Opinión
Tras la incursión en Venezuela, la presión llega a México

Para México, la importancia de Venezuela radica menos en el temor a una invasión inminente que en la clarificación del método.
Sheinbaum, Trump y Carney
Los presidentes de norteamérica, Claudia Sheinbaum (México), Donald Trump (EEUU) y Mark Carney (Canadá), reunidos con motivo de la presentación del Mundial de fútbol 2026, que se organiza entre los tres países.

Investigador asociado en el Centro Internacional de Ética Aplicada y Asuntos Públicos (ICAEPA) en Sheffield, Reino Unido.

6 ene 2026 06:00

Venezuela representa el extremo más burdo del espectro: un desafío abierto respondido con fuerza militar. México, en cambio, ocupa un lugar mucho más peligroso en la imaginación estratégica de Washington. No es un Estado fallido, ni un paria, ni una economía colapsada. Es, por el contrario, un gobierno posneoliberal funcional, popular y con resultados materiales, que además conserva una clara hegemonía electoral. Precisamente por eso México no enfrenta un escenario venezolano, sino algo más cercano a un escenario chileno administrado: no tanques en las calles, sino presión económica sostenida, interferencia política y un estrechamiento gradual de los márgenes de soberanía hasta que el proyecto se desgaste o se vea obligado a vaciarse de su contenido.

Este contexto otorga un nuevo significado a lo ocurrido semanas antes, el 6 de diciembre, cuando el movimiento MORENA llenó el Zócalo de la Ciudad de México y las calles aledañas más allá de su capacidad. Cerca de 600.000 personas acudieron para celebrar el séptimo aniversario de la Cuarta Transformación, iniciada con la elección de Andrés Manuel López Obrador en 2018 y consolidada con su sucesora, la presidenta Claudia Sheinbaum. En su discurso, la presidenta situó el proyecto en una clave histórica, y afirmó que así como en el siglo XIX se separaron la Iglesia y el Estado, la tarea definitoria de nuestra época era la separación del poder económico y el poder político: una acusación directa al orden neoliberal que dejó a México más pobre, más desigual, más violento y menos soberano.

Sheinbaum: un camino propio

Durante su primer año de gobierno, esa ruptura con el pasado ha adquirido forma concreta. La ampliación de los programas sociales, la construcción masiva de vivienda pública, la reforma sindical y la limitación de la subcontratación, las protecciones laborales para trabajadores de plataformas digitales, la elección directa del Poder Judicial federal y el reconocimiento constitucional de mayores derechos y autonomía para los pueblos indígenas y afromexicanos se han logrado junto con estabilidad macroeconómica, baja inflación, bajo desempleo y una caída aproximada del 25% en la tasa de homicidios. Han continuado los aumentos anuales del salario mínimo, se han ampliado las pensiones, extendido las becas escolares, aprobado la provisión pública de internet e infraestructura de transporte. También se ha fortalecido el control público sobre el sector energético. Con niveles de aprobación cercanos al 80%, Sheinbaum se ubica entre las jefas de gobierno mejor evaluadas del mundo.
México no solo resiste al neoliberalismo: demuestra que otro modelo funciona

El simbolismo es tan importante como las cifras. Una jefa de Estado judía, mujer y abiertamente pro-Palestina, que gobierna México con competencia técnica, legitimidad masiva y violencia a la baja, contradice frontalmente el relato de la derecha global según el cual la redistribución genera caos, el feminismo debilita a los Estados o la solidaridad con Palestina es políticamente suicida. México no solo resiste al neoliberalismo: demuestra que otro modelo funciona. Como Chile bajo Allende, el peligro que representa no es insurreccional, sino ejemplar. Enseña.

Como en el Chile de la Unidad Popular antes de 1973, el problema no fue nunca el “exceso” del proyecto, sino que demostrara —pese al sabotaje económico, la presión financiera internacional y la intervención directa de Washington a través de la CIA, ITT y Henry Kissinger— que era posible gobernar con redistribución, soberanía y respaldo popular sin que el país colapsara. Por eso el problema es el éxito de México, no su fracaso.

El Plan México y la soberanía material

El corolario a la Doctrina Monroe recientemente puesto en práctica por la Administración Trump ha hecho explícito lo que antes era implícito: el hemisferio debe permanecer libre de influencias rivales, alineado con las cadenas de suministro estadounidenses y políticamente disciplinado. Allí donde la fuerza directa resulta costosa o contraproducente, la presión es suficiente.

La región ya ha visto cómo opera este mecanismo. La intimidación judicial en Brasil, el chantaje electoral en Argentina y la manipulación abierta en Honduras han establecido un patrón en el que sanciones, rescates financieros, indultos y amenazas se utilizan sin pudor para moldear los resultados antes de que los votantes lleguen a las urnas. La lógica llega al esperpento en Honduras, donde Washington llegó a indultar a Juan Orlando Hernández —ex presidente y narcotraficante condenado en una corte federal de Estados Unidos por introducir cientos de toneladas de cocaína en su propio país— en un burdo intento de inclinar una elección, dejando claro que la “lucha antidrogas” es solo un recurso táctico cuando conviene.

México está siendo cercado económicamente, y aquí la presión se manifiesta no en rupturas espectaculares, sino en decisiones de política pública que van estrechando silenciosamente el campo de acción

México es demasiado grande, demasiado integrado y demasiado popular para ser tratado de forma tan burda. En su lugar, está siendo cercado económicamente, y aquí la presión se manifiesta no en rupturas espectaculares, sino en decisiones de política pública que van estrechando silenciosamente el campo de acción. El terreno decisivo es el Plan México, la estrategia industrial de Sheinbaum concebida para articular soberanía con ciencia, tecnología, propiedad pública en sectores estratégicos y diversificación frente a una dependencia abrumadora de Estados Unidos, que aún absorbe más del 80% de las exportaciones mexicanas.

Si el Plan México logra construir capacidad tecnológica nacional y verdadera complejidad industrial, México adquiere algo que a Washington le resulta difícil arrebatar: soberanía material. Si fracasa —si se reduce a un modelo maquilador con retórica nacionalista— México seguirá subordinado, independientemente del discurso.

¿Una política arancelaria alineada a EEUU?

La decisión arancelaria del pasado 11 de diciembre expone esta línea de falla con particular claridad. Ese día, el Senado mexicano aprobó aranceles de hasta el 50% a las importaciones provenientes de India, junto con aranceles diferenciados para China y otros países asiáticos, lo que abarca más de 1.400 categorías de productos. La medida siguió de cerca la imposición, por parte de Trump, de aranceles del 50% a las exportaciones indias y fue ampliamente entendida como una respuesta a la presión directa de Washington para alinear las cadenas de suministro. Se espera que el impacto recaiga con especial dureza sobre los exportadores indios, en particular en el sector automotriz y de autopartes, que se había convertido en una fuente importante de componentes, maquinaria e insumos intermedios para la industria mexicana.

Al alinear su política comercial México reduce sus propias opciones y profundiza su encierro dentro de una arquitectura comercial centrada en Estados Unidos

Ahí radica lo revelador del episodio. Los aranceles no solo afectan a bienes de consumo final: amenazan con cortar el acceso de la industria mexicana a ecosistemas industriales alternativos justo en el momento en que la diversificación es indispensable. Al alinear su política comercial con la confrontación de Washington no solo contra China, sino también contra India y otros productores asiáticos, México reduce sus propias opciones y profundiza su encierro dentro de una arquitectura comercial centrada en Estados Unidos. En términos de soberanía, no se trata de un avance, sino de una contracción.

La pregunta, entonces, no es si estos aranceles pueden justificarse en abstracto como política industrial. Es si marcan el inicio de un patrón de cumplimiento preventivo. La historia ofrece poco consuelo al respecto. En Chile, las concesiones hechas en nombre de la estabilidad no redujeron la presión; la intensificaron, al señalar vulnerabilidad más que pragmatismo. A medida que avanzan las consultas del T-MEC rumbo al periodo de revisión de 2026, cada acomodamiento corre el riesgo de ampliar la lista de exigencias: desde vetos a la inversión hasta retrocesos regulatorios y una alineación geopolítica más profunda contra terceros países.

La pregunta no es si estos aranceles pueden justificarse en abstracto como política industrial. Es si marcan el inicio de un patrón de cumplimiento preventivo

Esta es la lógica del escenario chileno administrado. No un golpe único ni una ruptura decisiva, sino una erosión sostenida hasta que el proyecto original sea vaciado o forzado a abandonar aquello que lo hacía peligroso. Venezuela muestra lo que ocurre cuando la soberanía es confrontada militarmente. México muestra lo que ocurre cuando es confrontada económica y políticamente. En ese sentido, la vieja sentencia atribuida a Porfirio Díaz —“pobre México, tan lejos de Dios y tan cerca de los Estados Unidos”— deja de funcionar como lamento retórico y reaparece como diagnóstico estructural: no una fatalidad geográfica, sino una relación de poder que castiga cualquier intento serio de autonomía. El objetivo es el mismo: la neutralización.

El mayor peligro, por tanto, es interno. Bajo una presión constante, surgirán voces que llamen a la cautela, al realismo y a bajar el ritmo. Ese sería el error más grave. Lo que está en juego no es una promesa abstracta, sino un modelo en funcionamiento que ya ha producido reducción de la pobreza, menor desigualdad, menos violencia y una participación política masiva, y que lo ha hecho de una manera que desafía la supuesta inevitabilidad del orden global actual.

El tigre popular de México sigue vivo y hoy gobierna con Claudia Sheinbaum, como lo demostró el Zócalo. Pero en un hemisferio donde el cambio de régimen ha vuelto a ser política oficial y el cumplimiento solo es recompensado de manera temporal, defender lo ya alcanzado exigirá no repliegue, sino aceleración, y la movilización sostenida de los millones que ahora tienen más que perder si este experimento es desmantelado lenta y metódicamente.

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