“La solución a las violencias digitales no es el punitivismo ni prohibir las redes sociales a menores”

La escritora mexicana Dahlia de la Cerda denuncia que la historia de la teoría feminista ha sido escrita desde el principio por autoras blancas que teorizan el patriarcado como sistema único de opresión.
30 abr 2026 06:00

El primer viaje a España de la escritora, tallerista y activista feminista Dahlia de la Cerda es como su escritura: una odisea de sucesos corrientes, emocionantes e inesperados. Cuando llega al aeropuerto, le informan de que su aerolínea ha vendido más asientos de los disponibles. No le queda otra que montarse en un autobús a toda prisa para viajar desde Aguascalientes, donde nació y vive, hasta Guadalajara (México). Allí, hace noche en un hotel y aterriza en Madrid once horas después, a las cinco de la mañana. A las once y media llega al Museo Reina Sofía, donde la espera un auditorio lleno para escuchar su conversación con Nuria Alabao sobre “Narrativas restaurativas y duelo colectivo” en el marco de READ Madrid. Festival de Libros e Ideas.

Sube al escenario con un móvil sostenido por un trípode, con el que filma la charla en directo. La autora de Perras de reserva (2022), Desde los zulos (2023) y Medea me cantó un corrido (2024), publicados por Sexto Piso, anuncia que lleva encima una dosis de clonazepam, otra de tramadol y que le arde el coxis por la escoliosis tras medio día de avión. No se nota: en el auditorio hay risas, alguna lágrima, y nadie se mueve de su asiento. El público no es el primero en rendirse ante una escritora cuya obra ha sido traducida a diez idiomas y acumula reconocimientos como la lista larga del Premio Booker Internacional, el PEN Translation Prize y el Premio Nacional de Cuento Joven Comala.

De la Cerda denuncia que la historia de la teoría feminista estuvo escrita desde el principio por autoras blancas que teorizan el patriarcado como sistema único de opresión: “No existe el patriarcado, existen las relaciones patriarcales que se intercalan con el racismo y el clasismo.” Ataca los posicionamientos tránsfobos dentro del movimiento feminista, así como la criminalización de las trabajadoras sexuales, y se aproxima a la violencia de género desde una mirada interseccional: “Ninguna experiencia femenina es universal: dependiendo de quién seas, sufrirás un tipo de violencia u otra. ¿Cómo vas a comparar a una esclava abusada sexualmente, cuya ama la ofrece al marido, con las violencias que sufren las mujeres blancas?”.

En un momento, detiene la retransmisión en Instagram para hablar del doxing que ha sufrido por parte de otras feministas, y despliega un discurso antipunitivista consciente de las contradicciones que tiene en un país donde el pasado año se registraron 721 feminicidios y 131.000 desaparecidas. “Si tú le estás diciendo al Estado que extermine a jóvenes, lo que quieres es tener la licencia moral de comportarte como el Estado. Tienes sed de violencia”. Pese a todo, anuncia que por primera vez ha denunciado a un “pendejo” influencer para acabar con su impunidad. “No quiero verlo en la cárcel, pero me gustaría que le dieran un sustito”. La cofundadora de Morras Help Morras, colectiva feminista antirracista y transincluyente que acompaña a mujeres en abortos seguros y las anima a “perrear sus derechos”, termina apelando a la resistencia organizada desde la periferia.

Hablamos con Dahlia, visiblemente cansada, tras casi dos horas en el escenario. No repite ni una de las cosas que ha dicho en el conversatorio y en ningún momento pierde la sonrisa. Es como hablar con una amiga de toda la vida en la terraza de un bar.

Dices que tu escritura es un registro que da testimonio de cómo se habla en México en el presente, “una forma de descodificar el lenguaje para las clases populares”. Tu obra transita entre la ficción documental de Perras de reserva o Medea me cantó un corrido y el ensayo autobiográfico de Desde los zulos. ¿Cómo trabajas con cada género literario?
Cuando quiero llegar a públicos masivos uso la narrativa porque es más popular. Eso se nota en la venta de los libros. Aunque la gente me diga que valora mucho mi pensamiento crítico, la realidad es que les interesa más mi forma de narrar y las historias que puedo contar. Mi ensayo lo leen menos personas, sobre todo la gente de los movimientos sociales, y es ahí donde trato de sacar todo mi poderío teórico. Una de las cosas que más se le critica a mi narrativa es que es rupestre, que no es literatura, que es demasiado salvaje. A través del ensayo demuestro que puedo tener dos registros de escritura: uno muy académico, con mucha fuente teórica, y el registro del habla popular. Demuestro que me puedo mover en ambos mundos, en el lenguaje callejero y en el lenguaje académico, y que en los dos me desenvuelvo con naturalidad y con facilidad. Pero la verdad es que a mí me gusta más escribir ensayo. En la narrativa cuento historias, pero el ensayo me permite pendejear a la gente, y a mí me gusta pendejear a la gente.

Moviéndome en contextos barrializados y de clase trabajadora, he escuchado reflexiones que bien podría haber hecho cualquier teórico importante, pero en un lenguaje aterrizado a lo cotidiano, a sus experiencias personales

La extrema derecha acusa al feminismo de ser elitista y moralista, y su respuesta a esa tensión es el antiintelectualismo. Pero esa crítica no es nueva: el feminismo negro, las tradiciones indígenas y decoloniales llevan décadas señalando los límites de un feminismo académico desconectado de las experiencias concretas de lucha. ¿Cómo se construye un feminismo desde abajo sin que ello derive en la reivindicación de la ignorancia?
Creo que otras formas de intelectualismo y de pensamiento crítico son posibles. Una de las críticas que más me hacen es que promuevo el antiintelectualismo porque dije frases como “a tu teoría le falta calle” o “a tu teoría le falta barrio”. Pero lo que nosotras, las que hablamos desde abajo, estamos proponiendo son otras formas de episteme. Y lo que yo puedo decir es que, moviéndome en contextos barrializados y de clase trabajadora, he escuchado reflexiones que bien podría haber hecho cualquier teórico importante, pero en un lenguaje aterrizado a lo cotidiano, a sus experiencias personales. A mí me interesa mucho discutir de temas teóricos, pero desde otros lugares, desde otros lenguajes.

¿Es eso lo que buscas cuando entralazas en tu obra la “alta teoría” con la cultura popular?
Mira, la vez que más aprendí en mi vida fue cuando fuimos al Barrio Bravo de Tepito, en Ciudad de México, que tiene fama de peligroso, y lo es, aunque a mí nunca me pasó nada. En Tepito hay mucho comercio. Fuimos ahí a comprar una bolsa Ed Hardy y nos entretuvimos un poco más de la cuenta. No tomamos el taxi hasta las ocho de la noche. Se dice que a las seis de la tarde ya deberías haberte ido de Tepito, así que a las ocho ya te estás arriesgando. De hecho, poco después de irnos hubo un homicidio en la misma zona.

Cuando subimos al taxi, el conductor nos dio unas lecciones de vida espectaculares. Me dije: “¡Guau! Cuánto conocimiento hay en este señor taxista”. Para empezar, nos regañó por andar tan de noche en un barrio peligroso. Nos dijo que no nos creyéramos “un culo”, porque siempre hay alguien más bravo que tú, y que nos cuidáramos. Luego arrancó con todo un análisis. Nos contó toda la historia de Tepito para acabar diciendo básicamente lo que dice Sayak Valencia en Capitalismo Gore, pero en sus propios términos: “Aquí tú vas con cualquiera de esos que ves ahí vendiendo droga y le dices: ‘tengo un vecino que me molesta, ¿cuánto me cobras por ir a darle una asustadita?’ ‘Dame 2.000 pesos, va.’ Y le pagas 2.000 pesos y va con tu vecino, le saca la pistola y le dice: ‘no se ande metiendo con mi hermana.’ Te venden violencia.” El señor decía lo mismo que Valencia, pero en el lenguaje de “no se crea un culo” y “si es mi perro yo lo baño”. Al final la cátedra salió cara: eran 250 pesos, pero nos cobró 500 por el tráfico. Igualmente, valió cada centavo, porque aprendimos un montón.

Este tipo de situaciones, como marcharse más tarde de la hora “segura” de un barrio peligroso, le pueden ocurrir a cualquiera, y no por ello esa persona merece menos empatía que una “víctima perfecta”. Tus textos cuestionan constantemente esa figura. ¿Qué puede aprender el feminismo de las antiheroínas, y qué resistencias has encontrado dentro del propio movimiento?
Recientemente en México hubo un caso emblemático. Natalia Lane, una trabajadora sexual trans, fue víctima de un intento de feminicidio hace años. La sentencia se dictó hace unos días: lo declararon culpable de feminicidio en grado de tentativa. Esto marcó un precedente histórico, porque ella es una trabajadora sexual y es trans, y la condena se dictó bajo el término de transfeminicidio.

Cuando el feminismo busca pulcritud en las víctimas, que seamos perfectas, que nos comportemos como ángeles o seres de luz, lo único que consigue es perjudicar el acceso a la justicia

¿Qué podemos aprender del caso de Natalia Lane? Que ella no era una víctima perfecta para el feminismo. Si miras fotos de las manifestaciones a favor de que se hiciera justicia para Natalia, verás que solo había trabajadoras sexuales y mujeres trans. No se unieron las multitudes que tú ves un 8M marchando en Ciudad de México, que llegan a ser millones de mujeres. Natalia estuvo muy sola porque era una mala víctima. Esta lucha se la debe a su papá y a sus círculos de apoyo, que nunca la abandonaron, pero no al feminismo. Cuando el feminismo busca pulcritud en las víctimas, que seamos perfectas, que nos comportemos como ángeles o seres de luz, lo único que consigue es perjudicar el acceso a la justicia.

Eres muy crítica con las dinámicas “tóxicas” que se dan dentro del movimiento feminista: el fuego sororo, el doxeo o el clasismo dentro de las redes feministas, a las que llamas “Feministlán”.
Mira, yo te puedo decir que estoy viva gracias a la solidaridad de amigas. Muchas de ellas ni siquiera se consideran feministas y con muchas de ellas incluso estoy en desacuerdo en temas de derechos humanos. Pero también es cierto que las violencias más grandes que he vivido han venido de feministas.

Hubo feministas que le escribieron a los donantes de Morras Help Morras para pedir que dejaran de donar dinero porque yo soy una mala persona. Lo que no piensan es que esto no es algo individual, ¿sabes? Entiendo que tengas un problema conmigo, que no estés de acuerdo con mis posturas políticas. Pero si escribes a un fondo que me da dinero para mantener una línea de atención por WhatsApp para acompañar a mujeres que quieren abortar, lo que estás haciendo es perjudicar a esas mujeres, no a mí. Quizás disminuyan mis ingresos económicos, porque recibo un salario por el desgaste que implica estar todo el rato disponible para atender casos que, además, son sumamente complicados. Pero al final a quienes estás dejando en una posición de vulnerabilidad es a esas mujeres.

¿Y cómo has afrontado estos ataques?
Fue muy difícil porque el acoso de esas feministas tuvo repercusiones directas en mi trabajo: me cerraron puertas, algunos fondos dejaron de donarnos dinero... Pero el tiempo me dio la razón. Cuando empecé a ver que tenían posturas transodiantes, dije: “Estas son antiderechos y fascistas”. Y lo han demostrado: son capaces de hacer alianzas con la derecha para frenar la ley de interrupción del embarazo en México —que se está discutiendo para que sea sin límite de semanas— porque no quieren que incluya “personas gestantes”, sino “mujeres”.

Son capaces de negociar un derecho que va a ayudar a un montón de mujeres porque no quieren que incluya a las personas trans. Llegan a unos niveles de esencialismo y fanatismo tales que prefieren que no haya aborto para nadie si no es en sus términos; es decir, si no se utiliza la palabra “mujer”, o sea, “mujer” entendida como hembra adulta de la especie humana. Mucha gente ya se dio cuenta de estas dinámicas y por eso hay más gente que me apoya que la que me funa. Porque ya les explotó el globo en la cara y quedó claro que muchas feministas eran de derecha. El tiempo me dio la razón y salí reivindicada. Pero yo soy rencorosa y recuerdo perfectamente quién estuvo y quién no cuando intentaron desprestigiarme. Y quien no estuvo ya no está en mi vida.

Dices que eres rencorosa, pero también te defines como feminista antipunitiva y anticarcelaria. En Medea me cantó un corrido haces especial énfasis en cómo los hombres jóvenes, empobrecidos y racializados son también víctimas del sistema.
Mira, a mí en México lo que me dicen es que soy pick me. Y yo les digo: “Yo soy una señora. Ser pick me déjaselo para las chavitas. Yo tengo veinte años de casada, loco, ¿qué voy a ser pick me? Yo lo que soy es una madre santa ya”. Ya ves que dicen que a cierta edad a una el útero le empieza a pedir bebés. A mí el útero nunca me pidió bebés, pero sí hubo un momento en que me empecé a poner en un plan muy tía, muy maternal, muy cuidadora, y empecé a sentir que hay que proteger a los niños y a las niñas. Y dentro de eso entran los jóvenes precarizados.

Los hombres en su infancia y adolescencia son abusados sexualmente con mucha más frecuencia de la que creemos, porque les da vergüenza y no lo cuentan

¿Cuál ha sido tu experiencia con ellos?
Trabajé mucho tiempo dando clases en contextos de alta marginación y tenía alumnitos hombres. Uno de los ejercicios que les pedía era que, de manera anónima, hicieran un dibujo o contaran una breve historia del peor día de su vida. Las historias que me contaban los varoncitos eran desgarradoras. Ahí me di cuenta de cosas que jamás me hubiera imaginado, como por ejemplo que los hombres en su infancia y adolescencia son abusados sexualmente con mucha más frecuencia de la que creemos, porque les da vergüenza y no lo cuentan.

Una vez un alumno me contó que, cuando tenía doce años, su prima de dieciséis le toqueteaba “para practicar”, porque quería llegar experimentada con los chavos de su edad. Con doce años los niños quieren jugar, quieren ver Dragon Ball. Que de pronto esté tu prima encima de ti besuqueándote es una situación violentísima. Y ya ni hablar de los papás. Recuerdo a un niño al que se le murió su mamá y contaba que su papá no le dejaba vivir el duelo: cada vez que lloraba, el padre lo golpeaba. Ese caso lo acabó tomando la Defensoría del Menor para proteger al niño, porque el papá claramente no estaba apto para criarlo.

También había muchas experiencias de clasismo y de racismo. Pero lo que más me llamó la atención fue el deseo de manifestarles a sus amigos hombres que los amaban, y, a la vez, el terror que sentían por la posibilidad de ser tachados de homosexuales si expresaban estos sentimientos: “Van a decir que soy gay porque amo a mi amigo hombre, y si mi amigo hombre se me muere, yo me muero junto con él”. Cosas que en el anonimato se atrevían a decir, pero que en su día a día esconden. Esto me hizo sentir mucha compasión por ellos.

¿Cómo convive esa compasión con la exigencia de responsabilidades?
Yo aplico eat the rich como estándar en todo. Hay hombres que, aunque hayan vivido violencias, como son ricos me importa un carajo. Los quiero en la cárcel. Por ejemplo, al expresidente Felipe Calderón, que fue el que le declaró la guerra al narco. En México siempre ha habido organizaciones multicrimen, pero el gobierno las dejaba operar bajo ciertos pactos: que no agredieran a la población civil, que la droga no se quedara en México... Bueno, pues un buen día este presidente se levantó y dijo: “Hoy le declaro la guerra al narco”, y se hizo un cagadero en el país. A Felipe Calderón lo quiero en la cárcel. Es un expresidente, es rico. Si es alcohólico y ha vivido violencia me importa un carajo.

También hay algunos influencers misóginos a los que no quiero en la cárcel, pero sí quiero que haya una reparación del daño que causan. Hace poco denuncié a uno por discriminación: es un hombre blanco, cisheterosexual, de derecha, que utiliza su plataforma para incitar al acoso selectivo y hace chistes sobre trabajadoras sexuales, personas con discapacidad, personas de la comunidad LGBT... Alguien tiene que ponerle un alto a eso, y quizá ese alguien pueda ser yo. Creo que es importante que se lleve una lección, que entienda que no puede utilizar su plataforma para discriminar a personas y disfrazarlo de humor. Entonces, diría que aplico el principio de “qué hombre eres, qué te toca: ¿mi compasión o mi venganza?”.

Dahlia de la cerda - 1

¿Recibes mucha violencia digital?
Sí, desde hace tiempo. La tenía muy normalizada hasta que empezaron a llegarme mensajes al WhatsApp y al correo electrónico. Ahí empecé a alarmarme. Luego, por un incidente que tuve, empecé a ser consciente de que la gente que me tira odio en internet es gente real, gente que no solo habita en las redes. Fue con una cuenta restringida, pero de esas que puedes intuir que hay una persona real detrás, que no es un bot.

Sucedió que mi esposo quería un scooter eléctrico que solo vendían en Ciudad de México. Un scooter de alta gama, para el que había ahorrado casi un año. Fuimos, lo compramos y nos lo enviaron a domicilio. Entonces un día un hater de los que me tiran pone: “Que es barrializada, pero bien que compra scooters de alta gama en Honey Whale”. Y yo pensé, “¿wey, quién sabe?”. Nadie sabía. Solo nosotros y la tienda, porque no salimos de ahí cargando el scooter. O sea, o fue alguien de adentro o un vecino de la zona que preguntó “¿y estos weyes qué compraron?” y le dijeron. Pero me di cuenta de que en una zona en la que yo transito hay alguien que me tira odio en internet. Y que ese odio no ha trascendido a violencia física porque voy con mi esposo y da miedo, no porque él pueda responder a golpes, sino porque eso es lo que piensan, porque la verdad yo sí me los vergueo. Pero eso me hizo dimensionar la violencia digital, y he estado buscando estrategias para visibilizarla.

¿Te has planteado tratar las violencias digitales en tu literatura?
No había pensado en hacerlo a través de la narrativa, pero estoy por estrenar un podcast en el que voy a hablar de la violencia digital que vivimos específicamente las mujeres, impulsada por las derechas y la manosfera. Para mí, la solución no es el punitivismo ni prohibir las redes sociales para menores. Creo que la solución es atender a los jóvenes, porque están muy vulnerables, los hombres en general lo están. Yo tengo amigos, ya examigos, que eran el ejemplo de deconstrucción, ya sabes: aliado feminista, sororo, antirracista, Palestina libre... El combo completo. Una mujer les dijo que no y ya consumen a El Temach.

Todo hombre está bien vulnerable a caer en la manosfera porque no tienen alternativas que funcionen como soporte emocional, como alguien que les diga “wey, vamos a comernos un litro de helado. Te dijo que no, no es el fin del mundo, hay más culos que estrellas, vamos, nos comemos una nieve, nos vamos al gym, te pones bien mamadísimo, y al rato te consigues una novia”. No, ellos viven mucho en solitario estos procesos y no tienen ningún tipo de apoyo ni herramientas de gestión emocional.

¿La serie Adolescencia te removió algo en ese sentido?
La neta, yo cuando vi la serie y el niño dice “es que tú no sabes lo que es ser un hombre feo”, esa frase me resonó un chingo en la cabeza. Porque dije “wey, no sé. Es que no sé”. O sea, yo no sé qué se siente que te rechacen y te rechacen y te rechacen y te rechacen.

Eso debe generar en ellos un trauma. Hay ciertos hombres radicalizados, de derecha, misóginos y machistas que se aprovechan de adolescentes y de niños que están haciendo un tránsito que no es muy amable. Antes, para sus abuelos, conseguir una novia era fácil: iban, se la robaban y ya. Pero ahora las mujeres somos muy exigentes. Exigimos mucho para aceptar un café de un hombre, para aceptarle el buenos días, porque estamos un poco hartas. En internet, cuando me peleo con ellos, les digo: “Ay, yo por lo menos tengo quién” o “a ti ni con un palo te tocan, a mí me tiran palos todos los días”. Yo también me burlo de ellos. Pero no es la mejor estrategia, porque son chicos que evidentemente tienen problemas de salud mental y por eso están radicalizados, y estarles echando leña al fuego tampoco es una gran idea. Necesitan figuras de representación con otros discursos, hay que arrebatárselos a las derechas.

Mi psiquiatra dice que tengo suerte porque estoy bien socializada, y por eso acompaño abortos en lugar de asaltar bancos. Yo quisiera más asaltar bancos, la verdad, pero no se puede

Hablas de la salud mental de los jóvenes que caen en la manosfera, pero en Desde los zulos también hablas de la tuya propia, y escribes que tu compromiso político más grande es mantenerte viva. ¿Cómo ha influido tu propia experiencia con la salud mental en tu escritura, en tu pensamiento y en tus posturas políticas?
Mi salud mental siempre ha sido un desastre. Yo siento que cuando nací y llegaron las hadas a darme los dones, tipo “te doy el don de la poesía” o “te doy el don de la belleza”, a mí me dieron el de la tristeza y la melancolía, porque desde chiquita me recuerdo muy melancólica, muy triste. La primera receta de un medicamento para la salud mental fue a los 17: me dieron sertralina y después me la cambiaron por fluoxetina, y el doctor no me avisó que no podía tomar alcohol. Yo creo que dio por hecho que no tomaba. Me puse una borrachera que se cruzó con el medicamento y acabé con una congestión alcohólica y un lavado estomacal.

La salud mental siempre ha sido un tema en mi vida. El neurólogo dice que es porque tengo una lesión en el lóbulo frontal que se llama atrofia cortical frontal, que provoca tendencias a problemas graves de salud mental, incluyendo trastornos de la personalidad y conductas antisociales. Mi psiquiatra dice que tengo suerte porque estoy bien socializada, y por eso acompaño abortos en lugar de asaltar bancos. Yo quisiera más asaltar bancos, la verdad, pero no se puede.

Hubo veces en que pasé de pensar “me voy a morir porque estoy gravemente enferma” a pensar “el mundo sería un mejor lugar sin mí”, de una forma que yo digo abrupta, aunque creo que fue poco a poco. Y sí llegó un momento en que era un peligro para mí misma, hacía muchas cosas autodestructivas para hacerme daño: no atentar contra mi vida de manera ortodoxa, nunca intenté empastillarme ni nada, pero sí dejaba de comer hasta dos días, me malpasaba mucho a propósito porque decía “en una de esas me enfermo, me muero, y ya”. Hasta que llegó mi gata. La vi con apego ansioso, que no se podía separar de mí porque sufría mucho, y dije “wey, no me puedo morir”. Si me muero, ¿qué va a pasar con esta criatura? Nadie la quería adoptar porque había vivido seis meses en la calle, era muy feral, estaba enferma... Ya tiene diez años conmigo. Cada vez que adopto un nuevo animal se me renueva la vida.

¿Cómo se compagina la salud mental con ser un personaje público que comparte abiertamente sus experiencias personales y sus posturas políticas en redes sociales?
Algo que me ha ayudado un montón con la salud mental, y es una ironía, es que hay mucha gente en internet que me desea la muerte. Yo escribo y hablo abiertamente de mis problemas de salud mental porque creo que los altibajos emocionales son parte de la vida. A veces, el simple hecho de tener que trabajar para comer, para tener un techo, para tener una cama, deprime. La vida es dura. Y mi intento de normalizar el hecho de que a veces una está triste y no puede más hizo que la gente se agarrara a eso para desearme la muerte: “ojalá un día cumpla sus amenazas y se suicide”, me decían. Y yo pensé: ¿ahora suicidarme sería hacerle un favor a esta gente? No, pues yo no le hago favores a culeros.

Terminamos la conversación hablando de gatos. Dahlia confiesa que “el Bécquer”, su gato negro, ahora quiere más a su madre porque cada vez que sale de gira le deja con ella. Aunque no puede viajar con sus mascotas, siempre la acompaña un gato blanco. Lo lleva en la parte de atrás de su móvil, luciendo un gesto que reproduce el del corte de manga. “Mucha gente me insulta y me intenta doxear en público. Yo saco mi celular, con la funda del gato, y empiezo a grabar”.

Literatura
“Nos quieren hacer creer que nuestras revoluciones no han sido posibles”
La filósofa y escritora tijuanense Sayak Valencia publica ‘Postales de R’, un viaje al deseo, al cuerpo y al lenguaje.
Televisión
Drogas y sexualidad en series para adolescentes: tus hijos no quieren moralismos, quieren ver diversidad
Los productos audiovisuales de éxito dirigidos a un público adolescente parecen haber ampliado el abanico de relaciones sexoafectivas e identidades de género y reconducido el enfoque de diálogos y escenas alrededor del consumo de drogas. Espectadores, académicas y críticos audiovisuales reflexionan sobre qué hay de coherente en las demandas sociales en estos cambios y qué asignaturas pendientes quedan en la industria.
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