en el más viejo espíritu del capitalismo. Configura una estrategia histórica de borrado que deja fuera del mapa de lo imaginable a esa multitud exuberante de subjetividades que desborda los regímenes simbólicos dominantes y que, por tanto, no contribuye a sus imaginarios. Lo cierto es que no todo en este mundo es posible y que no todes tenemos las mismas posibilidades a la hora de navegarlo. Pero también es cierto que existen muchos otros mundos más allá de este, este en el que parece que lo posible va siempre de la mano de un crecimiento económico extenuante.
Lo que está claro es que la posibilidad se define por su carácter futurible y que es esta negatividad ambivalente —su condición de no-ser todavía, de ser potencialmente— lo que hace de ella un espacio tan extraño. Esta inmaterialidad nos lleva a dudar continuamente de su alcance y de sus condiciones de emergencia. ¿Cómo influye en nuestra realidad directa lo hipotético? ¿Cómo saber si deseamos lo que deseamos si no ha llegado todavía? Lo posible suele ser un espacio lleno de promesas: promesas propias y ajenas, promesas soberanas y constituyentes, promesas tramposas y, casi siempre, promesas no elegidas(2). En este sentido, no es de extrañar que se haya convertido en una figura dudosa, cuanto menos cuestionable.
Hace más de un año, acudí a la presentación de un libro en el que la artista María Tinaut(Valladolid, 1991) reúne una serie de cartas de despedida(3). En algún momento que no recuerdo exactamente, las palabras de una de las autoras allí presentes empezaron a dar vueltas en mi cabeza, despertando la pregunta de siempre: la de por qué me resultará tan difícil decidirme por la vida con la que llevo tantos años fantaseando. A través de una carta dirigida a su abuela, Anna Cristóbal se preguntaba por todos esos caminos que no tomamos, por el “vivir o no vivir esas vidas posibles”. Y al escucharla, algo se volvió urgente, casi incómodo. No sé cuántas veces me habré dicho a mí misme que la vida es “otra cosa”. Pero la imagen distante de esta posibilidad no es suficiente: hay algo que me mantiene apegade a un estar disociado, ausente.
Claramente, algo está fallando en nuestra manera de proyectar lo que podría llegar a suceder, a sucedernos. Las retóricas que dominan nuestros discursos se han vuelto tan omnipotentes que sentimos que nos hemos quedado sin recursos para articular otros posibles. El declive de esta época es tan fáctico, tan evidente, que parece que ya no nos hiere —o que ya no tiene sentido rebuscar en ningún rincón oscuro de ninguna estructura deprimente.— Ahora bien, ¿desde cuándo lo posible tiene que ser verosímil? ¿Por qué habríamos de permanecer siempre dentro del espectro de lo factible?
Nos hemos quedado atrapades entre falsos posibles. Estos ya no tienen que ver con lo que viene, con lo que registramos antes de que nuestras visiones se ordenen. No responden a la intensificación de lo que intuimos sino a aquello que, por pura probabilidad, podría ser deseable. Así, lo posible se restringe a lo probable y nuestra capacidad de imaginar mundos mejores queda constreñida entre los límites de lo socialmente factible(4). Pero el problema es que habitamos un tiempo en el que se han vuelto viables innumerables tipos de violencia —aquel en el que un genocidio es un acontecimiento posible(5)—. Y así, porque es imposible negarlo y porque atraviesa cada uno de los gestos y concesiones que hacemos a diario, el espectro de lo posible–probable ya no puede considerarse un referente válido.
Lo posible se restringe a lo probable y nuestra capacidad de imaginar mundos mejores queda constreñida entre los límites de lo socialmente factible
Es la precariedad la que nos hace aferrarnos a lo probable —y a menudo, nuestro empeño en ignorarla—. Pero esta es ya un estado ineludible. Precariedad material, precariedad intelectual; precariedad del alma. Ningún sistema que reproduzca a conciencia esta escasez debería ser tolerable.
Ya en 1991, Jalal Toufic (Beirut o Baghdad, 1962) afirmaba que esta vigilia por las posibilidades nada tiene que ver con la curiosidad(6). Quizás el ejercicio sea devolverle el interés al presente. Comprender que no hay escisión entre lo real y lo posible, porque las realidades que habitamos están siempre desenvolviéndose y en ese desenvolverse crean sus propias posibilidades(7). Lo posible aún podría ampliar el rango de probabilidad que regula nuestras vidas en base a un orden previamente determinado. Despojado de lo factible, podría ayudarnos a recuperar la capacidad de responder colectivamente. Aunque quizás no sea tan fácil.
Cuando pienso en posibilidad, pienso en esperanza, pero también en muchas otras cosas. Pienso en privilegio y explotación, en violencia sistémica y en su normalización; en el control institucional de una falta de recursos dirigida. Quizás aquí se encuentre el límite de lo posible, tal y como lo conocíamos antes. Y quizás esas vidas que tanto anhelábamos ya no sean posibles, porque lo que nos ofrecían hasta ahora ya no es suficiente.
(2) El tiempo de la promesa. Marina Garcés. Anagrama. 2023.
(3) Te esperaré antes. María Tinaut. Continta me tienes. 2025.
(4) Futurabilidad. Franco “Bifo” Berardi. Caja Negra. 2019.
(5) Conversación entre Nicolás Mirzoeff y Sarah Babiker. El Salto. 2026.
(6) Distracted. Jalal Toufic. Tuumba Press. 2003.
(7) El pensamiento y lo moviente. Henri Bergson. Cactus. 2013
Opinión
Por una grieta entre lo insostenible y lo inevitable
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