Anxos Fazáns redefine la representación ‘queer’ en el cine gallego con ‘As liñas descontinuas’

La directora viguesa firma el primer largometraje gallego en el que la subalternidad no es motor ni conflicto, sino la normalidad sobre la que se sustenta una historia de amor, duda y sobre todo cambio entre una mujer adulta y un chico trans.
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Adam Prieto, actor protagonista, con la directora de ‘As liñas descontinuas’, Anxos Fazáns. Foto: Sabela Eiriz.

Hay que señalarlo porque es una excepción. La directora viguesa, Anxos Fazáns, acaba de estrenar su segundo largometraje, As liñas descontinuas(Las líneas discontinuas, en castellano), en el que cambia para siempre la mirada del cine gallego sobre las identidades queer y, en buena medida, también las femeninas. La premisa es el cambio al que, en apenas tres días —un fragmento de tiempo hermosamente dilatado en sus vidas—, Bea (Mara Sánchez), una mujer de 50 años, y Denís (Adam Prieto), un chico trans que no llega a los 30, tendrán que enfrentarse. Lo harán juntos, con amor, con cariño, pero con la ananke de la despedida que acabará llegando.

“La cuestión trans y la cuestión de la diferencia de edad o la madurez del personaje de Bea no son conflictos en sí mismos en la película. Son cuestiones importantes sobre las que se pone el foco, hay una conciencia al hacer ese gesto de situar ahí a esos personajes, pero al mismo tiempo hay un gesto de normalización total”, explica Fazáns en conversación con El Salto en un momento entre la vorágine de presentaciones y entrevistas de la primera semana en salas de As liñas descontinuas.

Aunque el germen del filme, hace ahora casi una década, nace de una nota en prensa en la que se contaba cómo un ladrón se había quedado dormido en la casa en la que había entrado a robar, la construcción de dos personajes complejos y una dirección de actores brillante introduce el filme por un camino por el que el cine gallego —novo ou vello— no había entrado: “Cuando empecé a pensar en la película y en los personajes que me interesaba construir, me di cuenta de que la mejor forma de llevarlo adelante desde un compromiso social era precisamente esa: tomar la decisión de que sean protagonistas, pero protagonistas que viven una aventura que podría vivir cualquier otro personaje. Un gesto normalizador”.

Y así es. Aunque la película no va de eso, la mirada sobre dos identidades subalternas —una mujer que ya ha cumplido los cincuenta y un chico trans muy joven— subyace en el relato dentro y fuera de la pantalla. Mara Sánchez contaba estos días en las primeras presentaciones con público cómo la industria del cine expulsa hacia el ostracismo a las mujeres de su edad y, en la misma línea, Adam Prieto daba a entender que apenas hay historias en positivo sobre vidas trans. Por eso el compromiso de Fazáns, apoyada en el guion por Ian de la Rosa, trasciende lo narrativo.

Una de las cuestiones que surgen, quizás por la ausencia de filmes que lo precedan, es si el público gallego estaba preparado para una historia así: “Creo que sí, precisamente porque trabaja en una capa muy emocional de normalización, de naturalidad y de cotidianidad; la gente se integra en ella así. Recibo mucho cariño en las reacciones e incluso agradecimientos. Mucha gente me emociona, muchas mujeres empatizan con el personaje de Bea, más jóvenes y mayores, y agradecen que haya un personaje femenino de esa edad con esa profundidad. Con la cuestión trans pasa algo parecido: siento mucha acogida”, celebra la cineasta viguesa.

Aunque desde la productora que Fazáns y Silvia Fuentes dirigen, Sétima, no recibieron oposiciones frontales en la búsqueda de financiación por el contenido del filme, tampoco se les abrió ninguna puerta por abordar el discurso LGTBIQ+ de una manera ciertamente nueva: “Creo que todavía estamos en una fase en la que hay que luchar por construir estas historias y hacer que lleguen. Creo que el público está más preparado que la industria”.

El peso narrativo de As liñas descontinuas recae sobre los hombros de Bea y Denís y el trabajo minucioso de la dirección actoral desborda en todas las escenas: “A mí es una de las cosas que más me gusta: dirigir interpretaciones. Ya escribí la idea pensando en que quería hacer una película donde poder cuidar mucho ese aspecto. Al ser dos personajes en un espacio muy concreto, me permitía dedicar tiempo y energía a profundizar en ellos. No es fácil, es delicado, pero lo disfruto mucho. La clave es dedicar tiempo, construir confianza y un lenguaje común. Al final es construir una relación”, entre una actriz profesional y un hombre mucho más joven que nunca había hecho interpretación.

Hay líneas —más continuas que discontinuas— que unen la ópera prima de Fazáns, A estación violenta, con esta, pero el progreso profesional, apoyado en el trabajo de directoras como Jaione Camborda, Carla Simón, Delphine Lehericey o Céline Sciamma, es absoluto: “Sí, hay muchas conexiones y también muchas diferencias. Es una evolución. Se repiten temas: las relaciones íntimas, el encuentro y la despedida, la representación del cuerpo, la sexualidad, lo sensorial, el ritmo. Aquí profundizo más en las interpretaciones y la película es más ligera estéticamente; la preocupación está más puesta en la emoción que en la propuesta estética. Ese equilibrio es algo que quiero seguir trabajando”, concluye la directora viguesa.

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