Análisis
Fascismo e imperialismo en la fase trumpista de la oligarquía estadounidense

El ascenso de la extrema derecha y el necolonialismo impuestos por Donald Trump es una consecuencia y no una anomalía de la política capitalista de comienzos del siglo XXI.
Trump juego
El juego de mesa de Donald Trump.
6 ene 2026 05:21

Desde el ataque a las Torres Gemelas en 2001 se ha venido acelerando una trayectoria en Estados Unidos que ha desembocado en lo que hoy ya nombramos abiertamente como fascismo en la Administración Trump. En este primer cuarto de siglo se han reforzado estructuras que generan inercias de gran intensidad, erigiendo altas barreras a la acción política que pretenda salirse de sus moldes. El que Trump no esté pudiendo cumplir su promesa de America First no es en absoluto casual.

Existen dos declaraciones del año 2003 que pueden resultar iluminadoras para lo que pretendo explicar, ambas se producen en el marco de la invasión norteamericana de Iraq en ese año. El 7 de marzo George W. Bush Jr. afirmaba con contundencia poco antes de la intervención: “no necesitamos el permiso de nadie”. De esta manera, el desprecio consciente al derecho internacional que parecía poder arraigar tras la caída del Muro, se desvanecía con el nuevo siglo. Poco después, el 15 de abril, un alto funcionario de su gobierno lo corroboraba al New York Times: “Tenemos que dejar en claro que no hemos venido [a Irak] solo para librarnos de Sadam. Hemos venido a librarnos del statu quo”. Bajo la excusa de la imposición de la democracia, todo el mundo sabía que en Irak buscaban también hacer negocio. Hoy Trump no se molesta ni en disimular, lo supone un paso significativo a la hora de entender la fase fascista de una trayectoria que hemos de seguir recordando y analizando para entender el presente.

Las citas anteriores se recogen en el último libro publicado en vida por Sheldon S. Wolin en 2008, Democracia S. A. La democracia dirigida y el fantasma del totalitarismo invertido. Maestro y referente teórico político de grandes nombres como Hanna Pitkin, William Connolly, Cornel West o Wendy Brown, bajo el concepto quizá algo tosco de “totalitarismo invertido” Wolin lograba teorizar en aquel libro unas tendencias de fondo que, bajo la actual coyuntura, toman un mayor alcance y sentido.

“¿Es posible una versión estadounidense del totalitarismo, es concebible siquiera?”, se preguntaba entonces Wolin. Para responderlo, el autor creía necesario desarrollar primero su idea de superpotencia“La constitución no escrita del Superpoder se ocupa de poderes cuyo alcance e influencia derivan de recursos disponibles, de oportunidades y ambiciones, más que de límites legales. Su composición está pensada para el “aumento”, no la restricción”.

En Afganistán e Iraq se cruzaron líneas rojas que hoy se demuestran cruciales; “los imperios no tienen que ver con la justicia”, escribía entonces Wolin

Así, cuando Bush Jr. denominaba a los Estados Unidos como “el mayor poder” en el mundo, Wolin se preguntaba si este procedía de la ciudadanía estadounidense. Para él, en las instituciones estatales hay un surplus de poder, una propiedad emergente que anega los poderes democráticos de los que surge, y que se multiplica desde la acción ejecutiva. Lo estatal aplasta así lo político —comprendiéndolo este desde Arendt, en las antípodas de Schmitt—.

Estamos por tanto ante un poder estatal que pierde legitimidad sin remisión a través del cada vez más maltratado y deshilachado vínculo representativo con el electorado. La crisis de la representación, lo llamamos en teoría política al menos desde finales de los años 90. Este poder estatal cada vez más desvinculado escalaría en su país a super-poder en el contexto de la Guerra Fría, tras la II Guerra Mundial y la aparición crucial de la bomba, a lomos del capitalismo global y el complejo militar industrial. La fuente ciudadana del poder político quedaría así ya minúscula, impotente ante la omnipotencia del proyecto estatal norteamericano. ¿Ha fallado aquí la democracia, o debemos hablar de que falló un sistemas parlamentario y constitucional determinado a la hora de trasladar una idea efectiva, real, básica, de democracia? Para Wolin, muy crítico también con los fundamentos constitucionales de su país, sucede lo segundo.

En este punto, en lugar de totalitarismo invertido quizá resulte más claro denominar lo que Wolin estaba describiendo en 2008 como una oligarquía corporativa, imperial, que afrontaba ya señales importantes de iliberalismo.

Si desglosamos esta formulación conceptual, en primer lugar para Wolin el “ethos” oligárquico de la cultura corporativa del siglo XXI se encuentra en el corazón de la superpotencia norteamericana. Una competencia agresiva y descarnada, sin piedad con los perdedores, se desarrolla bajo el espantajo de la libertad de mercado y conforme a un modelo jerárquico de decisión ejecutiva basado en el poder de dominación de los CEO. Wolin ejemplifica esta cultura corporativa en el caso de un CEO real que, en el concurso televisivo The Apprentice, despedía tras repetidas humillaciones a los postulantes que concursaban. El CEO en cuestión, sí, se llamaba Donald Trump.


Este ethos oligárquico lleva décadas haciéndose fuerte en Estados Unidos. La cada vez más laxa regulación sobre las donaciones a los partidos fue haciendo a las grandes corporaciones cada vez más determinantes en la dirección de la política norteamericana. La alquimia del poder económico en político incrementaba, sin apenas oposición, la concentración de capitales, así como el control de los medios y de las plataformas sociales digitales, algo que no pudo ya ver Wolin. La industria fósil ha venido así también redoblando su poder político, logrando algo tan increíble como acelerar la autodestrucción de la humanidad con patente de corso total para mentir, legislar, y parece que ahora también seguir intentando viejos mecanismos imperiales del Holoceno con la toma de control del petróleo venezolano. La complicidad e incluso la implicación directa en la última Administración Trump de los principales oligarcas norteamericanos, que lo son a la vez mundiales, es así un corolario a tendencias que venían acelerándose en los últimos 25 años.

La industria militar sirve de vínculo claro entre el proyecto oligárquico y el imperial. Como se avanzaba, tras la caída del Muro de Berlín este último no se abandonaría, especialmente también con el nuevo siglo. Los centenares de miles de muertos provocados directamente por el ejército norteamericano al invadir Afganistán e Iraq siguen siendo un trágico punto de inflexión que conviene no olvidar. Allí se cruzaron líneas rojas que hoy se demuestran cruciales, todo ello frente a la oposición de una opinión pública mundial movilizada. “Los imperios no tienen que ver con la justicia”, escribía entonces Wolin. El uso generalizado de la tortura, lo que sería Guantánamo o Abu Ghraib, los negocios sangrientos de Halliburton y tantas otras, afectaban directamente a los ataques que sufriría paralelamente la justicia en el interior de Estados Unidos.

Desde hace tiempo Wolin venía manteniendo en su obra, bajo el estudio de la Atenas clásica, cómo es imposible para una democracia convertirse en un imperio sin perder su carácter democrático. Hacia el año 356 a.n.e. lo había expresado con claridad Isócrates en su obra Sobre la paz. Allí el ateniense escribía lapidariamente: “este imperio no le conviene a la polis ni aunque se lo regalaran”.

Isócrates se lamentaba de que se admirase “la riqueza que entraba en la ciudad injustamente” mientras se perdía la que le pertenecía en justicia. Se enviaban expediciones contra pueblos que no habían hecho nada malo, se establecían tiranos favorables, se creaban “enemistades inextinguibles”, se hacía daño sin razón más allá de la avaricia a miles de personas inocentes. Y así, se iba construyendo un imperio que tenía “la facultad de hacer peores a todos los que se sirven de él”. Isócrates advertía finalmente sobre el declive del alma democrática de la ciudad y sus ciudadanos bajo la hybris, la desmesura imperial, en un tratado de indudable actualidad.

En tercer lugar, el avance iliberal quizá haya sido el más destacado paso de la superpotencia estadounidense bajo la segunda Administración Trump, aunque releyendo a Wolin de nuevo podemos observar precedentes de calado. Así, una y otra vez vuelve en su obra a la polémica elección de Bush Jr. en el año 2000, cuando la Corte Suprema norteamericana paralizó el recuento de 61.000 votos no contabilizados correctamente en Florida. Le parece un precedente peligrosísimo.

Wolin además ahonda en otros componentes de lo que denomina antidemocracia y que lesionan cada día las libertades de la ciudadanía norteamericana, aspectos ya tradicionales del lado oscuro de su nación que venían agravándose con el nuevo siglo: desde las grandes desigualdades económicas al racismo institucional y el sistema de prisiones, desde la falta de acceso a la sanidad pública de buena parte de la población al endeudamiento de la juventud universitaria o el paulatino control del Tribunal Supremo por el Partido Republicano. De manera latente, condicionando prácticamente cualquier giro democrático hacia la ciudadanía, para Wolin se encuentra omnipresente el reforzamiento de una estructura legal, política y social, que hace cada vez más difícil gravar convenientemente a los más ricos.

“La fijación en Bush oculta el verdadero problema. El rol político del poder corporativo, la corrupción de los procesos políticos y representativos por la industria del lobby, la expansión del poder ejecutivo a expensas de los controles constitucionales y la degradación del diálogo político que promueven son los fundamentos del sistema”.

Estas líneas explican que el autor norteamericano confíe poco en el Partido Demócrata previo a 2008. Tienen poco margen si van con las pequeñas reformas que proponen, augura con acierto. Anticipa así la continuidad económica y de la oligarquía corporativa, el fracaso sin paliativos ante la crisis ecosocial que se sufrió en la COP de Copenhague o la normalización de las ejecuciones extrajudiciales con drones o con comandos especiales bajo el mandato de Barack Obama.

Más allá del realismo descarnado de su acción imperial, lo que el ethos fascista de esta nueva fase nos mostraba era a un Trump hablando sin un hilo claro, mintiendo, y ofreciendo una imagen pavorosa

Wolin enmarca todas estas tendencias bajo una ideología que mezcla anhelos tecnoutópicos con fanatismos arcaicos procedentes de las sectas evangélicas del siglo XVI. A pesar de todo, Wolin también pensaba que el paso hacia el fascismo clásico bajo la dupla del líder y sus fanáticos no había llegado aún a Estados Unidos. En su lugar teníamos un sistema al que le venía bien un modelo de “ciudadano imperial”, desvinculado de su compromiso cívico, preocupado del qué hay de lo mío que puede ofrecerle el imperio en su anhelo consumista, en medio de la competitividad amenazada por la creciente precariedad.

Pasados más de 15 años, hoy podemos decir que la segunda Administración Trump sí supone ya ese paso hacia el fascismo, asentando la dominación oligárquica y espoleando aún más los anhelos imperiales, en un círculo vicioso que está alterando de manera significativa la escena internacional. La Europa que aún se narra y se pretende democrática se presenta cada vez más claramente como su némesis política, de ahí los apoyos a los enemigos interiores de la democracia, los partidos fascistas europeos, así como la apuesta por la fragmentación del proyecto común europeo, el desafío creciente en torno a Groenlandia o la posición a la que la condena en su último documento de estrategia de seguridad nacional. Mientras, China o Rusia son sus rivales de clase, con quienes pretende llegar a pactar zonas de influencia, dejando claro que las Américas son suyas.

Al Tea Party y la llamada alt-right le sucedió con éxito el fanatismo MAGA, con sus conspiranoias y el asalto al Capitolio como grandes exponentes de los delirios, el gamberrismo y la violencia fascista clásica. El Trump del segundo mandato hoy pone su nombre a barcos de guerra, a centros culturales icónicos, proyectando incluso la construcción de todo un arco del triunfo. El racismo institucional ha dado un paso más, inaugurando una época de persecuciones masivas alentadas por discursos públicos explícitamente supremacistas desde el propio gobierno. Ahora podemos ver, por ejemplo, como el departamento de seguridad nacional de Estados Unidos fantasea públicamente en X con deportar a 100 millones de personas, un tercio del país. Las comparaciones con Joseph Goebbels ya no son comparaciones extemporáneas sino necesarias.

El secuestro del presidente de Venezuela, Nicolás Maduro, habría de leerse por tanto, a mi juicio, desde las trayectorias y disrupciones comentadas.

El paso adelante que ha dado Trump

La rueda de prensa de la Administración Trump tras la operación militar en Venezuela la protagonizó un equipo político lamentable, sin el mínimo decoro ni cohesión interna. Un puñado de hombres vanidosos con un poder inmenso, balbuceantes en sus tretas, sabiendo que su adrenalínica ruptura de tabúes encontraría una difícil frontera en la invasión de un país latinoamericano de 30 millones de personas. Y sin embargo, seguramente planteándoselo. Trump reconocía abiertamente lo que en Iraq apenas disimulaban: no necesitamos permiso de nadie, buscamos alterar el statu quo, somos el mayor poder sobre la Tierra, buscamos una riqueza para nuestras empresas petroleras que también redundará en beneficios para nuestra ciudadanía imperial.

Entran por tanto en los raíles imperiales del sistema estadounidense, dejando a un lado su promesa del America First. Eso sí, en lo que resulta una diferencia discursiva de calado, ya no se defiende la instauración de la democracia. En su lugar, de manera pragmática se ofrece continuidad a lo que consideran un gobierno no democrático, esta vez bajo Delcy Rodríguez, todo ello si le permiten acceso al petróleo venezolano. Detrás parece estar también, como explica Yago Álvarez Barba, la protección de un comercio mundial de crudo basado en petrodólares.

Más allá del realismo descarnado de su acción imperial, lo que el ethos fascista de esta nueva fase nos mostraba era a un Trump hablando sin un hilo claro, mintiendo sin escrúpulos ni pruebas —también sobre el presidente colombiano, Gustavo Petro, ya formalmente amenazado—, y ofreciendo en general una imagen pavorosa: en manos de este grupo atrabiliario, reflejado perfectamente en un reciente reportaje en Vanity Fair, está ahora la superpotencia norteamericana.

Ante todo ello, en nuestro país encontramos a la derecha política celebrando casi de manera inmediata la intervención. Si volvemos a 2003, aparecen de nuevo significativos precedentes a esta reacción. Entonces José María Aznar fue, junto a Tony Blair, el gran defensor de la sangrienta aventura imperial estadounidense al margen de Naciones Unidas en Irak. El que no fuera juzgado por su complicidad en todo aquel horror también nos pesa hoy. Y facilita el que Isabel Díaz Ayuso y Santiago Abascal, seguramente sus herederos favoritos, aplaudan a rabiar la intervención de Trump en Venezuela. O el que las Nuevas Generaciones del PP deseen públicamente, de nuevo en la red social de Elon Musk, el secuestro de José Luis Rodríguez Zapatero. Núñez Feijóo, seguramente tratando de no parecer tibio, celebró inicialmente la intervención, para verse más tarde humillado y descolocado por la marginación inicial de la oposición venezolana por parte de Trump. “Las dictaduras no se derrocan a medias”, ha dicho ahora, sin especificar qué plan concreto propone para terminar el golpe trumpista.

El proyecto oligárquico corporativo de nuestra derecha avanza de esta manera también bajo la senda imperial marcada por Aznar a inicios de siglo, así como a grandes pasos en la senda iliberal hacia el fascismo, principalmente bajo el liderazgo de Abascal y Ayuso. A esta última se la pudo ver recientemente cantando con el grupo ultra Los Meconios, y junto a Infovlogger, conocido por sus discursos de odio contra colectivos vulnerables y por llamar “puta cerda” a Ursula von der Leyen. Mientras, Feijóo trata en todo momento de no perder el paso en esta enfebrecida escalada. Se trata de un fascismo cañí que, a diferencia del francés, exhibe sin rubor el vasallaje propio de los vendepatrias. Es preciso llamarlo así con todas sus letras, sin cometer el error del que ahora se lamentan en Estados Unidos por no haber hecho casos de las múltiples e inequívocas señales que anunciaban lo que venía con Trump.

Finalmente, habría mucho que escribir sobre la actitud de las izquierdas todos estos años hacia proyectos fallidos como el llamado socialismo del siglo XXI que anidaba bajo el populismo latinoamericano. La militarización, la corrupción, el extractivismo económico o el ataque a las libertades en las que derivó el propio régimen chavista, en una deriva acentuada bajo el gobierno de Maduro, debería haberse criticado de manera frontal y contundente desde la izquierda, por mucho que buena parte de la oposición venezolana sea lamentable.

No es el tema central en estos momentos, en ningún caso podría justificar la más mínima injerencia imperial de Estados Unidos, pero la interpretación general del secuestro de Maduro por el ejército norteamericano creo que quedaría muy incompleta si no lo mencionáramos siquiera mínimamente. Como explica Pablo Stefanoni, esto está paralizando también en estos primeros días una protesta mundial acorde a la gravedad de la acción imperial de la superpotencia estadounidense. Aunque peor era sin duda el régimen de Sadam Hussein... y salimos por miles en todo el mundo.

Como diría Sheldon S. Wolin, la democracia, además de fugitiva, resulta transgresora e impredecible. Surge, se cultiva y expande, en los terrenos más pedregosos. Las protestas contra el genocidio en Gaza o la reciente elección de Zohran Mamdani como alcalde de Nueva York muestran que, en medio del horror, no todo está perdido.

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Problema Trump
Los críticos siempre han tratado a Trump como un desgracia que hay que deplorar, más que como un problema que hay que resolver.
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