Estados Unidos
Las ‘midterms’ en Estados Unidos: Trump mantiene la euforia

Demócratas y Republicanos proclaman su victoria en las elecciones de ayer en Estados Unidos. 


publicado
2018-11-07 11:54:00

En unas elecciones donde muchos esperaban detener a Trump, los demócratas recuperan la Cámara de Representantes (219 por 193 de los republicanos), pero pierden terreno en el Senado (45 a 51, dos menos que en 2014). Tampoco ganan tantos gobernadores como pensaban. Esto significa que, aunque algunas iniciativas del presidente pueden detenerse, su libertad de acción todavía es muy amplia.

De hecho, es uno de los pocos presidentes que aumenta su mayoría en el Senado durante su mandato. Así, ambos bandos claman victoria. Mirando más de cerca, es cierto que candidatos demócratas alternativos han logrado grandes victorias. Pero la imagen de conjunto no es tan positiva como parece. Y esto se debe a las particularidades del sistema político norteamericano.

Un sistema “republicano” a prueba de bombas

Habrá cientos de columnas estos días en todos los idiomas que recordarán a los lectores que el sistema político estadounidense se basa en la estricta división de poderes. Los Padres Fundadores, particularmente Alexander Hamilton, tenían en mente una República donde la “tiranía de la mayoría” pudiese imponer su voluntad. 

Recordemos que varios de los incipientes burgueses y terratenientes que fundaron este país eran propietarios de esclavos. No podían creer en la igualdad de derechos humanos; mucho menos en la igualdad de derechos políticos. Aunque la historia haya reescrito de manera idílica la Independencia de los Estados Unidos, lo cierto que es que el sufragio universal tardó dos siglos en hacerse efectivo.

La idea de que se puede atraer a simpatizantes republicanos con una oferta moderada es un pensamiento muy extendido en las élites liberales, que controlan y financian el partido

Aun así, parte de las restricciones concebidas por estos Fundadores tienen cierta lógica. Las elecciones de mitad de mandato (mid term) ponen en juego un tercio de los asientos del Senado (35) y toda la Cámara de Representantes (435). Así, el todopoderoso presidente debe enfrentarse a un juicio sobre sus primeros dos años en el cargo. Para muchos demócratas, este mecanismo de seguridad estaba hecho a la medida de Trump.

Recordemos que el Senado sigue un sistema electoral sencillo y muy poco representativo: dos senadores por Estado, sea cual sea su tamaño. Deciden sobre nombramientos presidenciales y tratados internacionales; y tienen un poder elevado para torpedear y retrasar legislación. No hace falta decir que la sobrerrepresentación de Estados envejecidos y rurales favorece a los republicanos. La Cámara, por su parte, responde a circunscripciones más o menos representativas y decide especialmente sobre cuestiones presupuestarias. Aquí, las áreas urbanas tienen más peso.

En el mismo día, votantes en 36 Estados pueden elegir a sus gobernadores. Su poder varía en cada lugar, pero todos ellos tienen mucha capacidad para definir la agenda política sobre salud, medio ambiente, seguridad, etc. Finalmente, varios Estados han celebrado referendos sobre cuestiones como, por ejemplo, la legalización de la marihuana para uso recreativo.

La ola demócrata que no se materializó

Como en 2016, el establishment demócrata esperaba ganar estas elecciones por el mero hecho de enfrentarse a Donald Trump. No ha sido tan sencillo y se pueden extraer dos conclusiones clave de su campaña electoral.

Primero, intentar atraer a un inexistente “votante de centro” no funciona. La idea de que se puede atraer a simpatizantes republicanos con una oferta moderada es un pensamiento muy extendido en las élites liberales, que controlan y financian el partido. Por primera vez en mucho tiempo, esta creencia ha sido cuestionada. Hay que tener en cuenta que el peculiar sistema de partidos estadounidense no es comparable al europeo. Los partidos son organizaciones mucho menos estrictas en lo que a disciplina de voto se refiere, donde conviven tendencias casi antagónicas.

En este sentido, el Partido Demócrata no se parece en nada a los partidos que en Europa son considerados de “centro izquierda”. Carece de cualquier conexión con un legado obrerista o socialista. Esto se ha visto en la lucha interna durante las primarias entre candidatos “del aparato” y candidatos alternativos, en su mayoría asociados con el proyecto de Bernie Sanders. Organizaciones como el Partido Socialista Democrático de América (DSA) y revistas como Jacobin han defendido un proyecto de país alternativo, huyendo de la simple demonización a Trump.

No todos los candidatos de izquierda han logrado imponerse, pero muchos consiguieron colarse en la normalmente estrecha ventana mediática estadounidense. La candidata socialista electa por Nueva York Alexandria Ocasio-Cortez es toda una celebridad, que aparece en numerosos programas de los medios generalistas.

Obviamente, ningún izquierdista europeo debería hacerse ilusiones con los programas políticos de estos “socialistas” norteamericanos. La sanidad universal y la educación gratuita, aunque amenazados, son derechos reconocidos en este lado del Atlántico. Aun así, los resultados de esta campaña han demostrado a los demócratas moderados que deben ser más audaces con sus programas políticos.

Efectivamente, los “chicanos” (estadounidenses de origen latino) de varios Estados han salido en masa a votar contra Trump

Por ejemplo, candidatos jugando en territorio hostil, como el tejano Beto O’Rourke, han sabido apostar por temas como la sanidad o la educación para movilizar a votantes de todas las tendencias. Ha quedado muy cerca de arrebatarle el puesto al ultraconservador Ted Cruz en Texas. Esto ha sucedido en un territorio largamente considerado una batalla perdida para los demócratas del aparato.

En segundo lugar, hay que abrir las primarias y facilitar la participación de candidatos “nuevos”. Como recogía la compañera de El Salto Diana Gener, esta ha sido una oportunidad perfecta para cambiar la tendencia secular de la política estadounidense para marginalizar ciertos colectivos. En estos comicios hay una cantidad llamativa de candidatas “diversas”: mujeres, jóvenes, latinas, LGBT+, negras, indígenas, de clase obrera… Es la primera vez que vemos a estos perfiles como Gobernadoras, Senadoras o Representantes.

Lejos de suponer un “mercado de la diversidad”, confundiendo y frustrando a los votantes, ha aumentado la participación en muchos lugares. Los datos ya disponibles muestran una elección récord de 92 mujeres a la Cámara. Efectivamente, los “chicanos” (estadounidenses de origen latino) de varios Estados han salido en masa a votar contra Trump. Por simple demografía y mayor unidad con otros movimientos sociales, los republicanos podrían pagar muy caro en la próxima campaña presidencial haber demonizado a los migrantes latinos. 

En resumen, parece que la clase política norteamericana se empieza a parecer más al pueblo que representa.

El futuro político del “trumpismo”

Más que Brexit, la elección de Trump supuso el primer acto en la sucesión de logros de la nueva internacional nacionalista. Por primera vez, un candidato abiertamente racista y sin necesidad de apelar (aun cínicamente) a la iniciativa internacional, llegó a la posición ejecutiva de un país importante. Después han llegado Salvini, Bolsonaro… y, es de esperar, muchos otros imitadores que quedan por conocer en las democracias liberales en decadencia. 

¿Podría ser este el fin de la “política de los abusones”?  Parece poco probable que, aunque se vea frenado por los contrapesos legislativos, Trump abandone ese estilo chulesco y autoritario que han adoptado estas figuras. El principal escollo, como hemos descrito, es la peculiar falta de cohesión política en Estados Unidos.  Desde un punto de vista gramsciano, hay que apreciar que la oposición a Trump carece de un proyecto alternativo real a “hacer América grande otra vez”. 

Por tanto, una de las tareas clave de este nuevo grupo de legisladores será expandir el significado de “socialismo” en Estados Unidos. La renovada popularidad del término entre los jóvenes, la aparición de candidatos sólidos en puestos de responsabilidad y la adopción de ciertas políticas clave (sanidad universal, educación gratuita) ofrecen una oportunidad única. Estos nuevos representantes deberían ser inconformistas y trabajar para que otros colegas puedan acompañarlos dentro de cuatro años. Su presencia será fundamental también durante las primarias demócratas para la campaña presidencial de 2020.

Respecto a Trump, es cierto que ahora la Cámara demócrata puede iniciar comisiones de investigación contra el gobierno y su séquito. Sin embargo, como ya publicamos en El Salto, era muy difícil que los últimos escándalos judiciales hicieran daño a Trump. “La suerte del millonario” es que sus bases se han visto más llamadas a votar y enardecidas que nunca. 

De hecho, se ha visto en los resultados: los anuncios en redes sociales sobre la “caravana” que se dirige a la frontera han vuelto a movilizar a sus fieles. De nuevo, solo si los demócratas y otros opositores arman un proyecto alternativo (con un candidato que no se apellide Clinton), podrán minar la popularidad del magnate inmobiliario.

Finalmente, ¿qué consecuencias hay para el decrépito orden global? Para los que ven en la nueva internacional nacionalista un contramovimiento secular en respuesta a la caída en beneficios de la globalización neoliberal, nada de esto importa mucho. Si la “tragedia de los grandes poderes” (como la llamara el conservador John Mearsheimer) es que están condenados a enfrentarse, la guerra nuclear es inevitable. Al mismo tiempo, a pie de urna, la elección inesperada de un puñado de candidatas “sorpresa” podría ser el principio de un movimiento que gire el timón en la dirección opuesta.

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