Cambio climático
Psicópatas corporativos
Artículo publicado originalmente en Beyond Nuclear International.
Detesto a las empresas que practican el ecoblanqueo o greenwashing casi tanto como a los destructores del planeta que no se preocupan por nada. Así que, cuando me enteré de lo que Danone estaba haciendo en su planta embotelladora de agua mineral Harrogate, no pude evitar condenar la situación.
Hace 20 años, niños de una escuela local de la zona plantaron un bosque comunitario de cuatro acres. Es un lugar muy querido. Muchos de esos niños, ahora adultos, siguen viviendo en la zona y se sienten profundamente conectados. Pero a Danone/Harrogate Spring Water no le importa nada de eso. Necesitan ampliar su planta embotelladora, así que los 1000 árboles del bosque tienen que desaparecer, y los funcionarios del Ayuntamiento de North Yorkshire han recomendado que los concejales locales aprueben la propuesta.
En resumen: un caso claro de deforestación. Sustituir un bosque consolidado por un proyecto industrial. Se han presentado 1.300 objeciones por parte de personas que no se han dejado convencer por la promesa de Danone de plantar 490 árboles nuevos muy cerca del bosque que se perderá, así como otros 3.000 árboles en los alrededores del distrito.
En resumen: un caso claro de deforestación. Sustituir un bosque consolidado por un proyecto industrial. Se han presentado 1.300 objeciones por parte de personas que no se han dejado convencer por la promesa de Danone de plantar 490 árboles nuevos muy cerca del bosque que se perderá, así como otros 3.000 árboles en los alrededores del distrito.
Y aquí es donde entra en juego el ecoblanqueo: Danone se compromete a eliminar por completo la deforestación en sus cadenas de suministro para 2030, y afirma haber alcanzado más del 97% de ese objetivo. Y no deja de presumir de sus credenciales de “Forest Positive”.
Este tipo de hipocresía flagrante e indiferente se repite día tras día, y la idea misma de sostenibilidad corporativa se encuentra ahora en un punto muy bajo.
Han pasado 15 años desde que Michael Porter y Mark Kramer revitalizaron el rígido mundo de la Responsabilidad Social Corporativa con su informe en la Harvard Business Review, “Creating Shared Value” (Creando Valor Compartido), cuyo ambicioso subtítulo era: “Cómo reinventar el capitalismo y desatar una ola de innovación y crecimiento”.
El otro día me topé con ese artículo —mientras revisaba documentos sobre sostenibilidad corporativa de hace más de 20 años— con muchos pasajes subrayados, márgenes repletos de asteriscos y signos de exclamación, e incluso una exclamación incrédula: «¡No puede ser!». Leerlo no fue solo un viaje al pasado: fue sumamente deprimente.
El otro día me topé con ese artículo —mientras revisaba documentos sobre sostenibilidad corporativa de hace más de 20 años— con muchos pasajes subrayados, márgenes repletos de asteriscos y signos de exclamación, e incluso una exclamación incrédula: «¡No puede ser!». Leerlo no fue solo un viaje al pasado: fue sumamente deprimente.
Hoy en día nadie habla del Valor Compartido. En aquel entonces, la idea de que el valor excedente creado por las empresas pudiera compartirse de forma más equitativa entre accionistas, empleados, proveedores, comunidades y otros grupos de interés se presentaba, sin duda, como una forma ingeniosa de rescatar al capitalismo de sus peores tendencias, superando las «compensaciones contraproducentes entre las empresas y la sociedad».
Las empresas pueden crear valor económico creando valor social. Hay tres maneras distintas de lograrlo: reinventando productos y mercados; redefiniendo la productividad en la cadena de valor; y creando clústeres industriales de apoyo en las ubicaciones de la empresa. Cada una de estas acciones forma parte del círculo virtuoso del valor compartido; mejorar el valor en un área genera oportunidades en las demás.
Bueno, sí, dependiendo de cuánta fe se tenga en la idea de que las empresas actúen voluntariamente por el bien común, en ausencia de legislación. En retrospectiva, Porter y Kramer fueron increíblemente ingenuos en sus expectativas sobre el llamado «principio de voluntariedad».
Sospecho que mi visión bastante pesimista del valor compartido puede ser un reflejo de los tiempos mucho más sombríos que vivimos actualmente. Se ha producido un grave retroceso en todos los sectores de la economía durante los últimos dos o tres años, con algunas empresas anunciando explícitamente su retirada, mientras que otras simplemente guardan silencio en torno al ecologismo por temor a represalias políticas. Gran parte de esto viene impulsado por los acontecimientos en Estados Unidos, con la administración Trump empeñada en purgar la economía de cualesquiera aires de corrección política.
Se ha producido un grave retroceso en todos los sectores de la economía durante los últimos dos o tres años, con algunas empresas anunciando explícitamente su retirada, mientras que otras simplemente guardan silencio en torno al ecologismo por temor a represalias políticas.
De todos modos, muchas de las actividades corporativas relacionadas con la sostenibilidad no son muy útiles. Un informe de IBM del año pasado mostró que el gasto en informes de sostenibilidad supera en un 43 % el gasto de las empresas en innovación en sostenibilidad. Y sin esa innovación, ningún informe, por muy formulista y meramente formalista que sea, marcará la diferencia.
Una cosa es segura: quienes opten por el camino fácil no tendrán a ningún gran banco ni gestor de activos detrás para recordarles que no es una decisión inteligente. Tras años de fingir que se adhieren a los principios ESG de sostenibilidad, se han alegrado de poder volver a la banca y la inversión centradas en maximizar beneficios, donde la ley del más fuerte se impone. Iniciativas voluntarias como Net Zero Asset Managers y Global Financial Alliance For Net Zero (a las que se adhirieron hace poco con tanto entusiasmo) han caído en el olvido.
Incluso la Powering Past Coal Alliance (¡lo mínimo que deberíamos exigir a estos promotores de la destrucción es que no inviertan en carbón!) está perdiendo fuerza rápidamente. Todo esto significa que los grandes gestores de activos (BlackRock, Vanguard, State Street y Fidelity, con 23 billones de dólares en activos gestionados) ya no utilizan su voto para apoyar resoluciones climáticas o de sostenibilidad en general en las juntas generales de accionistas.
Esto nos indica que el concepto de que las corporaciones con fines de lucro «compartan valor voluntariamente» siempre ha sido una completa ilusión. Los consejos de administración siempre pueden alegar que tienen deberes fiduciarios inquebrantables que cumplir, en lo que respecta a la primacía de los accionistas, incluso si toda la evidencia demuestra que actuar correctamente con los accionistas no es incompatible con actuar correctamente con la sociedad y el medio ambiente.
Los consejos de administración siempre pueden alegar que tienen deberes fiduciarios inquebrantables que cumplir, en lo que respecta a la primacía de los accionistas, incluso si toda la evidencia demuestra que actuar correctamente con los accionistas no es incompatible con actuar correctamente con la sociedad y el medio ambiente.
En su nuevo libro, «Ecocivilización», Jeremy Lent señala que, si bien en la mayoría de los casos no existe una normativa legal explícita que lo exija, más de un siglo de precedentes legales ha consolidado la primacía del accionista como un imperativo innegociable para las empresas actuales:
«El resultado es una entidad que, a juzgar por su comportamiento, encaja en el perfil clínico de un psicópata. Carece de empatía genuina. Calcula si debe infringir la ley basándose en un análisis objetivo de costes y beneficios, comparando la probabilidad de ser descubierto con las multas previstas. Persigue sus objetivos tras una fachada social atractiva y cuidadosamente mantenida. Y descartará a cualquier empleado, comunidad o ecosistema siempre que ello mejore sus resultados».
(Luego, aclara que es «esencial» distinguir entre la empresa como institución y las personas que trabajan en ella, ¡que no son psicópatas a nivel individual! Y estoy seguro de que esto también se aplica a Danone y Harrogate Spring Water).
Como David Korten argumentó con tanta contundencia hace más de 30 años (en su brillante obra «Cuando las corporaciones gobiernan el mundo»), la sociedad de responsabilidad limitada no tiene un derecho intrínseco a existir. Es un instrumento legal, una carta otorgada por la sociedad bajo el supuesto implícito de que la empresa servirá simultáneamente a los intereses de la sociedad. Ese era el entendimiento original, antes de que las grandes empresas y los gobiernos complacientes reescribieran los términos. Esto significa que una carta no es un derecho, sino una concesión condicional, que las sociedades democráticas pueden optar por retener o incluso revocar por completo.
Como David Korten argumentó con tanta contundencia hace más de 30 años (en su brillante obra «Cuando las corporaciones gobiernan el mundo»), la sociedad de responsabilidad limitada no tiene un derecho intrínseco a existir. Es un instrumento legal, una carta otorgada por la sociedad bajo el supuesto implícito de que la empresa servirá simultáneamente a los intereses de la sociedad.
El verdadero problema aquí, como casi siempre, es el fracaso político. Los gobiernos de todo el mundo no están imponiendo estándares más altos; no están elevando el listón para satisfacer las legítimas expectativas sociales respecto a las empresas; no están obligándolas a dejar de externalizar muchos costos de producción (sobre todo, las emisiones de gases de efecto invernadero a la atmósfera), a dejar de explotar a sus empleados y a dejar de pagarse salarios absolutamente obscenos.
Incluso la tan santurrona Comisión Europea (que sigue alardeando de su liderazgo en este ámbito) ha sucumbido a las mismas presiones del mercado. Hace más de un año que la Comisión anunció importantes recortes y retrasos en diversas normas de diligencia debida y presentación de informes de sostenibilidad corporativa; por ejemplo, eximiendo al 80 % de las empresas que habrían estado sujetas a su Directiva sobre la Debida Diligencia en Sostenibilidad Corporativa, y aplazando los requisitos de presentación de informes de 2026 a 2028. ¿Adivinan por qué? «La Comisión está convencida de que estos requisitos simplificados impulsarán enormemente la competitividad».
Y eso es perfectamente posible, a corto plazo. Pero ¿a costa de quién a largo plazo?
Sin duda, esto volverá a una situación más sensata (si no a la realidad), parte del daño se revertirá y los gobiernos redescubrirán que realmente tienen el mandato de anteponer a las personas a los beneficios.
Sin duda, esto volverá a una situación más sensata (si no a la realidad), parte del daño se revertirá y los gobiernos redescubrirán que realmente tienen el mandato de anteponer a las personas a los beneficios.
Pero aquí está la cuestión: la triste farsa geopolítica de la humanidad (mercados contra sociedad) bien podría ser cíclica, fluyendo de forma predecible en un ciclo. Pero la naturaleza no funciona así. Salvo raras excepciones, los cambios que presenciamos en tiempo real, ahora mismo, en el clima, en la estabilidad de los ecosistemas, en los niveles acumulados de contaminación, no son cíclicos.
Entonces, ¿cuántos ciclos de disfuncionalidad geopolítica crees que nos quedan antes de que se produzcan cambios irreversibles en los sistemas planetarios críticos?
Sospecho que todos conocemos la respuesta.
Traducción de Raúl Sánchez Saura.
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