¿Eficiencia para quién? Ganadería, costes y relaciones sociales

Más producción en menos espacio no siempre significa progreso para todos. Este artículo analiza cómo la intensificación ganadera transforma no solo la producción, sino también las relaciones sociales en el campo.
ganado vacuno
La intensificación ganadera no es solo un cambio tecnológico, sino una transformación económica y social Elvira Megías
Economistas sin Fronteras, Magister en Economía Agraria y Doctor en Ciencias Sociales
15 jun 2026 08:50 | Actualizado: 15 jun 2026 16:09

Durante las últimas décadas, la ganadería bovina en Argentina vivió una transformación profunda. Aunque millones de hectáreas históricamente ganaderas fueron ocupadas por la agricultura extensiva —especialmente por la soja—, el número de animales no se desplomó como cabría esperar. ¿Cómo se explica esta aparente paradoja?

La respuesta habitual es sencilla, intensificación, producir más carne en menos espacio a partir de más animales por hectáreas, más tecnología, más insumos y más eficiencia. ¿Pero es tan simple? ¿O estamos mirando una sola parte?

Si detenemos la mirada y avanzamos más allá del relato técnico y productivista es posible plantear una idea incómoda: la intensificación ganadera no es solo un cambio tecnológico, sino una transformación económica y social profundamente ligado al desarrollo del capitalismo agrario. Y entenderlo así cambia por completo las preguntas —y las respuestas— sobre el modelo agropecuario actual.

1.      Producir más no significa lo mismo para todos

Los análisis técnicos y económicos tradicionales ven a la intensificación como un proceso neutro: se incorporan más insumos, se mejora la alimentación del ganado, se optimiza el manejo y se logra producir más carne en menos espacio. Con este foco, la intensificación significa mayor eficiencia técnica y, en algunos casos, mayores costos.

Sin embargo, esta forma de analizar el fenómeno deja fuera algo central: quién puede intensificar y quién queda en el camino. Los mayores gastos en insumos y la inversión por hectárea requieren capital, que no siempre esta disponible. La dependencia del crédito, las posibilidades de asumir riesgos y la ampliación de las escalas mínimas que conlleva la “modernización” moviliza un proceso de concentración económica y exclusión social de productores.

2.      Menos tierra, más capital

Uno de los cambios clave que significa la intensificación es el desplazamiento del rol de la tierra. En la ganadería extensiva y tradicional, la superficie disponible era el factor organizador central. Hoy, en muchos sistemas intensivos, la tierra pierde peso relativo frente al capital. Esto se puede ver en que:

  • Se puede producir mucho en poca superficie.
  • Lo decisivo ya no es cuántas hectáreas se tienen, sino cuánto se puede invertir.
  • Aumenta la dependencia de insumos comprados: alimento balanceado, genética, tecnología.
  • El engorde no depende de la cantidad de pasto disponible y los ciclos estacionales.
  • Crece la necesidad de financiamiento externo.

La ganadería bovina comienza a parecerse a la industria, aunque siga dependiendo de procesos biológicos y territoriales. Estos cambios no son solamente modificaciones en los factores, son transformaciones en las relaciones sociales que son parte de la producción.

Los costos de producción y su composición son tratados desde la economía agraria tradicional como datos que los productores y empresarios reciben. Sin embargo, si baja lo gastado en personal, ¿hay más o menos empleo? Si aumenta los costos en insumos, ¿quiénes se benefician de las ventas y proveen esos insumos? Si las inversiones necesarias crecen, ¿quiénes puede entrar al negocio?

Mirar los costos nos puede servir para ver acceso a recursos, estrategias de producción y también relaciones de poder entre actores productivos.

3.      La “caja negra” de la producción 

La teoría económica dominante suele tratar a la producción como una caja negra: entran insumos y sale producción. Además de separar al economista de la administración de empresas, esto oculta cómo ocurre y se organiza el proceso productivo. No se puede ver cómo, en qué condiciones y quiénes realizan la producción. Es decir, cuando solo se miran rendimientos y eficiencia, se pierde de vista que la producción es un espacio de relaciones sociales, donde hay personas, conflictos, desigualdades y distintas capacidades de negociación.

La producción, para la economía neoclásica, se ve como una caja negra porque entran y salen cosas, pero nunca se observa cómo ni quién realiza la transformación. A la vez, en la distribución de ingresos se supone que cada factor (tierra, capital, trabajo) recibe siempre lo que aporta: renta, ganancia y salario, respectivamente. Una especie de reparto “natural”, definido técnicamente. Desde un enfoque crítico esta idea es cuestionable, ya que esas formas de retribución e ingreso no se derivan de leyes técnicas, naturales o universales, sino que dependen de relaciones sociales históricas.

La propiedad de la tierra, el control del capital, la capacidad de negociación laboral y la posición en el mercado son fundamentales para definir quién captura el valor y los excedentes. La distribución no es un resultado automático de la producción, sino una expresión de las relaciones sociales y las reglas del juego vigentes.

4.      ¿Y sucede con el trabajo?

Uno de los efectos menos visibles de la intensificación es su impacto sobre el empleo rural. La incorporación de tecnología y la estandarización de procesos suelen modificar la necesidad de trabajo directo y cambiar los perfiles laborales requeridos. Cuando quienes realizan las tareas son más productivos, no se genera más empleo, sino que cada uno hace más tareas en menos tiempo y más espacio. Considerar que hay relaciones sociales nos permite ver que tampoco crecen automáticamente los salarios y las nóminas, eso depende de la capacidad de negociación. 

A la vez, las nuevas tecnologías, en especial las digitales, llevan a una modificación en los saberes y formas de aprendizajes locales para la producción. Crece la dependencia de agentes externos al territorio.


5.     
Una mirada urgente para un campo “nuevo”

La propuesta principal es pensar una economía agraria que no se quede encerrada en planillas de costos y curvas de producción, sino que debe adoptar un enfoque más amplio que permita conectar la microeconomía con procesos estructurales, la tecnología con las  relaciones sociales y las decisiones individuales con dinámicas del capitalismo global.

Desde esta perspectiva, la intensificación ganadera aparece no como un destino inevitable ni como una simple mejora técnica, sino como una forma concreta —y discutible— de organizar la producción de alimentos.

Entender la ganadería intensiva desde esta óptica permite abrir preguntas incómodas pero necesarias:

        ¿Qué modelo productivo queremos?

  • ¿Quiénes quedan incluidos y quiénes excluidos?
  • ¿Qué tipo de desarrollo rural se está construyendo?
  • ¿Qué se gana y qué se pierde cuando producir más es el único objetivo?

Quizá el mayor valor de este enfoque no esté en ofrecer respuestas cerradas, sino en recordarnos que detrás de cada kilo de carne hay decisiones económicas, relaciones sociales y un modelo de ruralidad en disputa.


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Economistas sin Fronteras no se identifica necesariamente con la opinión del autor y ésta no compromete a ninguna de las organizaciones con las que colabora.



Sobre este blog
Economistas sin Fronteras Somos una Organización no Gubernamental de Desarrollo (ONGD), fundada en 1997 por un grupo de profesores y catedráticos universitarios, activamente comprometidos y preocupados por la desigualdad y la pobreza. Nuestro objetivo principal es contribuir a generar cambios en las estructuras económicas y sociales que permitan que sean justas y solidarias.
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