Submarinos rusos frente a las costas del Garraf

El argumento de la intoxicación rusa en la crisis entre Catalunya y España amenaza con alterar el buen entendimiento político del PP con Rusia.

Bots rusos
Un bot saliendo de una matrioska. Arte El Salto

publicado
2017-12-02 06:43:00

“La maquinaria de injerencias rusa penetra la crisis catalana” (25/09/2017), “Hackers rusos ayudan a tener activa la web del referéndum” (28/09/2017), “La trama rusa empleó redes chavistas para agravar la crisis catalana” (11/11/2017), “El Gobierno constata la intervención en Cataluña de ‘hackers’ procedentes de Rusia y Venezuela” (11/11/2017), “La maquinaria rusa ganó la batalla ‘online’ del referéndum ilegal” (13/11/2017), “El PSOE pide al Gobierno que comparezca para aclarar la injerencia rusa en Cataluña” (16/11/2017)… Estos son algunos de los titulares de El País, que, como es notorio, lidera la carga de noticias que acusan a Rusia de haber interferido en el proceso catalán a favor de los independentistas.

Se trata de artículos que se publican en la portada de su edición escrita y en el frontal de su edición digital, frecuentemente escritos por su director adjunto, David Alandete. Estos artículos, a su vez, han sido objeto de crítica desde el blog de medios de El Salto, No les Creas, y desde los propios medios acusados de esa supuesta manipulación, Sputnik y RT. Los vídeos de Inna Afinogenova, periodista de RT, se han demostrado como particularmente populares, sobre todo en las redes sociales, dando pie a un intercambio, en ocasiones tenso, entre Alandete, Afinogenova, el corresponsal de RT en España –Francisco Guaita– y el editor de WikiLeaks, Julian Assange, o entre el periodista de El País Juan Cruz y el autor de No les Creas, J. Garín. 

Un cubo de agua en el océano 

Esta cobertura sirve en términos más generales a un objetivo múltiple: enlazar con otros supuestos casos de injerencia rusa permite atraer visitas a la edición digital de un medio de comunicación que no atraviesa precisamente por su mejor momento económico y contribuye a la inflación de una hipotética “amenaza rusa” con la que justificar los proyectos de defensa y relaciones públicas de Washington y Bruselas, con los que cargos directivos del diario mantienen vínculos, según diversas fuentes.

Alandete escribe un artículo que es citado en un estudio de una universidad estadounidense que sirve de argumento para el siguiente artículo de Alandete

El carácter circular de algunos argumentos —Alandete escribe un artículo que es citado en un estudio de una universidad estadounidense que sirve de argumento para el siguiente artículo de Alandete—, señalado por diferentes medios, es suficientemente elocuente al respecto. En uno de sus recientes artículos sobre este tema, el propio El País afirmaba con candidez que el mismo ente de la Unión Europea encargado de “contrarrestar la propaganda rusa” también se dedica a “diseminar mensajes positivos sobre la UE”. ¿No tiene el diccionario una entrada para eso? 

Una acusación así —recogida por partidos políticos españoles como el PP y Ciudadanos— permite, además, externalizar problemas internos

Una acusación así —recogida por partidos políticos españoles como el PP y Ciudadanos— permite, además, externalizar problemas internos. Lo hemos visto antes con el Brexit, la victoria de Donald Trump o el ascenso de la ultraderecha en Europa.

En otras palabras: es más fácil acusar a Rusia —cuyo presidente es desde hace años demonizado por los medios occidentales y ha sido convertido en personificación misma del Gobierno y del país— que reconocer que Hillary Clinton no era una buena candidata e hizo una mala campaña electoral, que los procesos de decisiones de la Unión Europea carecen de transparencia y generan rechazo popular o que Cataluña tiene agravios razonables hacia el Gobierno de España.

Incluso opositores rusos han denunciado esta cobertura informativa occidental como infantil, simplista e interesada, ya sea desde posiciones cercanas al nacionalismo, como Oleg Kashin, o la izquierda, como Borís Kagarlitsky. “El ciclo se repite ad nauseam, y a cada vez disminuye la confianza en los medios”, escribe en The Guardian Alexey Kovalov. A juicio de Kovalov, que es un especialista independiente en medios rusos, el establishment mediático occidental subestima la capacidad de organización de la oposición nacional y sobreestima el alcance e influencia de los medios públicos rusos. “Se parece menos a arrojar gasolina al fuego y más a vaciar un cubo de agua en el océano”, sentencia.

Rusia desde Catalunya, Catalunya desde Rusia 

No solo todas las fuerzas representadas en el arco parlamentario catalán se han distanciado de Rusia, sino que en ocasiones algunas de las mismas han actuado como punta de lanza de iniciativas españolas y europeas en su contra. El 27 de octubre de 2016, el eurodiputado de PDeCat Ramón Tremosa denunció a la Comisión Europea la escala que varias embarcaciones de la flota rusa habían de hacer en Ceuta para repostar rumbo a las costas sirias —y que finalmente fue anulada—, y el 13 de noviembre de este año arremetió nuevamente desde Twitter. “Quienes dicen que Rusia ayuda a Catalunya son quienes han ayudado a la flota rusa en los últimos años a pesar del boicot de la UE”, escribió.


Zajárova afirmó recientemente que las acusaciones de “injerencia rusa” en Catalunya “perjudican las relaciones” entre Rusia y España

Ese mismo caso fue también denunciado por ERC, que pidió a los entonces ministros de Asuntos Exteriores y de Defensa, José Manuel García-Margallo y Pedro Morenés, que compareciesen en el Congreso para “explicar la posible colaboración de España con fragatas rusas que han participado en operaciones militares en Siria”. En marzo, el vicepresidente de la Generalitat, Oriol Junqueras, declaró que “España cedió puertos a Rusia como favor contra el procés”.

En los medios de comunicación catalanes también ha habido fabulación sobre un papel ruso en Catalunya. El editor del portal Vilaweb, Vicent Partal, especulaba, por ejemplo, en febrero de 2014 con la posibilidad de que Rusia reconociese la independencia de Catalunya como respuesta a las tensiones en Ucrania (“Ucraïna, Rússia i nosaltres”), como hizo en agosto de 2008, cuando reconoció a Osetia del Sur y Abjasia diez días después del fin de la guerra con Georgia.

En enero, Partal insistió en esta idea con otro artículo (“Catalunya i, només com a exemple, Rússia”). Ese mismo mes, desde las páginas de La Vanguardia escribía Enric Juliana: “La tentación rusa existe y los gobernantes de la Generalitat la conocen”. “Hasta la fecha —añadía— han sido prudentes”. En noviembre retomaba el tema con un artículo (“Los rusos”) en el que aseguraba que Rusia utilizaba técnicas de desinformación contra el bloque comunitario aprovechando el conflicto político en Catalunya.

Desde Moscú, la posición del Gobierno ruso no ha sido en realidad muy diferente de la del resto de Estados europeos. El 22 de septiembre, el portavoz del Kremlin, Dmitri Peskov, afirmó ya que se trataba de “un asunto interno de España”, las mismas palabras que ha utilizado repetidamente la portavoz del Ministerio de Asuntos Exteriores ruso, María Zajárova, añadiendo que Rusia respetaría los principios de soberanía e integridad territorial.

El referendo del estatuto de Crimea en 2014 y la incorporación como sujeto federal a Rusia hicieron que algunos círculos del Gobierno se interesasen por otros casos —el catalán entre ellos—, buscando legitimidad internacional para una consulta acusada de no haber cumplido con las garantías necesarias.

La escalada de noticias ha venido acompañada de respuestas, visiblemente cada vez más molestas, por parte de Moscú. Zajárova afirmó recientemente que las acusaciones de “injerencia rusa” en Catalunya “perjudican las relaciones” entre Rusia y España. “Lamentamos profundamente que la ola de campañas antirrusas que se ha desatado en los medios de comunicación occidentales haya sido respaldada en Madrid a nivel oficial en el contexto de la crisis catalana”, dijo, y acusó al Ejecutivo de Mariano Rajoy de “ignorar los factores objetivos y de dejarse llevar de forma injustificada por acusaciones sin fundamento” que proceden de “fuentes dudosas y no embellecen la diplomacia española”.

Submarinos rusos

Acaso convenga en el presente contexto recuperar un post de Rafael Poch-de-Feliu de 2015 titulado “El Gladio sueco”. En él, el corresponsal de La Vanguardia reseña un documental de la cadena de televisión franco-alemana Arte sobre una operación estadounidense para impedir que el primer ministro sueco Olof Palme pudiese llevar a cabo sus planes de distensión con la Unión Soviética, siguiendo las líneas maestras marcadas por la Ostpolitik del canciller alemán Willy Brandt. Para ello, “el establishment sueco, el Ejército, los servicios secretos, la gran burguesía y lo que hay alrededor de su institución monárquica, naturalmente con la enorme ayuda de la prensa corporativa, logró sembrar la histeria en el país”. Lo hizo sacando “a pasear varios ‘submarinos soviéticos’ con el periscopio al alza —lo que es del todo absurdo— por delante de bases militares suecas e incluso frente al palacio real en Estocolmo y algunas residencias secundarias del monarca. Pero los submarinos no eran soviéticos, sino americanos, británicos y, en algunos casos, italianos usados por los americanos”, quienes “se encargaban de susurrarles al oído a los almirantes y generales que aquel hombre [Palme] era un ‘agente de influencia’ del KGB”. 

“Mientras Palme convocaba al embajador Boris Pankin para echarle la bronca por aquello y este le aseguraba que no había ningún submarino (al final, desesperado de que no lo creyera, le dijo que bombardeara de una puñetera vez aquellas naves misteriosas), todos estaban en el secreto”, escribe Poch. Cuando más tarde, finaliza, “Pankin fue nombrado (último) ministro de Exteriores de la URSS, en agosto de 1991, como no las tenía todas consigo (entonces los diplomáticos soviéticos desconfiaban del KGB y de sus militares como del diablo), pidió a sus amigos Vadim Bakatin y Evgeni Sháposhnikov, hombres de Gorbachov y amigos suyos puestos al frente del KGB y del Ministerio de Defensa, respectivamente, que buscaran en los archivos de sus agencias si había documentos sobre todos aquellos incidentes de submarinos de los años 80: no los había”. Era un montaje. Y, como recuerda Rafael Poch-de-Feliu, el “resultado fue excelente: antes de la operación, el porcentaje de suecos que se declaraba ‘amenazado’ por la URSS era del 27%; después de la operación eran el 83%”.

2 Comentarios
Andrés 19:04 6/12/2017

A los inútiles de El País y a los corruptos del PP sólo les falta añadir Hackers de China y Corea del Norte.

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#4026 10:30 2/12/2017

Teléfono bobo, volamos hacia Moscú. Como aprendí a dejar de preocuparme por la corrupción y amar el franquismo.

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