Profanar es un acto necesario

No hay nada más revolucionario que devolver a la esfera del ser humano aquello que nos pertenecía legítimamente y que decidimos momificar, bien por la vía de la museificación haciéndolo sagrado, o bien por la vía de la decadencia del juego como elemento profanatorio.

Coño Insumiso
Paso del Santo Coño Insumiso por las calles de Málaga. Larissa Saud

publicado
2018-03-27 09:00:00

Si bien consagrar era el término que designaba la salida de las cosas de la esfera de lo humano hacia lo divino, profanar significaba, por el contrario, restituirlas al libre uso de los mortales. Este era el punto de vista de los juristas romanos. Sagradas o religiosas eran las cosas que pertenecían de algún modo a los dioses, y como tales eran sustraídas al libre uso de los hombres. Por tanto, sacrílego era todo acto que violara esta indisponibilidad de las cosas sagradas, reservadas en exclusiva a los dioses. De hecho, podríamos definir la religión como aquello que sustrae cosas, lugares, animales o personas del uso común y los transfiere a una esfera separada.

El filósofo italiano Giorgio Agamben aborda esta cuestión a lo largo de toda su obra. Me parece especialmente recomendable su libro Desnudez, sin olvidar su Elogio de la Profanación, íntimamente ligado con estas ideas que trato de exponer ahora.

Sin embargo, cuando hablamos de ambas esferas –la de lo sagrado y lo profano– inevitablemente debemos hablar de la esfera del juego. De hecho, la mayor parte de los juegos que ahora conocemos derivan de viejas ceremonias, así como de rituales o de prácticas adivinatorias que pertenecían exclusivamente a la esfera religiosa. Emile Benveniste, en esta relación entre juego y rito, ha analizado que el juego no solo proviene de la esfera de lo sagrado, sino que representa de algún modo su inversión. Los niños juegan con cualquier trasto que cae en sus manos, objetos que pertenecen a la esfera de la economía, de la guerra, del derecho, y rápidamente lo transforman en juguete. Sin embargo, el juego como dispositivo de profanación está en decadencia actualmente en todas partes. Esto es algo que nos señala de manera muy clara Agamben en las páginas de Elogio de la Profanación.

Nuestra generación y las generaciones venideras tienen un compromiso y un reto importante en relación a lo profano, al acto de profanación.
Según el filósofo italiano, “en el juego, en los bailes y en las fiestas el hombre busca, de hecho, desesperada y obstinadamente, justo lo contrario de lo que podría encontrar: la posibilidad de volver a acceder a la fiesta perdida, un retorno a lo sagrado y a sus ritos… En este sentido, los juegos televisivos de masas forman parte de una nueva liturgia, secularizan una intención inconscientemente religiosa”. Por todo ello, restituir el juego a su vocación puramente profana es una tarea política.

Nuestra generación y las generaciones venideras tienen un compromiso y un reto importante en relación a lo profano, al acto de profanación.

El capitalismo, según Walter Benjamin, se ha convertido en una religión que se protege de todas las fórmulas de profanación antes conocidas, ya que el capitalismo es quizá el único caso de un culto no expiatorio, sino culpabilizante. Como religión de la modernidad está definido por tres características: en primer lugar es una religión cultural, tal vez la más extrema y absoluta que haya existido; en segundo lugar, este culto es permanente, es una celebración sin tregua y sin respiro; y por último, el culto capitalista no está dirigido a la redención ni a la expiación de una culpa, sino a la culpa misma. Así, para Benjamin, “una monstruosa conciencia culpable que no conoce redención se transforma en culto, no para en expiar en él su sentimiento de culpa, sino para volverla universal… y para capturar finalmente al propio Dios en la culpa”.

En este punto Benjamin coincide con Agamben: el capitalismo impide profanar nada con todas sus fuerzas y se protege a sí mismo de cualquier mecanismo profanatorio.

En las sociedades de masas, si los consumidores son infelices no es solamente porque consuman objetos que han incorporado su propia imposibilidad de ser usados (y recordemos que profanar era dar uso a aquello que era indisponible porque pertenecía a la esfera de lo sagrado) sino también –y sobre todo– porque creen ejercer su derecho de propiedad sobre ellos y porque se han vuelto incapaces de profanarlos.

El capitalismo, según Walter Benjamin, se ha convertido en una religión que se protege de todas las fórmulas de profanación antes conocidas, ya que el capitalismo es quizá el único caso de un culto no expiatorio, sino culpabilizante.
Además del valor de uso y el valor de cambio que estableciera Marx, se propone aquí un nuevo tipo de valor por parte de Benjamin: el valor de exposición.

Esto requiere una explicación. En la esfera del consumo, la mercancía se escinde en valor de uso y valor de cambio clásicos y se transforma en un fetiche inaprensible. En este sentido se habla entonces de la museificación de la sociedad. La imposibilidad de usar tiene su lugar tópico en el Museo. Una después de otra, las potencias espirituales que definían la vida de los hombres –el arte, la religión, la filosofía, la idea de naturaleza y hasta la política– se han retirado una a una dentro del Museo. Y como es evidente, la idea de Museo dentro de la religión capitalista nos rememora con facilidad la idea de templo dentro de las religiones clásicas. Los viejos peregrinos son hoy los nuevos turistas.

Por tanto, no hay nada más revolucionario que devolver a la esfera del ser humano aquello que nos pertenecía legítimamente y que decidimos momificar, bien por la vía de la museificación haciéndolo sagrado, o bien por la vía de la decadencia del juego como elemento profanatorio. Creo que es importante trabajar en este sentido, ahora que se muestra tan sensible la sacra epidermis de ciertas almas con ánimo litigante.

Sobre este blog
La filosofía se sitúa en un contexto en el que el poder ha buscado imponerse incluso en los elementos más básicos de nuestro pensamiento, de nuestras subjetividades, expulsando así de nuestro campo de visión propuestas teóricas y prácticas diversas que no son peores ni menos interesantes sino ajenas o directamente contrarias a los intereses del sistema dominante.

En este blog trataremos de entender los acontecimientos del presente surcando –en ocasiones a contracorriente– la historia de la filosofía, con el objetivo de poner al descubierto los mecanismos que utiliza el poder para evitar cualquier tipo de cambio o de alternativa en la sociedad. Pero también de producir lo que Deleuze llamó líneas de fuga, movimientos concretos tanto del presente como del pasado que, escapando del espacio de influencia del poder, trazan caminos hacia otros mundos posibles.
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4 Comentarios
#18264 16:03 7/6/2018

"No se admiten comentarios insultantes, amenazantes, machistas, homófobos, racistas o discriminatorios de cualquier tipo. Tampoco se permite la publicación de datos personales de terceros", pero ya si acaso nosotros creamos un artículo llamado "Profanar es necesario". Porque las fobias son malas, menos el odio a lo que huela a cristiano, lo mismo da que ofenda al Arzobispo de Palencia, que a la señora de 85 años que pone una vela a un santo.

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#12084 8:30 28/3/2018

- "No se admiten comentarios insultantes, amenazantes, machistas, homófobos, racistas o discriminatorios de cualquier tipo. Tampoco se permite la publicación de datos personales de terceros"
- ah, vale!... pero póngamos la fotografía de una vagina gigante en primera plana...
- QUÉ?!

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#12099 14:09 28/3/2018

Si te insulta una vagina ve al siquiatra

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Anónimo 11:35 28/3/2018

Una vagina no es insultante, amenazante, machista, homófona, racista o discriminatoria... Una vagina es simplemente una vagina, o al menos debería serlo.

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La filosofía se sitúa en un contexto en el que el poder ha buscado imponerse incluso en los elementos más básicos de nuestro pensamiento, de nuestras subjetividades, expulsando así de nuestro campo de visión propuestas teóricas y prácticas diversas que no son peores ni menos interesantes sino ajenas o directamente contrarias a los intereses del sistema dominante.

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