El “paso del mito al logos”: nacimiento de la Filosofía, eurocentrismo y genocidio

El relato según el cual la Filosofía surgió a partir del “paso del mito al logos” implica un punto de vista eurocentrista acerca de qué es considerado racional que ha atravesado todo el pensamiento occidental con trágicas consecuencias.

Genocidio indígena
Imagen de una edición de 1598 de la obra de Fray Bartolomé de las Casas, "Brevísima relación de la destrucción de las Indias" (1552)
Profesor de Filosofía

publicado
2018-11-09 10:00:00

La Filosofía surgió, según indican todos los manuales al uso, a partir del momento en que salimos de la primitiva oscuridad en la que los seres humanos acudíamos a los mitos para explicar los sucesos del universo y comenzamos a hacer uso de la Razón para dar respuesta tanto a esas antiguas preguntas como a otras de nuevo cuño. Se trata del denominado “paso del mito al logos”.

Por un lado –nos dirán esos manuales– el pensamiento mítico utiliza relatos protagonizados por seres sobrenaturales que son aceptados de manera dogmática, sin espacio para la reflexión crítica. La voluntad de tales seres resulta totalmente arbitraria, por lo que el universo se convierte en un caos falto de toda legalidad, sometido únicamente al capricho de los dioses.

La Filosofía, por su parte, nace alrededor del s VI a. de C. en el momento en que es planteado el que se considera el primer problema filosófico expresado en la pregunta por el arché de la physis (Naturaleza), el cual, según Guthrie, se referiría “en primer lugar, [al] estado originario a partir del cual se ha desarrollado el mundo múltiple y, en segundo lugar, [a] la base permanente de su ser”. Una pregunta que implicaría asimismo una nueva estrategia de respuesta basada en principios racionales que explicarían la naturaleza última de lo real (el agua para, por ejemplo, Tales de Mileto, considerado el primer filósofo). La identificación de tal principio supondría la existencia de un orden racional en el universo que el ser humano es capaz de conocer a través de su propia racionalidad y del análisis crítico. El universo deja así de ser un caos y pasa a convertirse en un cosmos ordenado según las leyes de la Naturaleza. La humanidad, gracias a la Filosofía, dejaba atrás el oscurantismo mitológico para descubrir la Razón y, consecuentemente, la Filosofía y la Ciencia. Todo desarrollo posterior del pensamiento racional partiría de ese descubrimiento griego.

Burnet y la Filosofía como epifanía de la Razón

Una de las interpretaciones más conocidas acerca de cómo se produce este “paso del mito al logos” es la del “milagro griego” que John Burnet desarrolla a principios del siglo pasado. Según esta tesis, la Filosofía habría surgido exclusivamente como producto de la genialidad griega sin conexión alguna con el contexto histórico y cultural de la época ni, mucho menos, con otras tradiciones culturales.

El relato de Burnet acerca del nacimiento de la Filosofía guarda, paradójicamente, un profundo paralelismo con multitud de mitos de creación: un caos previo (bien en la propia Naturaleza o bien en la manera de explicarla), un principio sobrenatural o trascendente (dioses o la Razón) y el resultante universo ordenado (cosmos/Filosofía). Solo habría una diferencia: esa estructura pasa de ser parte de una teoría de la realidad (ontología) a serlo de una teoría del conocimiento (epistemología). Así, los tres elementos mencionados ya no se refieren a principios objetivos que desembocan en la conformación del ser de lo real, sino a los diversos modos de comprensión por parte del sujeto del ser de lo real: uno, el del mito, irracional y desordenado, y otro, el del logos, racional y ordenado. Ambos ámbitos –el de la racionalidad del universo y el de la humana– estarían, como apuntábamos más arriba, íntimamente ligados.

La tesis del “milagro griego” supone situar la racionalidad humana (encarnada en la Filosofía) como fundamentada en un origen ahistórico, sin conexión alguna con el contexto histórico y cultural de la época ni, mucho menos, con otras tradiciones culturales.

No creemos baladí este paralelismo dado que supone situar la racionalidad humana (encarnada en la Filosofía) como fundamentada en un origen ahistórico que entronca con el planteamiento platónico de la propia teoría de Burnet: la historia –el mundo de la materia, el del desarrollo histórico de lo real y su comprensión– infecta la auténtica realidad representada por una racionalidad que no le debe nada al mundo de la historia y que, por tanto, se coloca por encima de ella y de todo lo que la habita. Así, el nacimiento de la Filosofía tendría desde su origen un estatus fundamentalmente opuesto al del resto de relatos: mientras ella tiene su origen en una dimensión (la de la Razón) “venida de otro mundo” en donde las verdades son únicas y absolutas, cualquier explicación que no encuentre su origen en el logos griego estaría impregnada de una historicidad –y, por tanto, de multiplicidad y relatividad– que lo alejaría de la Verdad de la Razón.

El nacimiento de la Filosofía en su contexto

Cinco décadas después de la publicación de la obra de Burnet, en 1965, Jean Pierre Vernant criticaba su eurocentrismo galopante: “En el transcurso de los últimos cincuenta años [...] la confianza de Occidente en este monopolio de la razón ha sido puesta en entredicho.” Así, factores como la crisis de la física o el contacto con otras civilizaciones habrían tenido sus repercusiones: “Occidente hoy ya no puede considerar su pensamiento como el pensamiento, ni saludar en la aurora de la filosofía griega el nacimiento del sol de la Razón.”

Vernant situaba la obra de Francis M. Cornford (coetáneo de Burnet) como punto de partida de una nueva interpretación del nacimiento de la Filosofía que tendría en cuenta su contexto histórico y que debía acabar con ese enfoque eurocentrista del que Burnet era su máximo representante. Así, Cornford señalaría una vinculación directa entre la filosofía griega y la estructura lógica profunda del pensamiento mítico griego, en especial de Hesíodo. Así, según Cornford, aunque “se acepta, en general, que los helenos dieron el paso decisivo unas seis centurias antes de nuestra era, […] el advenimiento de ese espíritu no significó la completa y súbita ruptura con los viejos modos de pensar.” De tal manera que “existe una continuidad real entre la primera especulación racional y las representaciones religiosas que entrañaba.”

El propio Vernant ampliaría el enfoque de Cornford aludiendo a otros condicionantes históricos que abonaron el surgimiento de la filosofía griega como, por poner solo dos ejemplos, la constitución de la polis o la ausencia de una casta sacerdotal.

La huida incompleta del eurocentrismo

A pesar del enorme peso que en el ámbito académico tienen autores como Conrford y Vernant y de que la tesis de Burnet hoy ha sido descartada, el sustrato de la interpretación del “milagro griego” no ha desaparecido completamente. Ambos autores trataron de distanciarse de ese supuesto origen trascendente de la Filosofía para vincular el pensamiento griego con el carácter contingente propio del devenir histórico y las interacciones culturales que le son propias. Al menos con aquel devenir que no se vincula a la “Historia de la Razón” surgida en la Antigua Grecia, tal y como interpreta, por ejemplo, Hegel.

En cualquier caso, para Vernant el enfoque de Cornford abriría las puertas a una interpretación no eurocentrista del nacimiento de la Filosofía que, sin embargo y según nuestro criterio, resulta insuficiente y que, de hecho, contrasta con la propia concepción que la filosofía europea ha tenido de sí misma a lo largo de casi toda su historia.

La inclusión de las tradiciones china e india como parte de la racionalidad humana seguiría anclada en el eurocentrismo al ser consideradas filosóficas en tanto presentan similitudes con la griega. El resto quedaría fuera del ámbito de lo racional y relegadas, por tanto, al ámbito del mito, propio de culturas “primitivas” y, por tanto, inferiores.

De hecho, pensamos que Burnet supuso más bien la cristalización de una visión eurocentrista de la racionalidad humana que podemos encontrar en la práctica totalidad de la filosofía europea y que solo empezará a ponerse en duda, muy tímidamente, en el s.XIX. Así, por ejemplo, no será hasta 1818 cuando Arthur Schopenhauer mostrará en El mundo como voluntad y representación influencias de las filosofías de la India, calificando a las Upanishads (recientemente traducidas al latín) como “el mayor regalo de este siglo”. De esta manera, el filósofo alemán –conocido por su furibunda misoginia– construiría un primer puente con otras filosofías que estaría presente –insistimos, de manera tímida a nivel global– en otros filósofos como Nietzsche. La publicación por parte de Max Müller de la monumental serie de 50 volúmenes Sacred Books of the East (1879-1910) con las traducciones al inglés de los textos fundamentales de las tradiciones hinduísta y budista principalmente pero también taoísta, confucionista, zoroastrista, jainista y del Islam, formaría parte de ese interés que se dio en ciertos sectores, en cualquier caso minoritarios, por el pensamiento no europeo.

De esta manera se abriría la puerta a la idea –que, por ejemplo, defiende Jesús Mosterín– según la cual “el pensamiento filosófico surgió simultáneamente –en el siglo VI a de C.– en tres zonas distintas y distantes de nuestro planeta: en la India, en China y en Grecia.” Un avance importante, sin duda, a la hora de evitar una interpretación eurocentrista del nacimiento de la Filosofía –y, consecuentemente, de cuál es su naturaleza– pero que nos resulta insuficiente al dejar fuera del pensamiento filosófico –y por tanto racional– a otras tradiciones cuyas características no se adecuarían al que es considerado el paradigma de racionalidad surgido en Grecia. Así, la inclusión de tales tradiciones como parte de la racionalidad humana seguiría anclada en el eurocentrismo al ser consideradas filosóficas en tanto presentan similitudes con la griega (por ejemplo, la importancia de la tradición escrita en todas ellas). El resto quedaría fuera del ámbito de lo racional y relegadas, por tanto, al ámbito del mito, propio de culturas “primitivas” y, por tanto, inferiores.

Las consecuencias prácticas de esta concepción eurocéntrica de la racionalidad humana, tal y como se refleja en el relato dominante acerca del nacimiento de la Filosofía, han sido dramáticas. El pensamiento moderno –íntimamente vinculado a las políticas colonialistas– no hizo más que seguir el juego al poder económico de la época al profundizar en la idea de que Grecia y Europa representaban –y siguen haciéndolo– la encarnación terrenal de la Razón universal frente al “primitivismo” intelectual propio de las gentes que habitaban los territorios a colonizar. La idea de progreso no es más que un ejemplo de ello al que –no podemos olvidarlo– las propias tradiciones de pensamiento de izquierda no fueron ajenas. La Ciencia moderna se convirtió en la máxima expresión de esa racionalidad y, como el propio Comte apuntaba, tomó el relevo a la religión. El genocidio ya no tuvo un fundamento teológico, sino racional y científico.

Sobre este blog
La filosofía se sitúa en un contexto en el que el poder ha buscado imponerse incluso en los elementos más básicos de nuestro pensamiento, de nuestras subjetividades, expulsando así de nuestro campo de visión propuestas teóricas y prácticas diversas que no son peores ni menos interesantes sino ajenas o directamente contrarias a los intereses del sistema dominante.

En este blog trataremos de entender los acontecimientos del presente surcando –en ocasiones a contracorriente– la historia de la filosofía, con el objetivo de poner al descubierto los mecanismos que utiliza el poder para evitar cualquier tipo de cambio o de alternativa en la sociedad. Pero también de producir lo que Deleuze llamó líneas de fuga, movimientos concretos tanto del presente como del pasado que, escapando del espacio de influencia del poder, trazan caminos hacia otros mundos posibles.
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2 Comentarios
#25928 15:39 13/11/2018

Muy interesante

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1
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#25748 16:05 9/11/2018

Gràcies

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La filosofía se sitúa en un contexto en el que el poder ha buscado imponerse incluso en los elementos más básicos de nuestro pensamiento, de nuestras subjetividades, expulsando así de nuestro campo de visión propuestas teóricas y prácticas diversas que no son peores ni menos interesantes sino ajenas o directamente contrarias a los intereses del sistema dominante.

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