Alicia Valdés: “Nos hemos comido el anzuelo de que si los chavales están enfadados es por el feminismo”

Alicia Valdés aborda en su nuevo libro cómo la extrema derecha ha sabido convertir el malestar masculino en relato político y emocional, ofreciendo identidades, enemigos claros y formas de pertenencia en un contexto marcado por el individualismo y la competencia permanente.
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La politóloga y doctora en Humanidades Alicia Valdés. Foto de Queralt Anglada.

Alicia Valdés (1992) lleva años pensando las relaciones entre malestar, subjetividad y política. Politóloga, doctora en Humanidades y directora de la escuela de pensamiento La·grima, su trabajo cruza teoría política, filosofía y psicoanálisis para analizar cómo se construyen hoy los afectos, los deseos y las identidades en un contexto atravesado por la precariedad y la incertidumbre. Tras publicar Política del malestar(Debate, 2024), acaba de lanzar Auge. Género, juventud y extrema derecha, un ensayo que se adentra en uno de los grandes campos de batalla culturales del presente: el malestar de los hombres jóvenes y su captura política por parte de la extrema derecha.

En los últimos años, la figura del “chico enfadado” se ha convertido en una especie de obsesión mediática. Encuestas sobre voto joven, debates televisivos, algoritmos de redes sociales y discursos alarmistas han consolidado la idea de una supuesta “crisis de la masculinidad” vinculada directamente al avance del feminismo. Pero Valdés propone desplazar la mirada y preguntarse qué ocurre cuando una generación crece atravesada por la precariedad, la imposibilidad de imaginar futuro y el derrumbe de ciertos imaginarios tradicionales de éxito, estabilidad o reconocimiento.

Lejos de los análisis moralizantes o de la lógica del castigo, Auge aborda cómo la extrema derecha ha sabido convertir ese malestar en relato político y emocional, ofreciendo identidades, enemigos claros y formas de pertenencia en un contexto marcado por el individualismo y la competencia permanente. Hablamos con ella sobre manosfera, afectos políticos y la dificultad de construir horizontes colectivos en una época atravesada por la sensación de no futuro.

En los últimos años se ha instalado con mucha fuerza la idea de que existe una “crisis de la masculinidad” provocada por el feminismo. En el libro señalas que el malestar masculino no nace del avance feminista sino de la crisis del propio capitalismo. ¿Qué se oculta políticamente cuando se enfrenta a los hombres jóvenes con el feminismo?
La extrema derecha. O sea, creo que nos hemos comido un anzuelo terrible de la extrema derecha. Nos hemos tragado bastante esta idea de que si los chavales jóvenes están enfadados es porque ha habido avances feministas. Y creo que el habernos tragado esa retórica es haber perdido una batalla sin siquiera comenzar a luchar. 

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Alicia Valdés presenta el libro 'Auge. Género, juventud y extrema derecha'. Foto de Queralt Anglada.

Entonces sí, efectivamente hay una crisis del paradigma del Hombre con H mayúscula, pero no una crisis en plan “nos están comiendo con sus vaginas”. Lo que está sucediendo es que el arquetipo masculino del sujeto capitalista ha cambiado y en ese cambio hay gente que queda expulsada de ese arquetipo. Muchos hombres y muchos chavales de clase obrera.

Creo que si seguimos diciendo que el agravio que sufren los hombres es culpa del avance feminista, entonces nunca vamos a poder aceptar que existe un malestar masculino específico. Y si no aceptamos eso, nunca vamos a poder hacer un diagnóstico feminista de ese malestar ni ofrecer posibles soluciones desde el feminismo.

Lo que está detrás de esta cosa de contraponer a hombres jóvenes y feministas es la extrema derecha. Es básicamente el mismo mecanismo discursivo que vemos, por ejemplo, con la vivienda. Cuando la extrema derecha dice que el problema son las okupas y parte de la izquierda compra ese marco, ya has perdido la discusión. Cuando Pedro Sánchez dice que sus amigos tienen miedo, está comprando el diagnóstico reaccionario. Y no puede existir una solución de izquierdas para un problema falso generado por la extrema derecha.

La figura del enemigo siempre ha funcionado muy bien en los discursos populistas. El capitalismo es un sistema relacional. Es económico, político, cultural, estético… pero también relacional. Y esa capacidad de convertir al otro en alguien prescindible, explotable o eliminable simbólicamente es parte del propio éxito del paradigma capitalista.

Creo que también tenemos que pensar maneras anticapitalistas de relacionarnos. Hemos aprendido ciertas formas de relación en lo micro, en la vida cotidiana, pero no estamos sabiendo hacerlo en términos más macro-políticos.

Hemos tenido muchas conversaciones sobre cómo ser disidencias masculinas, pero quizá falta una conversación sobre qué significa ser un hombre heterosexual al que le gusta jugar al FIFA en términos feministas

Recuperas la idea de seguridad ontológica de Giddens para pensar el auge de los discursos reaccionarios. Me interesaba mucho esa idea porque parece que hoy muchas identidades funcionan como refugios frente a un mundo cada vez más precario e inestable. ¿Crees que la nostalgia por el Hombre con mayúscula tiene más que ver con la necesidad de estabilidad que con una defensa consciente del patriarcado?
Sí, totalmente. Pero aquí la cuestión es quién está capitalizando esa inseguridad ontológica. Muchas personas que nos situamos en los feminismos y en las disidencias entendemos que el momento en el que se provoca una inseguridad ontológica puede ser un momento desde el que proponer otras maneras de habitar el mundo desde perspectivas emancipadoras y revolucionarias.

El problema es cuando esa inseguridad ontológica no se diagnostica desde espacios emancipadores. Hay mucha gente que todavía no es capaz de entrar en la narrativa de que sí existe un agravio y un malestar masculino específico, especialmente entre hombres jóvenes. Entonces, quienes están ocupando esa conversación sobre qué significa ser hombre son personas y espacios de extrema derecha.

Hay una capitalización política e ideológica de ese malestar por parte de la extrema derecha, pero también una capitalización económica y mercantil. Por un lado tienes toda la retórica de Dios, patria y familia; uno, glande y libre, pero por otro tienes un coach diciéndote: “Cómprame un curso de 2.000 euros y te enseñaré a ser un hombre de alto valor”. Ese hombre de alto valor sería el nuevo Hombre con mayúscula.

Creo que tenemos que preguntarnos quiénes queremos estar en esa conversación y de qué manera queremos intervenir cuando se resquebraja esa seguridad ontológica. Porque también es un momento desde el que se pueden generar otros espacios.

Hemos tenido muchas conversaciones sobre cómo ser disidencias masculinas, pero quizá falta una conversación sobre qué significa ser un hombre heterosexual al que le gusta jugar al FIFA en términos feministas. Yo he trabajado con chavales jóvenes y me parece un error enorme dejar ese espacio de lado.

Parte de los espacios progresistas han tenido dificultades para entender que hay que hablar con los jóvenes desde lugares que no sean únicamente el miedo o la criminalización

En varios momentos del libro aparece la idea de que la manosfera no funciona solo como ideología, sino también como comunidad afectiva: memes, lenguaje propio, sensación de pertenencia… ¿Qué está entendiendo hoy la manosfera sobre la socialización masculina contemporánea que otros discursos quizá no están sabiendo leer?
Aquí creo que hay dos elementos importantes. Uno tiene que ver con cómo estamos pensando la comunidad. Ahora mismo vivimos en un sistema profundamente individualista, donde todo está muy atravesado por la competencia y por dinámicas muy neoliberales. Y claro, cuando aparecen espacios que ofrecen sensación de pertenencia o de comunidad, aunque sea desde posiciones reaccionarias, eso tiene mucha fuerza.

La manosfera no funciona solamente porque haya chavales que de repente se vuelven misóginos y ya está. Funciona porque ofrece espacios de reconocimiento, narrativas compartidas y explicaciones sencillas para malestares complejos. Y eso tiene una dimensión emocional muy fuerte.

Creo que uno de los problemas que tenemos es que hemos dejado de pensar políticamente la construcción de comunidad. Y cuando tú dejas un vacío, alguien lo ocupa. Entonces, si no existen espacios desde los que los chavales puedan construir comunidad desde otros lugares, lo harán desde los lugares que sí están disponible.

Además, creo que hay algo importante y es entender que el joven es un sujeto político. Parece una obviedad, pero muchas veces no se piensa así. La extrema derecha no observa al joven como sujeto político, sino como objeto político. Lo convierte en una herramienta para determinadas disputas culturales, pero no está pensando realmente en las condiciones materiales de vida de la juventud.

Y creo que ahí también parte de los espacios progresistas han tenido dificultades para entender que hay que hablar con los jóvenes desde lugares que no sean únicamente el miedo o la criminalización.

Da la sensación de que parte de la conversación pública sobre los hombres jóvenes se mueve constantemente entre el alarmismo y el castigo moral. ¿Crees que parte de la izquierda ha renunciado a disputar políticamente el malestar de los chicos jóvenes y ha dejado ese terreno libre a la extrema derecha?
Creo que aquí hay algo complicado. Porque muchas veces se formula la pregunta como si hubiera que “recuperar” a los jóvenes para la izquierda, pero el problema no es únicamente electoral o identitario. El problema es que muchas veces no estamos ofreciendo respuestas políticas reales a las condiciones materiales que están generando ese malestar.

Hay una tendencia a observar a los chavales jóvenes casi como un problema social o como una amenaza política. Y eso genera una especie de relación muy paternalista o muy adultocéntrica. Pero la cuestión es: ¿qué políticas se están ofreciendo realmente para responder a la precariedad, a la vivienda, a la incertidumbre vital o a la sensación de no futuro?.

Porque muchas veces parece que todo se reduce a discutir culturalmente sobre ellos, pero no a transformar las condiciones materiales que atraviesan sus vidas”. Y además hay algo importante: no podemos exigir constantemente sacrificios políticos a la gente joven mientras les estamos diciendo que probablemente van a vivir peor que sus padres, que no van a poder acceder a una vivienda o que su futuro está completamente precarizado.

Si no somos capaces de construir horizontes materiales y políticos, otros discursos sí van a ocupar ese lugar, aunque sea desde marcos reaccionarios.

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La politóloga Alicia Valdés. Foto de Queralt Anglada

Leyéndote pensaba bastante en Eva Illouz y en cómo analiza la dimensión emocional de ciertos movimientos reaccionarios y populistas, especialmente alrededor del agravio, la pérdida o la humillación. ¿Crees que parte del éxito de los discursos masculinistas tiene que ver con su capacidad para convertir malestares difusos en identidades políticas emocionalmente cohesionadas?
Sí, totalmente. Porque al final esos discursos están ofreciendo relatos muy sencillos para problemas estructurales extremadamente complejos. Y además son relatos muy emocionalmente eficaces. Trabajan con la frustración, con la rabia, con el resentimiento, con la sensación de pérdida o con la nostalgia.

Y claro, es mucho más sencillo decirle a alguien que su problema son las feministas o las personas migrantes que explicarle cómo funcionan las transformaciones estructurales del capitalismo contemporáneo.

Por eso digo que nos hemos tragado parte del marco de la extrema derecha. Porque cuando aceptamos que el problema es el feminismo, dejamos de mirar todas las estructuras económicas, laborales y materiales que están produciendo malestar.

La extrema derecha ha sabido capitalizar emocionalmente ese malestar. Y creo que ahí hay una discusión importante sobre cómo construimos también discursos emancipadores capaces de generar comunidad, deseo y horizonte político.

Reconstruir comunidad tiene que ver con volver a entender que las condiciones materiales de existencia importan. Que el trabajo, la vivienda, los cuidados o el acceso al futuro no son cuestiones individuales, sino políticas

El libro termina alejándose bastante de la lógica punitiva y apostando por reconstruir lo común frente al individualismo, la competencia permanente y la lógica del enemigo. En un presente tan atravesado por el cinismo y la sensación de no futuro, ¿qué formas de comunidad crees que pueden resultar hoy políticamente transformadoras?
Creo que una de las cosas importantes es entender que muchos de los problemas que vivimos no son individuales. El neoliberalismo nos ha enseñado constantemente a vivir el sufrimiento como fracaso personal, pero en realidad estamos hablando de problemas profundamente estructurales.

Entonces, para mí, reconstruir comunidad tiene que ver con volver a entender que las condiciones materiales de existencia importan. Que el trabajo, la vivienda, los cuidados o el acceso al futuro no son cuestiones individuales, sino políticas.

Y también tiene que ver con construir alianzas incómodas. Creo que las alianzas transformadoras no siempre son cómodas ni perfectas. Pero necesitamos volver a pensar espacios colectivos capaces de romper con la lógica permanente de la competencia y del enemigo.

Porque si no entendemos que el malestar atraviesa todas las capas de la sociedad y que tiene raíces estructurales, entonces es muy difícil construir alternativas reales”.

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