Arturo Torres Barranco
Arturo Torres Barranco en tiempos de la Segunda República.

Los hermanos Torres: víctima y verdugo en la Guerra de España

Me enteré de que mi abuelo había estado en la cárcel cuando tenía siete años. Por aquella época yo no sabía nada de la Guerra, la represión, ni del infame que meció ambas por el camino del desamparo y la tragedia.

Investigadora histórica y memorialista.

24 ene 2026 05:30

Soy nieta de un republicano español, un represaliado por el franquismo. Tal vez por ello la lucha de tantas víctimas y familiares de éstas en cualquier lugar del mundo me resulta tan dolorosa y cercana.

Yo también soy una víctima, repleta de cicatrices en la piel de la memoria, porque los nietos nos hemos encontrado con un silencio heredado y con la falta de información necesaria a nivel institucional y familiar para asimilar y digerir el trauma. Mi padre también fue una víctima que aprendió del suyo los silencios, a no hacer preguntas, a reprimir emociones y padeció la desgraciada infancia y el sufrimiento de un niño de la Guerra y de la posterior dictadura.

Existe un denominador común inherente a todos los golpes militares: terror y muerte, desaparecidos, ausencia de derechos humanos, ausencia de justicia. La dramática historia del Estado español y de sus ciudadanos desde el golpe de Estado de 1936 es tan contundente que no puede ni debe ignorarse. Quienes perdieron la vida sufrieron todas las negaciones por parte del sistema represivo. Negaron su detención, su tortura, su asesinato. Ya advirtió el poeta visionario León Felipe que “detrás de Franco llegarían los enterradores y los arqueólogos”.

Pero como en gran parte de las familias de “este país de todos los demonios”, cuento entre mis ancestros con un victimario y cuando fui conocedora de ello quise saber y recordé las palabras de Jean Jaurès: “El coraje es buscar la verdad y decirla.”

Arturo

Mi abuelo Arturo nació en Torrubia del Campo, un pequeño pueblo de Cuenca. Era labrador, propietario de unas tierras, una galera y una pareja de mulas. Trabajaba de sol a sol y tenía muchas inquietudes políticas. Con la llegada de la República ocupó el cargo de Recaudador del Impuesto de Utilidades y Consumos y, en las elecciones de febrero de 1936, apoyó al Frente Popular. Ganaron las elecciones y, tras la victoria, fundó en su municipio el partido de Izquierda Republicana.

Por testimonios que he podido leer en su expediente judicial, mi abuelo pasó los años de Guerra ayudando tanto a personas de derechas como de izquierdas y haciendo cuanto pudo para favorecer, amparar y aliviar la situación en que se encontraban unos y otros. Pero hay un hecho que marca su futuro. El 7 de diciembre de 1937 fueron detenidas tres personas en el pueblo por la Brigada Roja. Parece ser que desde Madrid se pidieron informes de estas personas a Izquierda Republicana y que mi abuelo firmó los mismos, como así lo ratifica en su declaración posterior al Auditor de Guerra, manifestando que no se arrepentía de haberlo hecho.

En la mañana del viernes 1 de septiembre de 1939, a la misma hora que Alemania invadía Polonia dando comienzo a la Segunda Guerra Mundial, fue detenido por una pareja de guardias civiles y falangistas de la localidad. Ese día cumplía 44 años y como tantos otros defensores de la República pasaba a engrosar el catálogo franquista de destrucción humana.

Cinco días después, cursaron la denuncia contra mi abuelo Eugenio Espada, Ceferino Martínez e Isidro Barranco. El 9 de febrero de 1940, Eugenio Espada, conocido como “El Cojo Tramillones”, vuelve a ejecutar una denuncia esta vez en el marco de la Causa General, el gran sumario franquista para depurar responsabilidades políticas por las actuaciones de personas e instituciones republicanas durante la Guerra. Este individuo era un delator ejemplar que llenó la Causa General de denuncias hacia sus vecinos. Posiblemente, esto le sirvió para conseguir dos puestos del Ayuntamiento, el de cartero y el de guarda del término municipal.

La Auditoria de Guerra franquista procedió entonces a instruir un sumarísimo de urgencia. Ser republicano, tener ideología de izquierdas y haber fundado Izquierda Revolucionaria en una pequeña localidad era más que suficiente para que a mi abuelo le imputaran un delito de auxilio a la rebelión, siendo condenado a la pena de doce años y un día de reclusión.

Fue encarcelado, sometido a tortura psicológica y física. Tres veces a “diligencias”. En esas visitas las declaraciones de los acusados en vez de con papel y lápiz se tomaban con verga de toro retorcida. Era entonces cuando los compañeros le curaban con sal y vinagre las heridas, al igual que él había hecho otras veces con ellos. Convivió cada día con el miedo y cuando salió de prisión, lo que obtuvo fue una libertad precaria, pues a todos los efectos seguía siendo un preso de Franco. Su libertad estaba condicionada al comportamiento que tuviera fuera de la cárcel, por lo que vivió con la constante amenaza del retorno. Los salvadores de la patria no le dejaron levantar la cabeza. Regresó a casa repleto de dignidad y silencio.

Falleció en mayo de 1975, unos meses antes de que el dictador abandonara la vida que nunca debió acogerle.

Antonio

Antonio era el hermano pequeño de mi abuelo. Residía en Rozalén del Monte (Cuenca) desde su casamiento. No recuerdo si llegué a conocerlo, pero de lo que tengo certeza es que la impunidad le acompañó hasta su muerte.

La noche del 29 de marzo de 1939 cuando las esperanzas republicanas ya estaban muertas, cargó su fusil, se encaminó al encuentro de Francisco Quintero, dirigente de la CNT local, amigo y camarada, y le asestó un disparo que acabó con su vida. Alguien escucho la frase “ya ha caído el pájaro” salir de los labios de Antonio que, unas horas antes, había sido nombrado alcalde y delegado de Orden Público de la nueva corporación “nacional”.

Se da la circunstancia de que Antonio estaba afiliado a la CNT desde el año 1917. En un informe de Falange, emitido posteriormente, se hace constar que se afilió a la CNT como salvaguarda de derechas. Actuó como secretario de la misma hasta su incorporación forzosa al ejército republicano. Volvió del frente el 27 de marzo de 1939, dos días antes de asesinar a Francisco Quintero.

A partir de la entrada de los franquistas en Cuenca, desde la Alcaldía del municipio se prohíbe expresamente realizar declaraciones contra Antonio con el apercibimiento de ingresar en prisión en caso de hacerlas. Cuando esto sucede, ya se había afiliado a FET de las JONS. Al constituirse la corporación franquista además de alcalde es designado como delegado de Información e Investigación y comienza su tarea en la nueva España vestido de impecable azul con una arañita roja a la altura del pecho. El hábito no hace al monje, pero él ya estaba dentro del entramado de impunidad franquista y nada había que temer.

Pero un día de diciembre de 1940, desde la Prisión del Monasterio de Uclés, uno de los reos cursa una denuncia. Es Pedro Quintero, (Archivo Histórico de Defensa, fondo Madrid, sumario 19164, legajo 889) hijo de Francisco Quintero, el hombre que había sido asesinado por Antonio, quien a partir de ese momento comprueba que el silencio no es para siempre. Se le incoa un expediente sumarísimo de urgencia con fecha 24 de diciembre de 1940, pero la realidad es que nunca fue encarcelado ni pagó por el crimen cometido. Nunca llegó a celebrarse el Consejo de Guerra y en septiembre de 1943 se decreta su absolución.

Continuó siendo cartero hasta su jubilación y se dedicó a la cría de cerdos.

Esta es una parte de mi historia familiar y también es historia de España. Historia robada, historia silenciada.

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