“Pareciera más fácil imaginar la muerte de pueblos enteros que la abolición de los controles fronterizos”

Miryam Hache narra el colapso a través de las últimas horas de un grupo de amigas que discuten mientras en la radio patrocinan alarmas antiokupabunkers e informan de la creación de CIE para españoles al otro lado de la frontera.

@BarcenillaLM
@lubarcenilla.bsky.social

17 abr 2026 06:00

Una nube se acerca, avisan. Segará la vida de todo bicho que encuentre en su camino, añaden. Tenéis que huir, refugiaros, dicen también. O no. Quizá no. La escritora Miryam Hache asegura que no es ninguno de sus personajes (un grupo de amigas en dirección Fisterra, donde quizá pueden salvarse del colapso), aunque haya algo suyo en cada uno de ellos. “Esto es ficción y como toda ficción carga la sombra de su autor”, argumenta. En La belleza del desastre (Jekyll & Jill, 2026), esta escritora de Buenos Aires, que ya había publicado el poemario He visto a las mejores mentes de mi generación trabajando en un call center (2020), explica a través de una tensa relación de amistad algo tan inhóspito como el sentido de la vida. Sobre la amistad que narra en su novela dice que el pasado está más presente que el presente. Su formación, que triangula cine-letras-teatro, está clara cuando escribe. Cuando llegue la nube, por cierto, las personas sin papeles seguirán teniendo miedo y las alarmas antiokupación pagarán los sueldos de los periodistas de radio.

Y de pronto la distopía es simplemente que nos estamos muriendo sin que nos demos cuenta. Porque hay una especie de nube que llegará y ya no habrá un después. Y la gente solo huye si tiene papeles, no vaya a ser que el mundo no colapse, haya que volver y no puedan.
Creo que transitamos el momento presente acechados por la inminencia del desastre, pero tal vez ese desastre ya esté aconteciendo. Vivimos este tiempo como si habitáramos una ficción distópica, en la que es difícil discernir si el final será algo que vendrá de manera abrupta o de si se trata de un orden que se va deshaciendo —o pudriendo— con los días. Las ficciones distópicas reflejan nuestros miedos, pero también los construyen, y en esa marejada de narrativas dispares, pero también de sobreinformación, de datos contradictorios y alarmistas, apenas balbuceamos fugas posibles. O diría también: apenas balbuceamos nuestro deseo, o lo configuramos como una fuga. Como en otras instancias históricas, creo que la gente con menos recursos es y será la más desfavorecida ante posibles catástrofes. Aunque el mundo se prenda fuego, los algoritmos de los brokers no dejarán de operar ni los aparatos represores del poder dejarán de someter a los más vulnerables.

Reconstruyes una posible noticia difundida en la radio mientras tus protagonistas emprenden la huida ante la amenaza de una nube tóxica. Francia ha pedido refuerzos internacionales para controlar los accesos desde España. Se han abierto CIE provisionales para menores no acompañados provenientes de España”. ¿A cuánta distancia estamos de que la ficción como esta sea la peor de nuestras realidades?
Si bien esto aparece poco en mi novela, me interesaba imaginar un escenario en el que ante una hipotética catástrofe climática, los españoles, es decir, europeos, fueran los que se encontraran siendo los refugiados en el país vecino. Incluso discriminados. Acostumbrados a ver a los jóvenes africanos deshumanizados en ciertos medios o ámbitos de la opinión pública española por el hecho de no tener papeles, me interesó invertir las posiciones: ¿qué pasaría si ante un acontecimiento inesperado, pero posible —crisis climática, guerra, etcétera— fueran los españoles —como ya ha pasado— los refugiados pidiendo asilo? No creo que este escenario esté muy alejado de lo posible.

Parece que las leyes de extranjería y las fronteras sobrevivirían a la destrucción mundial. El mito de que las cucarachas sobrevivirían a una explosión nuclear, pero con una invención política injusta.
Llámenme utopista, idealista o naif, pero creo que las leyes de extranjería y los controles fronterizos no deberían considerarse connaturales a la existencia humana. Sin embargo, así como están dadas las reglas del juego capitalista, pareciera más fácil imaginar la muerte de pueblos enteros que la abolición de las estructuras burocráticas y de poder establecidas. Me gustaría plantear soluciones y respuestas, pero aquí expongo contradicciones, preguntas necesarias para abordar lo que no debería ser naturalizado.

El capitalismo neoliberal procurará mercantilizar hasta el último resquicio de lo pensable

Con ironía, cuentas cómo la radio habla de masas de gente tomando búnkeres de casas ricas deshabitadas y a renglón seguido patrocinan empresas de vigilancia y seguridad. En medio del apocalipsis, alarmas, controles de acceso, desokupaciones.
Me parece una locura que no solo sea una cuestión de clase el poder acceder a una vivienda propia sino también a un búnker. La salvación ante una catástrofe será primero un privilegio de clase. Pero es que, en el escenario ficcional de mi novela, los búnkeres son activos financieros, si los ricos pueden fugarse hacia otros lugares lo harán, y los que dispongan de menos recursos intentarán okupar el espacio seguro que les corresponda habitar para sobrevivir. El capitalismo neoliberal procurará mercantilizar hasta el último resquicio de lo pensable, y me parece más que plausible que, ante una crisis, se promocionen sistema de vigilancia y protección hasta de los búnkers vacíos. Se hace con ingentes cantidades de pisos vacíos, por qué no se haría con refugios deshabitados.

En el fin del mundo, en el colapso de la península ibérica, los bares están abiertos. De hecho, en el último día con vida, hay camareros sirviendo cervezas. ¿Estamos enfermos de trabajo? En realidad, somos súper innecesarios. En el fin del mundo solo necesitaremos ¿acompañantes?
En La belleza del desastre no hay fin del mundo ficcionalizado, sino un posible colapso en gran parte de España. No me imagino una España sin cerveza en el último día. Ni sin desbordes, sexo, juergas, locura, rezos. No concebí al camarero como un adicto al trabajo, sino como alguien que sirve cerveza en un gesto solidario y tal vez desesperado de musicalizar el final. En este posible desastre, no hay un Titanic hundiéndose, la nube es inodora e invisible, se cree en ella o no se cree, incluso en el instante en el que esté pasando será una cuestión casi de fe sostener su existencia. Solo veremos signos, como pájaros cayendo, ¿qué interpretación les daremos? ¿Qué interpretación les estamos dando ahora?

Miryam Hache - 4
Miryam Hache, autora de ‘La belleza del desastre’. David F. Sabadell

Antes de entrar en la complicada relación de las protagonistas de tu novela, ¿por qué la amistad como eje?
Vuelvo sobre otra etimología: desastre designaba un mal astrum (estrella, astro) o incluso su ausencia. Los astros muchas veces eran considerados dioses. El eje es la carencia de signos claros en el cielo, de guías, de figuras familiares confiables, de una amistad eterna, de una casa segura, de un hogar. A estos personajes atormentados les queda una amistad fracturada como último bastión en la fuga, y ni eso. El eje es lo que habita el límite. Y el grupo de las cuatro amigas disgregándose, un desastre en sí mismo. Tras el último quiebre, les tocará a todas volver sobre sus propias voces —que a veces en grupo, o en relaciones de dependencia se disuelven—, con sus vocaciones, con lo que queda de sus propios deseos, con la creación artística como camino redentor. Acá la amistad no sostiene el tránsito pero acompaña, eso es todo.

El caso es que las protagonistas de tu historia Sara, Flor, Rocío y Jana—, en vez de huir hacia Francia, donde parece que la nube tóxica no llegará, tratan de llegar a Fisterra, donde quizá también podrían salvarse. Entre discusiones de GPS y gasolinera, se va encontrando quien lee con una amistad muy rara, llegándose a sentir uno como en medio de un ambiente fantasmal con silencios largos y reconciliaciones repentinas.
Sí, elegí Galicia, porque algo inexplicablemente místico —yo que soy atea y no soy mística—, me liga a esa región. Finisterre fue considerada como los romanos como el fin del mundo, y ellas van hacia allí escapando de otro fin. Síntoma del bucle en el que se encuentran inmersas, van boyando de borde a borde. Es una amistad en la que la nostalgia está más presente que el presente, a la que se aferran en un momento límite, como se aferra uno a lo conocido. Son personajes que tienen que aprender a soltar, a soltar de verdad, a transformarse de manera radical —que, dicho sea de paso, creo que es lo que necesitaríamos todos como sociedad—.

Miryam Hache - 6

La NubApp de tu novela, como un reloj de arena, es el dispositivo que realmente avisa de que quedan no sé cuántos días y no sé cuántas horas para el colapso.Aunque, en realidad, la nube no es una nube, sino una masa. El caso es que hay una app que registra la cuenta atrás. ¿Qué pistas de nuestro mundo nos están advirtiendo que las cosas no van bien?
Las pistas las vemos todos los días, pero son tantas que se tapan unas a otras. De tan omnipresentes se naturalizan, pierden peligrosidad y credibilidad. Son una app que mete miedo y falla a partes iguales. Como una alarma que no deja de sonar y en lugar de alertarnos o motivarnos a accionar, ensordece.

No me interesa darle a la felicidad más brillo del que ya tiene, me interesa, a través de la literatura, poner el foco en lo oscuro, y así descifrarlo

Las vidas que retratas son un poco así: trabajar en un call center –uno de tus temas–, compartir no solo piso, quizá, por necesidad, también habitación, en un cuartucho del Eixample. Ir a una exposición gratuita los domingos en el CCCB. Rezar para que el propietario no suba el alquiler. Quizá, con suerte, alguien te ofrece speed sobre un libro de Cortázar y te sientes menos pobre. Aceptarlo todo. Ir haciendo. Pensar que tu vida de niña ya no existe. Todo es triste. Ya no tienes amigas. La familia, lejos. ¿Por qué te interesan las historias, por decirlo de algún modo, desde una perspectiva tan naturalista? Como escribías en uno de tus poemas: He visto a las mejores mentes de mi generación trabajando en un call center. / Destruidos y famélicos arrastrándose por las calles de un fin de semana de furia y rabia por no disponer / más que un fin de semana”.
Son paisajes que habité, en los que fui feliz y también miserable. No todo es triste en aquello ni mucho menos, pero mis personajes miran hacia atrás desde un umbral, y desde allí revisitan su pasado. De la forma en la que una persona desesperada mira hacia atrás. No me interesa darle a la felicidad más brillo del que ya tiene; me interesa, a través de la literatura, poner el foco en lo oscuro, y así descifrarlo. Aunque el proceso sea incómodo, aunque duela.

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