Opinión
¿Qué pasaría si Circe y Penélope participasen en ‘La isla de las tentaciones’?
La pregunta puede sonar a broma, quizá a provocación frívola, pero el objetivo es simplemente que funcione como una excusa para poner un espejo delante de los relatos afectivos que consumimos en la actualidad. Piénsalo por un momento: ¿dónde viven Circe y Penélope? Cada una en su propia isla. ¿Qué ocurre entre Ulises y Penélope? Pues que mantienen una relación durante años hasta que Ulises se marcha y acaba en otra isla: la de Circe. ¿Y Circe tiene compromiso con alguien o podríamos decir que fue una gran tentación para Ulises? Ves por dónde voy, ¿verdad? Bien, los personajes y la trama son muy similares, pero lo que cambia es todo lo demás.
En la novela Circe ou o pracer do azul (2009), de Begoña Caamaño, la historia conocida de la Odisea se da la vuelta como un calcetín. Ulises deja de ser el héroe incuestionable para convertirse en un hombre que engaña. Circe abandona el papel de hechicera peligrosa y aparece como una mujer empoderada que no compite con otra mujer por el afecto de un hombre. Por su parte, Penélope, alejada del mito de la esposa paciente y sufridora, emerge como una mujer fuerte y valiente. El momento clave es conocido: Ulises se involucra con Circe, pero el giro radical es que Circe se lo cuenta a Penélope. Sin trampas, de manera sincera y honesta. De ese gesto nace algo que hoy nos resulta casi revolucionario: una relación de amistad profunda, de comprensión y sororidad entre dos mujeres a las que el relato tradicional obligaba a odiarse.
Ahora imaginemos esa escena en La isla de las tentaciones. La infidelidad editada con música dramática, primeros planos de lágrimas, gritos, hogueras simbólicas y una Sandra Barneda que pregunta: “¿Qué sientes ahora?”. Circe reconvertida en “tentadora”, Penélope reducida a “novia engañada” y Ulises (siempre Ulises) justificado como víctima de sus pulsiones. El conflicto ya no es ético ni afectivo, ni profundo. Lo que importa no es entender, ni cuidar, ni reparar: importan los celos, la humillación pública, la competición entre mujeres por el mismo hombre, como si eso fuera inevitable, natural, incluso excitante.
Pero Circe ou o pracer do azul va más allá de la crítica a la infidelidad o al mito masculino. En el centro de la novela hay algo mucho más incómodo y menos espectacular: una amistad entre mujeres intensa, íntima, hermosa, que como lectores nos hace desear que Circe y Penélope se líen y pasen definitivamente de Ulises. No solo porque una buena historia sáfica siempre es bienvenida, sino porque seguimos midiendo el valor de los vínculos con una regla muy concreta: para que una relación nos parezca verdaderamente central, transformadora, parece que debe pasar por lo sexual, por la corporalidad o, más aún, tiene que devenir en un formato monógamo romántico de pareja. En esto, querides, le debemos mucho al trabajo de Olivia Ávila y a todo lo que nos está aportando desde su activismo asexual, con el que nos invita a revisar nuestra relación con el sexo como medidor y clasificador de nuestros vínculos, algo positivo y enriquecedor para cualquier categoría sexual con la que te identifiques.
Aquí, entonces, emerge la pregunta incómoda: ¿y si ese deseo lector hablara más de nosotros que del texto? ¿Y si la pulsión de “validar” esa relación a través del sexo revelase nuestra dificultad para reconocer las amistades románticas como vínculos plenos, suficientes, revolucionarios en sí mismos? La relación entre Circe y Penélope no necesita consumarse para ser radical: se eligen, se escuchan, se cuidan y se sitúan en el centro emocional de la otra en un mundo que les decía que debían ser enemigas. Eso, sin besos ni cama compartida, ya es profundamente subversivo. Quizá más que si acabasen juntas.
El contraste con el reality es brutal. La isla de las tentaciones solo entiende un tipo de relación válida (la pareja heterosexual en crisis) y solo reconoce emociones cuando son explotables: celos, posesión, rabia, humillación. No hay espacio para la palabra honesta, para el cuidado ni para alianzas que no giren en torno a un hombre cishetero. El formato no admite amistades románticas porque no sabe qué hacer con vínculos que no se pueden convertir en espectáculo.
Quizá por eso resulta tan irónico y revelador que una relectura feminista de un mito de la Antigua Grecia sea afectivamente más avanzada y transgresora. Mientras la televisión insiste en vender relaciones basadas en el control y la sospecha, Begoña Caamaño ofrece un soplo de aire fresco: personajes que hablan, que se comprenden, que no se dejan arrastrar por el guion que les estaba asignado.
Si Circe y Penélope visitasen La isla de las tentaciones, probablemente durarían poco porque no darían buen contenido. No gritarían lo suficiente, no se insultarían, no competirían. Quizá acabarían sentadas juntas, hablando, desmontando el formato desde dentro. Y eso, para un reality, sería imperdonable. Tal vez el problema no sea que sigamos recurriendo a los mitos antiguos, sino que aceptamos sin espíritu crítico los mitos emocionales que nos venden hoy. Por suerte, de vez en cuando aparece una novela que nos recuerda que otra manera de contar, de vivir, de relacionarnos es posible. Incluso después de una infidelidad. Incluso cuando todo parecía escrito de antemano.
Galicia
Begoña Caamaño y la construcción de mitologías disidentes
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