Extrema derecha
Pablo Stefanoni: “Debemos recuperar el discurso de la lucha de clases sin quedarnos en la añoranza del pasado”
El historiador y periodista Pablo Stefanoni fue una de las primeras voces en analizar desde América Latina el avance de las derechas radicales. De esos que cuando Javier Milei ganó las primarias en Argentina, muchos empezaron a leer y a escuchar. Hasta entonces, no parecía posible que un personaje con las características de Milei pudiera gobernar un país como Argentina. Sin embargo, pensadores como Stefanoni venían dando pistas sobre el advenimiento de una nueva extrema derecha.
Entre su primer libro, La rebeldía se volvió de derecha. Cómo el antiprogresismo y la anticorrección política están construyendo un nuevo sentido común (y por qué la izquierda debería tomarlos en serio), de 2021, y el último, Un fantasma recorre el mundo (Siglo XXI Editores, 2026), la extrema derecha se volvió una fuerza electoral más y gobierna casi todo el continente americano. Según el autor, esta nueva extrema derecha pone en problemas a la izquierda porque la sitúa del lado del statu quo.
Stefanoni es doctor en Historia por la Universidad de Buenos Aires, y combina sus trabajos de investigador en ciencias sociales con el periodismo. Se desempeña como jefe de redacción de la revista Nueva Sociedad y colabora con la edición Cono Sur de Le Monde Diplomatique.
A la ultraderecha se la piensa demasiado homogénea y racional, cuando en verdad es más caótica, son una suma de sensibilidades
Decías que la extrema derecha global es más una comunidad emocional que un proyecto homogéneo.
Muchas veces se busca una coincidencia doctrinaria entre las derechas, y de visiones del mundo compartidas y, en verdad, hay dos elementos. Uno es la diversidad, pero también el hecho de que se puedan apoyar mutuamente sin coincidir en temas importantes. En el caso de Alemania, muchos dirigentes de Vox y algunos libertarianos celebraban el triunfo de Alternativa para Alemania (AfD) en el estado de Sajonia-Anhalt, pero este partido tiene una vertiente muy prorrusa. Y así con otras cosas, como que Bukele pueda decir que lo público es mejor que lo privado, o el hecho de que Trump es proteccionista mientras Milei es librecambista. Si bien operan en un terreno relativamente común, también hay tensiones y peleas. Además, hay giros sorprendentes, como el de Milei con Malvinas, que era un tema que para los libertarianos no significaba nada. A la ultraderecha se la piensa demasiado homogénea y racional, cuando en verdad es más caótica, son una suma de sensibilidades. Creo que todos esos foros que hay, más que una internacional articulada, son una especie de comunidad emocional antiprogresista, que también gana elecciones.
¿Qué factores explican su crecimiento?
Hay un factor antiprogre que se puede explicar de distintas maneras. Vox creció en sus comienzos por el independentismo catalán; Marine Le Pen, por la inmigración, y Milei, por la inflación y la inseguridad. También está la dimensión del baiteo [de click bait], la provocación y la exageración. Lo de Milei con Malvinas es un baiteo a gran escala. Al apropiarse de un discurso nacionalista ajeno a su identidad política, lo hace sobreactuando, de una manera muy típica de estas formas de la política en las redes sociales. Y no es que antes no ocurriera, sino que ahora es muy visible. Lo importante es estar en contra del progresismo y escenificarlo.
¿Qué cambios hubo en el tiempo que transcurrió entre un libro y otro?
Cuando escribí La rebeldía se volvió de derecha [2021], en el caso de Europa, las extremas derechas ya eran fuerzas muy importantes, mientras que en América Latina, si bien ya había ganado Bolsonaro, no lo eran tanto. Entonces había poco escrito sobre el tema en castellano, y el enfoque pegó porque apuntaba a cómo estaban capturando el inconformismo social con una estética muy transgresora.
Ya no hay excepciones, porque incluso en países donde no ganan, como en España, corren hacia la derecha la discusión pública, las sensibilidades y la agenda, y rompen consensos mínimos
Con el primer libro, muchas figuras todavía eran muy marginales y grotescas. Posiblemente, hoy siguen siendo grotescas, pero ya no son marginales; y los tecnooligarcas estaban financiando muchas cosas, pero todavía no tenían la presencia pública que tienen hoy. Ahora, además, es más claro que estas derechas radicales, incluso después de perder unas elecciones, siguen siendo fuerzas muy importantes en la conversación pública, y son persistentes. También captan bastante de esta sensación de decadencia de Occidente que se vive en varias partes del mundo. Entonces, ya no hay excepciones, porque incluso en países donde no ganan, como en España, corren hacia la derecha la discusión pública, las sensibilidades y la agenda, y rompen consensos mínimos.
En el nuevo libro hablas de la crisis de las izquierdas. ¿A qué te refieres?
Cuando estas derechas asumen la dimensión transgresora y antisistema, ponen en apuros al progresismo y a la izquierda. Es decir, no es la derecha que el progresismo querría tener enfrente, que es una más aburrida, tradicional, de hombres blancos heterosexuales con camisa y corbata. Eso complica a la izquierda en su capacidad de analizarlas y combatirlas, porque ponen a la izquierda en el lugar de la élite, del statu quo y de la corrección política. Es la derecha la que aparece como políticamente incorrecta y representando a la gente común. Como en el caso de Milei o la misma Marine Le Pen, que es una mujer que se presenta como moderna, se divorció tres veces, y ahora se fue a vivir con una amiga. Entonces, capturan una forma de empoderamiento femenino, pero con posiciones reaccionarias.
Cuando estas derechas asumen la dimensión transgresora y antisistema, ponen en apuros al progresismo y a la izquierda. No es la derecha que el progresismo querría tener enfrente
En relación a eso que decías sobre que el mayor desafío de la izquierda es conectar con la rabia y el enojo de los de abajo…
A la izquierda le cuesta ser creíble al momento de hablar de economía porque las sensibilidades sociales y las formas del trabajo han cambiado significativamente. Aun así, sigue siendo una fuerza electoral en muchos países, incluso en América Latina. En Francia, el partido de Jean-Luc Mélenchon ha hecho buenas elecciones y tiene una capacidad de movilización de jóvenes importante; y también está el alcalde de Nueva York, Zohran Mamdani. La izquierda debería poder decir algo creíble respecto a los temas urbanos y el Estado de bienestar. Esa es una desventaja, porque la derecha opera sobre un montón de prejuicios y nombra fácilmente a sus enemigos, como los inmigrantes. Además, esta derecha se inventó una élite global y funcional a su discurso, financiada por George Soros, que quiere abrir las fronteras y que toda Europa sea Ceuta, con hordas de inmigrantes entrando y derribando vallas. En ese sentido, capta una ansiedad que, en el caso europeo, es muy clara: el futuro se volvió bastante incontrolable; y la demanda hacia las fuerzas de izquierda pasa por recuperar el control que la política no está ofreciendo porque se alejó de la gente. La extrema derecha tiene respuestas políticas que tocan las teclas de las ansiedades, los miedos y las preocupaciones. La derecha da una respuesta reaccionaria y simplifica cosas, pero la izquierda todavía no es capaz de conectar con esos estados de ánimo.
Más que de una batalla cultural, prefieres definirlo como una máquina de guerra reaccionaria. ¿Cuál sería la diferencia?
Hay algo que funciona como una máquina de guerra en el sentido de que hay distintos niveles en los cuales está operando, y con una cierta conexión global. Desde fundaciones, partidos y gobiernos hasta milicias digitales e influencers que tienen la ambición de crear un discurso antiprogresista más o menos articulado. Algunos ejemplos son Agustín Laje en Argentina o Johannes Kaiser en Chile. Existe una voluntad real de librar una guerra en el plano cultural, pero en un sentido muy amplio, porque no es solo con temas como el aborto o las políticas de género, sino que se ataca la idea misma de justicia social, o directamente se defiende la desigualdad como un valor. Hay una idea de cómo pensar a los seres humanos en la sociedad o de legitimar la xenofobia y que haya ciudadanos de primera y de segunda. Lo de batalla cultural es más restringido. La izquierda se olvida de que, en realidad, la derecha se inspiró en la izquierda para dar su batalla cultural. Hasta 2010 o 2011, el progresismo ganó bastantes batallas en muchos sentidos, pero creo que ahí el punto débil del progresismo fue la economía. Hay que reponer temas materiales, volver a hablar de algún modo de lucha de clases, pero no pensando en una vuelta de la vieja clase obrera, más o menos masculina, sin inmigrantes, homogénea, etcétera, sino repensar la cuestión de las clases hoy. Algunos, como Mamdani en Nueva York, lo han hecho. También en Francia hay un discurso sobre las periferias y sobre cómo repolitizar la cuestión de clase y recuperar ese discurso sin quedarse en una especie de añoranza del pasado.
El mundo actual es muy diferente al mundo de entreguerras. Los partidos son muy diferentes, y el papel de la violencia opera de manera diferente
En relación a eso, te escuché decir que el riesgo del progresismo es la melancolía.
El progresismo viene con esta idea de que la derecha está rompiendo todo y termina añorando los años 90. Y me parece que hay que tener cuidado porque en los 90 se impuso el neoliberalismo y se crearon muchas condiciones que también explican lo que pasa actualmente. Lo que vemos ahora es una derecha que quiere romper todo y decimos “bueno, la ONU no estaba tan mal” y otras cosas que se fueron construyendo en el pasado tampoco están tan mal. Pero la idea no es idealizarlas, porque esas instituciones tampoco evitaron la guerra de Iraq, o el genocidio en Bosnia, pero quizás sirva para revalorizar una serie de cosas, incluso sobre el debate de la democracia. Porque la izquierda en América Latina perdió la bandera de la democracia, en gran medida, con el tema de Venezuela, y la derecha la tomó gratis. Ahí hay cuestiones interesantes para pensar.
Entonces, ¿cuánto sirve el pasado para pensar el presente sin melancolía?
Sin melancolía, y sin pensar que si volvemos a los años 30 vamos a entender las claves del surgimiento del nazismo. Nosotros ahora sabemos lo que pasó con eso, pero el proceso actual es claramente distinto, y los peligros actuales están llenos de novedades también. Me parece bien volver a la historia y entender mejor lo que fue el fascismo; pero a la vez también tenemos que entender mejor los desafíos actuales, que no encajan tan fácilmente en eso. El fascismo es un término que todos conocemos, y que puede servir como una voz de alarma, y el antifascismo puede tomar una forma interesante para enfrentar a estas derechas que tienen muchos rasgos fascistas adentro; pero todos coinciden en que el mundo actual es muy diferente al mundo de entreguerras. Los partidos son muy diferentes, y el papel de la violencia opera de manera diferente.
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