Inmigración en Navarra: las huellas de Banu Qasi

Las oportunidades de trabajo en el campo y en la construcción animaron a muchos magrebíes a afincarse en la Ribera navarra, donde la comunidad musulmana supone en algunos municipios más del 20%. Una nueva generación está consiguiendo el arraigo y la integración que echaron en falta sus padres

Castejon musulmanes mezquita
Vecinos de Castejón rezan en la mezquita del pueblo Jone Arzoz

publicado
2017-11-28 16:54:00

Los fenómenos migratorios son muy diversos pero presentan elementos comunes cuando están originados por razones económicas. Aritz, joven navarro, tiene 22 años y trabaja en Londres. Terminó un grado medio y tras un año sin encontrar trabajo, decidió probar suerte en Reino Unido. Aunque apenas sabía inglés, la recomendación de un amigo le animó a mudarse a la capital británica, donde a la semana de llegar encontró un trabajo de friegaplatos. Por ahora está contento, gana lo justo para vivir cobrando el salario mínimo, no necesita relacionarse con sus compañeros de trabajo y, en su piso, que comparte con otros tres castellanoparlantes, hay un ambiente muy bueno. Una de ellas, Leire, también navarra, llegó a Londres tras encadenar dos años de prácticas después de estudiar Periodismo. Ahora es operaria en un almacén del extrarradio, donde contratan gente nueva todas las semanas. Aritz y Leire no quieren retornar; por ahora. Tienen un trabajo, han formado una cuadrilla con otros inmigrantes y, aunque añoran el buen tiempo y su familia, no se plantean volver a la situación en la que estaban. “Aquí hay una comunidad de españoles muy grande, así que sin saber mucho inglés se puede vivir”, explica Aritz.

La historia de Aritz y Leire es muy parecida a la de los miles de jóvenes que han tenido que emigrar a otro país en busca de trabajo. Said Ouali, de 55 años, podría decir exactamente lo mismo que Aritz. Said. Estudió Física y Química en la universidad marroquí, y se licenció como especialista en apicultura. En su ciudad natal, Jenifra, —a la que suele bajar dos o tres veces al año en un viaje de 18 horas en coche—, regentaba una cafetería con su primo, hasta que decidió que quería mejorar y consiguió un contrato con papeles en El Ejido. Emigró a los 21 años, con un amigo, y tras cuatro años de jornalero en el campo, su jefe le facilitó un contrato en Zaragoza. Permaneció dos años allí, hasta que finalmente se trasladó a Castejón. Aquí está contento. “Pamplona también me gusta, pero es más caro”, comenta riéndose. Vive con su mujer y sus tres hijos, y trabaja en una fábrica de Milagro desde que llegó.

“El idioma es fundamental en la integración”, afirma Said, algo que corrobora su hija Fátima, de 21 años, que llegó al pueblo cuando tenía cuatro. “¡Ella lo tiene mucho más fácil! ¡Yo sólo sabía decir hola y adiós!”, bromea Said. Fátima cursó un grado superior de Administración y Finanzas y trabaja desde hace tres meses como administrativa en un polígono de Tudela. Para ella, hablar castellano desde pequeña es la clave para ver la convivencia desde otra perspectiva, ya que ha crecido en un ambiente multicultural. “Las circunstancias influyen mucho. No es lo mismo alguien que llega joven como yo, que una persona que emigra mayor; cuesta más integrarse habiendo crecido en una sociedad totalmente diferente”, explica.

UN PUEBLO ACOGEDOR

Con menos importancia que antaño, pero conservando una posición clave como nudo ferroviario, Castejón es un lugar de paso. Miles de personas atraviesan diariamente sus vías y, mientras tanto, otras llegan aquí con la intención de quedarse, tal y como ha ocurrido históricamente en este pueblo de tradición hospitalaria. El fenómeno no es local: ocurre en toda la Ribera navarra. Desde comienzos de siglo, las ofertas de trabajo en el campo y en la construcción animaron a la comunidad magrebí, que se ha conformado como una realidad social muy relevante. En Castejón (4.093 habitantes) supera el 20% de la población, y en otros pueblos de la Ribera se acerca a esa cifra. La crisis económica y el parón en la construcción han disminuido las ratios, ya que, muchas personas, tras obtener la nacionalidad española, emigran a Francia en busca de nuevas oportunidades.

Pese a que la mayoría de dicha comunidad es de origen marroquí, las procedencias son diversas. Además, es muy diferente la mentalidad de las personas que llegan de entornos rurales —generalmente con una cultura más tradicional, conservadora y más ligada al trabajo en el campo—, que la de las personas que proceden de un entorno urbano.”La gente que viene de las ciudades se integra más rápido”, asegura Allal, tesorero de la Comunidad Islámica de Castejón.

Desde el ayuntamiento reconocen que hay una fractura social evidente, consecuencia de una diferencia cultural... que también es económica. Y, si bien en el pueblo se realizan actividades conjuntas, su carácter puntual no contribuye a cohesionar la vida pública entre la comunidad musulmana y la población local durante el resto del año. “Las iniciativas multiculturales son un éxito. Las asociaciones islámicas abren sus fiestas, como el ramadán, a todo el pueblo, se hacen intercambios de recetas, charlas y cursos; sin embargo, al día siguiente se vuelve a notar que cada uno hace su vida”, relata Marimar Moneo, concejala de servicios sociales. Ella, junto con las técnicas del ayuntamiento, afirma que a pesar de que el frame de que “todas las ayudas son para los extranjeros” está extendido entre el vecindario, ello no ha generado ningún conflicto. “Lo cómodo es tener un chivo expiatorio cuando la situación se complica. Es más fácil echar la culpa al débil que descargarse contra los de arriba —subrayan—. esa idea de que vienen a vivir de las ayudas no es verdad; lo único que quieren es un trabajo digno”.

Nadia trabaja en una residencia de mayores y se ha sacado el título de Auxiliar de Geriatría: “En el currículum no pongo mi foto”, afirma

La condición de clase atraviesa esa fractura social claramente visible. “No hay las mismas oportunidades a la hora de ir a la piscina o de realizar actividades extraescolares. Hay una desigualdad de acceso”, afirman las técnicas de servicios sociales. Por ello, una de las medidas que ha tomado el ayuntamiento ha sido rebajar las tarifas municipales para facilitar el acceso a más gente y ha tenido un efecto inmediato. “Lo hemos hecho porque muchos inmigrantes iban a bañarse al Ebro y ha habido unos cuantos ahogamientos”, afirma la concejala. Respecto a la vivienda, desde los servicios sociales se apunta el reverso de algunos tópicos xenófobos. “En realidad, una parte de la población autóctona se ha beneficiado mucho, porque ha alquilado pisos que daban pena a precios muy caros”, afirman.

IMPRESCINDIBLES PARA LA “MARCA NAVARRA”

Pese a las mentiras y clichés de tinte islamófobo, lo cierto es que la comunidad musulmana de la Ribera es el soporte de uno de los baluartes de la marca foral (el sector de la producción y transformación hortofrutícola). Una economía basada, eso sí, en la precariedad en las condiciones de trabajo. “Los de aquí ya no quieren ir al campo”, reconocen muchos vecinos del pueblo, que indican que tanto en la agricultura como, por ejemplo, en el matadero avícola que Grupo AN tiene en Mélida, las condiciones son “penosas”. Esa es la realidad de los hombres. Las mujeres, por otro lado, soportan la cadena de cuidados: la mayoría son amas de casa, y muchas son, además, trabajadoras domésticas o cuidan a personas mayores. Generalmente, su escaso conocimiento del castellano es un factor de mayor precarización. “Nos han llegado a decir que pagaban hasta tres euros la hora”, afirman desde los servicios sociales.

Para favorecer la inclusión, el ayuntamiento ha ofertado un curso de castellano exclusivamente a mujeres, que tuvo gran éxito. Sin embargo, generó un fuerte debate interno, debido a que a las mujeres apenas acudían a los cursos mixtos programados anteriormente. “Esa es su realidad sociocultural y no la vamos a cambiar. La mayoría de mujeres se quedan en casa y tienen mucha dificultad para hablar castellano, y si no te defiendes con el idioma, ¿cómo vas a integrarte?, explican. Precisamente, y debido a que la falta de competencias lingüísticas genera malentendidos, el principal objetivo del ayuntamiento es conseguir un mediador cultural para el colegio. “La forma de comunicar lo es todo” —afirman— “no podemos seguir con un mediador a media jornada para toda la Ribera”.

Una de las vecinas musulmanas que más se ha integrado en el pueblo es Nadia Echchafi, de 47 años. Tras aterrizar en Logroño hace 16 años y pasar luego una temporada en Madrid, llegó a Castejón en 2004 recomendada por un familiar para trabajar en un locutorio. En Marruecos trabajaba como administrativa pero una vez asentada aquí, se apuntó a clases de castellano, hizo varios cursillos, y se sacó el título de Auxiliar de Geriatría. Empezó en el Servicio de Atención Domiciliaria en una residencia, siguió estudiando entre tanto, y este año se ha sacado el título de Higienista Bucodental. “Sigo como gerocultora, pero, si lo dejo, ahora puedo llamar a dos puertas”, cuenta Nadia, que tiene claro que cuando necesite echar algún currículum, no va a poner su foto. “Prejuicios siempre hay, así que prefiero que me conozcan antes de que vean la foto, porque al ver el pañuelo no sé si siguen leyendo o si tiran la solicitud a la papelera. Puedo llevar pañuelo como puedo llevar gorra, lo importante es lo que pienso yo”, afirma.

Castejon musulmanes
Nadia Echchafi trabajando en el Servicio de Atención Domiciliaria Jone Arzoz
Nadia confirma la escasa participación de la comunidad musulmana en las asociaciones del pueblo. Ella ha participado en la APYMA durante tres años, y reconoce que muchas mujeres magrebíes no salen de casa y no trabajan, aunque cree que poco a poco las cosas van cambiando. Como otras encargadas del trabajo doméstico asalariado —y del cuidado de sus hijos—, Nadia reivindica más salas para que las mujeres puedan juntarse y hacer cosas en común. “A veces los espacios están ocupados. Además, las mujeres tienen hijos pequeños y necesitan un sitio, aunque sea pequeño, para dejarlos. Si no, es muy difícil porque para salir de casa tienen que dejarle el crío a alguien”, explica. 

Entre tanto y, al calor de los choques culturales, emerge la segunda generación, descendiente de la primera inmigración, que ha nacido y crecido en la escuela junto a sus vecinos. Es la llamada a revertir la falta de integración de sus madres y padres: están familiarizados con la lengua y cultura nativas desde que tienen uso de razón y se tendrán que enfrentar al reto del mestizaje.

En ese sentido, la multiculturalidad del pueblo se ve reflejada en la escuela, donde el alumnado inmigrante es mayoría. “En clase de mi hija son 18; 11 de los cuales son de origen inmigrante y nunca ha habido ningún problema”, indica Marimar. También el acceso a los estudios superiores está cambiando, aunque la condición económica y el nivel cultural previos son, por ahora, sesgos determinantes. Desde el ayuntamiento y la propia comunidad musulmana, reconocen que los hijos de las familias de origen rural suelen dejar antes los estudios para ponerse a trabajar, mientras que los inmigrantes originarios de zonas urbanas —algunos con titulación básica—, generalmente animan a sus hijos e hijas a continuar estudiando. “En 2009 yo era el único chico musulmán de Castejón haciendo bachiller junto con otra chica. La mayoría de conocidos dejaban la ESO, hacían el PIF y se iban a la calle”, explica Rachid Ouisnaf, joven de 25 años, que lleva casi diez años en el pueblo y que trabaja como torneador en Alfaro desde hace cuatro años. Sin embargo, comenta que ahora ve que los más jóvenes se están sacando más grados medios o el bachillerato, y que incluso van a la universidad. Es también claro que la mayoría que siguen los estudios son mujeres. Este año, cuatro chicas han empezado sus estudios universitarios en Zaragoza. “Cada vez veo a más gente sacándose algún titulo porque, a diferencia de los mayores, no quieren trabajar en el campo”, afirma.

UNA NUEVA MEZQUITA

Son las seis menos cuarto de la tarde y Allal se dirige a un garaje cercano a la entrada del pueblo. Deja sus zapatillas en la estantería de la derecha y entra a una sala donde una decena de vecinos se dispone a iniciar el rezo dirigido por el imán. Este pequeño local es la mezquita de Castejón, donde rezan diariamente desde hace 12 años. Muy pronto dejarán de hacerlo, porque en pocas semanas se inaugurará la nueva mezquita, un edificio de dos plantas mucho más grande y con elementos arquitectónicos de estilo árabe, más acorde a la imagen de mezquita tradicional. Las obras han durado tres años y ha sido financiada con donaciones y aportaciones de los miembros de la comunidad islámica local. Mohammed Chaoue, presidente a sus 51 años, explica que los más religiosos son una minoría en el pueblo. “Si todos los musulmanes de Castejón vinieran a rezar necesitaríamos cuatro mezquitas como esta”, bromea Mohammed, que confirma que los jóvenes son los menos practicantes. Lo mismo comenta Rachid, que reconoce que aunque él no lo haga, muchos jóvenes beben y fuman como cualquier chaval o chavala del pueblo. En Castejón hay dos asociaciones islámicas, aunque una de ellas es una asociación cultural que no está registrada como entidad religiosa en el Ministerio de Justicia.

Con la crisis y el parón en la construcción, muchos han emigrado a Francia en busca de mejores oportunidades

En la mezquita, el imán está contratado. Viene de fuera y lo eligen los fieles. Su salario oscila entre 700 y 800 euros. Dirige todas las oraciones y lleva a cabo diferentes actividades religiosas y culturales. “Aquí hemos tenido más de seis imanes y nunca ha habido problemas. Cuando entra un imán nuevo lo presentamos a la policía municipal”, afirma Mohammed, consciente de que algunos líderes religiosos están en el punto de mira.

En la casa de la familia de Said, el último atentado en Catalunya causó mucha crispación. Sin hacer referencia directa al tema, ello da pie —como no— a hablar del islam. Él quiere dejar claro que los atentados yihadistas no tienen nada que ver con su religión: “Eso no es el islam, y quien lo diga nos ofende mucho, porque ellos no saben nada de religión”, exclama visiblemente enfadado. “Esos locos listos, porque eso es lo que son, locos pero listos, se aprovechan de jóvenes perdidos, desorientados y hacen con ellos lo que quieren”, asegura acompañado de aspavientos. Su hija Fátima asiente y añade que “nuestro islam siempre anima a perdonar”.

A raíz de los atentados de Barcelona, el expolítico derechista Jaime Ignacio del Burgo publicó un artículo de cariz xenófobo, “La invasión silenciosa”, sobre la presencia de musulmanes en esta tierra. Cómo si Navarra no hubiera exportado por medio mundo muchos de esos “locos listos” a los que alude Said, de las cruzadas a la conquista de América, de la guerra del Rif a las guerras del Golfo, etc. Los hijos e hijas de Banu Quasi han vuelto a la Ribera Navarra, y forman parte mas bien, de esa “migración silenciosa”, callada y dura, como la juventud navarra en Londres, con ganas de labrase un porvenir y convivir en paz... Pero, como recalca Nadia, la convivencia es cosa de dos. “Castejón es más acogedor que otros sitios en los que he vivido. Cada uno tiene que hacer su parte, la gente de fuera tiene que involucrarse, pero los de aquí también tienen que permitir que entre un poco de luz, porque si no te abren la puerta no puedes pasar”.

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