Opinión
Las fronteras no son normales

El discurso de extrema derecha ha conseguido normalizar la muerte de decenas de miles de personas en las rutas migratorias; el trato inhumano en redadas, detenciones y expulsiones, y el trabajo semiesclavo en las economías del norte.
Fronteras 81
La Moncloa Giorgia Meloni y Pedro Sánchez en 2023.
1 mar 2026 06:00

El sesgo de normalidad es la tendencia a hacer como si todo siguiera igual en medio de la catástrofe. Pero la catástrofe ya está aquí, y no viene en forma de gran reemplazo como alertan los ultras victimistas; ni de inminente invasión rusa, como nos quieren hacer creer los mercaderes de armas. La distopía la viven cada día quienes intentan atravesar fronteras porque lo necesitan, o lo desean, y se topan con concertinas afiladas, mercenarios patrullando las afueras del “progreso”, inmensos desiertos y mares que se comen sus vidas, campos de concentración con nombres eufemísticos y muros bien concretos.

La normalización es el proceso que nos hace asimilar como naturales e indiscutibles fenómenos o estructuras que no lo son. Las fronteras no son normales, mucho menos naturales. No debería ser normal un mecanismo que permite decidir quién tiene derecho a tener derechos y quién no. Y, sin embargo, ahí están, deviniendo el centro de toda discusión política, la única garantía de control sobre la incertidumbre que ofrece la extrema derecha en un mundo a la deriva. Las fronteras permiten mantener la jerarquía racial bajo el aséptico idioma de las leyes indiscutibles. Permiten desplazar y confinar a la gente contra su voluntad sin necesidad de recurrir a vetustas normas raciales. Permiten detener y deportar sin tener que preocuparse por las garantías legales que parecen proteger solo —y por ahora— a la ciudadanía. Permiten explotar a millones de personas migrantes hasta la extenuación sin tener que llamarlo esclavitud.

Cuando las izquierdas que se quieren razonables y moderadas asumen que hay que gobernar la escasez pertrechándose de drones, vallas y centros de detención están haciendo las mismas políticas que la extrema derecha, con menos fuegos artificiales pero con idénticas consecuencias. Cuando las izquierdas que se dicen transformadoras escurren el bulto, desplazando las fronteras del centro de su agenda para no tener que enfrentarse con su impotencia política, están permitiendo que la extrema derecha defina la normalidad sin apenas impugnarla. Aún peor, cuando las izquierdas que se presentan como transformadoras abrazan su impotencia política, y abordan las migraciones como un problema de convivencia desligado de la injusticia global y racial que ordena el mundo, están traicionando cualquier posibilidad de horizonte igualitario para todas las personas, migrantes y no. Son posturas que oscilan entre la inocencia, la negligencia o la complicidad, incapaces de alterar el rumbo que nos lleva a toda velocidad contra el muro fascista.

El mundo está saltando por los aires, escenarios que parecían lejanos o ya están aquí o lo estarán muy pronto. Basta ver a la policía migratoria estadounidense secuestrando a gente en la calle, basta asomarse a las noticias y comprobar cómo la Unión Europea acuerda deportaciones a terceros países o privaciones de libertad de hasta dos años contra quienes migran. Estamos obligadas a poner en primer plano que no hay justicia social posible en un régimen de fronteras que favorece que la riqueza circule sin obstáculos entre los Estados para acumularse entre cada vez menos manos, y obstaculiza el movimiento de personas para que siempre haya una mano de obra aún más desesperada a la que desposeer.

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