Opinión
Bad Bunny y la palabra “América” cuando la frontera se vuelve espectáculo
Hace tres días, en el centro exacto del espectáculo estadounidense, Bad Bunny actuó en el descanso de la Super Bowl LX. Y, sin necesidad de proclamas explícitas, desplazó una palabra que parece fija pero no lo está: “América”. No es una cuestión retórica. Mientras el U.S. Immigration and Customs Enforcement (ICE) intensifica redadas y deportaciones, mientras el cuerpo migrante vuelve a convertirse en amenaza útil en campaña, mientras el español es lengua cotidiana pero no lengua legítima en la imaginación nacional, ocupar ese escenario cantando en español no es un detalle folclórico. Es una fisura.
La Super Bowl no es solo deporte. Es el ritual anual de autocelebración imperial retransmitido al mundo. El momento en el que Estados Unidos se mira a sí mismo y decide qué versión de sí quiere exportar. Por eso importa quién sube ahí. Por eso importa en qué lengua canta. Por eso importa qué cuerpo se muestra y cuál se invisibiliza. Bad Bunny no tradujo nada. No se explicó. No domesticó su acento. No ofreció un puente tranquilizador. Llevó Puerto Rico —territorio colonial, identidad ambigua, ciudadanía sin soberanía— al centro del espectáculo y dejó que la contradicción respirara. América no era una bandera. Era un archipiélago.
Hay algo obsceno en que se militarice la frontera y, al mismo tiempo, se consuma sin fricción la cultura producida por quienes esa frontera expulsa
Ahí el gesto adquiere densidad política. Porque América no es Estados Unidos. América es también el sur que sostiene la economía del norte. Es el Caribe precarizado y musical. Es Centroamérica atravesada por caravanas. Es el continente que en español siempre tuvo nombre propio y que en el discurso hegemónico anglosajón fue reducido a marca nacional. Hay algo obsceno en que se militarice la frontera y, al mismo tiempo, se consuma sin fricción la cultura producida por quienes esa frontera expulsa. El reguetón suena en estadios mientras ICE detiene a trabajadores que limpian esos mismos estadios. La música circula; los cuerpos, no. El ritmo no necesita papeles. El trabajador sí.
Por eso el gesto importa. No porque vaya a cambiar leyes —no lo hará—, sino porque interrumpe la naturalización del relato. Porque hace visible la fractura entre el país que baila y el país que deporta. Entre el espectáculo que celebra diversidad y la política que la criminaliza. No se trata de convertir a Bad Bunny en héroe. Sería simplificarlo y neutralizar el conflicto. Se trata de entender que la cultura popular es hoy uno de los pocos espacios donde la disputa simbólica ocurre a escala masiva. Y la reacción airada de quienes vieron en su actuación una amenaza confirma que la amenaza no era musical, era semántica.
¿Quién tiene derecho a decir “América”? ¿Quién queda fuera cuando esa palabra se pronuncia en singular? Quizá lo más incómodo no fue el español. Fue la ausencia de disculpa. Fue la negativa a traducirse. En un contexto donde el migrante está obligado a justificarse constantemente, ocupar el centro sin pedir permiso es una forma de desobediencia suave, pero efectiva.
América es de quien la canta, la habita, la trabaja, la cruza y la sostiene cada día. En tiempos de ICE, de muros y de redadas, disputar su significado no es un capricho semántico. Es una necesidad política
Pienso en algo que me obsesiona desde hace tiempo: la disputa por las palabras. Cómo ciertos términos se estrechan hasta volverse propiedad privada. “América” es uno de ellos. En español siempre fue continente. En el imaginario hegemónico se convirtió en nación. Ese desplazamiento no es inocente; es geopolítico. Cuando un artista puertorriqueño canta en español ante cien millones de personas y esa palabra vuelve a vibrar con acento caribeño, algo se descoloca. No es una revolución. Es algo más sutil: una reapropiación.
Y en tiempos de redadas televisadas, de muros financiados como promesas electorales, de centros de detención convertidos en no-lugares administrativos, esa reapropiación no es menor. Las políticas se sostienen sobre relatos. Si el relato dominante dice que América es una sola lengua, una sola cultura, una sola historia, cada gesto que contradice esa ficción abre una grieta. Mientras ICE ejecuta redadas, el espectáculo continúa. Mientras la frontera se endurece, el estadio canta en español. Esa contradicción no es accidental; es estructural. Quizás el verdadero valor de aquella actuación no fue ofrecer una imagen reconciliadora, sino dejar la fractura a la vista. América no es una marca registrada. Es un territorio en disputa. Y disputarla —también desde la música— es una forma de resistencia, porque América no pertenece a un pasaporte. América es de quien la canta, la habita, la trabaja, la cruza y la sostiene cada día. En tiempos de ICE, de muros y de redadas, disputar su significado no es un capricho semántico. Es una necesidad política.
Deportes
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