Cine: un arte menor para las minorías

Exploramos la propuesta que Félix Guattari desarrolla durante la década de los 80 para un cine revolucionario tratando de huir de los sistemas de representación institucionales y de explorar nuevos «territorios existenciales» desde los que llevar a cabo la acción política.

Ice de Robert Kramer
Fotograma de la película "Ice" (Robert Kramer, 1970)
Graduado en Filosofía

publicado
2018-05-22 11:12:00

“El capitalismo postindustrial, que yo prefiero llamar Capitalismo Mundial Integrado (CMI), tiende a descentrar cada vez más sus núcleos de poder, de estructuras de producción de bienes y servicios, en pro de estructuras productoras de signos, de sintaxis de subjetividad, mediante, particularmente, el control que ejerce sobre los medios de comunicación, la publicidad, los sondeos, etc”.
Félix Guattari


En el proceso de producción de las subjetividades, el cine tiene un papel especialmente relevante por el espacio que ocupa en el imaginario colectivo y por su poder plástico para modelar el deseo de los espectadores. Es por esto que Guattari, mientras escribía con Deleuze y aun después, empezó a trabajar en distintos materiales para lo que se podría llamar una propuesta de cine menor.

Arte mayor/arte menor

Guattari entendía el cine como una arte “menor” en aquellas condiciones en que «puede ser puesto al servicio de los miembros de una minoría». Con ello apelaba a un concepto de «minoría» que se caracteriza no de forma cuantitativa sino como una cuestión que atañe a las relaciones que se producen entre los miembros que forman un conjunto, entre ellos y hacia el exterior, así como a la posibilidad o no de que tales miembros y sus relaciones puedan ser representados por una instancia externa al propio conjunto. Podríamos poner un ejemplo para trazar esta distinción. Mientras las mayorías son lo que entendemos como el conjunto de elementos y prácticas sociales que configuran el interior del Estado e instituciones y se encargan de distribuir y organizar la realidad según regímenes de representación que dan así identidad y legitimidad al sujeto (por ejemplo la historia, la literatura o las leyes), las minorías serían aquellas que no cuentan con dispositivos de producción de saber centralizados ni con grandes instancias representativas (ni Estados, ni parlamentos, etc.), que fijen de una vez por todas lo que cada cosa es. Entre las minorías más que identidad hay devenir.

El arte mayor está al servicio del poder, ya que reproduce sus lógicas y se erige en modelo, molde y regla de identificación. Por contra, el arte menor es aquél que propone prácticas transversales, subversivas para que las minorías se puedan expresar afirmando sus singularidades.
Esta división tiene la intención de traer al terreno de la política la figura del simulacro, aquello que en el platonismo se presenta como la imagen sin semejanza que solo tiene identidad por simulación y por medios no legítimos. Pese a contar con la misma imagen de la copia, no la recibe de la Idea que la produce legítimamente, sino que toma la imagen de la copia pero de manera exterior, como lo no idéntico. De hecho, podríamos considerar la nuestra como la época del simulacro en la medida que lo advertimos en fenómenos tan cotidianos como la fotografía digital, esto es, una fotografía sin original cuya única imagen es la representación de sí misma.
De este modo, lo que podríamos llamar arte mayor es un arte que está al servicio del poder, ya que reproduce sus lógicas y se erige en modelo, molde y regla de identificación. Por contra, el arte menor es aquél que propone prácticas transversales, subversivas para que las minorías se puedan expresar afirmando sus singularidades.

De esta forma, con su propuesta Guattari reivindica el cine como una máquina de guerra que articule las minorías y posibilite la aparición de agenciamientos colectivos de enunciación, es decir, de medios de creación conceptual y de expresión con los que producir líneas de fuga para enlazar con el afuera, con lo diferente, es decir, para desafiar las condiciones del contexto político, social y económico dominante al tiempo que se abren nuevos «territorios existenciales».

Cinemáquinas deseantes

Para Guattari lo fundamental del cine no es lo que el cine cuenta sino los flujos que distribuye y la dirección que éstos toman; o lo que es lo mismo, cómo se relaciona un individuo con el cine y si éste le posibilita nuevos espacios de experiencia o lo somete al modelo del capitalismo como sistema dominante –pongamos por caso los relatos basados en el individual, en la figura del héroe, la propiedad privada o el amor romántico. Como a Kafka, indica Guattari, al cine no le interesan «los caracteres, las intrigas, sino sistemas de intensidades, gestos, reflejos, miradas, por ejemplo un rostro tras una ventana, actitudes, sensaciones, cambios de gravedad, de las coordenadas de espacio y tiempo, especies de dilataciones o retracciones de todas la semióticas perceptivas».

La función del cine menor es, entonces, la de dotar de un estatus de suficiencia a las minorías a través de una representación que no tenga como objetivo fijar y mostrar lo que es, sino, más bien, llevar hasta el final su potencia y abrirse al afuera, produciendo, más que moldes, devenires, acontecimientos, encuentros entre los individuos y las minorías a las que estos pertenecen. Es suma, espacios en los que alguien pueda encontrar la posibilidad de vivir de otro modo.

Guattari reivindica el cine como una máquina de guerra que articule las minorías y posibilite la aparición de agenciamientos colectivos de enunciación, es decir, de medios de creación conceptual y de expresión con las que producir líneas de fuga para desafiar las condiciones del contexto político, social y económico dominante al tiempo que se abren nuevos «territorios existenciales».

Cinemáquinas capitalistas y libertarias

Para Guattari, nuestras sociedades se sostienen, cada vez más, sobre sistemas de control y de producción de subjetividad más que sobre sistemas de coerción y disciplina. Es por esto que cuando los sistemas de enunciación cinematográficos son capturados por el capital, el deseo acaba abandonando sus avatares para poner en su sitio el límite que la misma ley impone. Así, el cine que llamamos «mayor» está al servicio del poder independientemente de su ideología porque sus tramas, sus estructuras, los modelos de enunciación que utiliza, etc., contribuyen a la expansión de una subjetividad empobrecida y castrada, unificada por la axiomática, esto es, por los principales principios y por los valores fundamentales del sistema capitalista a todos los niveles. Por eso dice Guattari que «el objeto del Capitalismo Mundial Integrado es, hoy por hoy, inseparable: productivo-económico-subjectivo».

De este modo, Guattari apuesta por el cine porque con la democratización de los medios técnicos puede devenir una herramienta sin duda eficaz para poner en cuestión los límites del modelo dominante. Pero sobre todo porque un cine menor tendría la capacidad de desterritorializar, de escapar de las dimensiones de la representación poniéndose como meta la apertura de nuevos territorios existenciales en los que sea posible reconstruir los vínculos sociales, ecológicos, políticos, disimétricos de los establecidos por las instancias –mayores– de poder; porque nos permitiría minorizar cada ámbito de la vida individual y colectiva dando lugar, así, a encuentros que posibiliten seguir o incluso poner a funcionar un conjunto de líneas de fuga.



Sobre este blog
La filosofía se sitúa en un contexto en el que el poder ha buscado imponerse incluso en los elementos más básicos de nuestro pensamiento, de nuestras subjetividades, expulsando así de nuestro campo de visión propuestas teóricas y prácticas diversas que no son peores ni menos interesantes sino ajenas o directamente contrarias a los intereses del sistema dominante.

En este blog trataremos de entender los acontecimientos del presente surcando –en ocasiones a contracorriente– la historia de la filosofía, con el objetivo de poner al descubierto los mecanismos que utiliza el poder para evitar cualquier tipo de cambio o de alternativa en la sociedad. Pero también de producir lo que Deleuze llamó líneas de fuga, movimientos concretos tanto del presente como del pasado que, escapando del espacio de influencia del poder, trazan caminos hacia otros mundos posibles.
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