Barcelona 92: barrios olvidados, 25 años después

En el momento en que la flecha olímpica incendiaba el pebetero, comenzó en Barcelona una burbuja inmobiliaria y turística sin parangón que desde entonces se ha estimulado sin regulación con consecuencias nefastas para la gente de los barrios por el constante aumento del precio de la vivienda

Foto Barcelona 92
Barcelona 92

publicado
2017-11-22 15:13:00

Barcelona siempre se ha caracterizado por ser una ciudad rebelde, pero con la declaración como sede de los Juegos Olímpicos, cualquier atisbo de crítica se enmudeció”. Quien habla es Andrés Naya, que relata para El Salto cómo se vivió el proceso de transformación de Barcelona más importante de las últimas décadas. Lo cuenta desde el punto de vista de los barrios y sectores populares, lo que supuso para ellos la creación de la “marca Barcelona”, impulsada por el evento olímpico de 1992. Naya es un veterano activista vecinal de Barcelona, fue vicepresidente de la Federació de Associacions de Veïns i Veïnes de Barcelona (FAVB) y continúa como codirector de la revista La Veu del Carrer, publicación de análisis e información desde los barrios barceloneses desde el año 1991.

Eran las 22:40h del 25 de julio del 1992. La respiración de los 3.500 millones de personas de todo el mundo que veían en directo, a través de la televisión, la ceremonia inaugural de los Juegos se contuvo durante unos intensos instantes. El baloncestista Juan Antonio San Epifanio, Epi, tomaba el relevo y cruzaba con la antorcha olímpica el césped del Estadi Olímpic Lluís Companys, en Montjuïc, a oscuras. Le esperaba el arquero paralímpico Antonio Rebollo, que prendió una flecha con la llama olímpica. Disparó. Pocos segundos después, el pebetero se incendió causando el júbilo de todo el público. Barcelona se convertía en un nuevo lugar que gente de todas partes del planeta ansiaba visitar.

“Todo el mundo vio por televisión la gala de inauguración y las competiciones, se hablaba de Barcelona constantemente y eso hizo que la ciudad se abriera al mundo”, explica Naya. “Comenzó, entonces, una burbuja inmobiliaria y turística sin parangón que desde entonces solo se ha estimulado, con nefastas consecuencias para quienes vivimos en la ciudad, se expulsa a la gente de los barrios por el constante aumento del precio de la vivienda que en muchos casos sólo tiene funciones turísticas”.

Según el último barómetro presentado por el Ayuntamiento de Barcelona el pasado junio, el paro dejó de ser el principal problema para la ciudadanía de la capital catalana, sustituido por el turismo. Una de las consecuencias más claras de la masiva turistificación de la ciudad es el aumento del precio de la vivienda y el alquiler: este último ha aumentado más de un 20% en el último año. Toda la ciudad, sobre todo los barrios céntricos, se convierte en un escenario idílico para los visitantes y en una pesadilla para los que la habitan: gentrificación, destrucción del tejido social de los barrios, expulsión de vecinos de toda la vida a las afueras o a municipios colindantes, etcétera.

La respuesta social se articula hoy mediante diversas iniciativas como los sindicatos de barrios, de inquilinos o asambleas populares. La cristalización de este descontento en la manifestación “Adéu BCN” celebrada el pasado 10 de junio es un buen ejemplo de ello. “Todos estos problemas derivan de 1992, nunca se ha regulado este negocio especulativo que no tiene en cuenta los intereses de los vecinos”, asegura Naya.

1992 se convirtió en una plataforma para mostrar al mundo un país que había dejado atrás la dictadura

También en los meses previos a los Juegos se articularon movimientos de resistencia, que intentaban que la inversión que se destinaba en la ciudad para los Juegos Olímpicos tuviera una correlación en mejoras en los barrios populares. El activista vecinal recuerda cómo, ante la falta de mecanismos de participación en la toma de decisiones del diseño de la Barcelona olímpica, se gestó un movimiento crítico, que se coordinó en la Comisión Contra la Barcelona Olímpica, que incluía, además de a la FAVB, a otros colectivos de barrios, organizaciones juveniles, antimilitaristas y okupas. En 1991 confluirían en una manifestación que llegaría a las puertas del Ayuntamiento exigiendo que se destinara presupuesto a materia social.

EL AÑO 1992 no supuso sólo un revulsivo para Barcelona desde el punto de vista de su proyección al mundo, surgió también una revolución urbanística que llenó los bolsillos de banqueros, constructores y hoteleros. Una serie de cambios, que se concretan con la manida frase de “Barcelona se abrió definitivamente al mar”, hizo que empresas, como FCC, Cubiertas, Dragados, Comsa, Ferrovial o Abengoa, llenaran sus arcas. Una apertura al mar que, si bien convirtió a la ciudad en uno de los destinos más preciados internacionales, también dejó de lado las aspiraciones de lo que podría haber supuesto un revulsivo para las clases populares.

1992 se convirtió en una suerte de plataforma de modernización de toda España. Barcelona 92, la Expo de Sevilla, la capitalidad de la cultura europea de Madrid y las celebraciones del quinto centenario de la colonización de América —y posterior genocidio— pretendían mostrar al mundo un país moderno, que había conseguido cambiar social y políticamente en menos de dos décadas, dejando atrás los tiempos de la dictadura. El modelo del PSOE, del progreso, de la modernidad... Un país que hacía escasos seis años había entrado a formar parte del selecto club de la Unión Europea.

Sobre los aspectos concretos de la movilidad, Naya se muestra muy crítico con la gestión del equipo municipal. Reconoce como aspecto positivo que se terminaran las rondas tras una larga y mantenida lucha vecinal, la Ronda de Dalt y la Ronda Litoral, que descongestionaban el tráfico en la ciudad, con tramos subterráneos para combatir la contaminación. Aún así, la corporación del PSC se quedó corta en el cumplimiento de las expectativas vecinales. “No se dedicó ni una peseta a transporte público, el uso del coche se hizo insaciable, no se aprovechó para llevar autobuses y metro a los barrios”, recuerda.

En relación a los equipamientos públicos también se muestra disconforme. Barcelona había vivido un crecimiento muy rápido en la década de los 60 y 70 que hizo que los barrios carecieran de los equipamientos municipales esperados. Antes de los Juegos se veía la celebración como una oportunidad para desarrollar los Planes Especiales de Reforma Integral (PERI) que dotaran a los barrios populares de esas infraestructuras. “Maragall se comprometió a trabajar junto a los vecinos, pero los barrios dejaron de estar en primera línea de prioridades, dejándolos en manos de la voracidad de la especulación”, comenta. La vivienda ya era un problema en aquellos años, aunque con características muy distintas al actual. En el año 1991 sucedió una tragedia en el barrio de Turó de la Peira, el derrumbamiento de una vivienda por aluminosis produjo la muerte de una vecina. El rápido crecimiento de décadas anteriores en los barrios, viviendas construidas con materiales de baja calidad, hizo que se detectaran 17.000 viviendas con aluminosis. La llegada de las promesas de la mano de los Juegos abrían una ventana de oportunidad para afrontar este problema, pero tampoco fue así. “Todavía en aquellos años se seguían construyendo viviendas que más tarde sufrirían el mismo problema”, explica Naya.

“Fue una oportunidad perdida para hacer de Barcelona una ciudad para los vecinos”, prosigue este activista. “Maragall era un político que sabía argumentar, un animal político, recogió algunas reivindicaciones como la materialización de la Via Júlia en Nou Barris, pero pasó de prometernos a la FAVB que tendríamos un contacto permanente para la planificación de la renovación de la ciudad a un distanciamiento enorme, no hubo mecanismos de participación en toda la creación de la Barcelona olímpica”, añade.

En el número 10-11 de la revista La Veu del Carrer, editada por la FAVB a finales de 1992 bajo el título “La Barcelona de Maragall”, publicaron un diccionario de inmobiliarias, personajes, empresas beneficiarias y un resumen de cómo se había gestado la “Marca Barcelona”. Una reacción al “orgasmo colectivo” que vivió Barcelona y que enmudeció la crítica de esta ciudad rebelde. Una crítica que llegaba desde los barrios populares barceloneses al corazón de una de las operaciones especulativas más importantes que ha vivido la ciudad, y Cataluña, y todo el Estado.

Un organismo colectivo y acrítico
Las asociaciones vecinales vieron en los Juegos Olímpicos, en un principio, una oportunidad para conseguir mejoras e inversiones públicas en los barrios. Movilidad y vivienda social estaban entre sus prioridades: “Pedíamos, por ejemplo, que la Villa Olímpica sirviera después para vivienda social, pero al final se acabó entregando todo al negocio y la especulación de las grandes inmobiliarias de alto standing”, describe el activista Andrés Naya. “Había un compromiso por parte de Pasqual Maragall, entonces alcalde barcelonés, de que el 25% de las infraestructuras se destinaría a uso social, pero no fue así”, añade. “Era todo tratado como una cuestión de Estado, por eso cuando reclamábamos transparencia, información y participación era imposible”, critica. “Cuando se declara Barcelona como sede olímpica se vive un orgasmo colectivo en la ciudad, se conformó un ejército de voluntarios para la ocasión y el ser crítico con cómo se organizaban las cosas, o por el mero hecho de pedir información, era motivo para ser tachado de traidor a la ciudad”, recuerda.

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