Opinión
Cuando las familias sostienen lo que el sistema educativo no alcanza
Desde el diagnóstico de mis hijos, la relación con el sistema ha sido una carrera de fondo. No contra profesionales concretos, sino contra una estructura desbordada. La falta de apoyos reales dentro del aula ordinaria obliga a las familias a sostener desde fuera aquello que no se cubre dentro
Álvaro Minguito
La silueta de un niño.
24 feb 2026
05:00
La inclusión educativa suele presentarse como un derecho garantizado. Sin embargo, en la práctica, muchas veces se sostiene sobre el esfuerzo invisible de las familias y no sobre los recursos reales del sistema.
En mi caso, esta realidad comenzó con el diagnóstico de mis hijos, ambos con TEA grado 1: una niña en Primaria y un niño en Secundaria. Pero la historia no empieza ahí. Yo misma fui diagnosticada como persona autista de grado 1 en la edad adulta, después del diagnóstico de mi primer hijo. Mi propia experiencia escolar, en los años ochenta, estuvo marcada por la incomprensión, la exigencia constante y la ausencia total de apoyos. En aquel momento, el autismo no se diagnosticaba con los criterios clínicos actuales y muchas personas atravesamos el sistema educativo sin nombre, sin recursos y sin red.
Hoy, sobre el papel, la situación es muy distinta. El alumnado con diagnóstico de TEA cuenta con derechos, adaptaciones y medidas de apoyo que hace décadas eran impensables. Ese avance es real y debe reconocerse. Sin embargo, el problema aparece cuando esos derechos no llegan a materializarse en el día a día de las aulas.
La saturación del sistema educativo, las ratios elevadas, la complejidad administrativa y la falta de formación específica en neurodivergencia del profesorado y de los equipos de orientación generan una brecha profunda entre lo que se reconoce legalmente y lo que se aplica en la práctica. Muchas adaptaciones llegan tarde, se aplican de forma parcial o no llegan a implementarse, dejando al alumnado y a sus familias en una situación de permanente incertidumbre.
Desde el diagnóstico de mis hijos, la relación con el sistema ha sido una carrera de fondo. No contra profesionales concretos, sino contra una estructura desbordada
Desde el diagnóstico de mis hijos, la relación con el sistema ha sido una carrera de fondo. No contra profesionales concretos, sino contra una estructura desbordada. La falta de apoyos reales dentro del aula ordinaria obliga a las familias a sostener desde fuera aquello que no se cubre dentro: anticipar dificultades, mediar, traducir informes, explicar una y otra vez qué es el autismo y acompañar emocionalmente a nuestros hijos para que puedan permanecer en un sistema que no siempre está pensado para ellos.
El proceso para solicitar adaptaciones educativas es, además, confuso y desgastante. La elaboración de informes, la redacción de un Plan de Actuación Personalizado (PAP), la definición de medidas y niveles de apoyo se convierten en un recorrido técnico y burocrático difícil de transitar. Incluso los equipos de orientación, que trabajan con recursos limitados y una presión creciente, encuentran dificultades para concretar estos documentos, lo que retrasa apoyos fundamentales para el alumnado.
Todo ello tiene un impacto directo en la vida de las familias. No solo acompañamos el desarrollo de nuestros hijos, sino que asumimos una carga emocional constante: aprender normativas complejas, pedir reuniones, insistir, justificar y sostener situaciones que deberían estar protegidas por el propio sistema. No todas las familias cuentan con los mismos recursos personales, formativos o emocionales para afrontar este proceso, lo que genera desigualdad y una sensación profunda de abandono.
A esta realidad se suma un aspecto clave: la detección precoz. En muchos casos, para acceder a una valoración clínica, las unidades de diagnóstico solicitan informes psicopedagógicos elaborados por los centros educativos a través de los equipos de orientación. Sin embargo, no siempre se escuchan con suficiente atención las preocupaciones de las familias cuando existe una sospecha clara de TEA. Esto provoca retrasos en el diagnóstico clínico y, con ello, en el acceso a apoyos y adaptaciones.
Escuchar a las familias es esencial. El autismo no se manifiesta de una única forma; se presenta de manera diversa en cada persona y, especialmente en niñas, puede resultar más difícil de detectar. Cuando una familia observa señales persistentes en sus hijos, esas observaciones existen por una razón. Ignorarlas o minimizarlas tiene consecuencias.
Porque cuando la inclusión se sostiene únicamente desde casa, deja de ser inclusión y se convierte en una carga invisible que recae, una vez más, sobre quienes menos apoyo reciben
Un diagnóstico precoz lo es todo. Reduce el sufrimiento, la incomprensión y la sobreexigencia a la que muchos menores se ven sometidos durante años. Escuchar, acompañar y actuar con agilidad no debería ser una excepción, sino una parte fundamental de un sistema educativo que aspire a ser verdaderamente inclusivo.
Señalar estas carencias no implica buscar culpables individuales. Implica reconocer que el sistema educativo necesita recursos reales, formación continua y estructuras claras para que la inclusión no dependa de la capacidad de resistencia de las familias.
Porque cuando la inclusión se sostiene únicamente desde casa, deja de ser inclusión y se convierte en una carga invisible que recae, una vez más, sobre quienes menos apoyo reciben.
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