¿Ilustración radical o pensamiento antagonista?

En un reciente libro, Marina Garcés propone construir una nueva ilustración radical, que entiende como una actitud de lucha frente a la credulidad incentivada en nuestras sociedades contemporáneas. Esa actitud crítica se nos antoja como el elemento caracterizador de todos los discursos que, a lo largo de la historia, han pretendido confrontar con el pensamiento constituido.

Marina Garcés
Marina Garcés, RTVE
Profesor de Filosofía, Universidad de Zaragoza

publicado
2018-06-08 10:00:00

La barricada es el espacio habitual del animal filosófico, atento a la más leve discrepancia con sus coetáneos para marcar terreno con un controlado chorro de teoría que impregne con su carga de feromonas un territorio, conceptual, que se quiere como propio. Hace unas décadas asistimos a ese desenfocado debate en torno a la Posmodernidad en el que, desde ciertas posiciones, se demonizaba el concepto y se realizaba una defensa a ultranza de la Modernidad y la Ilustración. Una falsa polémica, como la caractericé en algún lugar, pues difícilmente pueda hablarse de una única forma de abordar y vivir cualquiera de estos conceptos. Tan modernos son Descartes como Spinoza, Hegel como Marx; tan posmodernos Rorty como Deleuze, Rawls como Negri; y, sin embargo, las distancias son, en muchas cuestiones, insalvables.

Recientemente, Marina Garcés ha publicado un sugerente y un tanto sorprendente librito titulado Nueva ilustración radical. Sugerente por cuanto apuesta por hacer palanca en una cierta tradición filosófica para pensar nuestro presente desde una mirada crítica. Sorprendente porque a esa tradición le conviene más el adjetivo de radical que de ilustrada, pues, aunque Garcés haga hincapié en una parte del discurso ilustrado, aquel que se vincula de un modo más claro con posiciones de carácter materialista, como las de Diderot, La Mettrie o Helvetius, su análisis va mucho más allá, y más acá, de la geografía propiamente ilustrada, hasta el punto de que en algunas páginas pareciera hacer del eje Spinoza-Marx-Nietzsche, tres autores difícilmente calificables como ilustrados, el fundamento de su propuesta. Sin embargo, y a pesar de lo que pudiera ser una cierta estridencia cronológica, la propuesta y el análisis de Garcés se nos antojan tremendamente convenientes, en la medida en que entiende por Ilustración aquella actitud que Kant definió en su opúsculo sobre la misma como “mayoría de edad”, es decir, autonomía del sujeto, autoconstitución del mismo, que es lo que permite enlazar a todo discurso que pretendamos caracterizar, ahora sí, como radical.

Quizá la hibridación de la mayoría de edad con la mirada infantil, el devenir niño del adulto autónomo, pudiera ser la piedra de toque de una mirada crítica, de un ethos antagonista. […] El adulto que aprende a despensar como condición para pensarse de otro modo.
Foucault, comentando el mencionado opúsculo kantiano, adjudica a la Ilustración el carácter de un ethos, de una actitud, que consiste en la “crítica permanente de nuestro ser histórico”. Puede resultar chocante que para llevar a cabo ese ethos, Kant entienda como condición inexcusable que el sujeto alcance la mayoría de edad, mientras que Lyotard, cuando explica que la Posmodernidad es una condición que pone en cuestión, como también hace la Ilustración, las certezas heredadas, reivindica como actitud más conveniente la de la infancia, en la medida en que esta es capaz de lanzar una mirada sobre la realidad menos cargada de prejuicios que la mirada adulta. Quizá la hibridación de la mayoría de edad con la mirada infantil, el devenir niño del adulto autónomo, pudiera ser la piedra de toque de una mirada crítica, de un ethos antagonista. El kantiano mayor de edad que no acepta tutelas, que se atreve a saber, pero que, para ello, retorna a la infancia, como único modo de no hallarse, todavía, sometido al peso de las inercias del pensar constituido. El adulto que aprende a despensar como condición para pensarse de otro modo.

Porque en realidad lo que está en juego, lo que permite unificar a cierto Kant con cierto Lyotard, con cierto Foucault, con cierto Spinoza-Marx-Nietzsche –personaje filosófico, este último, que rinde los mayores réditos del pensar materialista-, es una actitud, aquella que hace de la crítica de lo establecido el leitmotiv de su práctica teórica. Y si digo “cierto” es porque nuestros cuerpos filosóficos ubicuos se empeñan en habitar geografías diferentes, en ocasiones contradictorias, en ocasiones a un mismo tiempo. Hay un Kant que se instala en la crítica de lo establecido a través del concepto de autonomía, otro que, a pesar de sus críticas a la heteronomía religiosa, cede a las inercias de lo religioso bajo la forma del segundo y tercer postulados de la razón práctica; hay un Marx que desarrolla una lógica materialista revolucionaria, otro que se extravía en derivas mecanicistas y dogmáticas. De lo que se trata, por tanto, más que delimitar esas trincheras de las que hablábamos más arriba, es de buscar en los autores las posibles herramientas para esa nueva Ilustración radical, si así queremos llamarla, de la que habla Marina Garcés.

Aunque podríamos llamarle de otro modo, ciertamente. La propuesta de llamarle Ilustración radical me parece sugerente en la medida en que se reapropia del concepto de Ilustración, secuestrado por un idealismo extremadamente conservador, del que el habermasianismo es una de sus productos más acabados. Y hay otras ilustraciones, como señala Garcés. Pero bien pudiera prescindirse de un concepto tan acotado cronológicamente y, remitiendo a esa actitud unificadora de posiciones teóricas, hablar de pensamiento antagonista o de pensamiento constituyente, etiqueta aplicable al conjunto de la historia del pensamiento y que nos permitiría contribuir a visibilizar esa “corriente subterránea del materialismo del encuentro” de la que hablaba Althusser.

Porque en realidad lo que está en juego, lo que permite unificar a cierto Kant con cierto Lyotard, con cierto Foucault, con cierto Spinoza-Marx-Nietzsche es una actitud, aquella que hace de la crítica de lo establecido el leitmotiv de su práctica teórica.
De ese modo, en el empeño de construcción de un discurso antagonista contemporáneo, la labor arqueológica del mismo nos permitiría apreciar cómo cada época genera una multiplicidad de discursos que, aunque sofocados por las voces dominantes, cuestionan lo establecido y apuntan a una crítica radical de lo existente. En el interesantísimo debate sobre la cuestión cultural que se produce tras la Revolución Rusa de 1917, Lenin, secundado por su comisario de cultura, Anatolii Lunacharskii, defiende la teoría de las dos culturas en una cultura, según la cual todo momento histórico produce una cultura dominante y conservadora y otra minorizada y progresista. Frente a quienes, desde las vanguardias, quieren hacer tabla rasa del pasado cultural y artístico, Lenin aboga por el cuidado de cierto pasado –cierto pasado-, sobre el que alumbra el presente revolucionario. Desde una perspectiva semejante es desde la que el debate Modernidad/Posmodernidad es un falso debate, pues tanto una como otra poseen diferentes perfiles que permiten rescatar, en ambas, posiciones antagonistas, así como advertir, en las dos, discursos reaccionarios.

Negri apunta que “combatir es hoy únicamente una ética”, afirmación que debe ser leída como la necesidad de construir un ethos antagonista, una subjetividad atenta a producir y ser el resultado de un nuevo sentido común, tal como apunta Sousa Santos. Quizá sea Foucault quien mejor haya definido esta actitud, a la que califica como ontología crítica de nosotros mismos: “La ontología crítica de nosotros mismos se ha de considerar no ciertamente como una teoría, una doctrina, ni tampoco como un cuerpo permanente de saber que se acumula; es preciso concebirla como una actitud, un ethos, una vida filosófica en la que la crítica de lo que somos es a la vez un análisis histórico de los límites que se nos han establecido y un examen de su franqueamiento posible”. Difícilmente puedan conjugarse mejor en tan breve espacio la reivindicación ilustrada de autonomía con la conciencia materialista de las constricciones que constituyen al sujeto. Cuestiones ambas que acompañan problemáticamente al pensamiento antagonista.

Sobre este blog
La filosofía se sitúa en un contexto en el que el poder ha buscado imponerse incluso en los elementos más básicos de nuestro pensamiento, de nuestras subjetividades, expulsando así de nuestro campo de visión propuestas teóricas y prácticas diversas que no son peores ni menos interesantes sino ajenas o directamente contrarias a los intereses del sistema dominante.

En este blog trataremos de entender los acontecimientos del presente surcando –en ocasiones a contracorriente– la historia de la filosofía, con el objetivo de poner al descubierto los mecanismos que utiliza el poder para evitar cualquier tipo de cambio o de alternativa en la sociedad. Pero también de producir lo que Deleuze llamó líneas de fuga, movimientos concretos tanto del presente como del pasado que, escapando del espacio de influencia del poder, trazan caminos hacia otros mundos posibles.
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1 Comentario
Tom Serpentine 10:03 8/6/2018

"Madurez del varón: significa haber reencontrado la seriedad que de niño se tenía al jugar." Más allá del bien y del mal, 94.

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