Berlín oculto: donde el cabaret, el crimen y el ocultismo bailaron antes del apocalipsis

Los protagonistas de la noche en el Berlín de entreguerras eran videntes que asistían a la policía, bailarinas de cabaret, nazis, o las figuras más prominentes del hampa.
Cartel contra el baile como propagador de la sífilis en Berlín en 1919
Cartel contra el baile como propagador de la sífilis en Berlín en 1919. Imagen cortesía de La Felguera.

Como una Circe moderna atrapada en una fotografía en blanco y negro, una mujer nos mira fijamente desde 1929. La foto se titula “Opiómana en un cabaret”, pero su pose hipnótica y el cáliz que sostiene son un eco directo de los lienzos que John William Waterhouse dedicó a la hechicera mitológica. Esta imagen es la puerta de entrada a Berlín oculto: sexo, crimen y magia antes del apocalipsis nazi, la reciente publicación de la editorial La Felguera que desvela los secretos más fascinantes y turbulentos de la ciudad en la era de entreguerras.

En sus páginas se despliega una ciudad en plena efervescencia cultural y social que, al mismo tiempo, intenta digerir el trauma y la humillación de la derrota en la Primera Guerra Mundial. En ese hervidero encontramos una galería de personajes de todo pelaje: desde videntes que asistían a la policía, bailarinas de cabaret, nazis, hasta las figuras más prominentes del hampa, lo que inevitablemente lleva a preguntarse qué vínculo los une.

“Una de las motivaciones para hacer este libro fue desmentir algunos tópicos sobre los nazis y su relación con lo oculto”, cuenta el editor Servando Rocha

“Una de las motivaciones para hacer este libro fue desmentir algunos tópicos sobre los nazis y su relación con lo oculto”, cuenta el editor Servando Rocha. “A los nazis lo que más les atraía eran los mitos de origen racial, como las leyendas sobre la Atlántida, la tierra hueca, antiguas creencias. Pero el mundo oculto, en realidad, en gran parte lo despreciaban”, asegura.

Las páginas del tomo se dividen en tres apartados y se componen de completísimos textos de autores como Antonio Sánchez Samos, David Bizarro, Lady X o el propio Rocha, a las que se unen las voces de cronistas como Jean de Granvilliers o Bernard Zimmer, que nos transportan a las calles del Berlín de entreguerras. En sus relatos desfilan durante el día por las calles de la ciudad desde ex soldados mutilados que recorren las aceras con sus muletas hasta chicas flapper que adornan sus vestidos con esvásticas sauvásticas, cuando el exotismo oriental estaba de moda.

Pero era con la caída del sol cuando la ciudad revelaba toda su potencia. Una corriente de bohemia y libertad impregnaba la noche, tan palpable que el cronista Otto Serge llegó a escribir: “Sin duda alguna, Berlín es hoy, en todo el mundo, la ciudad en que más se divierte la gente por la noche”. La diversión tenía lugar un espacio concreto: bares como el mítico Eldorado o Die Monokel —cuyo gemelo parisino inmortalizaría Brassaï en 1932— eran refugios de una clientela abiertamente queer, donde las organizaciones de lesbianas tenían un papel importantísimo y hasta tenían sus propios periódicos, como Freundin.

Lesbianas en el bar Eldorado de Berlín circa 1925
Lesbianas en el bar Eldorado de Berlín circa 1925. Imagen cortesía de La Felguera.

Sin embargo, esta efervescencia creativa y sexual brotaba en el terreno inestable de la República de Weimar, una democracia que en apenas 15 años había tenido 17 gobiernos, con una economía que flaqueaba por la hiperinflación y un clima de violencia política como paisaje de fondo. Todo ese caos lograba que proliferara el ambiente de desconfianza hacia los políticos, que a su vez llevaba a que las calles se rigieran por su propia ley. Más allá de la lucha entre milicias, los Ringvereine —sindicatos del crimen— controlaban barrios enteros. Eran el subsuelo de aquella modernidad febril, como cuenta el periodista Hermann Freuer, quien pudo infiltrarse en el mundillo para hacer una crónica del hampa. Un ecosistema criminal poblado de atracadores, que crecía al calor de la miseria y la descomposición del viejo orden.

Sorprende, además, por la singularidad de su caso, encontrarse a los Wild Boys o chicos salvajes, que el escritor francés Daniel Guérin documentó entre 1932 y 1933. Hijos de la guerra y la industrialización, estos jóvenes criados sin supervisión mientras sus padres estaban en la fábrica o el frente se organizaban en tribus urbanas con jefes de apodos como Winnetou, y vestían con una estética increíblemente punk, obedeciendo a un complejo sistema de dominio al que se accedía mediante pruebas rituales.

Su brutalidad no pasó desapercibida para las fuerzas en ascenso; algunos de los más violentos terminarían reclutados como guardias de las SA. Esta transición revela una conexión perversa: “Había un marcado carácter homosexual en las SA, por eso, y por ser un sistema repleto de rebeldes, terminaron purgando a muchos miembros”, explica Rocha. La energía anárquica de la calle podía ser canalizada, con una facilidad aterradora, hacia la maquinaria paramilitar.

En esta espiral, la violencia, como es habitual, también contenía un componente misógino brutal. Contra las mujeres que comenzaban a disfrutar de una libertad sin precedentes, se popularizó entre artistas la temática del Lustmord, mal llamado “crimen pasional”, la representación explícita de feminicidios. Artistas como Georg Grosz, de quien Hannah Arendt dijo que “sus dibujos no parecían sátiras sino reportajes realistas”, se fotografió como Jack el Destripador y pintó numerosas de estas escenas, normalizando una imaginería sádica y vengativa contra la libertad de la mujer.

Los nazis, aún marginales en los años de relativa calma (1924-1929), aprendieron a navegar este paisaje. Utilizaron el caos y la criminalidad en su propaganda, acusando a la república de ilegítima y corrupta —llegando a afirmar, como señala Rocha, que los sindicatos del crimen “estaban controlados por los comunistas”— y alimentando el mito de una conspiración judeo-masónica. Su ideología se nutría también de tradiciones y rituales ya normalizados en ciertos estratos sociales. “En Alemania la sociedad secreta estaba totalmente normalizada”, apunta Rocha, refiriéndose a los clubes de duelos de estudiantes —los “caras cortadas”— cuyos ritos de paso y cicatrices exhibidas con orgullo forjaban el carácter de futuros altos cargos nazis y los hacía “identificables”, pertenecientes a otro estatus.

Para estos, su momento decisivo llegaría con el crac del 29, cuando la gran crisis económica catapultó su mensaje de orden. Pero ya desde el principio, en las sombras de aquella Berlín vibrante y queer, se libraba una guerra silenciosa por las calles. Aquí es donde Rocha encuentra una de las contradicciones más perturbadoras de aquella Babilonia: “Me gusta ese momento en los cabarets donde están los futuros nazis o nazis ya declarados, gente drogándose con opio o éter y gente muy metida también en el mundo oculto y esotérico”, cuenta. “A medida que yo investigaba, encontraba, por ejemplo, la fascinación que despiertan las SA, el cuero negro, el sado en el mundo gay…me encontraba que ellos veían aquello normalizado, como una parte más del paisaje extraño”. El uniforme y la parafernalia del poder violento ya empezaban a filtrarse, de un modo inquietante, en el imaginario y los deseos de la propia escena que sería perseguida.

Aquellos lugares de libertad, como Eldorado, fueron clausurados con la llegada de los nazis al poder, no solo cerrando los locales sino persiguiendo activamente a sus clientes habituales. Es el caso de Liddy Bacroff, una mujer trans que fue asesinada en el campo de concentración de Mauthausen, y es que entre esa clientela se encontraban pacientes del Instituto de Sexología de Berlín, fundado en 1919 por Magnus Hirschfeld para normalizar lo que entonces se consideraba patología. “Reducir al ser humano a dos sexos es contrario a la evidencia científica”, afirmaba. El instituto fue un faro científico y un punto de encuentro natural para la comunidad queer. Era, además, una liberación que se expresaba en todos los registros: desde el nudismo de grupos como Acción Naturista hasta el sadomasoquismo practicado en clubs discretos. Berlín, por un instante fugaz, lo probó todo.

Foto policial de la mujer trans alemana Liddy Bacroff en 1932
Foto policial de la mujer trans alemana Liddy Bacroff en 1932. Imagen cortesía de La Felguera.

No podía faltar tampoco en este caldo de cultivo la aparición del misterio. En 1932, como señala Rocha, casi toda la prensa contaba con secciones de astrología, que eran despreciadas por la izquierda por considerarlas un desvío de atención de los problemas materiales. La derecha, sin embargo, los toleraba a medias, mientras les fueran útiles. “Cuando se pusieron de moda los horóscopos y la astrología había que tener cuidado si no se daba la razón a los nazis”, explica Rocha. “Si tú hacías una predicción de futuro y decías que Hitler no iba a ser canciller del Reich, pues mal asunto”. La prueba es que una vez en el gobierno, los nazis reprimieron cualquier otro tipo de ocultismo que no les convenía, como ocurrió en 1934, cuando promulgaron una ordenanza que prohibía la actividad de adivinos o telépatas.

Pese a todo, la sociedad recurría al ocultismo como un antídoto contra la incertidumbre: se pedía a la policía que consultara a adivinos o a los famosos “telépatas del crimen” en casos irresolubles; se popularizaban los experimentos de hipnotismo y espiritismo, como los del médico Albert von Schrenck-Notzing.

Esta ansiedad colectiva encontró su espejo más lúcido en la pantalla. Películas como El gabinete del doctor CaligariNosferatu o Metrópolis —esta última influida de manera notoria, como su director Fritz Lang, por el esoterismo— poblaron el cine expresionista alemán de figuras hipnóticas: tiranos manipuladores, científicos con poderes mágicos, y vampiros que hacían referencia al “vampiro cósmico que bebía la sangre de millones y millones de hombres” que escribió Gustav Albin Grau refiriéndose a la Primera Guerra Mundial. Como analizó Siegfried Kracauer en De Caligari a Hitler, aquellas imágenes fueron un sueño premonitorio de la pesadilla que se avecinaba, un espacio liminal donde los fantasmas de la guerra y el miedo al porvenir tomaban forma de monstruo.

Más allá de la pantalla, organizaciones esotéricas como la Fraternitas Saturni o la influyente Sociedad Teosófica operaban con normalidad, intentando sintetizar ciencia, religión y filosofía en un todo comprensible. Un ansia de saber del que también hablaba filósofo y pedagogo Friedrich Paulsen, confesando su frustración por ser incapaz de alcanzar una comprensión global del mundo mediante las ciencias naturales.

A medida que avanzamos las páginas de Berlín oculto surge una pregunta inevitable: ¿cuánto de aquella atmósfera resuena hoy? “Hay cosas similares, no iguales, pero parecidas a las que se vivían en la época”, matiza Rocha. “Hay, por ejemplo, un paralelismo entre las figuras de Trump y Hitler, porque en aquel momento Hitler era muy famoso, ya tenía muchísimos seguidores, pero nadie apostaba que ese tío iba a ser el canciller. Pensaban que podían manejar a un fanático”.

Sin duda, el caos de aquella era resulta lejano y cercano a un tiempo, como un eco que resuena en nuestro presente. Una conexión que el propio editor confirma al definir el motor de su trabajo: “Todo lo que hacemos en La Felguera, o lo que yo escribo, tiene que ver con la memoria”, explica Rocha. “Pero no una memoria que solo habla del pasado, sino una que puede iluminar el presente. Esa es mi obsesión”.

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