Migración
Proyecto Artea, una casa sin llaves

Dos edificios en el Valle de Arratia (Bizkaia) dan cobijo al proyecto Artea. En ellos conviven 48 personas de al menos diez nacionalidades, refugiadas y migrantes. Todas comparten este espacio de convivencia cimentado en la solidaridad de activistas y baserritarras

Proyecto Artea Horno de Pan
Uno de los residentes trabajando en el horno de pan. Jone Arzoz

publicado
2018-09-13 10:20

Un planisferio dibujado entre muchas manos y pintado por las niñas y niños simboliza el espíritu del proyecto Artea, desarrollado en el municipio del mismo nombre. Chinchetas que marcan ciudades en el mundo y lanas de colores que trasladan historias desde la patria natal hasta este pequeño pueblo del Valle de Arratia, en el corazón de Euskal Herria. Un rincón del planeta donde las redes de apoyo mutuo se empeñan, desobedientes, en hacer de esta tierra un lugar de acogida.

Dos casas de cuatro plantas presiden la plaza principal del pueblo, allí transcurre gran parte de la vida social. En ellas funciona este proyecto autogestionado de acogida que cuenta con alojamiento, cafetería restaurante, una tienda de venta de productos regionales y otra de arreglos de ropa. Gente que se entiende por encima de la complejidad de los idiomas y las siempre duras circunstancias que les han arrancado de sus países.

Viven allí 48 personas de al menos diez nacionalidades. Nicaragua, Rusia, Honduras, Somalia, Colombia, Pakistán, Marruecos, Georgia, Gambia, Perú, Mali, Argelia, Palestina. Refugiadas y migrantes. Con papeles y sin ellos. Algunas esperando ser incluidas en el sistema de asilo. Otras, en tránsito. Y hay quienes han decidido echar raíces en esta tierra.

Muchas son las fuerzas que concurren en esta iniciativa. La plataforma Ongi Etorri Errefuxiatuak, agrupaciones feministas, espacios sociales y un motor fundamental: el mundo baserritarra, muy cercano a la órbita de Vía Campesina, movimiento internacional que defiende la soberanía alimentaria y la solidaridad con las personas trabajadoras emigrantes y asalariadas.

En 2016 el Ayuntamiento de Artea abrió un concurso para proyectos que dieran utilidad a una vieja casona. Presentaron el suyo, de hotel rural “con encanto”, abriendo la posibilidad de acoger a personas que lo necesitaran. Muchos brazos trabajaron en su reforma. Era necesario tener un espacio físico que facilitara la relación con los pueblos del valle.

La casona de al lado, en similares condiciones, la alquilaron. Y hoy ambas forman parte de un lugar con identidad propia, acogedor y respetuoso con el entorno.

CADENA DE AFECTOS

Mikel Zuluaga es uno de los impulsores del proyecto. Integrante de Ongi Etorri, cuenta que la iniciativa es posible en virtud de la cadena de afectos. “Siempre que llega alguien le decimos ongi etorri [bienvenido]. La solidaridad no solo es una palabra grande, sino una palabra de tierra y tenemos que cultivarla. Que se esté tranquila y procure disfrutar de la vida, lo poco que tengamos lo vamos a compartir. Hay una cosa que funciona y es que estamos a gusto. Aquí hay cero machismos y cero racismos”, sentencia.

Una de las casas es para las personas en tránsito. Se alojan en habitaciones dobles. Pueden tomarse su tiempo, pensar sobre su futuro sin las prisas que exige el sistema formal de acogida, ni el riesgo a quedar en la calle porque los planes de continuar viaje se truncan.

La otra, para las que han elegido quedarse. Cada piso es una especie de comunidad. Según los miembros de la familia, pueden disponer de dos o tres habitaciones. La idea es que se sientan cómodas, acogidas.

Es el caso de Fátima y Mohamed, que llegaron hace un año desde San Isidro, en Níjar, Almería. Ambos trabajaban en los plásticos y llevaban dos o tres meses sin cobrar cuando en marzo de 2017 denunciaron la situación y comenzaron un plan de lucha junto al Sindicato Andaluz de Trabajadores (SAT).

Artea 1
Mohamed y Fátima charlan en el sofá de su casa Jone Arzoz

“La empresa me pidió que abandonáramos la medida. Le dijimos que estábamos defendiendo lo nuestro. Una noche vinieron a casa en coche, mi hijo se acercó porque creyó que querían preguntar algo, pero desde dentro le pegaron con un látigo, le cortaron la cara de lado a lado y huyeron”, relata Mohamed. Las amenazas fueron en aumento y el miedo se apoderó de la familia.

En esos días llegó la Caravana a Melilla denunciando la vulneración de derechos de las personas migrantes en la Frontera Sur. Visitaron los invernaderos y conocieron la historia que habían vivido. Surgió la oportunidad de trasladarse a Artea.

Licenciado en Derecho en su país, habla y escribe cuatro idiomas: francés, árabe, inglés y castellano. Trabaja en la cocina del restaurante y sus conocimientos facilitan la comunicación entre todas. “Ahora estoy agregando el euskera”, dice y sonríe bajo una réplica del Guernica que cuelga en la pared.

Su hijo es campeón de España en la distancia de 10.000 metros con el Club Durango. Fátima también está empleada. “Vivimos mucho mejor. Los peques no salen de la plaza, de la biblioteca. Es un pueblo tranquilo y seguro. Trabajo en el horno de pan, en Zeanuri —a unos diez kilómetros— y hago los dulces y pasteles de la tienda que funciona en el bar”, cuenta.

CONFIANZA E INDEPENDENCIA

Lavadora, microondas, cafetera, frigorífico y sala de estar; todo de uso común. Las personas en tránsito cuentan con alojamiento, desayuno, comida y cena. Las que han decidido quedarse tienen su cocina y reciben la ayuda de una cesta semanal de productos del campo. Además, se les busca una alternativa laboral que les posibilita no depender de nadie. Sus hijas e hijos menores son escolarizados. Una vez a la semana se dan clases de castellano. Las de euskera están a cargo de la organización popular AEK. Los viernes se hacen actividades abiertas a la comunidad. Se organizan salidas a la nieve, caminatas por el campo, visitas culturales o deportivas. Colaboran también jóvenes del grupo Berbalaguna, una iniciativa que relaciona a personas vascoparlantes para practicar las destrezas comunicativas.

En las casas sobran las llaves. El bar, la cocina, los trasteros, están abiertos. Son conscientes de que el éxito de este refugio pasa por el compromiso de cada persona. “Cuando generas un ambiente de entendimiento, logras que nadie alce la voz, que se respeten y se generen confianzas mutuas”, cuenta Mikel, y agrega que allí hay que “hacer de todo”.

Las decisiones son grupales y, si surgen roces, se aprovechan los encuentros diarios, como la comida, para hablar. La idea es respetar una horizontalidad que no siempre es fácil, atendiendo a que el propio Mikel, o Malu, otra de las personas que ha apostado fuerte por sacarlo adelante, son una referencia para los demás.
Ella proviene del sindicato agrario EHNE Bizkaia. Es una campesina cuyo proyecto personal, además de la agricultura y la ganadería, incluye varios puntos de diversificación: el obrador de pan, una carnicería y una tienda.

“Hay cuatro personas de aquí que trabajan en el obrador aprendiendo el oficio. Y están acompañadas por otras tres que llegaron hace once años buscando trabajo, se formaron y ahora enseñan al resto”, detalla. En el restaurante cuentan con un cocinero de trayectoria en la zona y dos personas del proyecto que aprenden la profesión a su lado. Todos los días, varios campesinos les venden sus verduras y productos. Se utilizan para el consumo propio, en el restaurante o se ponen a la venta. Otra forma de extender el apoyo mutuo entre el espacio y un mundo rural que brega por vivir de lo que produce.

“Sería una bobada negar que en un inicio necesitas un apoyo, pero a la larga te tienes que ir independizando y en este sistema ser independiente es tener un trabajo. No tiene que venir papá Artea o Estado a sujetarte, tú tienes capacidades para salir adelante”, asevera Mikel.

Solo se busca trabajo a las personas que deciden quedarse, siempre con la premisa de lograr su independencia. Hasta ahora son la mitad de las familias y todas tienen un empleo con sueldos que superan los 1.000 euros. Algunas en el campo, otras en el restaurante, en el horno o en otras alternativas que se han buscado, como el caso de Marta, a quien le han ayudado a poner una tienda de economía social: venta de ropa de segunda mano y arreglos.

Marta era una lideresa de Totonicapán, Guatemala. A través de talleres de bordado, enseñaba a las mujeres campesinas una vocación, las capacitaba en identidad de género y lucha contra las violencias machistas. En 2016, al morir su padre, prometió a su mamá saldar una deuda familiar. La pérdida del trabajo y la mala relación con su pareja la empujaron a emigrar.

Incrementó la deuda para viajar junto a su hermano Cruz, que había sido expulsado de Estados Unidos al poco de llegar. Pagaron más de 4.000 euros cada uno y, junto a otras dos mujeres, llegaron a Getxo. El alquiler del piso costaba 350 euros. Las tres compartían cama y su hermano dormía en un sofá. Llegaron a ser ocho y, quien conseguía trabajo, salía para dejar lugar a un nuevo inquilino.

Artea 2
Marta, lideresa de Totonicapán (Guatemala) migró por motivos económicos y regenta un taller de arreglos y costura Jone Arzoz

A los pocos meses sintió un malestar. La señora de la casa le dijo que no tenía derecho a ir al médico, y el miedo a la policía y a ser expulsada hicieron el resto. Con el tiempo, temerosa, se acercó a un centro de salud y confirmaron sus temores: estaba embarazada de su expareja.

Amigas que la conocían le daban “cinco o diez euros para comer” y ella los guardaba, debía cubrir los gastos de alojamiento. Sin trabajo y embarazada, para seguir en aquel piso patera tuvo que asumir nuevas condiciones: una deuda de 2.000 euros y, una vez que naciera su hija, pagar 600 euros en concepto de alquiler y empadronamiento.

“Cansados de vagar por las calles pensamos en entregarnos a migraciones. Cuando nació Abigail, el día que me iban a dar el alta, la señora nos llamó y nos dijo que no nos quería en la casa”, relata Marta con voz entre cortada. Cruz le dijo que, “como era una ciudad segura, buscarían un puente donde la niña pudiera estar protegida”. En el hospital la visitó una compatriota que contactó con Ongi Etorri y al día siguiente tenía más que un techo. “Nos acogieron como una segunda familia, nos dieron la oportunidad de seguir cumpliendo nuestra meta. No aguantábamos más, nos abrieron los brazos —se emociona—. Fue una bendición”.

UNA OPORTUNIDAD

“Así llegan, a través de gente que nos conoce. La misma confianza que damos a quienes vienen, te la damos a ti. Y lo que tienes que ver es que la persona esté en una situación vulnerable. Es muy subjetivo, es darle una oportunidad a quien no tiene más salida”, interrumpe Mikel mientras juega con Abigail. “Es la niña de todos, aquí la gente viene y se lleva a la peque, así puedo trabajar”, reconoce Marta.

Nos atiende en su taller de arreglos, es su medio de vida, todos los ingresos son para ella. Su hermano trabaja en el campo, como en Guatemala. “Soy feliz. Nunca imaginé que los sueños que tenía con mi familia, allá en mi país, los esté cumpliendo aquí”, finaliza.

Santiago es otro de los que disfruta de la niña. Joven transexual de Comayagua, Honduras, huyó a Euskadi junto a su pareja para poder salvar su vida. “No es un país donde ser transexual o gay esté penado por la ley, pero no hay ninguna ley que nos proteja ante las agresiones”, afirma.

La primera la sufrió en 2015. Volvía del trabajo y alguien lo cogió del cuello por detrás al grito de “¿sos hombre o sos mujer? ¿Qué sos? Te voy a hacer mujercita”. Se escondió durante seis horas en el corredor de una casa. “Tuve que dejar mi trabajo y pasé dos meses y medio encerrado”, recuerda. La denuncia en la Policía fue peor. “¿Y vos qué sos? ¿Transexual? Entonces es tu culpa. ¿Por qué no te haces mujer si naciste así?”, contestaron en comisaría.

Los gritos discriminatorios no cesaron y, para proteger a su compañera, se separaron, cada uno a vivir con su familia. Consiguió un trabajo, pero en diciembre de 2017, la misma persona volvió a agredirle. “Prefiero que estés lejos pero vivo, y no aquí en una tumba”, le dijo su madre. Empeñaron la casa, vendieron lo poco que tenían y con su pareja vino para Barakaldo, donde ella tiene familia.

Una asociación los acompañó a la Policía para iniciar los trámites de asilo, y de allí a la Comisión Española de Ayuda al Refugiado (CEAR) Euskadi, que los derivó a Artea. Esperan presentar en septiembre su solicitud de asilo y ver en qué dispositivo del sistema oficial los incluyen.“Estamos bien, pero a veces te desesperas porque te están dando y uno está acostumbrado a trabajar y a ganarse lo que tiene. Lo bueno es que conoces gente de todo el mundo y, como dice Mikel, este es un trampolín”, opina Santiago.

La desesperación es un elemento que necesita reforzar los apoyos. “La incertidumbre es mucha cuando pasan dos o tres meses aquí y tienen que continuar. Entonces se nota que empiezan a sentir sus miedos. El proceso se alarga y nadie les dice nada de a dónde van a ir”, describe Malu.

El proyecto Artea es la constatación de que otros modelos de acogida son posibles. Creen que debe haber elementos convencionales e institucionales, pero también más alternativos. Se llevan bien con las instituciones, con organizaciones como CEAR o con la iglesia de base, a quien en Bolueta apoyan en el proyecto Gauean, un espacio para dormir y cenar ofrecido a chicos migrantes en situación de calle.

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“Gente del entorno se acerca por el lado humanitario, el asunto es cómo despertar el paso de la compasión a la denuncia. Hacer asistencialismo o ayuda sin denunciar las causas sería un error gravísimo”, asegura Mikel.

Artea es solo un eslabón tan importante como cualquiera de los otros que han ido naciendo por Euskal Herria. Una red de afectos y compromiso político con capacidad de acogida en diferentes espacios cedidos, alquilados o incluso ocupados. En Irala, Zierbana, Recalde, Amorebieta, siguen tejiendo redes.

En diciembre de 2016 Begoña y Mikel, ambos compañeros de Ongi Etorri, fueron detenidos por la Policía griega en el puerto de Igoumenitsa cuando traían en su furgoneta a seis solicitantes de asilo en situación de extrema vulnerabilidad.

“Obedecemos a los derechos humanos y desobedecemos abiertamente a los gobiernos europeos que han convertido las fronteras en espacio de muerte, de tensión y deshumanización para miles de personas… Mientras los gobiernos sigan legalizando el horror, la ciudadanía, la gente de buena fe tenemos el derecho a desobedecer trayendo a las personas refugiadas y haciendo de Euskal Herria tierra de acogida”, reafirmó Mikel en un vídeo difundido en aquella ocasión. “Nos sentimos más humanos, y lo volveremos a hacer”, anticipó. De eso se trata.

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12 Comentarios
#26214 15:56 16/11/2018

Maravilloso labor, sois muy grandes comprometedores con la gente necesitada, ánimo y muchas gracias por todo el esfuerzo. Un abrazo muy fuerte de un Amazigh en Euskal Herria

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Carlos Sanchis Arteaga 11:09 12/11/2018

Maravillosos comentarios

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#23032 11:30 16/9/2018

¡Brutal! ¡Gracias! Sois un ejemplo a seguir.

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Begoña Sánchez 25:13 7/11/2018

Qué noticia tan necesaria, como la acción que nos relatan. Ongi Etorri! Es una alegría conocer que hay experiencias de gentes como las que hacen posible y viven en Artea y trozos de nuestra tierra. Hace muchísimos años, allá por los 65, del siglo pasado, dejábamos la puerta de casa, piso Madrid, pero era sólo para los amigos, ya conocidos y nos parecía una gran apertura...¡qué simples! Lo vuestro me ha alegrado el día que ha tenido de todo, me voy a descansar pensando en vosotros, allá por el norte Gracias

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#22951 10:36 14/9/2018

http://insurgente.org/cristobal-garcia-vera-alba-rico-y-el-resto-de-apologetas-de-la-guerra-ahora-se-hacen-los-suecos-video/

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Anonimander 8:52 14/9/2018

Es esperanzador que en Euskal Herria se produzcan estas sinergias. Es notable y admirable. Pero no ver que el nivel de vida y la conciencia social que se dan allí y lo hacen posible parecen imposibles en Almería en Marruecos o en Honduras es triste y desesperanzador. Atacar las causas de la desigualdad escapa a este colectivo, su magnífica labor, si fuera difundida, sería la mejor denuncia posible, pero no interesa, La desigualdad es fomentada y a la vez ocultada. Ojalá os leyeran millones de personas. Estarán viendo la tele los que realmente podrían hacer algo, y no hablo de los falsos activistas de la Cámara Alta.

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#22925 18:41 13/9/2018

Otros mundos son posibles en este mundo.

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#22915 15:56 13/9/2018

Conozco el proyecto y es un acto de generosidad enorme por todxs los que participan. Ojalá se multiplicase por miles en todo el mundo.

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matriouska 19:19 13/9/2018

Qué gozada !... Me ha emocionado el artículo y el proyecto me parece inmejorable, me ha hecho comprobar que todavía hay seres humanos. Mila ezker !

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Luz 16:52 2/10/2018

Es necesario extender este modelo por todos los rincones, por todas las provincias... España es un país lleno de pueblos abandonados que podrían recuperarse con iniciativas como éstas. La fraternidad no es una utopía, y la utopía puede convertirse en real para dar paso a nuevas utopías...

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Yessica lopez 11:29 8/11/2019

Kiero participar es muy interesante

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