Literatura
Aixa de la Cruz: “Siempre proyectamos ficciones para entendernos y entender a los demás”

La escritora Aixa de la Cruz propone en la novela La línea del frente una indagación sobre la búsqueda de identidad ambientada en las entrañas del conflicto vasco.

La escritora Aixa de la Cruz
La escritora Aixa de la Cruz, en Barcelona. Víctor Serri

Aixa de la Cruz (Bilbao, 1988) ya no es una joven promesa, a pesar de lo que digan los críticos literarios. Acaba de publicar La línea del frente (Salto de Página, 2017), una novela corta y punzante, de las que no te dejan ni respirar entre párrafo y párrafo.

De la Cruz selecciona las palabras, les da forma y luego las desgarra en un texto con aires de romanticismo decimonónico. El mar es el escenario. Una prisión, la de El Dueso, y un particular Conde de Montecristo, que no busca venganza, sino redimirse de sí mismo y de las mentiras que le rodean: Jokin.

Y luego está Sofía, la que busca y encuentra. Corredora de fondo en su propia biografía, Sofía se busca en Jokin, en un pasado adolescente que ha idealizado y tergiversado a su antojo, en Areilza, el exiliado vasco sobre el que escribe su tesis doctoral. Se busca a ella misma a través de los otros, algo que hacemos todos constantemente, con más o menos fortuna.

Quizás por eso, la novela de Aixa de la Cruz nos desmigaja por dentro, porque a pesar de no haber estado en El Dueso, de no escribir una tesis doctoral, de no haber vivido en las entrañas del conflicto vasco como los protagonistas de esta historia, nos sentimos identificados con esa búsqueda y esos hallazgos. Y con esas decepciones que deconstruyen.

La escritora nos escupe a la cara: todo lo que eres es una ficción. Seleccionas los recuerdos y te construyes. Eres lo que los demás dicen de ti, y eso también es ficción. Eres lo que te cuentas a ti mismo, y eso es una ficción. Eres un pasado que idealizas y cambias, y eso es una ficción. ¿Quiénes somos, en realidad?

Uno de los principales temas de tu novela es la búsqueda de la identidad. Una búsqueda que la protagonista de la historia, Sofía, hace a través de otros, a través de Jokin, el novio de la adolescencia, a través de Areilza.
Sofía es un personaje que empieza a dudar de todo, principalmente de su propio pasado. Cuando se encuentra con su novio de la adolescencia y empiezan a cotejar recuerdos empieza a sentirse insegura sobre su propia identidad. Se da cuenta de que la versión que ella tiene de su pasado no es cotejable con una persona que fue testigo de lo mismo. Ahí duda y empieza a revisar todos los aspectos de su vida en clave histórica.

Cuando dudas de lo que has vivido, resulta imposible saber quién eres realmente y quiénes son los que te rodean. En el fondo siempre proyectamos ficciones para entendernos y para entender a los demás. También el deseo es una ficción construida, pero no por eso queda invalidado. Es decir, nuestras identidades no quedan invalidadas por el hecho de que hayan sido construidas o se configuren como ficciones.

¿Es Sofía un personaje adolescente, a pesar de la edad que tiene? Me da la sensación de que nuestra generación, los nacidos en los 80, somos todos una panda de postadolescentes que vagamos buscando esas identidades ficticias. A caballo entre la generación de nuestros padres y las nuevas generaciones, con las que poco tenemos en común.
Sí, en el caso de Sofía, esto va ligado a un tema de clase social. Sofía, obviamente, comparte rasgos con mi propia biografía, pero quería que la protagonista fuese un personaje que, a pesar de compartir ciertas características conmigo, fuese lo contrario a mí, yahí la cambié de clase social: ella es una chica que pertenece a una clase social alta y sus padres la han apartado de la realidad de la calle. De ahí que tenga esa actitud adolescente, porque ha estado muy protegida. Proteger en demasía a los críos hace que a los 30 continúen teniendo pautas de adolescentes y se sigan buscando.

También hay un tema de reinvención de la identidad que se abre en la parte final del libro, ¿no?
Totalmente. Sofía tiene una epifanía final cuando conoce a Andrés, al final del libro. Es ahí cuando ella se da cuenta de que todo es producto de la percepción y que no hay nada real, que todo depende de la perspectiva desde la que miras lo que pasa en tu alrededor. Al final es lo que todos hacemos, coger la perspectiva desde la que nos sentimos más cómodos, coger el relato que nos hace más felices y vivir con él.

Teniendo en cuenta los paralelismos que comentas entre tú y tu personaje, ¿cómo consigues abstraerte, separarte de Sofía?
Sofía está planteada como un alter ego: es una persona que hubiese podido ser yo pero que no lo es por x motivos. Uno de ellos, ya lo he comentado, es la clase social, y otro, es la pobreza de análisis que tiene. En ese sentido, y pesar de ser una estudiante de doctorado de literatura, ella es incapaz de analizar sus propios relatos o los de otros. Yo soy mucho mejor analista que ella, sin lugar a duda.

El otro día, María Angulo explicaba cómo se construyen el yo las nuevas generaciones de jóvenes a partir de las redes sociales. Eso es algo que, a nuestra generación, nos ha cogido medio desprevenidos. ¿Cómo te relaciones tú con el mundo digital?
La identidad que proyectamos para que sea construida por los demás en las redes sociales no es más que una selección, por lo tanto, es una identidad sesgada e intencionada. No somos nuestra foto más bonita o todos esos cafés que nos tomamos en sitios chulos. Lo peligroso es que lleguemos a pensar que podemos diseccionar a las otras personas a partir de la reconstrucción de datos. Una persona es mucho más que unos hechos determinantes relevantes o una selección de fotos. La identidad son diferentes relatos distintos.

En la novela hay muchas referencias culturales en las que resulta fácil perderse si no eres de una determinada generación: el calimocho, las letras de canciones de Extremoduro y Fito, el eme… ¿No te da miedo que algunos lectores no se sitúen?
Es una trampa pensar que lo neutro referencial es más accesible que los textos llenos de referencias. Todo texto está localizado dentro de un contexto determinado, y hay algunos que sobreviven al tiempo y otros no. Mira El Quijote. Si haces una apuesta realista y quieres escribir sobre la construcción social de una época, esos toques de ambientación son necesarios. Las referencias culturales, sean cuales sean, son importantes para situar al lector, y, además, enriquecen el relato. La clave está en la dosificación. Si hay un exceso referencial en el texto y el contenido se pierde sin las referencias, entonces es evidente que no funcionará.

La escritora Aixa de la Cruz, durante la entrevista
La escritora Aixa de la Cruz, durante la entrevista. Víctor Serri

En tu novela hay dos historias o relaciones que transcurren en paralelo: la de Sofía con Jokin y la de Cozarowski con Areilza. Tanto Sofía como Cozarowski se buscan en esa otra persona, que acaba siendo un fraude o decepcionándolos.
Estos dos personajes, Sofía y Cozarowski, hacen un trabajo parecido de reconstrucción y en ese trabajo se dan cuenta de que es imposible reducir a las personas a los simple datos biográficos. Cozarowski se da cuenta antes que Sofía. Sí, son dos historias paralelas que trabajan con la idealización del otro.

La culpa es otro de los grandes temas de esta novela. En otras entrevistas y en tu libro hablas de la no acción como principal acción. No hacer nada significa posicionarse, en la mayoría de los casos. Sofía se siente culpable por no haber actuado en el pasado, con Jokin y con la situación política del País Vasco.
Sofía se siente culpable por sentirse una privilegiada, por no haber visto lo que estaba pasando a su alrededor. En el Euskadi post ETA yo identifico dos vertientes: aquellos que están haciendo un proceso de expiación personal porque callaron en su momento cuando se debería haber hablado, que es lo que plantea Edurne Portela en el ensayo Los disparos, y los que fueron víctimas, de ambos lados, que no se han podido mantener al margen. En el caso de Sofía, ella ha vivido en una burbuja impermeable sin enterarse de nada, y eso incluso le genera más culpa.

¿A los que callaron cuando deberían haber hablado los calificamos como equidistantes, que es una palabra muy de moda? ¿Cómo relacionas, salvando las distancias, lo que pasó en el País Vasco con lo que está pasando en Catalunya?
[Risas].

No te mojes si no quieres, voy a dejar que seas equidistante.
[Risas] En Euskadi llevamos dos meses hablando sobre Catalunya. La gente está emocionada porque muchos ven cómo se está haciendo en Catalunya lo que nunca se ha podido hacer en el País Vasco. También se ve con consternación, tras treinta años de violencia: lo que está haciendo Catalunya lo hubiésemos podido hacer nosotros sin muertos de por medio. Es literariamente trágico. De todas maneras, Euskadi y Catalunya no son equiparables, por el tema de la violencia. Lo que sí es parecida es la dinámica: rebelión y poder, no se sabe qué precede a qué. En el caso de ETA, por ejemplo, la banda terrorista se beneficiaba mucho de que hubiese una política penitenciaria injusta porque se conseguía victimizar al entorno.

El relato de la épica.
Exactamente. Son bucles infinitos y resulta muy complicado salir de eso. En Catalunya también hay esa espiral de acción-reacción, como he dicho, salvando todas las distancias.

Hablemos un poco de Aixa de la Cruz como escritora. Ganaste el Cosecha Eñe, eres doctora en literatura, cuéntame cómo llegas hasta aquí.
El Cosecha Eñe es un premio con mucho prestigio y me llegó en una época en la que yo no tenía contacto con ningún escritor, con lo cual me permitió conocer a gente muy interesante que ahora se ha convertido en mis amigos. También me permitió darle un impulso a mi libro de relatos Modelos animales. Pero lo que realmente me cayó del cielo fue la beca que me dieron en la Fundación Antonio Gala cuando tenía 18 años. En esa época yo no sabía qué quería hacer con mi vida. Estuve diecinueve meses en una residencia a gastos pagados escribiendo. Aún no me lo creo, y sí, puedo decir que escribo gracias a esa beca.

¿Aún te llaman joven promesa? A muchos escritores jóvenes escritores les molesta.
Uf, eso es un tema. Creo que se es joven promesa hasta los 45, pero a mí no me molesta. Es un cliché. En la prensa cultural hay poco espacio para los escritores jóvenes y hay que vendernos de alguna manera. Me da la sensación de que “joven promesa” es algo que nunca llega a concretarse, como si estuvieses a punto de ser algo que aún no eres. De todas maneras, en un país con becarios de 35 años y dos carreras, tampoco me extraña que se denomine así a los escritores jóvenes.

La escritora Aixa de la Cruz publica la novela 'La línea del frente'
La escritora Aixa de la Cruz publica la novela 'La línea del frente'. Víctor Serri

¿Se puede vivir de la literatura en España sin ser Pérez Reverte o Javier Marías?
Buena pregunta. Obviamente si hacemos referencia a las ventas, no. Pero por suerte, la literatura no solo son las ventas. Se organizan conferencias, clases de escritura, se puede escribir en prensa… O tener la suerte que ha tenido Aramburu con Patria.

La línea del frente tiene puntos en común con Los peces de la amargura, también de Aramburu. Un libro de relatos precioso que versa sobre las distintas ópticas del conflicto vasco. Cuando lees sientes el sufrimiento, el quiste social y la podredumbre.
Lo que pasa es que Aramburu escribe sobre un periodo histórico que yo no conozco vivencialmente, lo conozco de oídas. Se habla de las novelas post Patria, pero no creo que sea el caso de La línea del frente.

Hablas sobre la nostalgia prematura y escribes: “Reverenciamos con rigor inútil nuestro primer videojuego”. La idealización del pasado es un rasgo distintivamente romántico, y tu novela tiene mucho de romanticismo, a mi parecer. La búsqueda de la identidad, la idealización de un pasado glorioso o la mitificación de la patria son temas claves del romanticismo. ¿Somos, la generación de los 80, unos románticos, en el sentido artístico de la palabra? ¿Por qué idealizamos los 90, por ejemplo?
Pues no lo sé, pero no debería haber gente tan joven tan nostálgica y que se emocione tanto con Stranger Things, por ejemplo. A mí me parece peculiar, pero creo que tiene que ver con la velocidad a la que han cambiado las cosas en los últimos años. Cuando tienes la sensación de que todo lo que conoces se desmorona, imagino que sientes la necesidad de conectar con el pasado.

Sofía mitifica la historia vasca de la época de ETA, a pesar de no haberla vivido en la calle. ¿Hasta qué punto ha pasado eso en el País Vasco?
Sí, en el País Vasco, y esto es solo una impresión mía, ha habido momentos en que desde algunos sectores sí se ha mitificado al militante. Eso no solo ha pasado con ETA, pasa en todos los ámbitos. En este caso, se mitificaron los primeros años de lucha. Luego hubo una época muy dura en la que se hablaba de socializar la violencia y después vino la disolución.

Durante los 90, la gente de mi generación vivimos, sobre todo, el asesinato de Miguel Ángel Blanco, pero éramos muy pequeños y no teníamos consciencia de la anomalía de la situación política. Para la generación de mis padres, cualquier posible legitimación de ETA terminó en ese momento.

Cuando creces y te haces adolescente, con dieciséis años, no te acuerdas de las claves deslegitimadoras [porque cuando ocurrieron eras muy pequeño], así que solo ves la reacción del gobierno, pero en realidad no sabes a qué obedece toda la represión.

Mi generación no sabía por qué se prohibían los conciertos de ciertos grupos o por qué se cerraba un periódico o por qué había gente encerrada en prisión preventiva durante un año y medio. Teníamos la sensación de injusticia pero nos habíamos perdido la previa del partido y eso hizo que mucha gente joven acabara militando durante el último periodo de ETA.

Viajemos del pasado al futuro. He leído que estás con un proyecto de no ficción, algo más biográfico. ¿Cómo llevas lo de escribir sobre ti misma?
Pues lo cierto es que no lo había hecho nunca, pero quería escribir sobre todo lo que me obsesiona últimamente. Creo que los recuerdos se activan en contextos determinados y quería experimentar conmigo misma. Quería ver de qué manera vamos impostando conexiones en nuestra memoria, en nuestros recuerdos, para construir nuestra propia biografía. Es evidente que siempre buscamos lazos conectores que conectan los hechos de nuestro pasado, pero en realidad no es así, porque todo es azaroso.

¿No te da vértigo desnudarte de esa manera?
Sí, mucho. De hecho, este proyecto lo tengo casi terminado, pero aún no sé si haré nada con él. No tengo problemas con la exposición personal, pero claro, es imposible hablar de uno mismo sin hablar de los demás, del entorno. Los límites éticos resultan complejos en estos casos. No obstante, ha sido un experimento divertido.

María Angulo explicaba el otro día lo peligroso que puede resultar hablar de uno mismo… Hablamos de los pozos de egolatría y del pacto entre el escritor y el lector. ¿Por qué deberíamos creer que lo que cuenta un autor en una auto ficción o una biografía es cierto?
El trabajo de recuerdo siempre es un trabajo creativo, porque es un trabajo de selección. Escogemos aquello que nos place y se fuerza el recuerdo para que se adapte a nuestras necesidades. No me interesa saber si el lector cree lo que lee o no. Me interesa mucho, por ejemplo, el trabajo de Ben Lerner, que trabaja con la crítica de su propio yo. Escribe sobre lo que ha vivido y hace un análisis literario del texto que ha producido. Hace un trabajo académico con sus propios textos y los disecciona.

Creo que es más fácil construirse que deconstruirse a uno mismo, ¿no?
Sí, se trata de averiguar por qué hacemos lo que hacemos, aunque descubrir los motivos por los que hacemos unas cosas u otras no cambia los patrones adquiridos. Necesitamos mucho tiempo para cambiar las conductas y deconstruirnos.

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