Elaine Vilar Madruga: “El mesianismo es el opio de los pueblos que ya no tienen esperanza”

‘La piel hembra’, la enorme nueva novela de Elaine Vilar Madruga, es un conjuro literario formulado bajo las claves del realismo mágico que cuestiona los sistemas de creencias y las promesas de salvación. Tal vez, sugiere la autora, la fe se halla en los tejidos comunitarios colectivos y no en los liderazgos individuales.
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La escritora cubana Elaine Vilar Madruga, en las oficinas de El Salto. David F. Sabadell

Cuando la escritora cubana Elaine Vilar Madruga entregó a la editorial la versión final de La piel hembra (Barrett, 2026) ocurrió algo que nunca le había pasado. Por primera vez se sintió plenamente satisfecha con lo que había escrito: no quitaría ni añadiría nada a ese texto. Ese convencimiento inédito le produjo vértigo. Y no es de extrañar: La piel hembra es una novela impresionante en fondo y forma, con aroma a clásica desde la primera página y llamada a convertirse en un tótem en el siglo XXI del realismo mágico, aquella etiqueta que parecía agotada.

Nacida en La Habana en 1989, Vilar Madruga ha construido con esta novela un exuberante tratado narrativo edificado sobre algunas cuestiones muy presentes en sus obras anteriores: el impacto del poder sobre los cuerpos de las mujeres, los diferentes niveles de violencia en las estructuras institucionales y también en las domésticas, o el recuerdo de historias vividas y contadas en los márgenes. Lo hace empleando un rico léxico de imaginación perturbadora, con episodios cercanos al terror sobrenatural, y también al más humano, y la magia ancestral, tan reminiscentes del Tirano Banderas de Valle-Inclán como de Carcoma de Layla Martínez. La escritora asegura que con este trabajo ha cruzado un umbral en su carrera y que La piel hembra supone para ella la conclusión de una manera de contar.

En sus casi 700 páginas, Vilar Madruga narra el siglo de las luces —y las sombras, sobre todo— de un pueblo indefinido y sin nombre donde suceden acontecimientos muy excéntricos aunque sus habitantes los vivan como rutinas. Los espacios son el llano y la montaña, cuya distancia se salva por la cuestabajo y la cuestarriba, metáforas del tránsito entre la vida y la muerte. Hay personajes malditos que caen en las mismas miserias una y otra vez. Conocemos al tonto del lugar y al cura condenado, también a la puta y al militar. Se echa sal en las heridas que alimentan el aforismo que decreta que un pueblo pequeño es un infierno grande. De fondo, estalla una guerra a sangre y fuego. Y se leen infinitos relatos de supersticiones y leyendas que la escritora integra con mano maestra y acabado esperpéntico. En La piel hembra hay calor y hay delirio. Lo grotesco se hace carne, los cuerpos mutan y la carcajada se congela en una historia que es puro goce literario. El punto de partida es una suerte de ritual colectivo en el que varias mujeres del pueblo desaparecen una noche y regresan a la mañana siguiente cubiertas de un polvo dorado y, según dicen, embarazadas del nuevo mesías, un salvador que, sin embargo, obrará pocos milagros. 

En el elenco de protagonistas de la novela destacan varias mujeres poderosas. Por ejemplo, Regina Coi, la anciana matriarca de la familia de los Cajús. Su hijo mayor, Manuel, se convertirá en el generalísimo mientras que Federico, el menor y fruto de la noche áurea, no será el anunciado redentor sino el rey de los borrachos del pueblo. También Rosalía, apodada Laputa, una mujer sin edad a la que las muchachas acuden a pedir consejo y los hombres a caer rendidos ante el poder de su sexo, del que ella vive muy bien. Rosalía recuerda a Luba, la protagonista del cómic Palomar, de Beto Hernández, una obra que sobrevuela las páginas de La piel hembra al igual que lo hace el arte surrealista de Remedios Varo desde la misma imagen de cubierta, una ilustración de Ryan Heshka. Otra de las mujeres notables es Maná Gutiérrez, responsable del único huerto del pueblo que siempre está verde, gracias a que ella se tumba desnuda a sudar sobre él. Maná vive un apasionado romance con otra mujer, Puma, fruto del cual nace Junco.

Vilar Madruga tardó dos años y medio en completar esta novela, apoyada por residencias de escritura en Italia, Cataluña y México. Tuvo el privilegio, según ella misma dice, de poner el punto final en Cuba, en uno de los momentos más críticos de la historia reciente de su país, sin apenas batería en el ordenador después de un apagón de más de 12 horas, pero “conservando toda la lumbre intacta”. 

Con 37 años has publicado más de 50 libros. Qué precoz, ¿no?
Creo que es un camino que empezó bastante pronto y que nació por una pasión por los libros que me contagiaron mis familiares. Por los libros como objeto y por su contenido. Desde muy chica supe que quería ser escritora. Entré al mundo profesional con 16 años, ya llevo 21 años de carrera.

¿Recuerdas en qué momento pensaste que querías dedicarte a la escritura?
Desde muy chica sabía que mi vida iba a estar relacionada con el mundo de los libros. Mis opciones no eran muchas, hubiera sido editora, bibliotecaria, librera o escritora, y yo me lancé por esa parte de la construcción de los mundos. Dicen que a los siete años yo ya decía que quería ser escritora. Creo que fue algo como un juego de niños, pero también fue una decisión coherente con mi sistema de creación. Y ahora el sueño se ha hecho realidad. He escrito diferentes géneros, fundamentalmente novela en los últimos cinco años. Si tuviera que definirme diría que soy novelista, pero sin abandonar la parte de poeta y de dramaturga, que son bien importantes en mi corriente de creación.

¿Estuvo muy presente entonces la literatura cuando eras niña?
Por supuesto. En mi casa había una gran biblioteca de varias generaciones, mi tía abuela y mi abuelo eran grandes lectores, ella de ficción y él de historia. Ahí confluyen las dos ramas que entablan diálogo en mi propia literatura: ese amor por la escritura y la reescritura de la historia, que también tiene una parte de memoria; y el ejercicio de la ficción, de construir universos y personajes. Pero también fue importante la oralidad, que tiene que ver con el mapa de territorios que me tocó habitar, un mapa sentimental y no solo geográfico, y con los cuentos. Mis padres, que tuvieron relación con el monte cubano, me hablaron del folclore de la isla, de sus mitos propios, de la mística de los campos… Muchas de esas cosas van creando un sedimento dentro de tu mente y se van depositando ahí poco a poco. Y luego sale algo como La piel hembra, que habla de mitos y de mística de las montañas. Yo creo que es el resultante de todas esas pequeñas cajitas de sentido que se van sembrando desde que una es muy pequeña.

¿Hasta qué punto La piel hembra es la culminación de todo lo que habías escrito anteriormente?
Por lo menos de una etapa. Yo creo que es un cierre de una etapa y también la bienvenida a otra. La piel hembra es el resumen o la vuelta de tuerca final de un periodo de escritura de unos cinco años que se inició con La tiranía de las moscas, más adelante con Las cavidades y El cielo de la selva. Es una corriente de sentido porque desde hace tiempo me había propuesto escribir una tetralogía de obras con temas comunes, que en ellas tuviera una presencia importante el discurso vinculado a la lengua castellana en Latinoamérica, crear una especie de koiné o lengua común que abarcara los territorios latinoamericanos y, sobre todo, los isleños caribeños a los que pertenezco, pero que también estuviera enraizada en temas como las maternidades, los diferentes lenguajes de la violencia en el mundo contemporáneo y en el pasado, la reivindicación de la memoria y su importancia frente al olvido. Algunas de estas novelas también hablan sobre lo tiránico o lo dictatorial, que aparece en diferentes personajes, y los ambientes ominosos, opresivos y asfixiantes. Son una serie de coincidencias que he ido perfilando novela a novela para tener quizá este colofón en La piel hembra, donde aparecen todos estos elementos hilados de otra manera, pero por supuesto entiendo que no existiría si antes no hubiera escrito La tiranía de las moscas, que es la que empezó este periplo.

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‘La piel hembra’ es la nueva novela de Elaine Vilar Madruga. David F. Sabadell

¿Cómo imaginabas La piel hembra cuando empezaste a trabajar en esta novela?
Muy corta [risas], me proponía hacer una novela realmente breve, algo parecido a El cielo de la selva. Pero las ficciones tienen un encantamiento muy particular, el de las palabras y las historias. A veces cuando bajas por el camino de una ficción empiezas a descubrir que lo que pensabas que iba a ser un río de cauce estrecho termina siendo el río más caudaloso de todos. Y a veces ese río se convierte en mar. Eso es lo que me ha pasado con La piel hembra, una novela guiada por personajes y una vez que estos adquieren vida, más allá del tejido ficcional, una vez que sientes esa escucha activa, la historia se transforma en la medida en que ellos van creciendo. Y como es una novela de personajes, me fasciné por la posibilidad de descubrirlos hasta las últimas consecuencias. Descubrirlos en sus claroscuros, en sus contradicciones, y descubrir también el escenario como personaje. Aquí están la montaña y el llano, como dos lugares polares, no sé si antónimos, y un terreno que los une, la cuestabajo y la cuestarriba, que es una señal metafórica del paso del tiempo, de la frontera entre la vida y la muerte. Y luego empezó a entrar toda la mística de los campos cubanos y las montañas. La primera versión del libro tuvo mil páginas y, una vez que lo pares, empiezas a darte cuenta de que, más allá del acto de apasionamiento, posiblemente hay muchas páginas que sobran. Ahí empezó el proceso de edición y reescritura propias, que me llevó unos seis meses hasta llegar al libro que tenemos ahora, más resumido y concreto pero que sigue teniendo esta búsqueda en torno a los personajes y los territorios como personajes.

¿Dirías que La piel hembra es una obra contracultural?
Contracorriente sí. Estamos en los tiempos del Tiktok y la escritura en redes con pocos caracteres. Parece que es una época de concreción. Nos siguen vendiendo la idea de que la gente no lee y solo va a lo breve. Creo que es un poco contracorriente pensar que las lectoras y los lectores van a viajar en un río con mucho más cauce. No obstante, confío en la naturaleza propia de las obras y en lo que los personajes me cuentan. La primera tirada de la novela se agotó en tres días, creo que los lectores están preparados para asumir un libro de más de 700 páginas y sentirse acogidos por él. Depende de muchísimas cosas, pero siento que hay que ponerle retos lectores a quienes comparten generación contigo.

Es importante no tratar a quien te va a leer como si fuera idiota.
Claro, ni subestimar al lector y pensar que solo puede mantener la atención durante 150 páginas. Hay que confiar en los lectores que te han ido acompañando a lo largo de un viaje que ha ido in crescendo. Es una invitación a hacer un viaje juntos y a confiar en que no te vas quedar sola en ese viaje.

Me interesa parodiar, sobre todo, los poderes en el mundo en un tiempo en el que los poderes dominan los cuerpos, las identidades y las narrativas de las historias que contamos

¿Has querido trabajar la noción de las heroínas autoparódicas? Las mujeres del pueblo se quedan embarazadas del que se supone va a ser el nuevo mesías en un rito colectivo, pero eso no parece llegar.
Me encanta trabajar con lo parodiado. Vengo de una tierra donde se mezcla lo fantástico con lo absurdo. El sistema de realidad donde he habitado la mayor parte de mi vida no entiende las ficciones sin un poco de risa, una risa que no necesariamente es burlona sino paródica y políticamente paródica. Cuando en la novela hablamos de las figuras mesiánicas y su parodia, de los falsos profetas, me refiero a cómo el mesianismo es el opio de los pueblos que ya no tienen esperanza. Y me interesaba trabajar todas esas nociones políticas, y esos cuerpos políticos. Hay una parodia importante, la de la figura dictatorial o tiránica, con varios personajes pero sobre todo uno, el generalísimo, un personaje invadido por el body horror que llega a ser patético en sus deseos de poder. Me interesa parodiar, sobre todo, los poderes en el mundo en un tiempo en el que los poderes dominan los cuerpos, las identidades y las narrativas de las historias que contamos.

Has dicho que la gran pregunta que surgió durante la escritura de esta novela es si el ser humano es o no digno de salvación y si sabremos reconocerla en caso de que llegue.
Es un cuestionamiento de nuestros sistemas de fe y creencias. En quién las depositamos y si aquellos las merecen. Es un debate que se abre desde lo social, lo económico, lo político, y llega a lo religioso, también a lo individual y lo doméstico porque a veces tenemos a estos pequeños profetas caseros hechos con fórmulas de sometimiento ancestral o preparados de daño antropológico y tienen el mismo funcionamiento que los grandes mesías políticos o religiosos. Es una novela que va también por esas líneas de cuestionamiento que nos hacen preguntarnos qué es la fe y qué es la salvación y si en los tejidos comunitarios, en las raíces y las conexiones, no estará la forma en la que podríamos salvarnos, si en realidad el hombre no es necesariamente un lobo para el hombre, o la mujer una loba para la mujer, sino que podríamos establecer vínculos de salvación entre unos y otras.

Escribo realismo mágico, pero no me interesa que esa parte mágica de las ficciones aparte a las personas del contenido político, del contenido real que carga el ejercicio del texto

¿Qué efectos quieres provocar en quien lea esta novela?
Esa es la gran pregunta que siempre me hago cuando escribo un libro. Me interesa que la lectura y la escritura no sean un lugar confortable. Escribo realismo mágico, esta novela lo es, pero no me interesa que esa parte mágica de las ficciones aparte a las personas del contenido político, del contenido real que carga el ejercicio del texto. Me interesa que la literatura, como mínimo, acompañe a las lectoras y las enfrente a la realidad. Y cuando te enfrentas a la realidad te obligan a asumir que el mundo en que vivimos es un mundo distópico, un mundo que se está descascarando entre nuestras manos. Y todo eso provoca fricción y probablemente incomodidad. Me gusta que mi literatura, en sentido general, despierte esa incomodidad, que no es una incomodidad seca sino prolífera porque obliga a hacernos preguntas sobre qué lugar ocupamos en el tejido de las opresiones, en qué parte de ellas nos encontramos y de qué manera podemos dinamitarlas, desde dentro o desde fuera.

¿Esto está en todo lo que escribes o lo que quieres ofrecer en cada novela es diferente?
Me interesa, sobre todo, el mundo de la sensorialidad, me interesa que los lectores lean con el cuerpo, no solo con el intelecto, esto me parece importante. Me interesa que las lectoras sientan, que la piel se les estremezca, que les produzca escalofríos, que una imagen se les quede prendida en la retina de la propia memoria… Creo que es algo que acompaña toda mi literatura, como un propósito común que se ha ido perfilando, se ha vuelto más acuciante en los últimos textos. Son libros hermanados por este sentido de pensar, escribir y leer con el cuerpo, y por la preocupación por que la literatura tenga el mismo propósito de incomodar.

Me interesa rescatar el sentido de la historia no editada para los libros, la no editada según la conveniencia de los poderes, sino la historia verdadera, esa que muchas veces hay que sacarla bajo tierra, buscarla en las tumbas comunes

¿Crees que La piel hembra puede dar pie a que haya mujeres que hablen de su vida después de leerlo?
Quisiera que fuera así. Con El cielo de la selva sucedió. Algunas mujeres nos empezamos a preguntar cuáles eran nuestros orígenes y si los relatos familiares tradicionales, los que pasan de generación en generación, eran reales o ficciones creadas por la familia para sostener un orden establecido, un orden cómodo. Tuve lectoras que empezaron a indagar sobre su familia, sobre los relatos de sus bisabuelas, abuelas o madres… También sobre cómo escribían sus relatos para la posteridad en un tiempo presente, estas mismas mujeres que me leían se daban cuenta de que muchas veces todas reescribimos nuestras memorias para que sean más cómodas de soportar para quienes nos escuchan, sea en el presente o en el futuro. Me interesa que esta novela lo haga también, quizá en una escala mayor, que se pregunte no solo a la memoria individual o familiar sino también la memoria colectiva, la que tenemos como pueblo, territorios o geografías, no solo aquellas que abarcan el espacio físico donde nos tocó nacer o donde nos exiliamos, sino también esas geografías de los afectos que nos acompañan como pueblo. Me interesa rescatar el sentido de la historia no editada para los libros, la no editada según la conveniencia de los poderes, sino la historia verdadera, esa que muchas veces hay que sacarla bajo tierra, buscarla en las tumbas comunes, en las zanjas donde todavía están los muertos y las muertas que se han pretendido olvidar. Tenemos una deuda fundamental con los muertos y las muertas.

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Elaine Vilar Madruga, durante la entrevista en la redacción de El Salto. David F. Sabadell

Leyendo La piel hembra me he acordado del cómic Palomar de Beto Hernández, también de Cien años de soledad de García Márquez, y de los últimos libros de Gustavo Faverón, en su caso no tanto por la forma sino por las temáticas. ¿Con qué obras quieres dialogar a través de esta novela?
Obviamente Cien años de soledad está ahí en las raíces del pueblo, también Juan Rulfo… Esta señalización de los pueblos malditos por herencia o por su propia condición humana o por la fragilidad de su memoria está presente en las novelas del realismo latinoamericano, fundamentalmente las del boom. También Elena Garro con Los recuerdos del porvenir o Salman Rushdie o Saramago con Ensayo sobre la ceguera. Son obras concomitantes de la experiencia lectora y, por tanto, de la experiencia de escritura. Están en tu adn de referencia. Crecí leyendo a Saramago o a García Márquez, eran de los pocos autores internacionales que publicaban en aquel momento que llegaban a mi país. También Isabel Allende con La casa de los espíritus, que también es un trabajo sobre la memoria familiar y de un país. 

Antes comentabas que esta novela puede ser el cierre de una manera de escribir. ¿Hacia dónde irás?
No lo sé. Algo que me dio un poco de miedo cuando terminé La piel hembra fue que, por primera vez en mi vida, me sentía satisfecha con un texto, sentía que no le podía poner más, que no le hacía falta un epílogo o un prólogo o un capítulo más. Me sentía contenta con la novela y eso siempre da miedo porque la insatisfacción va en la naturaleza del escritor. En este punto de mi vida, con mis 37 años y los libros que tengo a cuestas ya he hecho todo lo que he podido, he contado en La piel hembra todo lo que quería contar. Es un momento muy raro, de parteaguas, de pensar qué escribo ahora. Tuve una experiencia bonita al terminar la novela y entregarla a los editores, ese momento de exorcismo cuando te puedes permitir otro tipo de maternidad con la literatura. Entonces me fui a una residencia en Suiza, donde pensé que iba a mirar el paisaje y no a escribir nada, pero se me ocurrió una nueva novela, que será una historia sobre la relación de las abuelas y las nietas. He escrito mucho sobre las maternidades, y las abuelidades son otra forma de maternidad. El año pasado perdí a mi abuela, que es ese momento en que te preguntas quién fuiste como nieta y quién fue la persona que te acompañó en tu vida, te cuestionas esa maternidad dentro de la maternidad. Empiezas a pensar en la abuela como un territorio de memoria que ya se escapó de ti. Mi abuela era la depositaria de las memorias familiares, la persona que se atrevía a contar los relatos no tradicionales, no transmitidos de buena forma de generación a generación, ella contaba todo lo que quedaba fuera. Y con su desaparición hay un parteaguas, una ruptura. Creo que la próxima novela trabajará en una línea más abocada a lo gótico, pero todavía no me hago a la idea de que pueda ser también una novela realista, cosa que me parecería muy rara dentro de mi producción.

¿Por qué escribir novelas en el siglo XXI?  
Las novelas siguen haciendo falta. La humanidad está hambrienta de relatos que hablen sobre su propia realidad y el tiempo que le ha tocado vivir, ya sea de forma simbólica o realista. No importa la argamasa con la que construyamos el texto, lo importante es que todavía tengamos historias para contar, eso nace de los orígenes de la humanidad. En los tiempos que vivimos, de dictadores y lenguajes de violencia en todo orden, desde lo político pero también en las relaciones humanas que se establecen, parece que la civilización se ha mordido su propia cola y hemos empezado a convertirnos en otra cosa, una poshumanidad cruel donde la adquisición de la conciencia social cada día cuesta más. Y ahí, algo que nos puede salvar es el hecho de contarnos los relatos del pasado y del presente, y el avistamiento de posibles futuros desde esa atalaya o montaña, si sigo la metáfora de La piel hembra, donde nos podemos parar a mirar quiénes fuimos, quiénes somos y quiénes queremos ser.

¿Qué dirías que aportan las ficciones en estos tiempos? 
Primero, un llamado al rescate de la memoria, una intención de esa fijeza de la memoria frente al olvido, que es naturaleza humana, sobre todo los olvidos políticos, algo que es extremadamente importante para mí. Luego una búsqueda de un diálogo donde no prime la violencia. También una mirada a los mapas que estamos habitando. Creo que la literatura es como la fotografía de un tiempo determinado, pero tiene la cualidad no solo de reflejar el tiempo sino de conducirnos a la movilidad, la posibilidad de otros tiempos. También nos ofrece la posibilidad de vernos a nosotros mismos reflejados en personajes, que pueden ser arquetípicos, pueden partir de un estamento social o estar inspirados por una figura y que luego la literatura los puede parodiar o poner frente a los ojos de todos para esa especie de performance donde, si estás bien empapado dentro de las páginas de un libro, te puedes dar cuenta de que aquella persona que muestra sus horrores, sus miserias, su felicidad, su grandeza, su esplendor, es también un reflejo de lo que tú cargas como ser humano.

La ficción es una posibilidad de imaginar mundos nuevos donde se nos invita a luchar contra las opresiones de una forma distinta, propone salidas a la humanidad

¿Qué poder tienen las obras de ficción frente a la realidad impuesta por multimillonarios chiflados que parecen empeñados en hacer realidad sus propias ficciones, que son completamente demenciales? 
La literatura es una lucha contra los poderes establecidos, siempre. Los mira a los ojos y los va a confrontar. Por eso las ficciones son incómodas, están en tierra de nadie, son espineros a los que cuesta trabajo abrazar. Por eso los poderes se sienten incómodos frente a la crítica ficcional, como también se sienten incómodos ante los humoristas, la parodia, las caricaturas. La ficción se ocupa de mirar al tuétano de las miserias políticas, de los gritos desaforados del poder, de los señoros que se miden los unos a los otros y que están con las manos encima del botón nuclear y juegan a los caballitos con los seres humanos, nuestras esperanzas e ilusiones. La ficción es una posibilidad de imaginar mundos nuevos donde se nos invita a luchar contra las opresiones de una forma distinta, propone salidas a la humanidad. Me gusta pensar que la literatura tiene ese propósito de enfrentar y mirar al poder y decir que hay alternativas. Quizá la alternativa sea lo comunitario, el poder de lo comunitario frente a ese poder individual que está gobernando, moviendo los hilos del mundo.

¿Qué herramienta es más importante para una escritora actual: la imaginación, la memoria o el sueño? 
La memoria. La imaginación es importantísima porque a partir de ella construyes los mundos, la evolución de los personajes y del lenguaje, pero la memoria es el depositario de todos los recuerdos individuales y colectivos. La memoria te trasciende, no es solo tu intención como ser humano de construir un universo sino de reflejar un mapa de la realidad. Me importa muchísimo la memoria porque está muy mal escrita y porque hay un desinterés por la memoria colectiva frente a lo individual, sobre todo en las generaciones más jóvenes, parece que todo es instantáneo y no hay una búsqueda de los orígenes. La memoria es ese lugar donde podemos afianzarnos y poner los pies sobre una tierra que, aunque se estremezca, sigue siendo tierra.

¿Se puede ser escritora y no leer? 
No, no creo. Yo no hubiera podido ser escritora sin leer y sin apasionarme por los libros. De hecho, ser lectora también es un oficio creativo, quizá el más importante dentro de la industria literaria. Una de mis grandes luchas es el combate entre ser lectora y ser escritora porque siempre tengo muchas ganas de leer pero la escritura me lleva mucho tiempo, que es tiempo que le quito a la lectura, no quiero decir desperdicio [risas]. Para ser escritora en el tiempo contemporáneo, y en cualquiera de los tiempos, hay que tener bien afianzado el oficio más importante del mundo creativo, que es el oficio de la lectura.

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La escritora Elaine Vilar Madruga nació en La Habana (Cuba) en 1989. David F. Sabadell

En 2019 entrevisté al pianista cubano Roberto Fonseca y me dejó este titular: “Con la música los cubanos reflejamos todo, cómo pensamos, cómo sentimos y hacia dónde queremos ir”. ¿Dirías que sucede algo parecido con la literatura?
Creo que sí. Hay una nueva generación de autoras cubanas que no solo están escribiendo desde la isla. Esto es importante porque mi generación es una generación muy diaspórica, acaso se podría decir lo mismo de todas las generaciones de artistas y creadores cubanos. Hay un montón de autores cubanos muy buenos que viven allí, pero también hay otro montón escribiendo desde los exilios y desde diferentes tierras. Que estén en otro continente y escriban desde otro país no les quita el hecho de que también son cubanos y que están mapeando una realidad de Cuba desde adentro y desde afuera. En mi generación escritora hay un interés fundamental en que la escritura, las palabras, los mapas mentales que construimos con las palabras, reflejen quiénes somos como cultura, quiénes somos como país; el país en transformación, el país que, a veces, se desmorona entre nuestras manos; el mapeo de los dolores individuales de una generación a la que, a veces, se le abaratan esos dolores y nos dicen que no hemos sabido sufrir o que no hemos sufrido tanto como otras generaciones. Yo creo que no es así, cada generación viene con sus dolores y la mía carga un dolor atroz de despedidas, un dolor atroz por la sensación de que las cosas se están acabando.

¿Sigues impartiendo el taller de literatura fantástica en el Espacio Abierto en Cuba?
No, hace tiempo que no. Ahora tengo mi propio taller, una escuela de pensamiento creativo y escritura donde formo a escritores y escritoras cubanas, pero también de fuera, tengo alumnos de España, Canadá, Estados Unidos, México, Argentina… Es otra de mis profesiones. No se enseña a escribir pero sí se puede contagiar el amor al oficio, a los libros, las referencias que pueden hacerles más fácil el trayecto a quienes están empezando.

¿Qué se filtra de la actualidad política de Cuba en tus novelas? 
En mis novelas siempre está esta sensación de claustrofobia, de asfixia, que sentimos los isleños ante determinados contextos políticos, económicos o sociales en los que nos sentimos enclaustrados, sin escapatoria, o en los que nos sentimos sin control. Creo que es lo que está pasando ahora con el pueblo de mi país, que se siente sin control, sin poder de decisiones, sin participación en las decisiones, muchas de las cuales se toman tras un velo oscuro. Se ha perdido la confianza en el pueblo y el pueblo ha perdido la confianza en quienes están dirigiendo y en las verdades que esas personas nos están transmitiendo. Ese sentido de la opacidad, de lo que no sabemos, esa falta de control sobre la vida política del país y sobre los tejidos de la nación, la pérdida de referentes, de posibilidades y del horizonte del futuro… todo eso lo sienten muchas veces mis personajes, que están atrapados en una condición de fatum, de destino trágico, que solo les queda resistir y aguantar los palazos de la vida, sea que se les caiga la montaña encima o un diluvio de porquería. Y esto lo sienten muchas personas en mi país, que la única posibilidad de horizonte se les está difuminando frente a los ojos.

¿Está la revolución cubana en su última pantalla?
Quisiera saberlo, eso es una respuesta a futuro. Creo que es necesario un cambio en mi país, un cambio participativo, que incluya al pueblo. Es necesario que se escuche al pueblo, que está llorando y se está lamentando. Es importante que los poderes de uno y otro lado, porque no me refiero solo a quienes dirigen mi país sino también a quienes desde fuera presionan supuestamente sobre los dirigentes pero que influyen sobre la gente que está abajo, escuchen a los niños que sufren, a los ancianos sin comida, a la gente que perdió la esperanza, a la gente que echó una vida en nombre de un país, de un proyecto social, y que ahora se siente desamparada. Es poco probable, pero ojalá que escuchen al pueblo, que aquellos que se nombran servidores del pueblo lo sean.

Soy quien soy, para bien y para mal, por Cuba. Nací en 1989, a las puertas de la caída del campo socialista y del periodo especial. Mi cuerpo y mi mente tienen las cicatrices y las marcas de todo ese periodo histórico

¿Cómo dirías que Cuba ha afectado a tu escritura?
Soy quien soy, para bien y para mal, por Cuba. Nací en 1989, a las puertas de la caída del campo socialista y del periodo especial. Mi cuerpo y mi mente tienen las cicatrices y las marcas de todo ese periodo histórico. Recuerdo unos apagones atroces en mi infancia, pero recuerdo que todavía había una fe, una luz de esperanza. Recuerdo una infancia sin mucha comida, pero con muchos libros. Fíjate qué contraste. No recuerdo haber pasado hambre en la infancia y probablemente no lo recuerdo porque recuerdo una infancia donde podía ir a bibliotecas y mis seres queridos me ponían libros delante. Que no era una escapatoria, sino una manera posible de construir otro universo a través de la literatura. Cuba está en mí, me voy una y otra vez, pero siempre regreso. El mar cubano me ata. Es la tierra donde están mis muertos y mis muertas, la tierra donde está mi historia, mi acento, mi memoria. Camino por las calles de Cuba y ahora están tristes y vacías, pero siguen siendo las calles donde nací… Está esa parte de la geografía emocional que me tira muchísimo y que extraño cuando no estoy. También está el lenguaje, tan rico, el español con la marca latinoamericana y caribeña, los cubanos hemos jugado mucho con el lenguaje, hemos trabajado con esa arcilla. La memoria de mis ancestras, la memoria de la historia de mi país, de la guerra de independencia, por ejemplo, la del periodo republicano, es algo que está muy presente y tiene un tinte en La piel hembra, ahí están las figuras de los caudillos de la guerra, las invasiones de mi país, la lucha entre un general y otro, el periodo de 1900 inmediatamente posterior a la colonia. Aparece toda esa imaginería y también la historia que no se cuenta, la que tiene que ver con la relación mística del monte en El cielo de la selva, la santería, la religiosidad mestiza de Cuba, el sincretismo cubano marca la naturaleza mestiza de lo que soy desde la escritura, desde quien soy como cuerpo que ocupa un espacio y desde mi memoria, por supuesto.

¿Estás cansada de la revolución cubana?
Estoy cansada de las fórmulas repetidas. Estoy cansada de que no se escuche al pueblo. Estoy cansada de que se vaya la gente. Estoy cansada de que mi país se vaya quedando sin jóvenes, que son quienes construyen el futuro. Estoy cansada de escuchar a la gente de mi país decir que prefieren una invasión porque piensan que es la única forma en la que van a poder tener una mejor perspectiva, que caiga una bomba para que se acabe esto. Esto es terrible, un deterioro humano y una tristeza abismal detrás de esas palabras… Estoy cansada de la incertidumbre, de no saber qué va a pasar mañana. Estoy cansada de temer por mis seres queridos, por lo que pueda suceder, por quedarme sin país, sin bandera, sin himno…

¿Y de que te pregunten por ella?
Siempre me van a preguntar por Cuba. Hay algo que está sucediendo, que es que no se escucha demasiado de Cuba ahora mismo. Voy a cualquier sitio y lo primero que me preguntan es qué tal está Cuba. La gente no sabe lo que está sucediendo, no se escuchan las voces de la gente común y corriente de mi país. Entiendo que hay una necesidad de saber de Cuba. Pero mi realidad es solo una realidad, puntos de vista hay tantos como cubanos, tampoco soy yo una voz autorizada sobre Cuba, soy quizá una voz autorizada sobre mi propia obra, pero no más que eso. Siempre pienso que ojalá la puerta que una abre cuando habla de Cuba en una entrevista sea una puerta para que otras personas y pueblos miren con empatía a mi país y a mi gente, porque es gente buena que ha sufrido mucho y que, a pesar de ello, lo sigue dando todo.

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