Opinión
El Puto Rayo y la cordura
Vivimos un pelín desquiciados. Ya ni siquiera hay últimas horas ni noticias urgentes porque todo lo es. Nadie puede soltar el hito, la tragedia, la broma que se trae entre manos, aunque dentro de dos minutos no recuerde qué era. ¿Cómo dices? Bah, eso es tan de ayer. Vivimos como corrían los dibujos animados, con la cabeza muy por delante de las piernas. La ansiedad anticipatoria, el mecanismo de defensa con el que imaginamos los peores escenarios futuros, le va al pelo a esta época distópica de momentos que caducan al instante.
Cuando todo sabe a poco y esperamos la siguiente dosis, nunca satisfactoria por mucho tiempo, entonces va y aparece el Rayo Vallecano. El Rayo con su tour europeo, con la temporada de su vida. Enroscando la tapa del simpático Rayito y descorchando la botella del Puto Rayo. Ni que decir tiene que de esa se bebe a morro. A todo lo que da. Sin pensar en el mañana, ni en la resaca ni en los ruidos en el estómago cuando trate de recomponerse. Como cuando te comes un kebab en los soportales, que pocas palabras más de barrio juntas. Desde luego, eso es más difícil en una urbanización de chalets. A quién va a extrañar que sean un par de jugadores rayistas quienes tras un partido se acerquen a por unos durums para toda la plantilla. Kebab en los soportales. Dilo en voz alta. Suena a estribillo. A mí me suena al “Lost in the supermarket” de los Clash. Es una canción que podría escucharse en el estadio de un club cuya identidad no fuera saboteada por su propiedad. Esa y el himno que ha calado entre la gente: “El Rayo fui yo”. El Rayo eres tú cuando te arqueas para dar el bocado y cuando te olvidas y te pones perdido y dices ya saldrá. Lo cantaron Estopa, otros que podrían sonar por megafonía: “Tú me rompes las entrañas, me trepas como una araña”. Es decir, cuando describieron el enamoramiento como un kebab a las tantas en noche de celebración.
El Rayo en una final europea. Hay que escribirlo para creerlo. No se lo imaginaban Prudencia Priego y sus hijos cuando hace más de un siglo lo fundaron como un equipo de calle, ni siquiera de barrio, de un pueblo castellano. De municipio independiente a dos distritos. Que a Vallecas se le llama barrio como acto de resistencia. Vallekas por la kara, logo VK a lo Dead Kennedys, las casas domingueras, barro y polvareda, la batalla naval, tus ojos, bandido, ni más ni menos, me quedo contigo. Rayo-Crystal Palace, final de Conference League 2026 en Leipzig y el equipo seis años seguidos en Primera. No lo imaginaban tampoco los más veteranos, los del exilio en Vallehermoso, los de los partidos a las 12 que permitían hacer doblete con el estadio del Madrid o el Atleti que tocase aquella misma tarde no pensaban, digo, que llegarían a ver a una joven generación que crece siendo solo del Rayo.
Me resisto a llamar milagro al logro de este equipo. Los milagros exigen poco. Creer, esperar, pasarlo mal. Esto es más una fiesta currela
Del Puto Rayo. Cabe preguntarse si lo que está consiguiendo este equipo no es justo lo contrario de aquel “alucinamos con el Rayo Vallecano”. Porque tampoco queda mal, puestos a inventar, que “tocamos hierba con el Rayo Vallecano”. Me resisto a llamar milagro al logro de este equipo. Los milagros exigen poco. Creer, esperar, pasarlo mal. Esto es más una fiesta currela. Estar aquí es fruto del trabajo y compromiso de jugadores y cuerpo técnico y de su comunión con una afición que empuja para marcar y empuja para que salgan las cuentas tras pronunciar en casa aquello de “esto es una vez en la vida”. El Rayo está llevando la contraria a esta era de la hipérbole, en la que para que algo bueno llame la atención se dice que es increíble, un sueño, una fantasía, una locura o incluso que no tiene sentido. Lo del Rayo reconstruye la cordura. Es bien real. Está en los cuerpos, en el abrazo, en el grito, en las lágrimas, en el nudo en la garganta. En ese no dar con las palabras. Ya saldrán. Porque esta primavera se contará durante años.
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