Opinión
La caza vista desde dentro
Cuando digo que soy vegana, tarde o temprano un tipo termina soltándome la pregunta: “Vale, pero si uno se come lo que caza, eso es éticamente admisible, ¿no?”. Suele venir de hombres bienintencionados, y comprendo el atractivo de lo que proponen. Frente a la carne troceada del supermercado, salida de fábricas donde los animales son reproducidos en masa y sufren, se dibuja la imagen de ese hombre solo y valiente en el monte, que se embarra, espera paciente durante días y abate finalmente a un animal que vive silvestre, de un solo disparo y casi sin dolor.
¡No vais a quedar ni uno! (septiembre de 2026, ochodoscuatro ediciones), con texto de Francisco Hughes e imágenes de Aitor Garmendia (Tras los Muros), deja esa imagen de la caza sin nada a lo que agarrarse. Lo hace sin teorizar demasiado: se limita a contar lo que vieron quienes estuvieron dentro.
Más de un año entre rehaleros
Hughes narra en primera persona cómo un pequeño grupo de activistas antiespecistas, del que él formaba parte, se infiltró durante algo más de un año en monterías españolas. La montería es, según uno de los vídeos que Animanaturalis publicarían gracias a las imágenes de esa infiltración, “la modalidad de caza más característica de la península Ibérica”, en la que las rehalas, jaurías de hasta 40 perros, acosan a los animales hasta ponerlos al alcance de los rifles.
Para entrar, los activistas se inventaron una productora audiovisual, se pusieron gorras naranjas y pulseritas con la bandera de España, y se ganaron poco a poco la confianza de organizadores, rehaleros y tiradores. El relato es absorbente y bastante cruento, y tiene un gran mérito: introduce a la lectora en un mundo cerrado y le va enseñando su vocabulario. Una aprende qué es un rehalero, una mancha o un plantel, y con estas palabras, se asoma a la forma de pensar de quienes las usan.
Lo más inquietante es que la mayoría de esa gente no encaja en una caricatura. Son a menudo amables y hospitalarios, y algunos hablan de sus perros con cariño. Y precisamente ese contraste incomoda más que cualquier retrato de buenos y malos, aunque en el libro aparecen también un par de personajes que bien podrían haber salido de una película de Álex de la Iglesia.
Sin suavizar nada
El libro no busca una falsa neutralidad y lo avisa desde el principio: es militante, antiespecista, contrario no solo a la caza sino a toda explotación de animales no humanos, explicando también por qué. Desde ahí describe escenas muy duras: perros muertos por deshidratación, animales despedazados, una cierva que no huye porque espera a su cría, amputaciones, trasplantes de tendón entre perros, vísceras que se reintroducen en el cuerpo de un perro y se cierran con grapas.
La prosa es llana, casi oral. Me leí el libro en dos tardes, y pensé que este es un texto ideal para quien, como yo, tiene dificultad últimamente para mantener la concentración. Las fotografías de Aitor Garmendia son pocas y mucho menos sangrientas que el texto. Lo agradecí, pero eché de menos más imágenes: Garmendia, premiado en el World Press Photo y en los Pictures of the Year, sabe retratar lo atroz con una mirada cuidada, y encuentra composición y luz incluso en los lugares más sórdidos. Creo que la selección tan minimalista tiene una explicación: el material completo está disponible fuera del libro. La infiltración dio lugar a dos vídeos, “Monterías, la caza con perros al descubierto” y “Así es la vida de los perros de caza en España”, publicados por Animanaturalis con el apoyo de CAS International, además de haber imágenes disponibles en la web de Animanaturalis. En el primer vídeo, por cierto, se oye la frase que da título al libro, “¡No vais a quedar ni uno!”, gritada por una cazadora mientras apuñala a los animales que los perros mantienen inmovilizados. No queda claro si se refiere a los perros o a las presas.
El mito del rececho
En el libro se relata cómo algunos cazadores se distancian de las monterías y reivindican solo el “rececho”, que es otra modalidad en la que el cazador sigue el rastro de una pieza y se aproxima hasta tener distancia de tiro, sin perros. Es la versión más romantizada, el tipo de cacería que me plantean esos tíos cuando quieren demostrarme que cazar es más ético que comprar en el súper. Lo que el libro retrata, sin embargo, son fincas cerradas, animales criados en granjas cinegéticas para ser luego soltados y atraídos con comida horas antes de que lleguen los “señoritos” a cazar.
Cuando he escrito sobre caza he recibido más insultos y amenazas que con cualquier otro tema. Una vez, bajo un artículo mío, un cazador comentó que había tenido una perra que se llamaba como yo, supongo que buscando amenazarme. Tras leer el libro sé mejor qué quería decir: los perros que no sirven para cazar se los “quitan”, como dice un rehalero, y los que sirven suelen acabar muertos en un agarre. Por eso tengo curiosidad por ver cómo se recibe un libro que no cuenta alguien de fuera, sino alguien que estuvo dentro y llegó a ser considerado “de la familia”. El propio Hughes relata las reacciones a las investigaciones: algunos defienden abiertamente estas prácticas, y unos pocos “puristas” rechazan las monterías pero salvan el rececho.
Nunca he cazado, pero he convivido con perros utilizados para caza. Y junto a mi antiguo local de ensayo había otro local, aún más destartalado, donde unos cazadores encerraban a los suyos, muy parecido a lo que se cuenta en el libro. Ladraban sin parar. Pobres. En los comentarios de un artículo que escribí sobre granjas cinegéticas me acusaron de ser una urbanita, y quizá no les falte razón. Pero mientras leía pensé en algo que vivimos la semana pasada en el bosque, afortunadamente lejos de esas monterías. Encontramos unas huellas que parecían de ciervo y, poco después, a la cierva con su cría. Nos oyeron, o nos olieron. La madre soltó un ladrido seco y se alejaron deprisa. Después pregunté a mi acompañante qué diría que significaba ese gruñido. “Peligro”, dijo. Ese peligro éramos nosotros. No las seguimos. Nos quedamos callados, viéndolas marchar, un momento mágico que ni siquiera quisimos fotografiar.
Da miedo imaginar tanta gente armada en mitad del monte. Pero al terminar el libro sentí sobre todo tristeza, por los animales cazados, los perros y también por los humanos que dedican sus vidas a matar y a hacer sufrir. Qué desperdicio de vidas.
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