Marruecos
El PAM gana las elecciones marroquíes en medio de una abstención histórica
El Partido de la Autenticidad y la Modernidad (PAM) ha ganado las elecciones legislativas marroquíes del 23 de septiembre con 97 de los 395 escaños de la Cámara de Representantes. La Agrupación Nacional de Independientes (RNI), hasta ahora al frente del Gobierno, obtiene 66 y el Istiqlal, 65. El Partido de la Justicia y el Desarrollo (PJD), que gobernó Marruecos entre 2011 y 2021, vuelve al Parlamento con 54 diputados, después de haber sido reducido a 13 en las elecciones anteriores.
Pero hay otro número que acompaña al resultado y que resulta mucho más difícil de ignorar: 38,02%. Esa fue la participación final. En 2021 había sido del 50,18%. Más de doce puntos separan ambas elecciones. De los 15,8 millones de ciudadanos inscritos en el censo electoral, algo más de seis millones acudieron finalmente a votar.
La desconexión tampoco pasa desapercibida entre los propios políticos. Charafat Afilal, miembro del Partido del Progreso y del Socialismo (PPS), una formación situada fuera del gran bloque (Istiqlal, PAM y RNI), calificó la participación de “señal de alarma”. En declaraciones difundidas la noche electoral al diario Le360, Afilal atribuyó el alejamiento de los ciudadanos de las urnas y de la acción política al Gobierno saliente: “Esta tasa de participación es el resultado de la política catastrófica de este Gobierno, que ha consolidado la desconfianza de los marroquíes hacia el proceso democrático. Es más cierto aún entre los jóvenes, cuyas perspectivas siguen siendo muy limitadas”.
Pero si la baja participación puede ser utilizada como arma política contra el Gobierno saliente, ¿hasta qué punto refleja realmente un rechazo a una determinada mayoría y hasta qué punto expresa un desapego más profundo hacia el sistema de partidos? Para Javier Otazu, la respuesta va más allá del resultado de estas elecciones.
El PAM tendrá 97 escaños, lejos de los 198 necesarios para alcanzar la mayoría absoluta. Sin embargo, PAM, RNI e Istiqlal suman 228 diputados
“No va a repercutir nada la victoria de un partido u otro”.
Javier Otazu vivió durante 16 años en Marruecos, bajo dos monarcas, como corresponsal de EFE. Ha seguido desde dentro la profunda transformación económica y social del país, aunque considera que el reparto del poder político ha cambiado mucho menos. Pone como ejemplo lo sucedido en 2011, cuando el PJD llegó al Gobierno después de imponerse en unas elecciones celebradas en pleno clima de las protestas de la Primavera Árabe o Primavera Democrática. Entonces, recuerda, podía parecer que se abría una nueva etapa. “Todo continuó igual”, sostiene.
No significa que las elecciones sean irrelevantes. Cambia quién tiene más diputados, quién negocia para entrar en el Gobierno y quién ocupa la oposición. Pero el resultado electoral se mueve dentro de unas políticas mucho más amplias.
El PAM tendrá 97 escaños, lejos de los 198 necesarios para alcanzar la mayoría absoluta. Sin embargo, PAM, RNI e Istiqlal suman 228 diputados. El nuevo Gobierno tendrá que negociar, pero el resultado mantendrá el bloque parlamentario que gobernaba hasta ahora. Y mientras empiezan las negociaciones, aparece una segunda pregunta: Por qué los partidos siguen siendo incapaces de movilizar a los ciudadanos.
Una campaña que no terminó de calentar
Mohamed Chtatou, profesor de la Universidad Mohammed V de Rabat y especialista en antropología y lingüística de la región MENA, siguió la campaña desde la capital, Rabat, y su impresión era poco entusiasta. Los partidos, explica, tuvieron una presencia fundamentalmente televisiva y concentraron buena parte de su campaña en las grandes ciudades. Los programas electorales aparecieron demasiado tarde para permitir, a su juicio, una reflexión sobre a qué partido votar. No es solamente una cuestión de campaña.
Chtatou sostiene que existe un problema más profundo en las propias organizaciones políticas. Los partidos, dice, carecen de una verdadera estructura democrática de base. “Se comienza por el tejado y se va configurando hacia abajo”, resume. En lugar de construirse desde las organizaciones locales y desde la militancia, explica, muchas candidaturas siguen dependiendo de figuras con capacidad económica y redes familiares, asociativas o territoriales. Son los llamados notables, personas capaces de movilizar votos gracias a su posición social y poder económico. El problema, añade Chtatou, es que esas redes no siempre representan a la sociedad que ha cambiado en las últimas décadas. Marruecos ya no es el mismo país que hace veinte años. Tampoco lo es su juventud. Jóvenes que no han abandonado la política, sino los partidos.
Una encuesta de Afrobarometer publicada en marzo de este año encontró niveles de confianza muy bajos entre los marroquíes de 18 a 35 años. Solo el 37% decía confiar algo o mucho en el Parlamento. El porcentaje descendía al 33% cuando se preguntaba por el primer ministro y por los partidos, tanto de Gobierno como de oposición. Los jóvenes también aprueban menos que los ciudadanos mayores el desempeño de los diputados, del primer ministro y de los responsables municipales. Y perciben con mayor frecuencia problemas de corrupción entre parlamentarios, responsables municipales y funcionarios de la Primatura.
Los mismos jóvenes que participan menos en las elecciones y que se sienten menos próximos a un partido son más propensos a publicar contenido político en las redes sociales y a participar en manifestaciones. Afrobarometer señala explícitamente esa diferencia.
Chtatou insiste precisamente en ese punto. El alejamiento de los partidos no debe confundirse necesariamente con una desaparición del interés por los asuntos públicos. Las redes permiten denunciar una decisión, difundir una reivindicación o convocar una movilización sin entrar en una estructura partidista. El problema es que esa nueva política es mucho más difícil de convertir en una organización estable. La protesta puede reunir a miles de personas. Lo difícil es convertir esas demandas en un programa, mantener una organización y presentarse después a unas elecciones.
Las elecciones del 23 de septiembre han mostrado la otra cara de esa desconexión: la juventud representa alrededor de un tercio de la población marroquí, pero los jóvenes de 18 a 24 años solo representan el 4% de los inscritos en el censo y los de 25 a 34 años, el 15%. Los mayores de 60 años son más del 29% del electorado registrado. Esto no significa que todos los jóvenes hayan decidido no votar. Pero sí que la composición del electorado potencialmente participante está muy lejos de reflejar exactamente la estructura demográfica del país.
Marruecos tiene cerca de 27 millones de personas en edad de votar, pero solo 15,8 millones estaban inscritas para estas elecciones
Dos abstenciones
Otazu mira los datos desde otro ángulo. Para él, cuando se habla de abstención en Marruecos hay que distinguir dos fenómenos: quienes no llegan a inscribirse y quienes se inscriben pero finalmente no acuden a votar.
Marruecos tiene cerca de 27 millones de personas en edad de votar, pero solo 15,8 millones estaban inscritas para estas elecciones. El número de inscritos, además, ha descendido respecto a 2021. Eso significa que el 38,02% de participación se calcula sobre los ciudadanos inscritos, no sobre todas las personas que a partir de los 18 años podrían votar. Y convierte la abstención en algo más complejo que una simple ausencia ante las urnas.
Los datos disponibles no permiten establecer una relación directa, pero sí ofrecen algunos indicios. Entre los jóvenes de 18 a 35 años, sólo alrededor de un tercio confía en los principales actores políticos. Al mismo tiempo, una amplia mayoría considera que el primer ministro debería rendir cuentas ante el Parlamento por el uso de los fondos públicos, un 67%, y que debería respetar siempre las leyes y los tribunales, un 63%.
Para Otazu, la explicación no puede limitarse a los partidos. “La economía está en manos del Rey”, afirma. Su lectura es que las grandes decisiones económicas del país permanecen estrechamente vinculadas al centro del poder, mientras los partidos compiten por administrar una parte de ese espacio.
En la Constitución de 2011 el rey conserva amplias competencias en la orientación general del Estado y en ámbitos como la defensa y los asuntos exteriores, además de otras atribuciones institucionales. También corresponde al monarca nombrar jefe de Gobierno al miembro del partido que obtenga el mayor número de escaños en las elecciones legislativas. El PAM ha quedado primero y, por tanto, entra ahora en ese proceso de formación del Ejecutivo.
Pero las elecciones se celebraban en un contexto en el que la economía ocupaba buena parte del debate político. Empleo, salarios, coste de vida, sanidad y educación figuraban entre las principales preocupaciones de la campaña. El PAM prometió un millón de empleos y más inversión en sanidad, protección social y salarios. Al mismo tiempo, el Gobierno saliente había recibido críticas por el coste de la vida y el desempleo.
Durante la precampaña, la cuestión de la soberanía sobre Ceuta y Melilla apareció en el discurso de algunos ministros y candidatos, pero durante las últimas semanas de campaña oficial apenas tuvo presencia, ni avivó el número de votantes.
Para Chtatou, el principal desafío del próximo Gobierno será precisamente el poder adquisitivo. El aumento de los precios de la energía, explica, termina repercutiendo directamente sobre una población que ya siente que el coste de vida crece más deprisa que sus posibilidades.
El segundo problema es territorial. El desarrollo de Marruecos no se percibe de la misma manera en todos los lugares. Las grandes ciudades han acumulado inversiones y servicios, mientras otras zonas siguen reclamando mejores transportes, educación, sanidad, empleo e infraestructuras.
Es la misma contradicción que aparece en el debate sobre el Mundial de 2030: un país que invierte enormes cantidades en infraestructuras y que, al mismo tiempo, tiene ciudadanos que reclaman que ese dinero se traduzca también en hospitales, universidades y oportunidades. Reuters cifra en unos 20.000 millones de dólares el esfuerzo relacionado con la preparación del Mundial y señala como uno de los grandes retos del próximo Ejecutivo la reducción de las desigualdades y el descontento juvenil.
Una política de hombres en un país que cambia
Chtatou introduce otro problema que las cifras electorales dejan en segundo plano: el de la representación de las mujeres. La política marroquí, sostiene, continúa dominada por hombres y por generaciones de mayor edad. Situación que no muestra la realidad de una sociedad en la que las mujeres ya constituyen más de la mitad del alumnado universitario.
En la conversación menciona especialmente a Fatima Ezzahra El Mansouri, una de las principales dirigentes del PAM, como ejemplo de la posibilidad de ampliar la presencia de las mujeres en las posiciones de poder. Su nombre ha adquirido todavía más relevancia después de las elecciones. Si el rey la designara jefa de Gobierno, se convertiría en la segunda mujer en ocupar ese puesto en un país del norte de África después de la tunecina Najla Bouden.
Eso es, por ahora, una posibilidad y no una decisión adoptada. Siendo otro miembro del PAM el favorito para presidir el gobierno, Fouzi Lekjaa. Su popularidad se consolidó al frente de la Federación Real Marroquí de Fútbol con el auge de la selección nacional y su histórico cuarto puesto en el Mundial de Qatar 2022. Pero Lekjaa, además, desde 2021 ocupó el cargo de ministro delegado encargado del Presupuesto.
Los jóvenes marroquíes confían poco en sus partidos, participan menos en las elecciones que los mayores y, sin embargo, continúan mostrando disposición hacia otras formas de acción política
El resultado que queda fuera de los escaños
A las cinco de la tarde del miércoles, cuando aún quedaban dos horas para cerrar los colegios, había votado el 28,05% de los inscritos. En 2021, a esa misma hora, el porcentaje era del 36%. Después se produjo un fuerte aumento durante las últimas horas y la participación terminó en el 38,02%. No fue suficiente para acercarse al nivel de 2021 cuando votó el 50,18 % del censo.
La cifra final es la más baja en unas legislativas desde 2007, según la prensa marroquí. Y ahí las interpretaciones vuelven a separarse. Para algunos, es una señal de desapego respecto a los partidos. Para otros, puede ser el efecto de una combinación de factores: una campaña poco movilizadora y tardía, problemas económicos, desconfianza institucional o la percepción de que las elecciones tienen una capacidad limitada para modificar las grandes decisiones del país.
Los datos de Afrobarometer aportan una pieza más, pero no una respuesta definitiva. Los jóvenes marroquíes confían poco en sus partidos, participan menos en las elecciones que los mayores y, sin embargo, continúan mostrando disposición hacia otras formas de acción política.
Otazu lo formula de manera más tajante cuando habla de los partidos: “El Parlamento es un juego de dominó”. Y añade otra frase que resume su visión de la política marroquí: “Los partidos políticos negocian con la tradición, nunca con la modernidad”. Son sus palabras y su interpretación del sistema. Pero colocadas junto a las cifras de estas elecciones plantean una cuestión difícil de esquivar.
Porque el PAM ha ganado con 97 escaños. El PJD ha recuperado 41. El RNI y el Istiqlal siguen siendo actores centrales. El próximo Gobierno tendrá que negociar una mayoría. Pero más de seis de cada diez electores inscritos no acudieron a las urnas. Y fuera del censo hay todavía millones de marroquíes en edad de votar que ni siquiera llegaron a registrarse. Las elecciones ya han decidido quién ocupará los primeros lugares del nuevo Parlamento. La cuestión ahora es si el gobierno podrá responder ante una sociedad que cambia más deprisa que sus estructuras políticas.
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