Laboral
Laura Sanz Corada: “Los recuerdos son documentos rigurosos porque construyen realidad”
Pequeña, plana y seca, la galleta es un alimento que se popularizó por su sencillez y su fácil transportabilidad. Húmeda adquiere otras propiedades, se convierte en una experiencia diferente. Pierde las particularidades que la hicieron popular, aumenta su capacidad de conectar con el pasado, despierta los sentidos. Las posibilidades metafóricas de una galleta son infinitas y de eso acaba hablando en esta entrevista la autora de Galleteras. La otra memoria de la galleta maría (La Caja Books, 2026).
Hay poco que explicar sobre lo que significa la galleta maría en la biografía de muchas. Omnipresente, hiperpublicitada y ultradistribuida, este producto de la marca Fontaneda tiene un lugar propio en el imaginario de varias generaciones. Lo que no es tan fácil de evocar es otra historia: la cadena de trabajo silencioso y feminizado que hacía posible esa producción. Las historias de esas mujeres, en ese lugar, en ese momento. Eso es lo que la escritora, poeta y antropóloga Laura Sanz Corada (Aguilar de Campoo, 1993) desmigaja en su libro.
Te dicen mucho esto de: “Así que del pueblo de las galletas...”. ¿Dónde se ubica esta historia? ¿Cuál ese el “pueblo de las galletas”?
“El pueblo de las galletas” no es algo que decimos nosotros mismos como aguilarenses, sino que desde fuera nos lo dicen rápidamente. Además, en el libro trazo ese recorrido personal desde que me fui, una especie de desarraigo, e intento darle nombre a ese pueblo. Todo el rato yo intento ubicarlo en el mapa para que después me lo desplacen todos por el “de las galletas”. Aguilar de Campoo es un pueblo esquinado entre Palencia, Burgos y Cantabria, a la ribera del río Pisuerga, de muchísima tradición industrial, de cien años de tradición obrera. Pero antes de todo eso había ganadería, había campo. Era un pueblo rural como cualquier otro que se vio muy, muy cambiado por esta asociación tan directa con las fábricas. Y, bueno, al final tener el trigo, el acceso directo de toda la materia prima que podían traer por Santander y que entraba tan rápido a Aguilar, le permitió ser “el pueblo de las galletas”. Pero es más cosas, claro.
El libro empieza con una coreografía de mujeres en una cadena de montaje. ¿Como has reconstruido esta coreografía?
En casa siempre he tenido la historia de mi madre como trabajadora de las galletas. Incluso mi hermana, ella sigue trabajando en la industria galletera a día de hoy. Siempre lo he tenido muy de cerca, pero nunca he sabido recrear o imaginarme ese movimiento de manos. A día de hoy, después de haber escrito el libro, ni siquiera puedo retener la misma imagen de qué movimientos eran. Cuando quedo con estas extrabajadoras de Fontaneda para para hacer las entrevistas cualitativas y charlar un poco sobre su tiempo en la fábrica, en algún momento les pido que lo reproduzcan. Y cada una lo reproduce a su manera. Esto es una cosa que tiene que ver con el recuerdo. Es algo que no puedo retener, de lo que ni siquiera tengo imágenes. A mi madre se lo he hecho repetir, le he pedido que me lo relatara muchas veces, para yo tener claro todo el trayecto que hacía la galleta cuando ya estaba amasada y bajaba por el troquel e iba a los hornos. Básicamente, ellas estaban pegadas contra el horno. Entonces aquí [en la cadera] muchas tienen un callo, un morado. Cuando empiezo a investigar y me veo frente a ellas en una mesa, todas haciendo ese movimiento de manos, esos gestos, pensé: “Es la coreografía del recuerdo”. Me pareció muy bello pero a la vez empezamos con el recuerdo de los dolores, todas me traían los dolores. Eso me pareció súper significativo y creo que también marcó el camino.
El libro empieza con esta coreografía, una panorámica. Pero cuando se hace un zoom se ve esparadrapo sobre unas manos que sangran. ¿Se sangra haciendo galletas?
Sí, porque se queman, están todo el rato trabajando con una materia que se está transformando. Ellas eran las de las manos delicadas, los hombres hacían otro tipo de trabajos de más fuerza, entre comillas. Lo de ellas era el trabajo que se consideraba delicado, pero un trabajo delicado que ha generado muchísimas heridas, también físicas. Ellas recuerdan este esparadrapo que se colocaban un tiempo antes de salir, algunas en autobús si venían de otros pueblos. Se colocaban el algodón y se ponían el esparadrapo. Para mí era como los pies del ballet, pero en las manos. Y mi madre precisamente cuenta que ella quería ser bailarina de ballet y no pudo; para mí fue una imagen muy poderosa de cómo en vez de quemarse los pies, se quemaban las manos en este trabajo.
El libro se titula Galleteras y en algún momento se explica que a veces se lo llaman de forma despectiva. ¿Por qué?
Yo creo que hoy en día esto ha cambiado y que lo reconocemos ya desde un lugar positivo, pero cuando ellas empezaron en la fábrica no era tan común que las mujeres empezaran un tipo de trabajo más obrero, más industrial, que venía totalmente asociado al hombre. Estas mujeres empiezan a trabajar en el 73 o el 74, justo a poquito de que de vaya a morir Franco. Tenemos registro de que quince años antes ya se trabajaba en las fábricas e incluso antes, cuando Fontaneda empieza, en los años 20. Se dice, porque es que no está registrado en ningún lugar, que ya trabajaban mujeres entonces. Hay alguna foto de los años 50 que lo acredita. Pero es que se quemaron muchísimas cosas, no tenemos acceso directo a plantillas ni nada, ni siquiera plantillas de cuando estaba mi madre. Se destrozaban estos archivos. Alguna galletera y algún historiador también me contaba eso, que cuando ocurre lo del conflicto hay cosas que se rompen. Entonces son papeles a los que no tenemos acceso. Ni siquiera se pensó en tener eso recogido como parte de la memoria de lo que de lo que ha supuesto o incluso como datos demográficos de trabajo muy importantes para entender cuál era la demografía del pueblo.
En estas mujeres hay una autonomía, un arrojo y una decisión que no estaba muy bien vista, por eso galleteras era algo despectivo. Era un tipo de mujer a la que no se podía entender como mujer.
La demografía del pueblo es muy particular, porque las mujeres empiezan a trabajar desde muy temprano fuera del hogar. En los años 50 y 60 se esperaba que trabajaran y se casaran y volvieran al hogar y ya está. Pero a partir de los 70, cuando entran estas mujeres de las que yo hablo, empiezan algunas a decir: “No, es que yo me caso, pero me quedo a trabajar”. Entonces en estas mujeres hay una autonomía, un arrojo y una decisión que no está muy bien vista, por eso galleteras era algo despectivo. Era un tipo de trabajo que se asociaba más a lo que tenemos asociado con lo masculino, se decía que eran bastas, facilonas. Esto son palabras suyas. Es un tipo de mujer a la que no se podía entender como mujer.
Entonces esa connotación despectiva tiene que ver con el acceso que tuvieron a cierta emancipación. Estamos hablando de mujeres que entran a trabajar a los 14 años, con permiso del padre y cuyo salario se espera que se devuelva al hogar. ¿De qué manera trabajar en la fábrica les permitió cierta autonomía?
Eso era todo para los padres, iba directamente a la casa. Pero ya cuando son mayores de edad y llevan un tiempo trabajando, ellas tienen la posibilidad de comprarse un piso. Tienen acceso también a sacarse el carné de conducir, cosa que no era tan común en la época. Está bien visto que salgan sin un acompañante hombre, para bailar, para el ocio, para cualquier cosa, para diferentes actividades. Incluso esos primeros divorcios... Todo viene acompañado también por lo que era la época, creo, un poquito adelantadas. Yo siento que para ser un pueblo rural, la sociología de la mujer aguilarense de repente estaba siendo un poco adelantada, un poco más urbana en términos de ritmo, algo que se estaba viendo en Madrid o Barcelona, pero no en los pueblos.
Sin embargo, en la fábrica se dan una serie de desigualdades. ¿De qué manera los hombres y las mujeres no eran lo mismo que los hombres?
Ellas se encargan sobre todo de manipular las galletas, porque los hombres están destinados a otro tipo de trabajo, como el como el amasado o el transporte. Durante Franco, las mujeres no podían trabajar de noche por ley, entonces ahí los hombres trabajaban de noche, pero durante el día era el trabajo de las mujeres. El trabajo de las mujeres se veía como algo menor y, por supuesto, esto se notaba en el salario. En cuanto empiezan a afiliarse a los sindicatos, ya hay una lucha también por temas de igualdad. Ellas se reconocen en un lugar bastante importante dentro del comité de empresa. En las elecciones se presentan en primeros puestos. Ellas se ven ahí reconocidas y luchan un poco por los derechos de todos los trabajadores como una masa, por todos los trabajadores, no hacían una distinción.
¿Qué supone para ellas este contacto con la lucha sindical?
Algunos en su casa tenían ejemplos de lucha de los padres o hermanos mayores. Algunas en casa sí que veían una lucha antifranquista bastante potente, otras mediana y otras nada, pero veían que estaban en un momento bisagra y que tenían que aprovecharlo. Se afilian con 17 años, son jóvenes, no había todavía quizá una conciencia muy política. Pero sí veían que con la muerte de Franco algo estaba cambiando, que se podían afiliar a un sindicato libremente. Tampoco quiero idealizar el trabajo en las fábricas, pero sí que es verdad que el estar codo con codo y el estar constantemente en contacto con cómo se sentían en la fábrica les hacía llevarlo sobre la mesa, actuar. El sindicato les daba esa oportunidad.
Cuando llega el ERE, se encuentran con que en la lista la mayoría son mujeres. Y, de hecho, los despidos acaban siendo también en la mayoría de mujeres.
En el 96 viene una primera multinacional que es Nabisco, es la antesala de lo que sucede en el 2002. Le compra la marca a la familia Fontaneda. En esa compra ya se dice que se tienen que hacer recortes y se presenta este ERE de 123 personas, la mayoría mujeres afiliadas al sindicato de Comisiones Obreras. Esto va a juicio y no pasa nada con eso. Es algo que no se recuerda tanto en el pueblo, lo que sucedió en el 96. Ellas lo que sentían es una gran división interna. Aun así, se encerraron muchas mujeres y muchos compañeros de Comisiones Obreras, pero no estuvo nadie para apoyarlas en ese encierro. Ellas lo recuerdan con muchísima soledad. Pero claro, cuando pasa lo de 2002, cuando United Biscuits, que era una multinacional mayor, viene y compra la marca para además llevársela del pueblo, todo el pueblo se moviliza y sale a las calles. Entonces, claro, hay sentimientos encontrados de estas mujeres.
El relato que conocía era casi de IA, totalmente frío y robótico. Empecé a desgranarlo, a pensar dónde estaban los huecos. Ahí es donde entran los testimonios orales y los propios recuerdos de la hija de galletera
Yo creo que fue doloroso por esa separación, por esa tensión que hubo. Muchas recuerdan también cómo compañeros y compañeras que sí se quedaron en la fábrica en el 96, dejaron de hablarles. Creo que es muy significativo lo que pasa en el 96 y que luego lo que pasó en 2002, fue una manera de opacar lo que había sucedido antes. Afectó a más puestos de empleo, unas 200 personas, luego se negoció y digamos que tuvo un final feliz o que el final no fue tan trágico como podría haber sido. Yo sentía que faltaba este relato, el del 96.
Dices que en algún momento que la memoria es selectiva. ¿Cuál es la selección, natural y qué es lo que intentas seleccionar tú?
Yo empecé a interesarme por esto porque quería escribir ficción y me aparecía todo el rato una fábrica de dulces, rodeada de una montaña, en la que trabajaba una mujer hastiada. Empecé a investigar un montón y me di cuenta de que realmente no había nada. Estaba todo el rato el relato repetido de Aguilar, el de las galletas, el año 1881, la esquinita de la plaza Eugenio Fontana donde empezó a hacer sus bizcochos.
Como un cuento...
Como Charly y la fábrica de chocolate. Para mí, era un relato casi de IA, totalmente frío y robótico. Tuve que hablar con una bisnieta y tataranieta para que me contara qué se recordaban en la familia de quién era Eugenio y Rafael. Cogí la historia más oficial, la que está desde Wikipedia y los papers sobre la economía y lo que supuso la fábrica a nivel económico en el pueblo y en la región. Y empecé a desgranarlo, a preguntarme dónde estaban los huecos. Ahí es donde entran los testimonios orales y los propios recuerdos de la hija de galletera, que puedo ser yo, pero que es toda una generación, porque está esa voz que es la narradora, no es la autora. De igual manera está María, que es mi madre, pero son todas sus compañeras. Y está la niña, la hija de la galletera, que soy yo con todas mis compañeras.
Son sujetos colectivos.
Exacto. Me interesaba eso como una manera también de representar lo colectivo en el pueblo. Entonces ahí vi lo que supone también la memoria, cómo era mi recuerdo, empecé a reconstruir la propia memoria junto a mis amigas, amigos y conocidos de generación, y a recoger cómo ellas recuerdan su juventud en la fábrica. Ha sido esa amalgama lo que he intentado plasmar en el estilo y en la forma del libro. Aquí vamos a ver dolor y vamos a ver callos en los dedos, pero también vamos a ver esta deconstrucción de una galleta, todas estas migas que están ahí amalgamadas. La memoria, al final, es muy fragmentaria.
me parece importante reivindicar los recuerdos como documentos orales igual de rigurosos que cualquier otra cosa a nivel científico de las ciencias sociales
Para mí el libro está hecho de recuerdos. Además, me parece importante reivindicarlos como documentos orales igual de rigurosos que cualquier otra cosa a nivel científico de las ciencias sociales. Esto la antropología nos lo da siempre, estoy eternamente agradecida a cómo la antropología siempre permite que la subjetividad pueda formar relato. Es un puzzle, es un rompecabezas, que no está completo, al que le faltan todavía muchísimas piezas que yo no tengo que meter ya.
Hablas del recuerdo como una fuente objetiva para construir el resto. Empezaste hablando de cómo cada una de las mujeres a las que preguntaste cómo era la coreografía de la cadena de montaje la recordaba de una forma...
No la defiendo como una fuente objetiva, sino como una fuente rigurosa en el sentido de que construye realidad o verosimilitud en cómo nos narramos a nosotros mismos como pueblo. Y, sobre todo, porque mi objetivo era ese ver todas las contradicciones. Porque cada uno recordamos distinto, eso ya construye un relato 360 al que poder mirar. La fábrica no es simplemente ese relato oficial que vemos en un panel de turismo cuando vamos a Aguilar de Campoo o cuando leemos un paquete de la caja de galletas Fontaneda hoy día, siendo ya muy lejana a lo que fue el pueblo de Aguilar, sino que es las trabajadoras, las hijas de trabajadoras, los propios dueños de la fábrica, la multinacional que vino, la gente de fuera que ha comido galletas Fontaneda. La antropología me ha servido como herramienta, pero el fin ha sido literario.
Cuando hablas de las decisiones estéticas, dices que El año del descubrimiento te ha dado lugar a repensar “el compromiso estético con la clase obrera industrial”? ¿Qué quieres decir con esto? ¿Cuál es el compromiso estético? ¿De qué forma crees que eres fiel a la estética industrial?
Yo no sé si he sido fiel, estoy muy atenta a ver qué lecturas pueden surgir. Me da un poco de miedo porque no soy experta en movimiento obrero, no soy experta en lucha sindical femenina ni trabajo femenino, simplemente eso era una parte fundamental de esta historia y he tenido que informarme, documentarme. En El año del descubrimiento, lo que hace Luis López Carrasco, el autor, me vuela absolutamente la cabeza. Me parece uno de los trabajos documentales más importantes de la época, sobre todo por su decisión de dónde poner la cámara y cómo trabajar con el archivo con esas imágenes, pero trasladado al hoy, al presente, con personas presentes. Creo que lo que hace él es trabajar muy bien con el tiempo y creo que también dentro del movimiento obrero podemos caer en la tentación muchas veces de tratarlo desde la idealización o desde un lugar desplazado. Poderlo situar y poder estar también en ese lugar situado es lo que nos puede ayudar más. Se habla mucho de dar voz. A mí es una expresión que me rechina.
yo no estoy dando voz a las galleteras, es que su voz es tan potente que me parecía increíble que no existiera algún documento que la recogiera
Porque yo no estoy dando voz a las galleteras, sino que creo que la voz de las galleteras era tan potente que me parecía increíble que no existiera algún documento, artístico o no, que realmente recogiera esa voz. Me parece que hay que quitarnos esa idea de “dar voz” para poder tener ese compromiso estético, como digo, con la clase obrera en este caso. Y para eso tenemos que estar muy cerca y no tener miedo a mancharnos, no tener miedo a la autoficción y a estar con las personas que hoy día están ahí. Habría sido muy distinto si yo no hubiera sido Aguilar y habría sido muy distinto si yo hubiera trabajado en la fábrica. Ese vértigo, yo lo sigo sintiendo. He escrito un libro sobre la fábrica sin haber trabajado en ninguna de las fábricas, pero también me he acercado a esta escritura desde ahí, poniendo por delante ese lugar de desarraigo, de sentirme tránsfuga de clase. Tránsfuga además, como algo genealógico: mi madre fue tránsfuga del campo a la industria, porque mi abuelo, antes de nada, fue ganadero. Quería poder identificar esos saltos en la genealogía y eso me ha permitido acercarme, retratarlo, de esta manera.
Partes en la pregunta inicial de cómo puede una fábrica dejar una huella tan profunda y a la vez caer en el olvido. ¿Cuál crees que es esa huella a día de hoy?
Hace poco, tuve un taller con varias vecinas y vecinos de Aguilar. Y una de las galleteras decía: “Siento que es un pueblo muy feminista, que las mujeres, que las mujeres de Aguilar somos muy feministas”. A mí me cuesta verlo, igual tiendo al pesimismo de la época, porque estamos en un momento que a mí me da mucho miedo personal y colectivamente. Pero, claro, es que no podemos dejar de mirar esa herencia. Yo creo que la herencia que tenemos las generaciones más jóvenes en Aguilar, sobre todo en las mujeres, tiene que ver con eso, tiene que ver con esa autonomía, con ese arrojo que tuvieron las mujeres y que además lo hemos tenido en casa. Yo creo que las hijas de galleteras lo vemos más claro porque hemos visto cómo actuaba nuestra madre. A nivel personal, eso ha sido siempre un faro increíble. Yo no me había dado cuenta hasta que me he puesto a escribir el libro que mi madre no tenía dos, sino que tenía tres jornadas con la militancia, porque mi madre estaba implicada hasta arriba. Me he podido reconciliar como hija con muchas cosas y también me ha permitido enfocarme como madre, ahora que soy madre. Creo que hay un poso ahí. Pero me cuesta verlo porque porque no se nombra. Falta nombrarlo, falta una calle de las galleteras, faltaba un libro de las galleteras, falta una película de las galleteras, un día de las galleteras. Falta algo que realmente dé cuenta.
¿Lo has presentado en Aguilar? ¿Cómo ha sido?
Iba con pánico. Soy consciente que hay muchas heridas, sobre todo con el conflicto. Hay muchas tensiones a muchos niveles. Es un pueblo, todos se conocen y nos conocemos. Yo soy Sanz Corada, saben quién es mi padre y mi madre, y quién es mi hermana. Seguramente ha habido gente que no ha venido por miedo a lo que pudiera pasar después de la conversación. Pero lo que recibí fue agradecimiento, sobre todo de las mujeres trabajadoras de la fábrica. Me quedo con eso, el saber que ellas se han visto reflejadas. También ha habido unas primeras lecturas de galleteras con las que no hablé para este libro que me lo nombran como entrañable y me parece hermoso porque creo que también es parte de esta historia, no solo el dolor, no solo el conflicto. Aguilar, además, no muere con la fábrica de Fontaneda, sigue habiendo vida industrial dando de comer a muchísimas familias y es simplemente una parte más dentro de toda la industria.
Tú vienes de la poesía, tu escritura viene de ahí. ¿Qué tiene que ver este libro con la poesía y que tiene que ver con tus obras anteriores?
Me cuesta mucho pensar que es el libro porque siento que es muchas cosas. Siento que puede ser un ensayo narrativo, pero siento que a la vez es una novela documental, o puede ser un poema invertebrado y larguísimo. El género se define en función de sus lecturas y sus lectores y lectoras. Yo ya lo he sacado de ahí y poco más puedo hacer. No sé si no sé si hago bien en definirlo, pero la poesía lo atraviesa todo. Es algo que quizás al principio, cuando empiezo a escribirlo, no forma tanta parte de él, pero cuando me doy cuenta de que no puedo dejar el yo fuera, porque esta historia me interpela desde todos los costados, es cuando en esos fragmentos, que son además más breves y condensados, donde entra la infancia, creo que ahí es donde entra más fuerte la poesía, porque creo que yo solo sé narrar desde ahí a mí misma. Y eso ha sido muy bonito también de trabajar en el texto, el libro está totalmente atravesado por ese lado. No puedo quitarme de lo poético.
Has mencionado antes la palabra autoficción, no hay que tener miedo a la autoficción, has dicho. ¿Podríamos decir que es un ensayo autoficcional? ¿Sería eso un oxímoron?
Creo que sí, si le añadimos “colectivo”, un ensayo autoficcional colectivo, por lo que te decía: el recurso del yo plural, el intento de no ser una autorreferencia constante yo, sino alimentarse todo el tiempo de los recuerdos de las demás para construir un recuerdo colectivo que es al final lo que yo siento que nos faltaba un poco. Nos faltaba no el recuerdo, sino ponerlo sobre el texto o sobre algún lugar. Siento que la autoficción está muy denostada, pero se le puede dar tantas vueltas y es una manera más de expresarse.
Diferencias entre “recuerdo duro” y “recuerdo blando”. ¿A qué te refieres con esto? ¿Qué hay en este libro: recuerdo duro o recuerdo blando?
Lo blando que tiene que ver con lo humano, con ese recuerdo más subjetivo, con otro tipo de vivencia que uno a veces piensa que no tiene cabida en según qué espacios. Y el recuerdo duro sería la máquina, lo que está en el relato oficial. También me lleva a pensar en lo blando asociado con la mujer y lo duro con el hombre. Quería poder romper con eso y decir que el recuerdo también es lo que nos lleva a los lugares más internos y más necesarios que tenemos que escuchar.
¿Tu libro es una reivindicación del recuerdo blando?
Pues sí. El recuerdo blando, lo subjetivo, lo íntimo. La ambición era traerlo a colación y tejerlo con lo demás, incluido el relato oficial, que también es relato.
Tribuna
Feminismo sindical para transformar el mercado laboral
3 de marzo de 1976
La lucha de las mujeres en la huelga de Gasteiz de 1976
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