“Palos en las ruedas”: ¿hacia una educación emancipadora?

Frente al proceso cruzado de escolarización de la sociedad y laboralización de la educación, exploramos diferentes alternativas en las obras de Iván Illich y Paulo Freire hacia una concepción emancipadora de la docencia que no encontramos, por ejemplo, en la llamada “innovación pedagógica”.

Paolo Freire
Paolo Freire (Mural en la Facultad de Educación y Humanidades, Universidad del Bío-Bío) (Nefandisimo) Wikimedia Commons
Grupo de lectura de Castelló de la Ribera (País Valencià)

publicado
2018-09-28 09:30:00

La escuela se dirige actualmente hacia un proceso de laboralización, pero también hay un movimiento a la inversa, que es el de la escolarización del mundo: cada vez estamos más sometidos a exámenes y pruebas. Cuando el Estado ha acabado convirtiéndose en una institución que ha ocupado la totalidad de la vida pública, la escuela pública no se puede entender si no es como escuela estatal —es decir, no como una escuela “del pueblo”, sino como un dispositivo político del Estado que funciona en connivencia con el trabajo: la escuela empieza este proceso de examen perpetuo, un proceso de revisión permanente. En el momento que acabamos la escuela no la abandonamos, sino que entramos en un proceso de autoformación y seguimos sometiéndonos al examen de muchas otras maneras. Hay una continuidad entre la escuela, el trabajo y el resto de instituciones por las que vamos pasando a lo largo de nuestra vida.

Iván Illich propone la eliminación total del sistema educativo y sugiere como alternativa el aprendizaje “automotivado”, los encuentros voluntarios y la pedagogía espontánea a través de la creación de plataformas para poner en contacto a personas con ganas de enseñar y aprender. ¿Qué cambia aquí con respecto al sistema educativo oficial? En primer lugar, que en el sistema educativo hay unas personas obligadas a aprender durante una serie de horas. No existe esta voluntariedad y, al no existir, el aprendizaje es muchas veces imposible. Illich afirma que la mayoría de las cosas que aprendemos de forma “significativa” lo hacemos por nuestra cuenta y entre iguales, y que esto se suele dar más fuera que dentro de las instituciones —aunque en realidad sí se puede llegar a dar dentro, si el personal docente se encarga de generar las condiciones adecuadas.

La escuela, tal y como se concibe actualmente, es un sistema que se creó en el siglo XIX bajo unas circunstancias políticas concretas que han cambiado completamente y que no tienen nada que ver con las de hoy en día. El objetivo de la escuela prusiana —de donde surge el modelo educativo que aún se mantiene en gran parte— fue la creación de soldados obedientes para el ejército y trabajadores obedientes para las fábricas. En la sociedad fordista posterior se atenúa relativamente el primer objetivo y se potencia el segundo. Actualmente, la “innovación pedagógica” se orienta específicamente a la adecuación a la empresa y la creación de pequeños empresarios a través de una pedagogía centrada en el autocontrol, la autoevaluación de los grados de satisfacción y la insistencia en el concepto de “resiliencia”.

La “innovación pedagógica” se orienta a la adecuación a la empresa y la creación de pequeños empresarios a través de una pedagogía centrada en el autocontrol, la autoevaluación de los grados de satisfacción y la insistencia en el concepto de “resiliencia”.
Una de las principales y más reconocibles medidas de aquella educación prusiana fue la división por niveles. El hecho, hoy normalizado, de que todos los niños de la misma edad estén en la misma clase supone un grave error y no refleja la realidad de la sociedad, tal y como sí intentaban reflejar, por ejemplo, los “círculos de lectura” de Paulo Freire, en los que se compartían los conocimientos desde el nivel en el que cada uno estaba.

Paulo Freire fue un pedagogo brasileño que provenía de un ambiente burgués medio y empezó a trabajar en la enseñanza, dándose cuenta pronto de que para poder alfabetizar había que cambiar el sistema, y de que la enseñanza de la lectura es algo revolucionario y así se tiene que concebir. Partiendo de aquí, planteó tres puntos básicos para la enseñanza de la lectura: la enseñanza ha de ser siempre compartida —«no enseño si no es aprendiendo»: el acto de aprendizaje es siempre colectivo—, la motivación para el aprendizaje ha de ser siempre revolucionaria —por ejemplo: queremos aprender a escribir para elaborar una pancarta, entender un libro que nos han pasado, etc— y el acto del aprendizaje ha de ser siempre un acto creativo —aprendemos no recibiendo, sino creando nuestros propios sistemas de descodificación. Es entonces cuando escribe su Pedagogía del oprimido desde el exilio en París, donde afirma que el educador es en principio el opresor y el educando el oprimido. Cuando él plantea la escuela partiendo de esta “dialogía”, propone hacer “tabula rasa” y que se enseñe a partir de los “círculos de lectura”: un lugar al que acuden una serie de personas, cada una con su nivel, cada una con su forma de pensar, cada una con su mochila, y a partir de ahí se empieza a discutir y a trabajar, ayudándonos unos a los otros, enseñándonos a leer. Es así como el método de Freire consiguió alfabetizar, en primer lugar, a toda Centroamérica y posteriormente su propio país, Brasil.

¿Se pueden aplicar este tipo de planteamientos en una aula, tal y como se concibe en la actualidad? ¿Es suficiente con cambiar algunos métodos pedagógicos sin cambiar la propia estructura de la institución? ¿Podemos cambiar el sistema educativo sin cambiar el sistema productivo? Freire hace la distinción entre “sistema educativo” y “trabajos educativos” y afirma que, evidentemente, para cambiar todo el sistema educativo habría que acompañarlo de un cambio en el modelo de producción. Pero este cambio también se puede dar, a su vez, a través de la proliferación de ciertos “trabajos educativos” más concretos, que son precisamente este tipo de experiencias que tanto dentro como fuera del sistema educativo pueden ir planteando otras formas de aprender.

Para Paulo Freire, la enseñanza ha de ser siempre compartida, la motivación ha de ser siempre revolucionaria y el acto del aprendizaje ha de ser siempre un acto creativo.
Los que tienen que cambiar la escuela han de ser los y las maestras y profesoras, y no tienen que esperar a que este cambio llegue de parte del poder —y en eso Freire, Freinet y muchos otros pedagogos del siglo pasado fueron pioneros. Aunque, por otro lado, el sistema educativo viene marcado por el poder, y no va a permitir que se vuelva en su propia contra. Los profesores pueden intentar cambiar las cosas desde dentro y buscar gente afín con vistas a crear una red para combatir el llamado síndrome de “la soledad del docente”, aunque la mayoría de las veces se van a encontrar, como dice el Comité Invisible en Ahora, con “palos en las ruedas” que les impedirán desarrollar sus ideas.

Estos palos en las ruedas no se pondrán tanto por lo que concierne a los contenidos como por lo que concierne a la propia capacidad de articulación. Por ejemplo, una de las principales reivindicaciones de algunos docentes a la administración es el reconocimiento de los grupos de trabajo independientes. Para desarrollar un grupo de trabajo hay que obtener la aprobación del correspondiente grupo de formación del profesorado que, evidentemente, aprobará muchos grupos de trabajo para hablar de muchas cosas, pero nunca para hablar de las finalidades últimas de la educación.

Por muy imperceptibles que sean los cambios propuestos por los enseñantes, hay una fuerza detrás que se intenta aplacar a través de la llamada “innovación pedagógica”. El BBVA ha hecho una serie de videos al respecto con el logo del banco y de El País: se pretenden apropiar de un discurso para que creamos que, por ejemplo, las escuelas privadas Montessori son la panacea, pero no dejan de ser escuelas privadas con requisitos económicos muy exclusivos. Por otro lado, la enseñanza está en estos momentos muy saturada: están por un lado los Montessori, por otro los Waldorf, un poco más allá los Freinet… Al final, un enseñante tiene delante una clase con alumnos y hace con ellos lo que puede. A veces cogerá un poco de Freinet, algo de Montessori, un poco de Steiner, lo mezclará todo y dará su clase. Pero lo que hay que plantearse es el “antes”, y eso es precisamente lo que no nos planteamos —ni dejan que nos planteemos: ¿por qué y para qué estamos dentro de las clases haciendo cosas? Esta es la pregunta clave —al final, una pregunta filosófica.

Sobre este blog
La filosofía se sitúa en un contexto en el que el poder ha buscado imponerse incluso en los elementos más básicos de nuestro pensamiento, de nuestras subjetividades, expulsando así de nuestro campo de visión propuestas teóricas y prácticas diversas que no son peores ni menos interesantes sino ajenas o directamente contrarias a los intereses del sistema dominante.

En este blog trataremos de entender los acontecimientos del presente surcando –en ocasiones a contracorriente– la historia de la filosofía, con el objetivo de poner al descubierto los mecanismos que utiliza el poder para evitar cualquier tipo de cambio o de alternativa en la sociedad. Pero también de producir lo que Deleuze llamó líneas de fuga, movimientos concretos tanto del presente como del pasado que, escapando del espacio de influencia del poder, trazan caminos hacia otros mundos posibles.
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1 Comentario
Peatón 11:07 30/9/2018

Yo abogo también por la abolición del sistema educativo y que la formación sea voluntaria. Soy una persona inquieta y el cumplir con los currículos oficiales me embruteció y me hizo perder mucho el tiempo, aparte del sufrimiento que eso conlleva. No hay nada más contraproducente que el "aprender" algo obligada. Y así nos tienen aprendiendo y desaprendiendo constantemente sin aportar nada a los demás. Además enseñar en un aula es un aspecto determinante en un currículo. ¿Por qué no se enseña a las niñas paseando o visitando sitios?
Yo animo a todas las docentes con sensibilidad a que le busquen las vueltas a la legislación y se rebelen contra esta tiranía de las ideas, que no hace sino perpetuar las estructuras del Sistema y con ello, la alienación (el no conocimiento de una misma, de la sociedad en la una vive, la "anticonciencia") y el sufrimiento de la mayor parte de la sociedad. Porque, como dicen en mi tierra, "la universidad de la calle es la que te enseña". Eso es una verdá contundente que aprecian personas que tuvieron poco contacto con la "cultura". Y eso que mucha gente formada también reclama porque ¿para qué aprender algo que no te va a servir? Estos argumentos son contundentes y sirven para distinguir el adoctrinamiento actual de una sana y fructífera Educación, o "las voces de los ecos", como diría A. Machado.

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