Literatura
La necesidad de romper cosas. Tres textos en el reverso del amor romántico

¿A qué nos referimos cuando hablamos de amor romántico? ¿En qué consiste esa construcción? Y, lo que es más interesante, ¿cómo hacerla volar por los aires? A continuación, presentamos tres ejercicios de terrorismo sentimental de la mano de de tres autoras cuya escritura dinamita el mismo corazón de la construcción social del amor romántico.

Contra amor romántico
La actriz Érica Rivas en la versión teatral de la novela de Ariana Harwicz, "Matate, amor"
Investigadora y docente

publicado
2018-10-05 10:00

De un tiempo a esta parte, la reflexión acerca de la construcción y deconstrucción del mito del amor romántico ha cobrado una gran presencia social. Uno de los aspectos más interesantes de este debate es que nace en el terreno de la cultura -en el terreno del discurso, de los relatos y de los imaginarios compartidos- y que, lejos de empezar y acabar en el contexto del pensamiento abstracto, presenta una clara devolución en nuestros hábitos emocionales -y también políticos- más cotidianos. El otro, y no menos importante, es que se trata de una reflexión inimaginable sin la irrupción de una mirada de género y muchas, muchas, muchas ganas de romper cosas.

Pero vayamos por partes. ¿A qué nos referimos cuando hablamos de amor romántico? ¿En qué consiste esa construcción? Y, lo que es más interesante, ¿cómo hacerla volar por los aires? A continuación, presentamos tres ejercicios de terrorismo sentimental de la mano de de tres autoras cuya escritura dinamita el mismo corazón de la construcción social del amor romántico. Tres textos, tres detonaciones.

Como tantas otras cosas importantes, el amor es un relato, es decir, una construcción imaginaria que funciona socialmente. El relato dominante acerca del amor es ese discurso mítico-religioso que ahora llamamos, con grandes dosis de rencor acumulado, el mito del amor romántico. Como relato, el amor romántico tiene varios elementos que lo caracterizan: las dos mitades incompletas que el destino está obligado a juntar, el sacrificio, la entrega al otro, la imposibilidad (o la improcedencia) del cálculo de las pérdidas o de lo que uno se ha ido dejando por el camino… En definitiva, varios elementos que, combinados entre sí y revisitados con un mínimo de bagaje sentimental y un poco de sentido común, tienen más de thriller psicológico que de cualquier otra cosa.

Como tantas otras cosas importantes, el amor es un relato, es decir, una construcción imaginaria que funciona socialmente. El relato dominante acerca del amor es ese discurso mítico-religioso que ahora llamamos, con grandes dosis de rencor acumulado, el mito del amor romántico.
Sin embargo, y precisamente como relato, como narración que nos contamos para dotar de sentido a aquello que en realidad no lo tiene, el amor es toda una práctica ética, estética y, en consecuencia, política. Es por eso que de la pregunta acerca de cómo contamos el amor -a través de qué estrategias y mediante qué lugares comunes- surge una certeza: qué importante es la pelea por demoler ese relato para construir otros distintos. Y en esa pelea, en este proceso de demolición de un relato que ya no nos sirve, está el sugerente papel de la literatura.

Desde estas ganas de romper cosas es interesante el acercamiento a los escritos de tres autoras que profesan la firme voluntad de desactivar el sentido de los mitos del amor romántico. El resultado es profundamente liberador, pero también profundamente doloroso. Lo que tienen en común estas autoras es que, aunque de distintas maneras, las tres han narrado el amor como un escenario de violencias cotidianas e insoportables -contra el otro, pero sobre todo contra una misma-; como un espacio atravesado por una violencia simbólica que es desasosegantemente constitutiva del propio vínculo amoroso.

1. “Acostar al niño, masturbar al hombre y dejar la insurrección para mejor vida”. Ariana Harwicz (Buenos Aires, 1977) escribe en Matate, amor un monólogo extremadamente violento sobre el reverso del amor romántico en el que las consecuencias de la entrega al otro adquieren una dimensión catastrófica. Las obligaciones de la maternidad y las dinámicas de pareja son vividas por la protagonista como una demanda insoportable; como un vaciamiento de sí misma y como la violencia física ejercida sobre su propio cuerpo. La dificultad de sostener lo que se espera de ella, las ganas constantes de salir corriendo, de abandonar el lugar de madre y esposa sin mirar atrás son, en esta novela, la única salida posible al acoso del amor romántico.

De la pregunta acerca de cómo contamos el amor surge una certeza: qué importante es la pelea por demoler ese relato para construir otros distintos. Y en esa pelea, en este proceso de demolición de un relato que ya no nos sirve, está el sugerente papel de la literatura.
2. “Ahí está, sentado, con la vista fija en un papel que tiene delante. Intenta hacer el desglose”. Con una ironía por momentos insoportable, el cuento de Lidia Davies (Northampton, 1947) Desglose despliega una fría lógica económica para evaluar los costes de una relación que ha fracasado. Si el amor, tal y como nos lo habían contado, era pelearse con la lógica de lo rentable para uno en favor de la entrega ciega al otro, resistirse, en definitiva, a hacer un recuento de pérdidas, Davies adopta una perspectiva narrativa masculina que va a ir haciendo un recuento con los costes económicos y emocionales que le han supuesto una relación que no salió como se esperaba. Desde la ruina económica y sentimental, el protagonista acaba preguntándose a sí mismo, con mucha desesperación “cómo te metiste en el asunto con 600 dólares, o más, con unos 1000 dólares, y saliste con una camisa vieja”. En general, los cuentos de Davies se sitúan siempre en ese pequeño abismo que separa la metáfora de la realidad. La autora pone aquí el dedo en la llaga, y recurre a la metáfora más fría e inapropiada -la hoja de cálculo- para representar el excedente de dolor que trae el amor cuando se acaba y la inexplicable certeza de que, a pesar de ello, volveremos a caer en él.

3. “El filo de la violencia permitida en la caricia”. Amor fou es un texto de Marta Sanz (Madrid, 1967), rescatado este mismo año por la editorial Anagrama. Si bien es cierto que la desarticulación de los relatos blandos sobre el amor es una constante en las novelas de la autora, en este texto explora la relación directa entre el amor y la violencia de una forma explícita. El amor es, en esta novela, un arma de doble filo: es una forma de amor que no tiene nada que ver con el amor, que ha extremado algunos de sus códigos más nocivos (procedentes, por supuesto, de ese mito el amor romántico) y ha desvirtuado su sentido hasta acabar en tragedia. Lo interesante de la novela de Sanz es que no destruye nada sin construir algo a cambio, y esta es una ética que comparten todas sus novelas. El amor es violencia pura, sí -nos dice Sanz- pero también puede adoptar otras formas distinas. Y, tal vez porque es lo que nos conviene, con esto nos quedamos: con la necesidad de destruir primero, para construir después.



Sobre este blog
La filosofía se sitúa en un contexto en el que el poder ha buscado imponerse incluso en los elementos más básicos de nuestro pensamiento, de nuestras subjetividades, expulsando así de nuestro campo de visión propuestas teóricas y prácticas diversas que no son peores ni menos interesantes sino ajenas o directamente contrarias a los intereses del sistema dominante.

En este blog trataremos de entender los acontecimientos del presente surcando –en ocasiones a contracorriente– la historia de la filosofía, con el objetivo de poner al descubierto los mecanismos que utiliza el poder para evitar cualquier tipo de cambio o de alternativa en la sociedad. Pero también de producir lo que Deleuze llamó líneas de fuga, movimientos concretos tanto del presente como del pasado que, escapando del espacio de influencia del poder, trazan caminos hacia otros mundos posibles.
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8 Comentarios
#24084 25:47 6/10/2018

Cuando se habla de las ganas constantes de abandonar el papel de madre y esposa y salir corriendo para poder ser una misma... parece que estén hablando de mí. De un tiempo a esta parte, cuando la ocasión lo permite, recomiendo a las personas jóvenes que no se casen nunca y que no tengan descendencia, incluso a mis hijas. Creo que es la única manera de vivir en libertad.

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JASB 2:27 8/10/2018

La libertad es muy subjetiva. Tal vez, a esos jóvenes a los que tanto les recomiendas, tener descendencia y casarse no les supone ninguna contradicción con el vivir en libertad. Y puede que usted, "a pesar" de tener hijas, todavía esté a tiempo de vivir en libertad también... Puede incluso que aprendas de algunos de esos jóvenes o de alguna de tus hijas. ¡Vive y deja vivir, libremente!

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#24173 21:10 8/10/2018

"Libertad"
¿Diría lo mismo a una mujer que animara a tener cuantos más hijos mejor?
Me temo que no.

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JASB 25:19 8/10/2018

No temas. Le diría exactamente lo mismo si tener muchos hijos lo identificara con la única manera de vivir en libertad.

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#24168 20:23 8/10/2018

"Vive libre y deja vivir libremente" Muy bonito como eslogan.
Me pregunto si le dirías lo mismo a una madre que se carga de 5 hijos por un marido que no colabora en la educación y que no recibe ninguna ayuda de esta sociedad desalmada. Eso es mi familia, una fábrica de desgraciados.

Más pareces una de esas fundamentalistas católicas, antiabortistas. Solo tiene un fallo tu "amor por la libertad": el sufrimiento de un hijo no deseado no tiene vuelta atrás.

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JASB 25:29 8/10/2018

O te has confundido de artículo al comentar o mezclas churros con sardinas. Ni católica ni antiabortista. Abogo por la libertad para elegir pareja, trío, cuarteto... o para quedarse sola. Libertad para tener o no tener hijos. Y libertad para creer en Dios, en Buda, en el Karma... o en nada de eso. Espero que así lo entiendas y descargues tu rabia contra algo que tenga sentido.

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#24152 17:11 8/10/2018

¿Qué le parece dejar que esa señora explique su experiencia y sea honesta respecto a las recomendaciones que hace en base a esa misma experiencia? Por su tono apuesto a que se trata de un señor señoreando, métanse en sus pantalones.

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JASB 19:14 8/10/2018

Ni señor ni señoreando.
Solo trataba de explicar que la experiencia de la libertad es muy subjetiva y personal. Y para algunas personas puede que no tenga nada que ver con el casarse o dejarse de casar o con el tener descendencia o dejarla de tener. Su forma de recomendar cómo vivir en libertad me parece muy paternalista, aunque se trate de una madre. Que cada persona experimente su libertad como le dé la gana (y se meta en sus pantalones, falda, leggings o lo que prefiera).

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