‘Parade’, en el circo pop de Prince

Cuarenta años después de la publicación de ‘Parade’ también nos enfrentamos al décimo aniversario de la muerte de Prince, la figura más influyente de este último medio siglo en la reconcepción de la idiosincrasia pop.
21 abr 2026 06:00

Fue un día como hoy hace diez años cuando, aún noqueados por el fallecimiento de David Bowie, nos quedamos abrumados por la noticia de la muerte de Prince el 21 de abril de 2016. Si bien el primero fue el gran catalizador de los cambios generados en la década de los años 70, el genio de Mineápolis fue quien tomó su testigo en los 80, cuando su reinado fue, prácticamente, dictatorial, reconfigurando las líneas de flotación entre lo que aún se entendía como “música negra” y pop.

Más allá del éxito arrollador de Michael Jackson, Prince fue quien, de verdad, asfaltó una autopista hacia una arcadia musical compuesta de extremos comunicantes, en la que se cruzaba la pulsión cibernética kraftwerkiana con Smokey Robinson, se imaginaba una lisérgica versión psicodélica de Sly & The Family Stone o hacía convivir la rítmica posdisco con la reverberación eléctrica hendrixiana.

En la Torre de Babel de Prince no cabían fronteras intraspasables, y menos en la línea discográfica que abarca desde Dirty Mind (1980) a Lovesexy”(1988), trufada de puntos cardinales en la integración de un renovado lenguaje pop como 1999 (1982), Purple Rain (1984), Around The World In A Day (1985) y el catedralicio Sign O’ The Times(1987).

Antes de la publicación de este último, Prince se sacó de la manga un nuevo intento por alcanzar el mega éxito cosechado en 1984 con Purple Rain. Al igual que en dicha ocasión, su tentativa por copar las listas de éxitos también vino insuflada por un filme dirigido por él bajo el título de Under The Cherry Moon. Hoy considerada una película de culto, en su momento este musical dramático con toques de comedia filmado en blanco y negro por el propio Prince fue vapuleado por la crítica cinematográfica.

No obstante, lo que fue concebido como banda sonora para la película acabo emergiendo como una entidad musical propia a través de la que Prince dio un nuevo giro sobre sí mismo para ofrecer una explosión de creatividad concebida desde ángulos más tendentes a una poda ornamental importante en sus configuraciones instrumentales, además de proporcionar algunos de los ejercicios funk más rutilantes de su carrera, como en el caso de Girls & Boyso en la enigmática aura que subyace en cada átomo de Life Can Be So Nice”. Parade nunca deja de ser terreno virgen para toda clase de experimentaciones, que redundan en la consolidación de su vertiente funk psicodélica, tal como queda de manifiesto en temas como Mountains”.

Entre medias, baladas de corte gótico como la que da título a la película o la apoteosis maximalista circense con la que arranca el álbum (Christopher Tracy’s Parade”) dan muestra de la inquietud inherente que acompañaba todos y cada uno de sus actos creativos. Precisamente, en este último corte vuelve a aflorar su tendencia a picar de la fuente de sabiduría “Sgt. Peppers” beatle, de la que ya había tomado buena nota en ejercicios precedentes como “Take Me With U” y “Around The World In A Day”.

Sin embargo, los momentos que configuran la esencia de este trabajo provienen de su particular estilización del minimalismo instrumental a través de su influyente uso de la caja de ritmos con la que se saca de la manga ejercicios de sencillez percusiva tan arrebatadores como “I Wonder U” y, cómo no,Kiss, máxima ejemplificación de su radical uso del falsete, recurso sobre el cual el periodista Simon Reynolds llegó a comentar lo siguiente en su artículo sobre Prince para Pitchfork acerca de su androginia y la forma en la que hizo cambiar la música y la forma de pensar sobre música y género, en su momento: “En cierto modo, el falsete —como técnica vocal artificial, una forma antinatural de usar la garganta, los pulmones, etc.— podría considerarse una especie de tecnología introyectada. Como ocurre con cualquier forma extrema de canto —canto tirolés, canto gutural tuvano, ópera, juegos vocales inuit, etc.—, existe casi una descorporeización de la voz humana al verse forzada a producir sonidos que parecen hablar de cosas ajenas a la existencia terrenal, mucho más allá de nuestros límites físicos mortales. Por eso, estos sonidos vocales, forzadamente etéreos, generalmente connotan lo angelical, lo extraterrestre, lo cósmico y lo sobrenatural. También pueden ser el sonido de quienes se sienten ajenos a la existencia mundana y normativa, que se sienten como si fueran de otro lugar”.

Bajo este disfraz vocal, que en Sign O’ The Times derivó directamente en un desdoblamiento artístico bajo el nombre de Camille, Prince prosigue con su particular forma de confundir roles y géneros a través de unas letras eminentemente sexuales y prosaicas en su forma de hablar de cielo e infierno, Dios y apocalipsis.

Su equilibrio entre extremos se nutre de una consciencia de dinámica adolescente. La energía y el ímpetu que se desprende de dicha fase vital reverdece la ingenuidad con la que se aísla de cualquier clase de prejuicio cuando introduce sabores añejos afrancesados enDo U Lie?o, directamente, habla en términos de rock and roll original cuando se refiere a la efervescencia sexual que rebosa en canciones como I Wonder U”.

‘Parade’ refuerza la sensación de autoafirmación de Prince como un ser que, al igual que Bowie en su transformación en Ziggy Stardust durante su era glam, se reconoce a sí mismo como un ente ajeno a los roles terrenales

En cierta manera, Parade refuerza la sensación de autoafirmación de Prince como un ser que, al igual que Bowie en su transformación en Ziggy Stardust durante su era glam, se reconoce a sí mismo como un ente ajeno a los roles terrenales. En otras palabras, está jugando a una progresiva ambigüedad personal reflejada en portadas como la de este álbum, donde se adelanta tres décadas a acepciones como género binario o fluido, pero sobre todo en el desarrollo de una personalidad musical cuya tendencia a la experimentación estaba cobrando un énfasis renovado, llevado al paroxismo en lo que fue su siguiente paso discográfico. No en vano, Sign O’ The Times fue concebido previamente como un mastodonte discográfico de múltiples caras que acabó siendo recortado a doble LP, en el cual el apabullante crisol de investigaciones de Prince en su ampliación del campo de batalla fue llevado a un nivel que ningún/a artista ha sido capaz de igualar en las cuatro décadas posteriores a su publicación, y que tiene en Parade su germen más reconocible.

Parade resultó un punto de inflexión que también sirvió para amplificar su enorme relevancia en el cambio de rol al respecto de la música negra en su percepción masiva en la década de los años 80, la cual ha seguido evolucionando hasta el día de hoy. Así, tal como lo plasmó para la posteridad el periodista John Rockwell el 30 de marzo de 1986 para The New York Times, al superar las barreras musicales y raciales, el éxito de Prince “no solo afectó directamente (a través de sus numerosos protegidos) ni indirectamente (a través de aquellos a quienes influyó) en la música popular de los años 80. También contribuyó significativamente a reducir la segregación de facto de los artistas negros que surgió a principios de los 80 en la radio y la televisión”.

Esta clase de reflexiones son las que suman puntos cuando uno se encuentra con esfuerzos artísticos del calibre de Parade, que sobrepasan su condición de mera producción discográfica para ser símbolos de una revolución que ayudó a borrar fronteras sociales, al mismo tiempo que transmutó los significantes pop hasta el punto de que dicho término jamás habría evolucionado semánticamente como lo ha hecho sin faros discográficos como este disco de Prince.

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