Flora Partenio es una activista lesbiana y feminista argentina, integrante de DAWN, por sus siglas en inglés (Mujeres por un Desarrollo Alternativo para una Nueva Era ) e investigadora sobre economía feminista. Su análisis nos muestra cómo la financiarización de la economía y las fallas de los sistemas públicos recaen sobre las mujeres a través del endeudamiento para los cuidados.
Flora, en Argentina habéis hecho estudios que muestran cómo las mujeres son las más afectadas por el endeudamiento. ¿Cuál es la conexión entre ser mujer, tener personas a cargo y acabar endeudándose?
Nuestros estudios cualitativos, realizados tras la pandemia, mostraron que los hogares con mayor demanda de cuidados —es decir, que necesitaban más tiempo, dinero y trabajo de cuidados— eran aquellos hogares con personas con discapacidad, niñas, niños y adolescentes, y personas mayores. ¿Y qué características tenían estos hogares? Eran monoparentales, encabezados por mujeres y mujeres trans y de bajos ingresos. Cuando cruzamos esos datos con la variable del endeudamiento, vimos que los hogares con mayores niveles de deuda eran precisamente esos.
¿Quién asume la administración financiera del hogar? Es decir, las mujeres llevan el peso de los cuidados y, si el Estado no llega, caen en el endeudamiento. Pero, ¿cómo sucede exactamente eso?
Lo que encontramos en los estudios cualitativos fue, primero, que hay que visibilizar una dimensión descuidada en los estudios sobre cuidados: la gestión monetaria de los cuidados, que implica la administración financiera y monetaria del hogar. Hablamos de tareas de gestión, administración, planificación y coordinación, pero también de la administración financiera del hogar. ¿Y quién asume esa tarea? Las mujeres. Y lo que vimos en esos hogares es que las mujeres no solo tenían una mayor carga de cuidados, sino que además presentaban los niveles más altos de endeudamiento. Y los motivos de esas deudas eran precisamente para cuidar, es decir, para atender a otra persona.
En un contexto de mucha informalidad laboral, ¿cómo acceden a ese crédito?
Hay un fenómeno difícil de detectar en las estadísticas: las mujeres crean circuitos de préstamos con tarjetas. Por ejemplo: yo soy trabajadora informal, no tengo cuenta bancaria, pero mi vecina, mi amiga o mi hermana sí la tiene y posee una tarjeta de crédito. Me la presta, y cada mes yo le paso el dinero para que pague las cuotas. Yo no soy la titular legal de esa cuenta, pero soy la titular social. Generalmente, estas redes se construyen entre mujeres.
A menudo se habla de inclusión financiera como solución. ¿Lo ves así?
No es que las mujeres estuvieran fuera del sistema financiero: muchas pasaron previamente por la formalidad. Se endeudaron por montos pequeños, con deudas que no eran para ellas —ropa, el pago de una cuota escolar, un tratamiento de salud urgente de algún familiar—, y quedaron con deudas que no pudieron saldar. Eso las expulsó del sistema formal y las lanzó al sistema informal, que es mucho más riesgoso.
Ese estrés constante por las cuentas, esa “gestión monetaria”, ¿qué efectos tiene en la salud de las mujeres?
En la dimensión psicosocial, los impactos en la salud son grandes. Se ha registrado que la gestión monetaria y el endeudamiento afectan la salud con síntomas de ansiedad, problemas dermatológicos y enfermedades neurológicas. Nos hablaban de “llevar el peso de la deuda “en la cabeza”, despertarse en la mitad de la noche pensando en los vencimientos, lidiar en soledad con los plazos de pago, “masticar” la preocupación”.
¿Cuál es la situación con el actual gobierno argentino?
Los hogares que ya estaban en situación crítica tras la pandemia hoy, frente a la desarticulación de los programas de apoyo y los recortes en el sistema de salud público y seguridad social, muestran una crisis brutal. Y si lo conectamos con lo digital, durante la pandemia empezó a crecer el acceso a billeteras virtuales o ecosistemas digitales de pago.
Hoy muchas mujeres están endeudadísimas con esas plataformas. Son plataformas virtuales que penetraron profundamente en los sectores medios y populares. Escribimos un artículo junto a Ariel Wilkis que se llama “Donde falla un derecho, nace una deuda”, porque precisamente, cuando hay una brecha en el acceso a una prestación pública de salud o de seguridad social, las familias tienen que pagar.
¿La economía social y solidaria también está en peligro?
Sí, la economía solidaria está amenazada. El Estado se ha retirado, y lo poco que se había construido con políticas locales o provinciales ha quedado desmantelado.
Tenemos que pensar cómo reconstruir sin empezar desde cero cada vez que cambia el gobierno. Hay que cuestionar estos marcos y repensar cómo reubicar la economía social y solidaria en el centro, enfrentando las miradas que la consideran “una economía para pobres”. Necesitamos diseños de futuro que permitan estructuras más arraigadas y menos frágiles.
¿Cuál es el desafío en el cruce entre feminismo, tecnología y economía solidaria?
Desde la Red de Justicia Digital Feminista trabajamos para reflexionar sobre cómo las tecnologías pueden servir a los pueblos y no a las corporaciones. Durante la pandemia vimos que las grandes empresas tecnológicas estaban preparadas: tenían infraestructura, dinero y poder. Mientras tanto, las cooperativas digitales feministas recién estaban comenzando.
Hay experiencias valiosas: una cooperativa de reparto de trabajadoras trans en Brasil, o el proyecto “We Care” en Sudáfrica, que intenta crear su propia aplicación. Pero competir con plataformas como Uber es casi imposible si no hay políticas públicas ni marcos regulatorios.
También debatimos sobre justicia fiscal feminista: las grandes tecnológicas no pagan impuestos en los países donde operan. Si esa tributación existiera, podría financiar infraestructuras digitales públicas y cooperativas, por ejemplo, para los cuidados.
¿Qué opinas del avance de la inteligencia artificial?
Hay que observar los límites ecológicos del paradigma digital. La IA se sostiene en minería de datos, extracción de litio y trabajo precario. Todo esto tiene una materialidad, y muchas veces se instala en territorios del Sur Global: zonas de sacrificio, desplazamiento de poblaciones y contaminación. Decimos que existe un “pacto patriarcal con el capitalismo digital”: la inteligencia artificial se sostiene sobre trabajo invisible, mal pagado, muchas veces realizado por mujeres migrantes. Por eso necesitamos regulaciones transfronterizas y una mirada feminista de la geopolítica tecnológica.
Flora, dinos algo bonito: ¿cómo seguir ante este panorama?
Con internacionalismo, pero no solo de palabra: de práctica. El cara a cara sigue siendo insustituible. Debemos reabrir conversaciones globales sobre deuda, cuidados y justicia ecológica, y escuchar las experiencias de Asia, África y América Latina.
Durante la pandemia impulsamos la campaña “Feministas por el acceso a una vacuna popular”, articulando organizaciones de salud y derechos humanos para denunciar el monopolio de las patentes. Ese tipo de alianzas son el camino: conectar luchas, tejer estrategias y sostener los espacios donde ya avanzamos.
No es momento de retirarse: es momento de sostener presencia, resistir y reconstruir.
** Esta entrevista se ha realizado en el marco del proyecto “Por unas finanzas éticas y solidarias, globales y locales en clave feminista” financiado por la Agencia Catalana de Cooperación al Desarrollo (ACCD).
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