Conflicto vasco
Fin del conflicto en País Vasco: la guerra será un cuento

La construcción del relato sobre el conflicto en el País Vasco toma protagonismo frente al proceso de disolución de ETA y los pasos dados por la sociedad civil para hacerlo posible.

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Una mujer con su hijo durante el final de una manifestación pidiendo el fin de la dispersión y el acercamiento de los presos vascos a cárceles cercanas a su lugar de origen. Javi Julio

publicado
2017-04-25 16:51

“Esto acabará como la nieve: nadie sabe cuándo se ha ido, solo sabemos que la nieve ha desaparecido”.

Es la metáfora que, en octubre de 2010, Jesús Eguiguren —entonces presidente del PSE— empleó en una entrevista con Jordi Évole para intentar explicar cómo se iría diluyendo la violencia de ETA —o mejor dicho, su recuerdo— una vez anunciado el fin de las acciones armadas.

Cuando nieva, a nadie le pasa desa­percibido. Es algo extraordinario, inusual, evidente. La nieve acumulada en la carretera y las aceras está ahí, estorbando, afectando a nuestra vida cotidiana. Y de eso todo el mundo se acuerda, y de aquella gran nevada se habla durante años… ¿Pero en qué momento exacto ya no hay nieve en las orillas del camino? Nadie recuerda ese instante, pero luego ya no hay nada. Queda lo cotidiano, lo que no llama la atención.

Lo normal

¿Han alcanzado los vascos esa normalidad? Pero, ciertamente… ¿Qué es la normalidad? ¿Consiste en volver a alguna situación anterior, sin violencia, sin represión, sin víctimas, en democracia? ¿Con qué podemos comparar lo que pasa ahora, y qué criterio existe para definir la normalidad que se pretende alcanzar?

No hay una referencia universal, ni una sola respuesta. No puede haber, por tanto, un relato que cierre este episodio de décadas, un punto de vista que englobe las vivencias de cientos de víctimas, de millones de ciudadanos y de quienes ejercieron la violencia. En principio, parece claro que es un empeño imposible. Y, sin embargo, se insiste en la guerra del relato.

El ejemplo más reciente y sonado es el del escritor donostiarra Fernando Aramburu con su novela Patria: “La derrota literaria de ETA sigue pendiente —afirmó en una entrevista en El País (2-9-2016), justo antes de publicarse el libro—, ¿de qué sirve hablar de la derrota de la banda si luego predomina un relato que glorifica a la organización?”. La novela llevaba 200.000 ejemplares vendidos a finales de marzo, todo un fenómeno editorial impulsado, sin duda, por razones ajenas a la literatura: la derrota literaria de ETA como objetivo declarado.

Ramón Zallo, catedrático de Comunicación Audiovisual en la Universidad del País Vasco (EHU), ha salido al paso de dicha pretensión, colocando el debate donde seguramente Aramburu no quería. “Si Patria ha tenido tanto éxito de ventas y crítica y ha causado tanto impacto será, sobre todo, porque le ha venido bien al establishment, especialmente en la llamada batalla por el relato”.

No puede haber ejemplo más claro que el propio Mariano Rajoy. “Acabo de leer Patria —reveló en una entrevista a El Faro de Vigo (2-1-2017)—. Es buenísima; refleja muy bien el conflicto vasco”. Eso en lo político. En lo literario, los críticos Ignacio Echevarría y Gonzalo Torné se han tomado la molestia de recopilar las reseñas de Patria: encontraron unas 50 —sólo hasta mediados de febrero—, y únicamente dos o tres no eran abiertamente entusiastas.
¿Por qué la izquierda abertzale prolongó tanto un debate tan urgente? ¿Cuánto sufrimiento se pudo haber ahorrado?
La batalla está planteada en estos términos. Si en todas las guerras la primera baja es la verdad, cuando llega la paz ese muerto no resucita. La verdad no vuelve sola, sino que se construye dando bandazos. No en vano dicen que la historia no es más que una mentira consensuada. En palabras de Ramón Zallo: “Es una batalla en parte inútil, porque siempre habrá relatos en plural”.

En el caso de la novela de Aramburu, sorprende su intención declaradamente política, ya desde antes de llegar a las librerías: una ficción puesta al servicio de un objetivo real e inmediato, algo muy inusual en la literatura, y con resultados generalmente mediocres. Y, por supuesto, Aramburu no es el único caso, ni en un sentido ni en el contrario. Pero ha vendido más de 200.000 libros.

Hacer la historia

Ciertamente, nuestro conocimiento de la historia está basado en ficciones, películas y novelas. ¿Será así también en el caso de ETA? ¿La guerra será un cuento algún día? Quizá sí, pero la violencia ha sido muy real, y los hechos —la historia— están ahí. La hemeroteca rebosa de atentados, detenciones, muertes y, algo menos, de torturas y otras consecuencias no tan evidentes (familias divididas para siempre, la dañada convivencia…). Lo que no está tan claro, y quizá no lo esté nunca, es el momento en que la violencia de ETA dejó de ser más o menos indiscutible dentro de la izquierda abertzale para ir convirtiéndose en un obstáculo estratégico —primero— y un problema ético —después— que había que afrontar de una vez por todas.


“Perder la batalla militar no tiene por qué implicar perder también la batalla política”. Parecen palabras recientes, pero datan de 1992, y las escribió Eugenio Etxebeste, ‘Antxon’, desde la República Dominicana. Por aquella época, ‘Kubati’ —condenado por asesinar a Yoyes en 1985— ya escribía algo parecido desde la cárcel (donde estuvo hasta 2013): “Ha llegado el momento de ser realistas y valientes. Si hay que admitir que la lucha armada, en estas condiciones y tal como se ejerce, es perjudicial para nuestros objetivos, se admite y punto”.

Aún tuvieron que pasar casi 30 años para que ETA decidiera el cese unilateral de la lucha armada, el 20 de octubre de 2011. Ese larguísimo proceso, ese viraje interminable —el giro de un enorme transatlántico, según la metáfora de Arnaldo Otegi— está narrado de forma rigurosa, documentada y honesta por Imanol Murua, periodista de Zarautz, en su libro Ekarri armak (Un final para ETA. Crónica de un proceso inacabado, Editorial Ttartalo), de donde proceden muchos de los datos de este reportaje. Y los datos en esta historia son importantes, porque “casi todo lo que se publica sobre ETA es pura especulación —advirtió en su día Eguiguren—. El 20% se basa en informaciones de las fuerzas de seguridad, el 10% se inventa y el 70% es directamente falso”.

En todo caso, ¿por qué la izquierda abertzale prolongó tanto un debate tan urgente? ¿Cuánto sufrimiento se pudo haber ahorrado si la misma decisión de dejar las armas hubiera llegado 10, 20, 30 años antes? Por un lado, tal y como ha apuntado Otegi, “los militantes revolucionarios no podemos confundir la lealtad y la disciplina con la obediencia acrítica a todo lo que nos llega desde la dirección de nuestras organizaciones”.

Es, quizá, una forma tácita de reconocer lo que pasó durante tantos años, concretamente hasta que llegó la escisión de la izquierda abertzale que propició la creación de Aralar, el partido impulsado por Patxi Zabaleta —histórico líder navarro, fundador de HB en 1978—. Tras la ruptura del acuerdo de Lizarra-Garazi y el fin de la tregua de ETA —la más larga hasta entonces, entre 1998 y 1999—, una parte minoritaria de la militancia se apartó de la refundación política oficial de la izquierda abertzale (Batasuna) para crear Aralar en 2001: “La unilateralidad la teorizamos nosotros —ha reivindicado años después Zabaleta—. Vimos que no había otro camino”. Diez años después, tras la absorción de Aralar dentro del tsunami electoral de Bildu, Zabaleta se consolaba irónica pero afiladamente: “Al menos me alegro cuando otros ganan con nuestras ideas”.

Cambio de rumbo

El transatlántico había virado por el impulso de la izquierda abertzale política, que, por primera vez en varias décadas, tomó la vanguardia del movimiento en detrimento de ETA, más o menos remolcada hacia el uso exclusivo de medios políticos y pacíficos. Algunos presos y presas —la vía Nanclares— habían adelantado ese viaje, entre otros Carmen Gisasola —que pasó 24 años en la cárcel, hasta 2014—. En el libro de Murua aporta su visión particular de este proceso: “En cualquier organización, cuando una minoría toma la decisión de dar el paso, la acusan de liquidacionista; si lo da una mayoría, entonces lo denominan cambio. La izquierda abertzale, en su globalidad, ha llegado a las mismas tesis que Aralar diez años más tarde”. Sin embargo, hay que tener en cuenta que Otegi y compañía prefirieron esperar a que todo el movimiento asumiera esas tesis, evitando el riesgo de escisión que habría echado al traste todo el proceso.

Sea como sea, Otegi resumió así su proceso personal en Ekarri armak: “Yo he sido militante de ETA, y pienso que la lucha armada siempre tiene que ser el último recurso […]. Si alguien me lo pregunta en las condiciones actuales, le diría claramente que la lucha debe ser pacífica y desobediente, por razones éticas y políticas”.


Sin embargo, otra pregunta permanece planeando sobre este interminable proceso de desarme (sin olvidar un dato: si la política penitenciaria no cambia, los últimos presos saldrán en 2054): ¿Ha dejado ETA las armas por una decisión propia y sincera —ya sea política o ética— o como consecuencia de una derrota militar inapelable? Y ahí reaparece de nuevo la batalla del relato. ¿Qué va a hacer la izquierda abertzale con su propio relato de ETA? ¿Hasta qué momento histórico (muerte de Franco, Hipercor, Miguel Ángel Blanco…) ETA será reivindicable como vanguardia violenta? O dicho de otra forma: ¿a partir de cuándo la historia de ETA no tiene justificación para casi nadie?

“Sí, las armas me han hecho daño —escribía la periodista Idurre Eskisabel (Berria, 8 de abril)—. Especialmente las que se han utilizado en mi nombre, pero sin pedir mi opinión”. Y recordaba estos versos de Gabriel Aresti (1974), musicados por Imanol: “Etarren amek asko sufritzen dute, semeak hiltzen dizkietenean eta batez ere semeek hiltzen dutenean…” [“Las madres de los etarras sufren cuando les matan los hijos, y sobre todo cuando sus hijos matan”].

El periodista Imanol Murua cierra su libro con una reflexión certera e inquietante: “El reconocimiento de un fracaso estratégico abrió a la izquierda abertzale la posibilidad del éxito político […]. En otras palabras, reconocer la derrota le ha aportado la opción de ganar”.

Aun así, la tarea pendiente es enorme, sea cual sea la normalidad que se intuye como meta. El pasado 8 de abril, en Baiona, el artesano de la paz Michel Berhokoirigoin —veterano sindicalista bajonavarro y uno de los mediadores en el desarme de ETA—, pronunció un discurso conmovedor, pero muy exigente: “No construiremos nada sin tener en cuenta el pasado. Tenemos que aprender a ponernos en el lugar del otro. Tenemos que subir la montaña del otro. Hay que reconocer y curar las heridas individuales y colectivas”.

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