Cuando la comida se compra en la tienda de deporte

Cuando el discurso de la “alimentación saludable” empezó a hacer mella en los ultraprocesados clásicos, la respuesta no fue cambiar el modelo, sino disfrazarlo.
Decathlon City Gijon
David Aguilar Sánchez Indicios de persecución sindical en Decathlon de Asturias.

Director de Justicia Alimentaria

15 feb 2026 07:00

Durante años, ciertos productos dietéticos tuvieron un uso muy concreto y limitado. Eran productos pensados para personas con necesidades dietéticas especiales, para pacientes con determinadas patologías, para deportistas de alto rendimiento o para situaciones médicas muy específicas. Hoy, sin embargo, esos mismos productos han saltado sin control al lineal general: de la farmacia al supermercado y a las plataformas online. Todo ello propulsado por las redes sociales y centenares de influencers que bajo una retórica de salud recomiendan, recetan y difunden su uso masivo. Lo que antes era excepcional, controlado y supervisado, ahora se ha convertido en cotidiano. Y lo que debía estar regulado y supervisado, hoy se consume masivamente y sin ningún tipo de control.

No es casualidad. Es estrategia industrial. La industria alimentaria lleva años explorando nuevos nichos de mercado. Cuando el discurso de la “alimentación saludable” empezó a hacer mella en los ultraprocesados clásicos, la respuesta no fue cambiar el modelo, sino disfrazarlo. Así nacieron y se expandieron los productos “altos en proteínas”, los suplementos, los batidos funcionales, las barritas “fitness”, los alimentos para “mejorar el rendimiento”, “cuidar los músculos” o “optimizar el metabolismo”.

Productos que, en origen, tenían sentido para minorías muy concretas, hoy se venden como si fueran necesarios para todo el mundo: niños, adolescentes, personas adultas, personas mayores, gente sedentaria o con una actividad física normal. Unos simples datos lo corroboran. Según el último Congreso Europeo de Farmacia (In Pharma 2025), el consumo de suplementos proteicos en España ha aumentado un 175% en el último año y la demanda de creatina se ha disparado un 492% en un año sin que estas cifras determinen si el consumo es elevado en jóvenes y adolescentes, cuando desde la Agencia Española de Seguridad Alimentaria y Nutrición (AESAN) se subraya que “los estudios de evaluación de la seguridad del uso de monohidrato de creatina y de clorhidrato de creatina en complementos alimenticios para población no adulta son insuficientes”.

Cada vez más personas consumen suplementos proteicos y productos funcionales sin indicación médica ni nutricional, superando con creces las necesidades reales de proteínas y otros nutrientes.

El mensaje es simple y tremendamente eficaz: tu alimentación cotidiana es insuficiente; necesitas algo más. Y ese “algo más”, casualmente, siempre viene en forma de producto industrial. La investigación sobre el asalto a los cuerpos de Justicia Alimentaria es clara: cada vez más personas consumen suplementos proteicos y productos funcionales sin indicación médica ni nutricional, superando con creces las necesidades reales de proteínas y otros nutrientes. Pero el problema es que el exceso no es inocuo, sino que se asocia a sobrecarga renal y hepática en determinados perfiles, alteraciones metabólicas, problemas digestivos, y una falsa sensación de seguridad nutricional.

Pero hay un efecto aún más preocupante y silencioso: el efecto sustitución, cuando el ultraprocesado sustituye a la comida real, a nuestro patrimonio alimentario. Estos productos no solo se añaden a la dieta: la reemplazan. Reemplazan legumbres, huevos, pescado, fruta, frutos secos, cereales integrales. Reemplazan comidas compartidas, recetas tradicionales, tiempo de cocina, cultura alimentaria.

Poco a poco, la dieta cotidiana se vacía de alimentos frescos y se llena de botes, claims y promesas. Y así, lo que es un problema nutricional se convierte también en un problema cultural, social y político que ha derivado en escenarios de ciencia ficción en los que la comida se compra en la tienda del crossfit y no en el mercado.

Porque cuando dejamos de cocinar y de comer alimentos reconocibles, dejamos de transmitir saberes, de cuidar el territorio, de sostener economías locales. El patrimonio alimentario se erosiona al mismo tiempo que se deteriora la salud pública. La comida no se compra en tiendas de deportes, en farmacias, no se compra en el pasillo de suplementos, ni en el bote de proteína sabor galleta, ni en el batido “todo en uno”. La comida se compra —y se produce— en mercados, huertas, pescaderías, panaderías, cocinas y comedores.

Regular estos productos no es una excentricidad ni un ataque a la libertad de consumo. Es una medida básica de protección

Pensar que estos productos tienen efectos milagrosos es creer el relato que la industria necesita para seguir creciendo. Un relato que convierte la alimentación en un acto individual, tecnificado y mercantilizado, y que nos aleja de una dieta sencilla, suficiente y basada en alimentos reales. Lo que está ocurriendo ya no es una cuestión de elecciones personales. Es un problema de salud pública. Y como tal, exige respuestas colectivas y políticas. Regular estos productos no es una excentricidad ni un ataque a la libertad de consumo. Es una medida básica de protección, porque primero se nos genera un malestar sobre nuestro propio cuerpo, haciéndonos creer que están mal, que deben ser corregidos, disciplinados. Por ello necesitamos regular qué se vende, a quién se dirige, cómo se publicita, y con qué mensajes.

No puede ser que productos pensados para usos específicos se promocionen masivamente sin advertencias claras, sin límites y sin supervisión. No puede ser que la publicidad siga empujando a la población a consumir más y más productos que no necesita, muchas veces con perfiles nutricionales insanos, mientras se invisibiliza la comida de verdad.

Más regulación, más información independiente, más apoyo a la alimentación fresca, local y accesible, más bajar los precios para que podamos comer comida

Frente al asalto de la industria a nuestros cuerpos, la respuesta no pasa por más productos “funcionales”, sino por más política alimentaria. Más regulación, más información independiente, más apoyo a la alimentación fresca, local y accesible, más bajar los precios para que podamos comer comida. Y también es poner un límite claro a una industria que ha decidido que nuestros cuerpos son el próximo gran mercado. Porque comer bien no debería ser un milagro.

Los artículos de opinión no reflejan necesariamente la visión del medio.

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