Escuela y genocidio: una interrupción

El deseo de continuar enseñando a las infancias persiste como una resistencia, un resto que escapa al poder de muerte y afirma la irreductibilidad del ser humano frente a su intento de aniquilación. Es en esta disputa donde el pueblo palestino afirma su dignidad. La escuela en Gaza irrumpe como un acto de Verdad, Justicia y Belleza, eso por lo que merece la pena estar vivo y seguir luchando.
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Ilustración de cubierta del libro, de la serie I’m Still Alive, de la artista visual gazatí Maisara Baroud.
Marta Venceslao (nodo UB de la RUxP)*
21 jul 2026 07:30

Solo 55 segundos de grabación. En las imágenes, un nutrido grupo de niños y niñas de diferentes edades, bien aseados y peinados, ocupan la práctica totalidad del espacio. Están sentados ordenadamente en el suelo. Los más pequeños en las primeras hileras, los mayores en las últimas. Cuadernos y lápices en sus regazos. Vemos a la maestra de pie, en uno de los extremos, con una pizarra improvisada a su espalda. Improvisadas son también la estructura de madera y las paredes de lona, al igual que el techo, que dan forma a esta escuela. La maestra inicia la clase con una canción que los alumnos entonan vivamente. A continuación, da unas indicaciones, tal vez para la realización de algún ejercicio. Los alumnos, que la escuchan con atención, abren sus cuadernos y comienzan a escribir. Parecen concentrados en la tarea. En otro momento de la secuencia, escuchamos a la profesora pronunciar algunas frases que repiten a coro en lo que parecería un ejercicio de memorización. Mientras la clase trascurre, la cámara, probablemente de un teléfono móvil, continúa desplazándose por el interior del espacio y se detiene en los rostros de algunas niñas que sonríen desde la primera fila. Después, se asoma entre las lonas para enfocar el exterior. Bajo el cielo azul, escombros, escombros y más escombros. Ni un solo edificio en pie. Solo ruinas y destrucción. El último plano del video está tomado desde el exterior de la construcción con la distancia suficiente como para poder observar, en su conjunto, esta peculiar excepcionalidad: en medio del horror, una escuela… Una isla, un refugio, una interrupción.

Imágenes como estas, que corresponden al inicio del curso escolar en Gaza en septiembre de 2024, después de 11 meses de genocidio y con la ya práctica totalidad de los edificios escolares destruidos, han venido repitiéndose desde entonces, por inverosímil que parezca. Como Sísifo, las maestras y los maestros palestinos han continuado quitando escombros e improvisando escuelas que han vuelto a ser destruidas una y otra vez.

Siguiendo el mismo hilo argumental, quisiera ahora retrotraerme en el tiempo a otra escuela que también fue pura interrupción. A inicios de 1944, los prisioneros del bloque familiar de Auschwitz organizaron una escuela clandestina.[1] Se trata de un episodio poco explorado en la historia de los campos de exterminio. En el bloque, a pocos metros de los hornos crematorios, se improvisó una escuela provista de una biblioteca con siete libros y lápices hechos con puntas de madera carbonizadas. Allí, los maestros enseñaban a los niños y las niclas del campo filosofía, matemáticas e historia, hacían juegos de memoria y organizaban concursos de redacciones. A pesar de tener la certeza de que iban a morir, o acaso por ello, no dejaron de despertarlos y asearlos por las mañanas para que aprendieran a leer y escribir, confeccionaran mapas o recitaran poemas. Nueve meses más tarde, la escuela fue desmantelada y la mayoría de sus miembros gaseados.

Detenernos en los detalles de ese episodio, también insólito, excede los límites de este recorrido. Sin embargo, ofrece algunos paralelismos con la escuela de Gaza que merece la pena explorar. La primera pregunta que podrían suscitar estas dos experiencias es si, ante la proximidad de la muerte, merece la pena importunar a los niños y las niñas con la geografía o el álgebra. ¿Acaso no hay tareas más prioritarias para la supervivencia en una situación tan extrema? ¿Qué sentido tiene esforzarse en retirar los escombros y levantar escuelas -que resistirán pocos días en pie- para que aprendan? ¿Por qué arriesgar la vida organizando una escuela clandestina para alumnos cuya muerte es inminente? ¿Por qué continuar insistiendo, como relataba uno de los supervivientes de Auschwitz, en que escriban “palabras y frases bien alineadas”? ¿No sería quizás más pertinente entretenerlos con otro tipo de actividades, por ejemplo lúdicas, que les permitan olvidar por un tiempo la brutalidad que les envuelve?

En esos interrogantes se juega la tesis que quisiera plantear. Tomemos como punto de partida la idea de olvido. Podría decirse que la escuela también posibilita un tipo de olvido, aunque lo hace de una manera completamente diferente. En la escuela de Gaza, vemos a los niños y las niñas afanados en sus cuadernos o atentos a la lección de la maestra. Parecen haberse olvidado de lo que les rodea. Pero este olvido, el que permite la escuela, no es tomado como un fin en sí mismo o un simple pasar el tiempo. Resolver operaciones aritméticas, analizar la sintaxis de una oración o familiarizarse con la geometría permite a las infancias sumergirse en una relación con el conocimiento que puede ser tan absorbente que las saca por un instante de un tiempo que se muestra sólo como amenaza. Las sustrae, como dice Jorge Larrosa para la escuela en Auschwitz, de un espacio que “está hecho todo él de horror y de necesidad, de amenaza de muerte y, por tanto, de ocupación y de preocupación por la estricta e improbable supervivencia” (p. 455). Apenas para seguir teniendo la sensación de que hay un mundo hecho de letras, números, ideas y conceptos, y de que ese mundo puede compartirse con otros. Ese es, precisamente, el compromiso pedagógico de la escuela: poner a la niñez en contacto con la cultura, despertar en ella el deseo de saber e invitarla a formar parte de un mundo común.  

El tiempo escolar, con sus rituales y rutinas, su pizarra y sus cuadernos y, por supuesto, con sus maestras, permite -incluso en su provisionalidad más absoluta- una forma especial de estar juntos en la cual los niños y las niñas son interpelados como estudiantes, y no como víctimas, aunque esta condición no sea completamente ignorada. Lo que más importa en ese tiempo no es la certeza de que el final esté cerca, sino la exploración de aquellos conocimientos que, desde tiempos inmemoriales, nos han permitido configurar el mundo. Mostrando su esencia constitutiva, las escuelas de Gaza y Auschwitz dan cuenta de su capacidad para crear un tiempo propio, que no únicamente conjura el espanto, sino que primero y antes que nada posibilita eso que Hannah Arendt denominó tiempo para el mundo. Es decir, un tiempo para conocer el mundo, compartirlo y cuidarlo.

Es aquí donde la escuela aparece como una interrupción a la lógica del genocidio: irrumpe su sentido previsto, produce un quiebre, una grieta por donde sobreviene algo imprevisto. Consigue suspender, por un tiempo, el imperativo de muerte al poner en acto el cuidado y la atención que merecen todas las infancias. Instituye un espacio mínimo, pero radical, que permite albergar la dignidad de lo humano. Nos recuerda que, incluso en medio de la desolación, es posible el amor y la belleza. En su naturaleza, la escuela es un refugio a la intemperie del exterminio. Y si bien no protege de las bombas, que pueden caer en cualquier momento. Ni de la cámara de gas, a la que se está indefectiblemente destinado. Ni del hambre, la sed, la enfermedad o el dolor, sí lo hace preservando a los niños y las niñas de la deshumanización a la cual se los pretende condenar. Con cada gesto escolar, les recuerdan que son precisamente eso, niños y niñas, y no animales, ni terroristas, ni despojos. Que son seres humanos capaces de experimentar la capacidad de participar en el mundo, de pertenecer a él y de cuidarlo, junto a sus maestras y maestros.

La escuela en el genocidio permite vislumbrar la pervivencia y la determinación de la dimensión humana en una época trágica. El deseo de continuar enseñando a las infancias persiste como una resistencia, un resto que escapa al poder de muerte y afirma la irreductibilidad del ser humano frente a su intento de aniquilación. Es en esta disputa donde el pueblo palestino afirma su dignidad. La escuela en Gaza irrumpe como un acto de Verdad, Justicia y Belleza, eso por lo que merece la pena estar vivo y seguir luchando.

[1] Agradezco al profesor Jorge Larrosa haberme dado a conocer este acontecimiento a través del texto “El hueco que deja el diablo”, recogido en su libro Esperando no se sabe qué. Sobre el oficio de profesor (2019) Ed. Candaya.

*

* Texto íntegro del capítulo escrito por Marta Venceslao (nodo UB de la RUxP) para el libro colectivo Un grito por la infancia de Gaza, editado por Txell Feixas Torras y Cristina Mas Andreu y publicado por Now Books, cuyos beneficios se destinan íntegros a entidades palestinas que trabajan sobre el terreno en Gaza. El libro cuenta también con textos de Greta Thunberg, Fermin Muguruza, Beatriz Lecumberri, Omar El Akkad, Jordi Évole, Santiago Alba Rico, David Fernàndez, Rima Al Qattawi, Jordi Armadans, Alejandro Pozo, Najwa y Sonia Elemare, Andrea López-Tomàs, Dominique y Elizabeth Salomon, Laila Serra y Maria Zreiq, Ahmad Al Farra, Raji Sourani, Maria Fernàndez y Rafeef Ziadah.

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