Literatura
Ale Oseguera: “Podemos dejar de mirar hacia el Norte y mirar en horizontal”
Periodista, agente de prensa, poeta y escritora, Ale Oseguera vive rodeada de palabras. En su segunda novela, Dugongo (Yegua de Troya, 2026), la autora mexicana viaja literariamente desde su Guadalajara natal, al Sudeste asiático, pasando por la Barcelona donde reside componiendo un mapa heterogéneo donde la conversación hacia dentro sobre la identidad, convive con la reflexión política sobre el viaje y el turismo, el desarraigo y la construcción del hogar, en un desplazamiento continuo aderezado de versos, encuentros y desencuentros.
Tras publicar los poemarios Tormenta de Tierra (Neopatria, 2016), Un hotel de cinco estrellas sobre un cementerio (XII premio de poesía La Nunca, 2019) y Mi rostro es un mapa de mi cuerpo (Esto no es Berlín, 2023) y la novela Realidad en Mono (Aloha Editorial, 2019), Oseguera ha presentado su segundo libro de narrativa en la colección Yegua de Troya, el nombre que ha asumido Caballo de Troya bajo la batuta de la escritora Gabriela Wiener, decidida a hacer de esta colección un espacio de despliegue y disfrute de la lectura a escritoras migrantes y racializadas que muchas veces se quedan en la periferia de los mapas editoriales.
¿Qué balance haces de la vida de este libro tuyo en el marco de la propuesta editorial de Yegua de Troya?
Estoy contenta porque, bueno, al final estar en una editorial como Penguin, a pesar de que seamos un sello pequeño, sí que da un poco más de visibilidad y a mí me ha aportado mucho también a nivel de poder conocer a personas o estar en sitios muy increíbles, estar en San Jordi y demás.
Un día le pregunté a Eduardo Mendoza que si me daba un consejo, en plan: “Señor Eduardo Mendoza, yo que soy novata, deme un consejo”. Y me dijo: “Tú publica, porque al publicar te obligas a escribir y te obligas a terminar, que es lo más importante, terminar”, y siguió, “vas a ir publicando y es como subir una escalera. A veces vas pasito a pasito y a veces de golpe subes cinco escalones”. Creo que Caballo de Troya, o Yegua de Troya en este caso, es un paso grande, no te diré que es la escalera entera, pero ha sido eso. Mi proceso también como escritora ha sido muy rico.
¿Lo disfrutaste?
Muchísimo, muchísimo. Eso sí, trabajando con Gabriela como editora ha sido muy intenso, ese es el adjetivo que mejor describe la relación que he tenido con ella como editora. Porque antes incluso de que mi libro lo tuviera visto para la colección, yo ya había trabajado con ella desde Sudakasa, donde fui escritora residente, o sea, tuve esta beca para irme un mes a escribir. Este proyecto era una selva, o sea, ahora es un jardín, pero era una selva, era una cosa así sin pies ni cabeza porque hay mucho personal volcado ahí: están mis diarios de viaje, está la crónica, la documentación, hay mucha cosa y yo no sabía bien qué hacer con eso.
Llegué con Gabriela diciéndole: “Tengo esto y no sé qué es: no sé si es una novela, no sé si es un libro de crónicas, no sé si es un diario de viaje, no sé qué es”. Y esto antes de que ella ya estuviera con Yegua de Troya. Ha sido un trabajo muy intenso y ella ha sido muy generosa cuando fue mi tutora en Sudakasa, y luego como editora ha sido muy minuciosa y también muy generosa con su tiempo, su espacio, su cabeza, su corazón, sus medios, su todo. Ha estado muy guay.
La parte de reescribir es una fase del proceso que me encanta porque ahí lo que yo igual escribí con verbo, sujeto y predicado, pues se vuelve metáfora, se vuelve analogía, se vuelve abstracción
Tienes trayectoria poética, es algo que se siente en tu novela, ¿cómo ha acabado tanta poesía allí?
Sí, en esta novela en particular he trabajado mucho la parte poética. No es que yo lo tenga separado, pero sí que es verdad que la novela me ha requerido un pensamiento a veces pragmático y más matemático, o sea, pensar en estructura, en capítulos, en arcos de personaje, en diálogos: todo es como mucho más cuadrado en la novela que en la poesía. Entonces, en algún momento mi texto requería poesía incluso, ¿sabes?.
Mi proceso ha sido como de bueno, termina, porque al terminar sabré a dónde van los personajes, en qué situación están. Y una vez que termine, ya haya cerrado las tramas, los arcos y todo eso —que parece como más cuadrado, más esquemático— podré volver. A mí la parte de reescribir es una fase del proceso que me encanta porque ahí lo que yo igual escribí con verbo sujeto y predicado, pues se vuelve metáfora, se vuelve analogía, se vuelve abstracción. La poesía, en muchos casos, sí que es natural, pero en muchos otros aparece en la reescritura.
En este mundo tan deslavazado, hay en escribir un cierto placer, como si ordenaras un mundo, ¿no?
Sí. También hay cosas que se descontrolan y también eso está muy bien porque ahí es donde aparece una cierta magia. Yo creo que la gracia de la novela es como tener todo eso, tener el control, el descontrol, poderte mover de uno a otro y ser libre en la estructura y ser libre en la inspiración. Es un proceso riquísimo.
Tu novela, con una protagonista cuya identidad se ha tejido en distintos espacios geográficos y en diversas dimensiones sociales, me recuerda al Ensayo Escribiendo contra la cultura, de la antropóloga Lila Abu-Lughod, que impugna la idea de cultura como algo cerrado y unívoco, y la aborda como algo más contradictorio, complejo, inasible. Yo en tu libro veía un poco eso.
Yo no pienso tampoco en compartimentos cerrados y más cuando hablamos de identidad: no puede ser una estructura ni cerrada ni tampoco inamovible. Pienso en la cultura y la identidad como algo que está en constante evolución todo el tiempo, no es algo estanco. Creo que en el desplazamiento, ya sea por una migración o por un viaje —que no el turismo, si diferenciamos turismo de viaje— esa contaminación, ese estar abierto en en todos los sentidos a una alteridad que puede ser en algunos casos radical y en otros casos no, nos hace también modificar lo que somos. Puede ser una modificación física, porque, yo que sé, te dio el sol, pero sobre todo es interior. Construir una mirada hacia el otro o la otra, hacia una cultura que no conocíamos, hacia unos paisajes totalmente distintos, hacia una ruptura del prejuicio, de lo esperado: todo eso nos modifica lo que somos. La novela explora cómo se modifica lo que soy cuando hay un desplazamiento identitario y un desplazamiento físico y geográfico.
También hay espacios muy de frontera: la Barcelona turistificada, o el sudeste asiático turistificado, podrían pensarse como zonas donde se generan pertenencias de frontera, que no son del todo ni de aquí ni de allá.
El movimiento es constante, continuo y a lo mejor no sale del aquí, pero en el aquí hay muchos movimientos, ¿no? Es decir, en estas grandes urbes multiculturales o interculturales —términos en debate—, como el caso de Barcelona, o como puede ser un lugar como Berlín, las mismas dinámicas entre sujetos nos hacen cambiar también y un mayor contacto y apertura a otras culturas, a otras formas de vida, a otras miradas, a otras posiciones sociales, políticas, ideológicas, también hacen que haya un movimiento.
Incluso ya sin hablar de las grandes ciudades como pueden ser Barcelona, Madrid, o Londres, sino que ya directamente en ciudades pequeñas, cuando ya llevamos 30 años de internet, ese contacto con otras formas de percibir el mundo también están en el aquí y ahora a pesar de que tú no te muevas geográficamente. Eso sigue siendo parte de un desplazamiento individual, pero también colectivo, porque como sociedad aportamos más o menos voluntariamente, o más o menos con motivo, nuestra visión a la construcción de la ciudad en la que estamos viviendo. Activamente yo construyo Barcelona, incluso pasivamente, viviendo aquí. Aunque yo dijera, “Ay, no me entero de nada”, yo construyo Barcelona. Y ahí está el movimiento, no hay nada estanco.
Hay mucho de fronterizo en la novela, no solamente en términos de procedencia, culturales o como queramos llamarles, sino también en términos de clase. Como ser profesional y al mismo tiempo precaria, ser migrante y al mismo tiempo tener mucho en común con determinados sectores de la sociedad barcelonesa local. La protagonista vive esas contradicciones.
También desde la reconciliación con la vida líquida. Igual es muy naíf lo que voy a decir, pero llegó un momento, cuando yo empecé a leer a Sigmund Bauman y descubrí La vida líquida, me dí cuenta de que mi inestabilidad, vale que era mía, pero también estaba dada por el entorno, un entorno de precariedad, de vulnerabilidad. Judith Butler lo dice muy bien: hay diferencia entre la vulnerabilidad que tenemos como humanos por nacer, tener un cuerpo vulnerable, frágil ante el mundo y la vida y el entorno. Luego está la otra vulnerabilidad que tenemos porque la sociedad nos vuelve vulnerables y frágiles, es decir, mi fragilidad también está dada por mi condición social, mi condición de género, por mi país de nacimiento, por el pasaporte que tengo.
Desde ahí, cuestionas estos discursos de que si lo lucho lo consigo. No es cierto, porque hay una fragilidad que viene dada desde afuera. O sea, si yo estoy regida por la ley de extranjería, ya estoy en una situación en la que por más que luche igual no llego a esa meta. Si yo nací en cierta clase social, hay sitios a los que no puedo acceder. Y si tengo un cierto color de piel, si soy mujer, hay sitios a los que no puedo acceder. Entender esto más allá de la frustración que puede llegar a generar, también es una manera de estar conscientes de qué puedo yo cambiar, y cómo puedo yo activamente construir una sociedad en la que todo sea más igualitario.
La vida en la frontera es solitaria y hay mucha incertidumbre. Hay que lidiar con eso.
Hablando de vulnerabilidad, me resonó una cierta forma de mostrar el desarraigo en tu libro, las implicaciones psicológicas y existenciales de estar lejos de tu lugar de origen. Cómo la migración afecta a esta institución muchas veces cargada de silencios, reproches y renuncias que es la familia.
Bueno, la vida en la frontera es solitaria y hay mucha incertidumbre. Hay que lidiar con eso. Este ni de aquí ni de allá, pues parece muy romántico y es multicolor, pero también es solitario y requiere de mucho esfuerzo vital, sobre todo en la construcción de la comunidad afectiva, de estas familias postizas que tenemos con gente afín. Ojalá fuera más fácil, porque realmente es una tontería que tengamos que pasarlo tan mal buscando redes de apoyo y de afecto cuando en realidad todos los humanos, de cualquier clase social, de cualquier nacionalidad, pasamos por los mismos estados emocionales básicos, o sea, todos nos cabreamos, nos enamoramos, necesitamos que nos apapachen y lloramos: Al final todos estamos buscando lo mismo.
Entonces esa soledad afectiva que todos, independientemente de que seamos migrantes o no, vivimos, podría paliarse más fácil si nos abriéramos un poco más del corazón. Creo que tenemos demasiado miedo. Es el dilema del erizo, que quieres un abrazo, pero tienes tantas espinas que nadie te puede abrazar, pero no es porque no te quieran, es porque tienes demasiadas espinas. Un poco vivimos así.
Me ha parecido interesante tu forma de hablar sobre el amor. Al final también hay una especie de viaje y frontera, complejidad cultural, digamos, en la historia de amor en la que se centra la novela. ¿Qué pasa con toda esta capacidad de análisis, extrañamiento y conciencia respecto a la racialización, las relaciones de poder, cuando damos el salto a las relaciones reales de pareja, y en este caso con un hombre blanco europeo?
Me lo preguntan superpoco. De hecho, la única vez que me han preguntado sobre la relación entre Lula y Arnau fue cuando Jordi Coromina quiso saber si era una analogía sobre las políticas paternalistas de Catalunya hacia los migrantes. Es una interpretación de él que me llamó muchísimo la atención.
Está la relación central, que es la de Arnau y Lula, pero que está atravesada por la de Ezequiel, en el que ella encuentra un México que ya fue y extraña. Y en este triángulo, hay una parte de arraigo y de necesidad de un afecto territorial. En el caso de Lula, mira a Arnau y se pregunta “¿cómo puedes amar tanto una tierra? ¿Cómo puedes querer tan ciegamente a esta Catalunya, simbólica y geográfica, cuando yo no puedo hacerlo así con México”. Entonces, yo creo que entre ellos hay una parte de contraposición que se complementa. Y en el caso de ella, pasa también por no entender un amor ciego a una tierra que es el que puede tener alguien como Arnau que es activamente militante independentista catalán. Lo mira desde el desarraigo, y desde una especie de sensación de que su tierra la ha echado.
Me interesaba también ver cómo la política permea en las relaciones afectivas. Porque ellos terminan también discutiendo. Ella está muy centrada en hablar de anticolonialismo y él le dice, “Oye, que no lo tienes que ver todo así, o sea, disfruta del viaje, no tienes que ver todo el tiempo colonia, colonia, colonia” y y ella está todo el tiempo, “bueno, ya basta con el independentismo”. Me interesaba también hablar de la política atravesando nuestras relaciones personales y amorosas de pareja en un micronúcleo, que ya no es la familia, es el micronúcleo de dos personas, de Lula y Arnau atravesados por una cuestión política, como fue, por ejemplo, el independentismo catalán, pues la fecha en la que viajan es justo un año después del referéndum.
Es interesante pensar en el viaje en estos tiempos de estallido del turismo, donde se consumen tan intensivamente ciudades y territorios. Hemos llegado a una forma de viajar que dificulta el extrañamiento, el aprendizaje o el encuentro, un cierto grado de saturación insostenible, ¿no?
Por un lado está eso y por otro lado también está el viaje como una comodidad, en el sentido de viajar queriendo encontrar exactamente lo que voy a ir a buscar, que es una réplica de mi sitio cómodo al otro lado del mundo. Con ejemplos te lo puedo explicar mejor: en Myanmar, coincidí con un viajero español que se quejaba de los baños orientales, estos donde te pones en cuclillas y hay un hoyo en el suelo, no hay taza del váter. Allá cada vez hay más de los dos tipos, en países como China o Tailandia siempre tienes de los dos pero en Myanmar, en el año 2018, pues había lo que había porque es un país que había recién salido de una dictadura.
Y él se quejaba de los baños y decía: “Pero es que en la medida en que el turismo y los turistas podamos tener baños occidentales —y lo decía así— el país estará mejorando”. Y yo decía: “Pero ¿cuál es la relación entre que tú puedas ir al baño como lo haces en tu casa y que el país esté mejorando?”. Es decir, vienes de un país como España donde el turismo no necesariamente —y está probado— mejora las condiciones de vida de la gente local. ¿Me estás diciendo que Myanmar va a mejorar porque tú puedas hacer pipí en una taza de váter?
Lo que quiero decir es que la gente se quiere ir al otro lado del mundo sin considerar la situación política o social del sitio al que va, el impacto que tienes tú como privilegiado blanco europeo, o yo como privilegiada mexicana, que me voy a un país como Myanmar y encima quiero que las cosas sean como son en Madrid. Hay mucho viaje de este. Hay mucho viaje que ahora se hace para buscar el mismo té matcha, capuchino, ice coffee que te hacen en la esquina de tu casa, y que lo puso de moda Estados Unidos. Buscarlo en un país como Tailandia o en China o en Qatar.
¿Dónde está la búsqueda? Ya no por la exotización y por caer en los tópicos de lo auténtico, sino desde el respeto y desde las ganas del conocimiento de esa otra persona. En ese miedo al otro, hemos estandarizado la experiencia del viaje. Entonces ya el viaje es como que yo tengo que recibir en lugar de yo voy a buscar, es como: “Yo llego y recibo”. Hay como una búsqueda de la comodidad que no tiene ningún sentido.
En tu libro hay, sin embargo, como un goce del viaje que resuena, ¿hay alguna forma de salvar esa experiencia íntima, y al mismo tiempo de encuentro, de respeto y aprendizaje que puede ser el viaje, frente a este turismo estandarizado, de consumo de los lugares? ¿O ya no queda otra que renunciar al deseo de viaje porque contribuye a esta máquina ecocida?
Me lo preguntan también mucho esto: “¿cómo se viaja responsablemente?” Pues no lo sé, ojalá yo tuviera la respuesta porque me forraría. Pero creo que una parte de esta responsabilidad pasa por ser consciente de esta contradicción, y yo creo que es algo que yo hice muy consciente no solo viajando, sino a la hora de escribir el viaje, explicitando mis propios prejuicios, explicitando mi propia ignorancia, explicitando mi propia contradicción, mi propio impacto ecocida, consumista.
Yo creo que es algo que también intenté a través de la protagonista, ser consciente de eso, de que estoy pisando una tierra y el suelo donde estoy parada está cubierto de cemento para que yo pueda tener una habitación. Cemento en la mitad de la jungla ¿por qué? ¿para qué? ¿Para que yo pueda venir a verlo y reivindicar el derecho tercermundista a viajar como los europeos?
Creo que en esa conciencia personal, pero también en esa conciencia colectiva, y en el freno que esa misma conciencia pueda tener, —de decir “no voy hasta el final del consumismo porque soy consciente del impacto que eso tiene”—, al menos hay un camino recorrido. Creo que hay una parte que se intenta obviar: “Como no es auténtico que haya un Starbucks en cada esquina en Tailandia, pues no voy a hablar de ello”. No, hablemos de ello. Hablemos de por qué hay en Barcelona gente que se viene y come en un McDonald's o en un Starbucks. Hablemos de ello porque tiene un impacto. Pero el turismo todavía está diciendo: “no, vamos a hablar de lo auténtico”, ¿por qué no hablamos de cómo nos cargamos “lo auténtico” mientras exigimos tener váteres en Myanmar?
Hablemos de esta contradicción y hablemos de cómo contribuimos todos. Yo, tú, todo el mundo, cogemos un avión y contribuimos a un impacto medioambiental terrible y me da igual que los ricos contaminen más, que ellos contaminen más no quiere decir que yo no contamino. Entonces, hablemos de eso, hablemos de la tristeza que es la pérdida de comercios locales, la pérdida de culturas locales, la pérdida de expresiones locales, de idiomas... ahí podemos ser responsables, dentro de lo que podemos hacer.
Ojalá algún día se me ocurra cómo hacer para viajar con responsabilidad. Supongo que tiene que ver con implicarse en el contacto con el otro, con esa otra cultura, esa otra persona, esa otra forma de entender el mundo, ese otro ecosistema, ese otro clima... contactar con ello, no esperar que ese clima se adapte a mí. Hay gente que dice, “Ay, es que en Singapur hace mucho calor” “Bueno, pues, ¿qué esperabas, güey? Obvio va a hacer calor. “Pero es que debería haber más aire acondicionado”. Entonces no vayas, el punto es incomodarse, estamos perdiendo en el viaje el respeto a la incomodidad. Ahora el viaje tiene que ser comodísimo, pero en la incomodidad es donde está también el aprendizaje.
Me gusta mucho en el libro estas conexiones que haces entre “sures”. Conectar unos pueblos con otros sin tener que pasar por la aduana occidental. ¿Por qué es importante reivindicar algo tan básico como que no todo gira en torno a Occidente?
Esto es algo que sí parte de mi experiencia personal del viaje, o a través de la lectura: darme cuenta que yo tenía una percepción, en específico del sureste asiático, que estaba muy pasada por el imaginario euroblanco, por la crónica de viajes blanca, por la historia del colonialismo británico en esta zona del mundo, en un país como Malasia, por ejemplo. O la colonización francesa en el caso de Vietnam.
Claro, yo tenía esta visión y una vez que estuve ahí, uno, me di cuenta de que la experiencia que yo estaba teniendo no iba a ser la misma que la de un señor francés o de un señor británico. No era lo mismo, porque yo venía de un país donde también se come en la calle, también comemos caña de azúcar, también las raíces de los árboles rompen el asfalto porque son tan poderosas que no les puedes poner a los árboles en un cuadrito.
A mí me gusta citar a Juan Pablo Meneses cuando en su libro Una vuelta por el tercer mundo habla de que anda buscando el pensamiento global tercermundista, pues está convencido de que hay un pensamiento que nos es común a todos los tercermundistas. Y entonces un poco me pasaba esto, era como decir: “Ah, pues igual estoy yo encontrando, como Juan Pablo, el pensamiento global tercermundista, el modus operandi tercermundista”.
Abrir una vía de comunicación alternativa igual nos abre la mirada a un proceso de descolonización mental y de apertura al otro
Hay gente a la que no le gusta la palabra tercermundista, pero bueno, tomémosla con el debido sarcasmo. Lo que quiero decir es: bueno, hay otras maneras de ver, hay otras maneras de hacer. Y en esa experiencia personal, y en la lectura de cronistas latinoamericanos y autores latinoamericanos y ver cómo se expresaban sobre países como Japón, de China —que no era para nada lo mismo que habían hecho los viajeros británicos o los viajeros franceses o estadounidenses— viene también el pensar: ¿y cómo me ve a mí una persona de Malasia, una persona de Tailandia, una persona de Japón, una persona del oriente, de Egipto o de Arabia Saudí o de Pakistán. Cuando les dicen México, ¿qué piensa? Cuando le dicen Argentina, ¿qué piensan? ¿qué estereotipo se le viene a la cabeza? ¿Alguien de la India piensa en México y ve todo en sepia y que estamos tirando balazos o qué?
Entonces este diálogo imposible o este diálogo que sucede por las vías periféricas me interesaba mucho. Es algo que también explora la protagonista en el libro, cómo nos podemos comunicar sin pasar por un filtro que nos ha exotizado, que nos ha encajonado, que nos ha reducido. A mí me ha reducido ante ellos, a ellos ante mí. Mi teoría, y eso es algo que pongo en el libro, y es algo que expresa la protagonista, es que tenemos más en común que diferencias. Y que la diferencia es porque hemos sido narrados por quien nos considera muy diferentes e incluso inferiores, te diría.
Creo que abrir una vía de comunicación alternativa igual nos abre la mirada a un proceso de descolonización mental y de apertura al otro, incluso cuando lo consideramos demasiado radical, como con las personas de religión islámica. Estamos cayendo en un prejuicio que está dado por los grandes enemigos históricos del Islam, que es la Europa occidental cristiana y católica. Y más en un país como España. Entonces, si yo voy a Malasia —que es un país musulmán— o voy a Marruecos y me lo paso bien y tengo coincidencias con la gente y nos gusta la misma música y bailamos y comemos y demás ¿por qué estoy pensando que son un otro radical peligroso y tengo miedo? Y lo mismo ellos: si les han dicho los Estados Unidos que México es un país de gente perezosa y bad hombres y se tragan el discurso de Donald Trump, igual estamos cortando vías de comunicación, es decir, el divide y vencerás. Podemos romper con eso, dejar de mirar un poco hacia el norte y mirar en horizontal.
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